Serie Siempre: Colección completa 39. Sofía
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39. Sofía

Sofía

Me estremezco nada más escuchar su felicitación en mi oreja.

No recuerdo que alguna vez me hayan felicitado de una forma tan sensual o, al menos, mi cuerpo nunca había reaccionado de esta forma.

Maldito traicionero. Es el mismo que se ilusiona cuando ve su nombre en la pantalla del móvil o cuando espera, apoyado en el quicio de la puerta, a que le abra para entrar a tomar café con mi abuela y conmigo.

Esa sonrisa ladeada que pone debería estar prohibida.

Una vez llego al salón y me siento a la mesa, reviso mi móvil y contengo una carcajada cuando me doy cuenta de que he avisado a Juanma, y no a Fer, de que ya salía.

En mi defensa diré que los dos tienen la misma foto de perfil: una imagen de los cuatro hermanos en la boda de Maite con una pistola de clavos en la mano.

Desconozco el motivo, lo cierto es que me ha dado miedo preguntar el porqué.

Como si lo hubiera invocado, me contesta en ese momento:

Mamá osa (Juanma)

Me he asegurado de que mi hermano tenga pastelitos para ti, pero creo que deberías avisarle a él

Solo es una sugerencia

Aunque no me cabe duda de que te estará esperando igual

Uh…, si tu mensaje es de hace más de una hora, igual ya estás con él

Bueno, que disfrutes mucho de mi hermano

Y no, no me he equivocado, lo he escrito bien ;)

Ruedo los ojos y guardo el móvil sin contestarle.

Da igual lo que le diga, he aprendido en estas últimas semanas desde que empezó a escribirme que Juanma va por libre.

Llega, suelta lo que tenga que decirte y se larga sin esperar respuesta alguna.

Igual que hizo en la boda. «Porque se merece ser feliz y creo que podría serlo contigo».

Lanzó la bomba y se largó, sin darme tiempo ni a replicar ni a preguntar.

Me dejó tan turbada que ni siquiera se lo conté a Magda.

O puede que sea porque no quiero escucharla, una vez más, insistirme en que me dé el gusto con Fer.

Es demasiado fina y delicada para decirme que me lo folle, pero no por ello menos persistente.

Por suerte, Juanma es más sutil, aunque sé que el objetivo es bastante similar.

Recorro con la mirada el espacio que solía ser mi hogar y ahogo un suspiro.

Ya no queda nada de lo que era y, aunque lo agradezco, me fastidia haber olvidado la distribución original.

Al menos ahora puedo estar en este lugar sin ponerme a llorar.

Me gusta cómo lo tiene Fer: las paredes blancas contrastan con los muebles gris oscuro, y el sofá granate aporta un toque de color muy elegante.

Aunque lo que más me fascina de toda la estancia son las rosas negras que tiene pintadas en la pared, cortesía de Juanma.

Le pregunté por qué, pero solo me contestó: «Pareces una chica lista, lo acabarás descubriendo» y, acto seguido, añadió: «Hay otra pintura en su dormitorio, por si también quieres descubrirla ;)».

Con Juanma también he averiguado que me encanta enviar el emoji de la peineta.

De repente, se va la luz. O no, solo se ha ido en el salón, porque vislumbro las luces de la cocina.

En el mismo instante en el que me voy a levantar, Fer aparece con una pirámide de pastelitos con una vela encendida encima.

Dios, no pensé que existiera una visión más sexy de él que la que me regaló la noche de la boda cuando me puso el pelo detrás de la oreja y estuve tentada de besarlo, pero estaba equivocada.

Fer en pijama con la cara iluminada por la luz de una vela es una pasada de bonito.

¿O será que cada cosa que descubro de él me hace verlo aún más atractivo?

—¡Feliz cumpleaños! —exclama con una sonrisa dulce nada más poner delante de mí el montón de pastelitos—. Perdón por tardar, la pirámide ha sufrido problemas de estructura un par de veces.

—Gracias.

Pienso en un deseo, algo que quisiera tener, conservar o no perder, y mis ojos se desvían durante un segundo al chico que me sonríe mientras espera paciente a que sople. Mi cuerpo traicionero vuelve a hacer de las suyas y, antes de poder pensar en otra cosa, apaga la vela.

—¡Ya puedes comer! —celebra encendiendo la luz—. Voy a buscarte la crema y un plato.

Regresa al poco con lo que ha dicho y, como había prometido, me como más de la mitad de la bandeja.

He cenado algo antes de coger el coche, pero he dejado todo el hueco para los pastelitos, que se han convertido en mi nueva obsesión.

Ojalá supiera hacerlos y ojalá Magda no me hubiera mandado a la mierda cuando le dije que debería aprender a prepararlos.

«Si quieres pastelitos, se los pides a Fer».

Si no la conociera, pensaría que está celosa, pero lo más seguro es que sea otro de sus intentos por hacerme ampliar mi zona de confort.

Hablar con Fer es fácil, saltamos de un tema de conversación a otro sin problema.

Me encanta escucharle hablar de sus hermanos, se nota no solo que los adora, sino que también son una piña.

Me hubiera encantado tener hermanos, de hecho, me hubiera conformado con tener primos o primas, pero mis padres eran hijos únicos y querían lo mismo para mí.

Lo cierto es que nunca me sentí sola hasta que murieron.

—¿He dicho algo que te haya molestado? —me pregunta Fer preocupado poniendo su mano sobre la mía, lo que me sobresalta.

—¿Qué?

—Es que te estaba contando lo del entrenamiento del miércoles y te has puesto triste de golpe. ¿Estás bien?

—Sí, perdona, estaba pensando en mis padres. —Me acaricia el dorso de la mano con el pulgar, y agradezco que no diga palabras vacías que suele decir la gente, como la mierda de «ha pasado mucho tiempo».

—Yo me siento peor en las navidades —admite—. A mi padre le flipaban y decoraba la casa el dos de noviembre, pese a las quejas de mi madre. No pensé que celebrar tu cumpleaños te afectaría, lo siento.

—No, no me afecta. —Niego con la cabeza para darle más énfasis a mi afirmación y se me escapa un mechón de pelo que Fer vuelve a colocar detrás de mi oreja.

Me encanta que haga eso—. Al menos ahora no.

Pasé mucho tiempo fingiendo que era un día más, hasta que Magda me obligó a ir a comer con mi abuela a un restaurante y no me sentí mal, así que lo convertimos en una tradición.

Creo que mi abuela quiere tanto a Magda debido a ese gesto.

—Yo cogí el testigo de mi padre con la locura navideña para que mis hermanos no lo notaran tanto, aunque creo que lo hice para que, si ya íbamos a estar tristes esos días, como mínimo tuviéramos algo que nos recordase que él siempre estaría con nosotros.

—Suspira—. ¿Te apetece hablar o cambiamos de tema?

—Cambiamos de tema, por favor. —No debería parecerme tan tierno que me dé la opción de elegir, pero la verdad es que lo hace. Me aprieta la mano antes de soltarla y el frío que siento en ella no tiene nada que ver con la temperatura de la estancia.

—Pues, si quieres, puedo darte tu regalo ahora —comenta mientras se rasca la nuca nervioso.

Fer de normal es adorable, pero el Fer nervioso es un amor.

«Madre mía, me levantaría y le daría un abrazo».

Yo misma me quedo impactada por ese pensamiento.

Una cosa es querer besarlo cuando lleva un traje que le sienta espectacular y te mira como si no existiera otra mujer en el mundo; otra, querer darle un abrazo amoroso.

Me quedo tan petrificada que Fer lo interpreta como si fuera una reacción por su sorpresa, así que se levanta para coger algo del mueble que hay al fondo.

Vuelve con un paquete cuadrado envuelto en papel de regalo y un ramo de rosas negras que ni siquiera había visto.

—Son preciosas —murmuro tocando el pétalo de una de ellas.

—Se supone que no mueren —me explica, no muy convencido—. La florista me dijo que estaban preservadas o algo así.

—Tenía alguna así, pero no negras. Gracias.

Beso su mejilla y me alejo cuando me doy cuenta de que me hubiera gustado que me rodeara con su brazo y me besara con pasión.

«Pero ¿qué me pasa?». Me centro en las flores para no mirarlo y me acerca el otro paquete, el cual abro al momento.

Una sonrisa de oreja a oreja se me forma en la cara cuando veo un cuadro de rosas negras como las que tiene Fer en la pared.

—Juanma me ha pedido una foto tuya con el cuadro como pago o doscientos euros, así que me vas a permitir que te robe un posado.

—¿Es broma?

—Ojalá —dice con resignación—. Puedes taparte la cara con el marco si quieres.

—No, no pasa nada. No tengo nada en contra de las fotos. —Y es verdad—. ¿Te pones conmigo?

No sé lo que se habrá tomado el adolescente que me ha vomitado hoy encima, pero, desde luego, los vapores de la sustancia me han tenido que afectar al cerebro, porque no entiendo qué me está pasando esta noche con Fer.

O puede que no me esté pasando nada más allá de que estoy conociendo a un hombre maravilloso. Drogada, definitivamente estoy drogada.

Se acerca a mí y nos hace un par de selfis donde, queda mal que yo lo diga, pero, salimos muy guapos. Me manda las dos fotos y hace lo propio con su hermano.

—¿No es un poco tarde para que le mandes un mensaje ahora? —le pregunto porque estoy viendo en el móvil que es la una pasada.

—Que se joda. —Su móvil suena y se ríe—. Está despierto, dice que felicidades.

—Dile que gracias. —Un bostezo enorme sale de mi boca en ese mismo momento—. Creo que debería irme a dormir.

—¿Te acompaño para que no te pierdas? —bromea.

Niego mientras me dirijo a la puerta. Sigue en pijama, aunque se ha puesto una sudadera negra y estoy tentada de decirle que donde quiero que me acompañe es al dormitorio. Vale, tengo que salir de aquí antes de hacer una tontería.

Se queda apoyado en el quicio de su puerta mientras me observa salir de su casa para dirigirme a la de mi abuela, pocos metros más allá.

Antes no había un muro que las separara, lo construimos cuando mi abuela no quiso vender y se abrió la opción de alquilar la casa que era de mis padres.

A Fer le sería mucho más fácil venir sin él.

Sacudo la cabeza y me despido con la mano antes de entrar.

Con un poco de suerte, mañana se me habrá pasado el efecto de la droga que seguro que llevaba el vómito.

Noto varias vibraciones en el móvil y, cuando lo saco para mirarlo, veo que tengo mensajes de Juanma y de Fer:

Mamá osa (Juanma)

Felicidades, reina mora

Espero que te acuerdes de mi hermano cada vez que veas el cuadro

Y si lo usas para tocarte pensando en él, ten en cuenta que esa pintura no está diseñada para que respete la piel ;)

¡La madre que lo parió! Entro en la conversación con Fer, aún sonrojada por las palabras de su hermano.

Fer

Buenas noches, preciosa

Descansa, mañana tienes mucho que celebrar :)

¡Ah! Y creo que ya sé lo que quiero a cambio de los pastelitos de limón

Sofía

¿Y me lo vas a decir?

Fer

Otro día

¡Que sueñes bonito!

Y, como si lo hubiera planeado, sueño con él.