Serie Siempre: Colección completa 41. Sofía
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41. Sofía

Sofía

Cuando pienso que Fer no puede ser más adorable, me sorprende gastando su carta de «Puedes pedir lo que quieras» para invitarme a pasar la mañana con sus hermanos para rehabilitar y pintar una parte del centro de la asociación.

Y no solo es adorable porque vaya a hacerlo de manera altruista, que también, sino porque ha pensado en algo que a mí también me haría ilusión.

Llego al salón con la mochila de fin de semana preparada para despedirme de Magda, que está viendo una película romántica que se sabe de memoria, mientras le escribo a Fer para informarle de que saldré en diez minutos.

Responde al momento para desearme buen viaje y decirme que vaya con cuidado.

Siempre me contesta lo mismo y… me parece adorable.

—¿Qué se cuenta Fer? —suelta Magda pausando la película—. Dale recuerdos de mi parte.

—No he dicho que estuviera hablando con él —me defiendo, no sé muy bien por qué.

—A no ser que hayas conocido a otro hombre en los quince minutos que has tardado en preparar esa mochila, él es quien te acaba de escribir. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

—Solo le he avisado de que ahora saldría.

—Ajá. —Su cara de incredulidad me hace rodar los ojos—. ¿Y pasarás por su casa antes o después de ver a tu abuela?

—No voy a ir a su casa.

—¿No? Pues deberías. Estás tardando mucho en darte el gusto.

—Eres inaguantable. —Bufo mientras me dirijo a la puerta—. Volveré el lunes por la tarde, ten cuidado.

—¿Sabes? Llevas unas semanas en las que no me dices que no quieres a lo de darte el gusto con Fer. —Me asomo por la puerta para mirarla con odio y me regala una sonrisa de oreja a oreja—. Solo constato un hecho.

—¡Adiós!

—¡Hazlo, y luego cuéntamelo todo! —Son las últimas palabras que escucho antes de cerrar la puerta.

Tiene razón, he dejado de decirle que no quiero y eso se debe a que soy incapaz de mentirle.

Desde mi cumpleaños no he dejado de pensar en él, en cómo sería verle perder el control; si es de los que les gusta dominar o dejarse hacer, o si lleva bóxer o slips .

Tengo un problema. Sobre todo porque yo pensaba que lo que me pediría a cambio de los pastelitos sería algo más íntimo, entre nosotros, no rodeados de todos sus hermanos.

O puede que solo sea mi desilusión la que habla.

No nos hemos vuelto a ver desde entonces, pero no hemos dejado de hablar ni un solo día.

Mi abuela ha dejado de ser el tema de todas las conversaciones para centrarnos en nosotros.

Me da la impresión de que yo también podría llegar a interesarle, pero la invitación me ha dejado un poco descolocada.

O puede que solo sea Fer siendo Fer, es decir, adorable a más no poder, y esté esperando a que yo dé el paso.

Que puedo hacerlo, no tengo problema con eso, lo único que espero es que no piense que busco algo más que darme el gusto; lo último que quiero es hacerle daño.

Pensó que formaría una familia con su primera novia, queda claro que es de los que buscan algo más.

Por otro lado, si dejamos claro antes lo que esperamos cada uno, no debería ser un problema, ¿no?

Con ese pensamiento rondándome la cabeza durante todo el camino llego a Baza, donde me encuentro a Fer hablando con mi abuela en el banco del jardín como dos viejos amigos que se reúnen para rememorar batallitas.

Me los quedo mirando desde la verja con una sonrisa en la boca, hasta que Fer repara en mí y me guiña un ojo.

—¿Cuánto hace que nos espías? —me acusa y mi abuela gira la cabeza para verme.

—Acabo de llegar, no quería interrumpir.

—Fer me estaba contando a dónde vais mañana —me explica mi abuela—. Es muy bonito lo que vais a hacer.

—Sí, la verdad es que sí —admito.

—Bueno, yo me voy dentro ya, que ha empezado a refrescar. —Alzo la ceja ante la tontería que acaba de decir mi abuela, pues hace bastante calor para ser las ocho de la tarde, pero se mete en casa como si le fuera la vida en ello.

—Eso ha sido raro, ¿no? —comenta Fer levantándose—. Hace dos minutos se quejaba del calor que tenía.

—Habrá querido dejarnos solos, como cuando vienes a tomar café y se va a echar la siesta a su habitación, como si fuera algo que hace habitualmente, cuando los dos sabemos que se duerme en el sofá con su novela de fondo.

—No se duerme, descansa la vista —se mofa Fer llegando hasta donde estoy y abriendo la verja—. ¿Te ayudo con la maleta?

—Solo llevo una bolsa, gracias. —Paso por su lado y estoy tentada de darle un beso, pero eso sería raro, ¿verdad?—. ¿A qué hora hay que estar allí mañana?

—Sobre las diez, pero si te pregunta Juanma, le dices nueve y media, o llegará a las once —me informa saliendo hacia la calle.

—Perfecto. —Cuando estoy a punto de abrir la puerta de la casa, me giro para consultarle la duda que me ha estado rondando todo el camino y le pillo de forma descarada mirándome el culo—. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Claro, dime.

—¿Qué opinas de las relaciones esporádicas?

—Que si las dos personas están de acuerdo, el tipo de relación que tengan no debería importarle a nadie —contesta, extrañado ante mi interrogatorio.

—Me refiero a ti. Es decir, tenerlas tú.

—He tenido alguna. —Se encoge de hombros—. Por lo general se acaban porque una de las partes quiere más. Es más fácil si lo limitas a uno o dos encuentros y cortas ahí. Es la forma de que nadie sufra o se haga ilusiones. ¿Y tú?

—Es la única clase de relación que he tenido —confieso. Asiente, como esperando algo más que no llega—. En fin, nos vemos mañana.

—Hasta mañana. —Nada más oír el sonido de la puerta al abrirse, me llama—: Sofía, ¿lo has preguntado por algún motivo en concreto?

—No lo sé —admito y, de repente, me envuelve una vergüenza como nunca antes. No debería ser tan difícil, ¿no?

—Cuando lo sepas, me gustaría saberlo. —Y con ese comentario, se va a su casa y me deja sonrojada hasta las orejas y con la convicción de que deberíamos darnos el gusto.