40. Juanma
Juanma
Me arrastro por el pasillo que me lleva hasta la puerta de casa, y los pocos metros que me separan de ella se me antojan eternos.
Estoy muerto. Llevamos toda la semana para derribar un muro de piedra que nos ha dado por culo más de lo que esperábamos.
Al menos, ya está hecho y mañana es viernes.
Eso sí, los tres hemos salido de allí como si hubiéramos hecho una guerra de cemento.
Si no fuera porque ir al estudio me relaja, hoy me quedaba en casa sentado en el sofá con una cerveza hasta que llegase Mar.
Cuando abro la puerta, me llega su voz desde el salón, así que voy hacia allí para comprobar que no le haya pasado nada; debería estar en la asociación. Me la encuentro hablando por videollamada con su amiga Irene, la cual vive en Suecia, y con los ojos rojos.
—Ei, nena —le digo poniendo una mano en su hombro en un vano intento de que no se asuste. Los auriculares que tiene puestos salen volando y se lleva una mano al pecho—. Perdón. Hola, Irene.
—Juanma, ¿qué haces aquí? —Me observa como si fuera lo más raro del mundo encontrarme en mi casa, aunque, seguramente sea así, y de repente se percata de que estoy blanco—. ¿Te has peleado con un saco de cemento?
—Algo así —bromeo—. Voy a ducharme, ¿vale?
Asiente y recoge los auriculares para seguir con la videollamada. Para cuando vuelvo al salón de nuevo, limpio y vestido con un chándal que suelo ponerme para ir a pintar, ya ha terminado de hablar. Sonrío al ver que me espera con dos cervezas y un plato de patatas fritas de bolsa.
—¿Estás bien? ¿Por qué llorabas? No sueles llorar cuando hablas con Irene, al menos, no así.
¿Por qué no estás en la asociación? ¿Ha pasado algo?
¿Por qué no me has llamado? —Las preguntas salen disparadas de mi boca sin darle tiempo a responder.
Se ríe y se sienta en mi regazo para envolverme con los brazos antes de darme un beso corto en los labios.
—Hola —saluda con una sonrisa—. Estoy bien, bueno, no estoy mal. No estoy en la asociación porque he tomado la decisión de no ir los jueves.
—¿Desde cuándo? ¿Y eso? —La asociación es importante para ella, no quiero que la deje si no es lo que desea. De hecho, hasta hace un instante, nunca pensé que escucharía de su boca que no quiere ir; ya le jode bastante tener claustro los lunes y no poder acercarse.
—De manera oficial, desde hoy. Pero lo llevo pensando desde el fin de semana que hablé con Cristo.
—¿Te ha dicho que la dejes? —Me sorprende que Cristo haya hecho algo así y me relajo cuando Mar niega con la cabeza.
—He decidido ir a terapia —confiesa con un deje de vergüenza bajando la cabeza, y se la alzo con la mano. No hay nada malo en ello, no tiene que avergonzarse.
—Me parece una gran decisión. Y no lo pienso solo porque dejarás de tener miedo a nuestra relación, estoy seguro de que te irá genial a ti como persona.
—Yo también. —Sonríe y el resto del mundo deja de existir—.
Cristo ha movido sus hilos y me ha conseguido hora con una psicóloga especializada.
No te lo había contado porque ni siquiera me había hecho a la idea cuando me ha llamado a mediodía para decirme que tenía hora esta tarde. Pensaba explicártelo cuando llegases.
—Me da igual que no me lo hayas contado. Lo que me hubiera dolido es que no lo hubieras hecho por otro motivo, como que pensaras que no iba a apoyarte o entenderte. —La beso en los labios cuando niega con una sonrisa—. ¿Y a qué hora saldrás de la consulta?
—Sobre las seis de la tarde, son cuarenta y cinco minutos y está muy cerca del colegio. Es genial porque así no tengo que ir corriendo.
—Pues a partir de ahora yo también me cogeré libre los jueves por la tarde para estar contigo si lo necesitas.
—No tienes por qué hacerlo.
—No, no tengo, es que quiero hacerlo. Pintar está sobrevalorado.
—O podemos ir a pintar los dos —propone con un gesto que me indica que haremos muchas cosas, pero no pintaremos.
—Te recuerdo que la última vez tardaste tres días en quitarte toda la pintura del cuerpo y que te picaba.
—Y, como te dije esa la última vez, cambia de pinturas —me exige acercándose más a mí.
—Quizá lo valore —le susurro mientras cuelo una mano debajo de su sudadera y gimo al darme cuenta de que no lleva sujetador—. Eres malvada.
—¿Yo? —Pone una cara inocente que no engaña a nadie y le pellizco un pezón, lo que la hace soltar un jadeo—. No sé de qué me hablas, todas las tardes que estoy en casa voy sin sujetador.
—Me gusta más cuando vas desnuda —confieso besando su cuello y haciendo que se estremezca—. Aunque odio que esas cortinas no tapen una mierda y tengas que cubrirte ese cuerpo que me vuelve loco.
—Cuando vivamos en una que sea nuestra, compraremos las cortinas más tupidas del mundo —afirma mientras se sienta a horcajadas encima de mí—. No a todos nos gusta ser unos exhibicionistas como a ti.
—¿Me estás proponiendo que nos compremos una casa, nena? Dime cómo se llama esa psicóloga tuya, pienso hacerle un regalo —bromeo.
—¿Quieres? —Su confusión me hace reír.
—¿De verdad me estás preguntando si quiero pasar el resto de mi vida con la mujer que amo? Por supuesto, nena.
—Es algo que ya habías pensado —me acusa y me encojo de hombros—. No me lo habías comentado nunca.
—No he dicho que quiera empezar a buscar casa mañana, pero sí que es algo que ya me había planteado.
No quiero vivir de alquiler para siempre, y menos ahora que he encontrado a mi compañera de vida.
Sin embargo, no tengo prisa. Sé que es un gran paso en nuestra relación, lo daremos cuando estés preparada.
—Molaría que pudieras tener tu propio estudio en ella, con un gran ventanal para que entre luz natural.
—Y tú un despacho con una mesa enorme para cuando tienes que hacer tus informes y con sitio de sobra para todas esas manualidades que empiezas y nunca acabas.
—¡Oye! —Me da un manotazo en el pecho mientras nos reímos—. Nunca había dejado nada a medias, hasta que empecé a vivir con un hombre que no para de atacarme por el pasillo.
—¿Es una queja?
—¡No! —Se aferra más a mí y tengo que controlarme para no hacer precisamente eso y olvidarme de que estamos teniendo una conversación seria—. ¿Crees que existirá una casa así?
—¿Así como?
—Perfecta para nosotros.
—Nena, si no existe, la construimos. Tú dame tu lista de deseos y yo los haré realidad.
—Hagámoslo.
—¿La lista de deseos? —pregunto esperanzado, aunque no quiero hacerme muchas ilusiones. Es un gran paso para ella—. Porque yo con que tú estés desnuda por la casa me conformo.
—Busquemos una casa para vivir juntos —afirma con convicción; y, joder, ahora mismo la quiero más que nunca por lo valiente que está siendo—, pero si me canso de ti, pienso quedármela.
—Eso no va a pasar —sentencio y alza la barbilla, desafiándome.
—¿Y eso por qué?
—Porque no pienso permitir que te canses de mí.