Serie Siempre: Colección completa 42. Sofía #2
91%

42. Sofía #2

—Como iba diciendo —suelta Cristo con cara de «idos todos a la mierda»—, Alberto es el repartidor de nuestro supermercado en Baza y le lleva la compra a tu abuela. Nos la manda por mensaje y nosotros se la preparamos.

—La convenció Fer —me informa Mar ajena a mi sorpresa.

—Tu abuela solo accedió a las cosas que pesan —añade Cristo—. Pero aprende rápido, así que ahora viene, compra y le pone ojitos a Alberto para que se la lleve a casa antes que a nadie.

—Eso suena mucho a mi abuela, sí —admito riendo—. No domina el mundo porque no quiere.

En ese momento, Fer baja de la escalera donde estaba subido y se pone al lado de Maite, pasándole un brazo por los hombros; su hermana lo agarra de la cintura.

Óscar se une al lado de su hermana y Juanma junto a Fer, apoyando el brazo en su hombro.

Los cuatro están mirando la pared que acaban de alisar, dejándola llena de parches.

Deben de estar susurrando porque no se les escucha hablar.

Es una visión muy bonita; se nota que se quieren un montón.

—Cuando están así son tan adorables… —murmura Cristo—. Aunque negaré haber dicho eso.

—Dan ganas de mimetizarse con el entorno para no romper el momento —admite Mar en el mismo volumen que el rubio.

—Pena que les dure poco —se queja César—. ¿Cuánto tardarán en hacer una apuesta?

—Maite sacará el monedero de las apuestas en tres, dos… —Cristo no llega al número uno cuando Maite saca una especie de monedero pequeño con cremallera—. Ahí está. Son demasiado predecibles.

—Venga, vosotros —dice Juanma señalándonos—. ¡A trabajar!

—¡Eh, yo he venido a mirar! —se queja Mar, aunque se pone en pie—. Si haces apuestas, es tu problema.

—Aquí el único que tiene bula papal es Cristo, porque no sabe hacer la o con un canuto —le contesta su novio. Miro al acusado, que se ríe, pero parece que no le ha molestado el comentario—. Así que moved el culo. César, tú también, serás el encargado de que Maite deje de dar por culo.

—¡Oye!

—Compro —añade Óscar—. Hermanita, no eres papá, no sabes tanto como tú te crees. Y eres igual de útil que tu mejor amigo.

—Cuando esta noche me pidas la cena, te pienso decir lo mismo. —Cristo se hace el ofendido, pero no parece para nada afectado—. Sofía, no creas nada de lo que te digan estos desgraciados.

—Yo estoy aquí de observadora —me defiendo levantando las manos—. No voy a opinar nada.

—De observar nada —me dice Fer, y me insta a ir con él con la mano. Mi cuerpo ya se ha incorporado antes incluso de haber procesado el gesto—. Nos toca pintar.

Me acerco a él a la vez que Mar se va junto a Juanma, que está en una de las paredes laterales, Fer continúa delante de la que acaban de alisar.

César y Maite también se acercan a ellos y Cristo se queda sentado en el sofá mirándonos como si fuera un rey.

Óscar lo coge del brazo y lo levanta como si no pesara, y se lo lleva a la pared que tienen detrás.

—¿Estás bien? ¿Te diviertes? —me pregunta Fer mientras me pone un mechón rebelde detrás de la oreja—. He pensado que te gustaría más esto que poner masilla por toda la pared.

—Has pensado bien —admito con una sonrisa sincera—. Por un momento me dio la impresión de que no ayudaríamos.

—Es que queríamos valorar el trabajo que nos llevaría primero —me explica—, así es más fácil organizarnos.

Nosotros iremos pintando las paredes de blanco mientras ellos van tapando todas las imperfecciones, así nos dará tiempo a dar dos capas de pintura antes de irnos a comer y, después, dejaremos que Juanma haga su magia.

—Nunca he pintado una pared —confieso.

—Tú tranquila, princesa, yo te enseño. —Me guiña un ojo y bajo la cabeza para que no vea cómo me he sonrojado por que me haya llamado princesa. Me ha gustado más de lo que estoy dispuesta a admitir—. No te preocupes si cae pintura al suelo, está todo protegido.

Me fijo en el plástico que tengo en los pies, el cual ni siquiera había notado cuando llegué, y asiento.

Abre un cubo enorme de pintura blanca y vuelca parte en otro rectangular con una especie de rejilla en diagonal, después de mezclarla con un palo.

Me reiría si no fuera porque estoy intentando no babear por cómo se le mueven los músculos de los brazos mientras hace todo el proceso.

Saca dos rodillos con dos palos, uno que debe de medir lo mismo que yo y otro aún más alto que Fer.

Me tiende el corto y me insta a acercarme.

—La voy a liar —me quejo mientras miro el rodillo y la pintura.

—¿Le tienes cariño a esa ropa?

—No, es bastante vieja, la verdad.

—Entonces, no hay problema, pero asume que acabará en la basura —se mofa—.

Ven, ponte aquí delante. —Pega su cuerpo al mío y noto el calor que emana.

Esto es muy muy mala idea—. Tienes que hundir el rodillo en la pintura, así.

—Pone sus manos sobre las mías para que agarre bien el palo y hacemos el movimiento—.

Una vez lo tengas bien empapado, lo pasas por la rejilla para quitarle el exceso de pintura y ya puedes empezar con la pared.

—Genial —susurro, pero no me muevo.

Estoy intentando que no se note que estoy respirando de forma entrecortada porque lo tengo pegado a mi espalda, y cuando ha dicho: «Una vez lo tengas bien empapado», mi mente se ha ido a otro sitio mucho más oscuro y placentero.

Al final saco fuerzas y alzo el palo para estampar el rodillo contra la pared.

Fer me insta a subir y bajar hasta que casi no queda pintura.

—Fácil, ¿verdad? Lo harás genial.

Me da un beso en la mejilla desde atrás antes de separarse y coger el otro palo, pero parece que se lo piensa mejor y, antes de eso, se pone la camiseta.

Estoy tentada de decirle que no lo haga, aunque, pensándolo mejor, lo prefiero, o no pintaré nada.

Ahora entiendo por qué Mar quería estar en el sofá mirando en lugar de ayudando.

Lo echo de menos. Fer me regala una sonrisa de oreja a oreja cuando hunde el rodillo en el cubo y se dispone a pintar la zona más alta.

Hago lo mismo mientras lo observo de reojo.

Tengo que hacerle la propuesta, hoy, porque ahora que he visto algo de lo que hay debajo de la ropa, tengo ganas de ver más, mucho más.