42. Sofía
Sofía
Nunca había sido consciente de cuánto espacio podía llegar a ocupar una persona en un coche hasta que Fer se ha subido en el asiento del copiloto.
O puede que sean los nervios por lo que quiero proponerle los que me hacen ser consciente de toda su envergadura.
Me ha dejado sin respiración cuando he salido de casa y me lo he encontrado apoyado en mi coche, con una pierna en la rueda y escribiendo un mensaje con una sonrisa tonta en la boca.
Y, por supuesto, el estómago me ha dado un vuelco cuando el móvil ha vibrado y me he dado cuenta de que esa sonrisa era por mí.
Definitivamente, tenemos que darnos el gusto antes de que esto vaya a más.
Nos sacamos la espina y tan amigos. Es la mejor opción.
Intento no mirarlo de reojo, pero fracaso de forma estrepitosa cuando llegamos a un semáforo.
Fer, con traje azul claro, está para comérselo; con vaqueros y camiseta, para lamerlo hasta dejarlo seco, y con pijama, para suplicarle que te acompañe a la cama.
Pero ¿Fer con ropa de trabajo? Está para montarle un altar y rezarle para que te haga todo lo innombrable que conozca.
No voy a salir viva hoy, moriré de combustión espontánea.
Por suerte, llegamos al centro de la asociación más rápido de lo que pensaba, y me bajo del coche como si me fuera la vida en ello, respirando tal bocanada de aire que casi me ahogo.
Aun así, el olor de su colonia me sigue acompañando cuando llamamos a la puerta.
Nos abre una chica alta, con unas curvas de escándalo y un rollo pin up que me flipa.
Pienso que podría caerme bien, hasta que veo cómo le sonríe a Fer.
—Hola, Luna. ¿cómo estás? —la saluda Fer con un abrazo que dura más de lo que el decoro permite. Entramos y nos adentramos en el lugar, me pego a él para no perderme. Cuando cruzamos la primera esquina, busca mi mano y la agarra mientras sigue hablando con la chica pin up —: ¿Ha llegado alguien ya?
—Juanma y Mar llevan aquí dos minutos, pero tu hermano dirá que son más. —Rueda los ojos y se ríe. No me gusta la familiaridad con la que habla con él—. Se ha enfadado cuando se ha enterado de que habíamos quedado a las diez.
—Que se joda —se burla Fer—. Por cierto, Luna, ella es Sofía, una amiga.
—Encantada. —Su sonrisa es sincera, y sé que es irracional que me caiga mal, pero lo hace. Tan irracional como que me haya molestado que haya dicho amiga , si es lo que soy—. Eres la colega de Juan, ¿verdad?
—Compañeros de universidad —rectifico y se ríe.
—Dijo que dirías justo eso. ¿Te comentó que estamos buscando personal?
—No me interesa, gracias —sentencio antes de que añada nada más. Fer aprieta mi mano y, cuando lo miro, me sonríe.
—Si cambias de opinión, ya sabes dónde estamos. —Me guiña un ojo y no insiste, cosa que agradezco, y que hace que gane algún punto extra a mi primera opinión de ella—. Fer, desde aquí ya sabes llegar. Llámame al móvil si necesitáis algo.
«Te llamará Juanma, no él», quiero decirle, pero me callo, porque estos celos que estoy sintiendo no son para nada racionales.
Para empezar, porque Fer y yo no tenemos nada, como mucho nos acostaremos una o dos veces y fin.
Y para acabar, Fer puede hacer lo que quiera con quien quiera porque, pues eso, que no tenemos nada.
Fer me aguanta la puerta para que pase y pone una mano en mi espalda cuando nos adentramos en una sala enorme, con el suelo de parqué rollo pista de baloncesto.
En la pared del fondo está Juanma, con una chica morena con rizos que le rodea el cuello con los brazos y los dos sonríen como si el resto del mundo no existiera.
—Hemos venido a trabajar, no a hacer manitas —se burla Fer y Juanma, sin mirarle, le saca el dedo del medio y aplasta a la chica contra él antes de darle un morreo que ni en las películas. Fer rueda los ojos—. No estoy solo.
—Hola, Sofía —me saluda Juanma con una sonrisa de oreja a oreja cuando se despega de la morena como si no acabaran de comerse el uno al otro—. Ella es Mar, mi novia.
—Venga, a trabajar —les insta Mar a Juanma y Fer, y, acto seguido, llega hasta donde estoy yo—. Tú te vienes conmigo.
—Pero ¿no vamos a ayudar? —le pregunto cuando me arrastra a una especie de sofá que hay en el otro extremo de la sala y que no había visto hasta ese momento. Mar se ríe con ganas.
—Oh, no, cariño. Nosotras hemos venido a disfrutar de las vistas —suelta lanzándose encima del sofá como una reina y da unos golpes a su lado para que haga lo propio.
¿Para esto me ha traído Fer? ¿Para mirar?
¿Vamos a estar cada uno a un lado de la sala?
Todo el calor que me ha acompañado en el cuerpo mientras veníamos, y que no tiene nada que ver con la temperatura del exterior, me abandona para dejarme una sensación agridulce.
«¿Qué pinto aquí? ¿Para qué me ha invitado?
¿Los hombres trabajan y las mujeres miran?
¿De verdad pensaba que disfrutaría con esto? No entiendo nada».
El cabreo va aumentando a medida que pasan los minutos y más preguntas y reproches llenan mi cabeza.
Estoy a punto de levantarme e irme cuando aparecen Óscar y Cristo por la puerta por la que hemos entrado Fer y yo.
Se dan un beso y el primero se dirige a donde están sus hermanos, mientras que el rubio viene hacia nosotras.
—Hola, preciosas —saluda Cristo y se sienta a mi lado. En ese momento me doy cuenta de que lleva dos bolsas de la compra del supermercado donde ha empezado a comprar mi abuela, llenas hasta arriba—. ¿Me he perdido algo?
—Aún no ha empezado el espectáculo —dice Mar decepcionada—, pero no tardará. Juanma se ha cabreado por lo de la hora.
—Déjame adivinar: ha llegado tarde y cuando ha aparecido no había nadie.
—Por supuesto —se mofa Mar—. ¿No conoces a tu cuñado o qué?
—Perdonad —los interrumpo—, pero ¿no vamos a ayudar o algo?
—Oh, no —contesta Cristo horrorizado—. Créeme, no quieres estar en medio del fuego cruzado.
—No puedes meterte en medio de los hermanos Rubio cuando trabajan —complementa Mar—. En serio, tú relájate y disfruta.
No sé si sus comentarios me relajan o me ponen más tensa. Sin embargo, los tres nos olvidamos de con quién estamos cuando Óscar, Juanma y Fer se quitan la camiseta. Sus espaldas musculadas son un espectáculo para la vista y ahora entiendo lo que querían decir.
—Cristo, tío, deberías cortarte con los chupetones. Se ven desde aquí —le acusa Mar riendo.
—También las marcas de tus uñas en la espalda de Juanma y no te digo nada —se defiende Cristo.
Los tres hermanos empiezan a discutir sobre algo, sobre todo Fer y Juanma; Óscar media entre los dos.
Cristo los señala mientras llama mi atención—.
A eso nos referíamos, Sofía. Son insufribles cuando están juntos, y más si es en el trabajo.
Están discutiendo mientras mezclan una especie de pasta blanca que no sé lo que es.
Juanma dice que necesita más agua y Fer, que no es un pantano.
En un momento dado, sueltan la mezcla para ir a mirar el paquete, y Óscar les intercambia las cubetas, de modo que, cuando vuelven a cogerlas, Juanma tiene la de Fer y Fer, la de su hermano.
Siguen con el mismo argumento hasta que Óscar les confiesa lo que ha hecho.
Los dos se callan y, refunfuñando, se ponen a tapar agujeros con la pasta.
—Son como niños —se queja Mar.
—Unos niños muy sexies —comenta Cristo con una sonrisa de medio lado comiéndose con los ojos a Óscar.
Maite y César aparecen en la sala y, tal como ha pasado antes, se despiden con un beso y se separan, solo que esta vez es César quien se acerca y Maite la que va con sus hermanos.
Se pone a decirles que no lo están haciendo bien, con las manos en las caderas, y comienza a señalarles las imperfecciones que deben tapar.
Sus hermanos la ignoran, le contestan o le sacan el dedo del medio, mientras ella sigue con la misma retahíla.
Entonces, la separación no son hombres y mujeres, son hermanos Rubio y parejas. «Parejas».
—Hola, chicos. —César se lanza al sofá y me doy cuenta de que era más grande de lo que parecía en un primer momento. Se incorpora para mirarme y me tiende la mano—. Eres Sofía, ¿verdad? Creo que no nos conocemos, soy César.
—¿Y si ahora no fuera Sofía y fuera Tamara? —le interpela Mar—. No puedes presentarte así.
—Ya, claro, como si Fer fuera a traer a otra persona —le rebate César rodando los ojos y bajando la mano que nunca le he estrechado. Una pequeña llama vuelve a encenderse en mi interior, sutil, pero poderosa—. Cristo, ¿has traído algo de picar? Me muero de hambre.
—¿Por quién me tomas? —Cristo empieza a sacar bolsas de patatas, palomitas y pipas, que le tiende a Mar—. Tu novio me ha pedido esto expresamente para ti.
—Oh, luego se lo agradeceré —dice Mar cogiendo la bolsa y dándole un repaso a Juanma con la mirada. Como si lo hubiera notado, este se gira y le lanza un beso.
—Pensaba que Maite trabajaba en la oficina —murmuro. Les está dando órdenes a sus hermanos mientras estos la ignoran.
—Y lo hace —me contesta César mirando a su mujer con un cariño infinito. ¡Qué bonito tiene que ser que te miren así!—. Pero le encanta dar por saco a sus hermanos.
—Fer me dijo que estas eran tus favoritas —me indica Cristo tendiéndome una bolsa de 3D’s. Asiento mientras la cojo, aunque no la abro—. Por cierto, Alberto está encantado con tu abuela. Dice que siempre que va a llevarle la compra le da algo de comer. Está enamorado de sus galletas de canela.
—¿Alberto? ¿Llevarle la compra? —pregunto, confundida.
—Alberto es uno de nuestros empleados, uno de los mejores, si me preguntas.
—Eso solo lo dices porque es tu cuñado —lo acusa Mar, riendo.
—Ya lo pensaba antes —se defiende Cristo.
—Entonces, es porque es tu mejor amigo —le rebate César llevándose una patata a la boca.