Serie Siempre: Colección completa 38. Fer
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38. Fer

Fer

Hoy estamos de celebración. Después de pasar por una boda con preparación exprés, una ruptura de una pareja secreta y una casi ruptura de una pareja que era, pero no era, por fin todo se ha asentado y podemos respirar tranquilos.

César y Maite están mejor que nunca, claro que yo también lo estaría si me hubiera pasado dos semanas en Nueva York con el amor de mi vida.

Óscar y Cristo no tienen que esconderse y este último, además, ha conseguido el trabajo de sus sueños; lo de su familia ya es otro cantar, aunque, por suerte, no parece muy afectado.

Y Mar y Juanma… Bueno, ¿qué voy a decir?

Han llegado tarde porque se les ha complicado un tema.

Ajá. Aun así, no puedo dejar de sonreír por ellos, por lo felices que se les ve.

Sofía

¡Que vaya genial la celebración!

Fer

¡Gracias!

Sofía

¿Cómo vais?

Fer

Estamos a punto de empezar a comer, en cuanto Cristo nos dé permiso

Sofía

Al final no iré hoy a casa de mi abuela, tengo que sustituir a un compañero de la tarde que ha tenido una urgencia familiar (aunque, entre tú yo, creo que se lo ha inventado; siempre tiene urgencias familiares los sábados)

Así que, a priori, iré mañana por la mañana para allí

O puede que esta noche al salir si no estoy muy cansada, aún no lo tengo claro

Fer

He preparado pastelitos de limón

Esos que tanto te gustan y por los que me odia tu abuela

Sofía

A eso se le llama chantaje

Fer

Hay quien lo llamaría motivación

Sofía

Si llego hoy… ¿Podré comerlos?

Fer

Eso depende

Sofía

¿De qué?

Fer

De la motivación

Sofía

¿Me vas a pedir algo a cambio de los pastelitos?

Fer

Eso depende

Sofía

¿De qué?

Fer

De lo que pueda pedir

Sofía

Tus pastelitos no están tan buenos

Fer

Como quieras…

Sofía

¡Está bien! Puedes pedir algo que te guste tanto como a mí tus pastelitos

O mejor no, menos, mejor menos

¡Está bien! Puedes pedir algo, pero tengo derecho a veto

Mierda, ¿cómo se borran los mensajes anteriores?

Fer

Tarde, ya lo he leído todo

Sofía

¡No puedes hacer eso!

Es injusto que utilices la comida como chantaje, cocinas muy bien

Fer

Motivación

Sofía

¿Motivación para qué?

Fer

Lo tengo que pensar…

Sofía

Pero lo de los pastelitos, sigue en pie, ¿verdad?

Fer

Ven esta noche y lo verás…

Sofía

¡Eres malo!

…

Allí estaré, pero más te vale que vayan acompañados de alguna de esas cremas dulces que haces

Fer

Hecho

Sofía

¡Eres el mejor!

Bueno, no, tú no, que me haces chantaje

Tus pastelitos son lo mejor

Y tus cremas con nombres impronunciables

Fer

Crema chantilly

Sofía

Lo que sea, eso no es bíblico, tío

Suelto una carcajada sin poder evitarlo y es en ese instante cuando me doy cuenta de que todos me estaban observando mientras hablaba con Sofía.

Cotillas entrometidos. Me despido de ella rápido y guardo el móvil antes de que Juanma venga a comprobar si su chantaje surtió efecto o no, como lleva intentando hacer las últimas tres semanas desde su amenaza.

La verdad es que no fue eso lo que me hizo lanzarme a hablar más con Sofía, fue darme cuenta de todo lo que había pasado delante de mi cara sin que yo apenas me diera cuenta.

Puede que fuera el alcohol el que me motivara a preguntarle a Sofía el día de la boda si para ella tampoco era indiferente, pero fue el empujón de Juanma, o la hostia de realidad, lo que me hizo actuar, por una vez en mi vida.

Me los quedo mirando a los seis con la esperanza de que ignoren lo que acaba de pasar, pero, por desgracia, tengo a Juanma como hermano.

—¿Con quién hablabas? —canturrea con recochineo. Ahora mismo le lanzaría el jarrón que tengo a mi espalda, si esta fuera mi casa.

—Con una amiga —contesto cortante y Juanma rueda los ojos mientras el resto se ríe por lo bajo—. ¿Comemos ya?

—Hace cinco minutos que he dicho que podíamos sentarnos —me explica Cristo burlándose—, pero estabas demasiado ocupado con el móvil.

—Perdón, ya podemos comer.

—Ah, no —dice Maite negando con la cabeza—. Tú no puedes comer hasta que no nos digas con quién estabas hablando. El nombre.

—Con Sofía —murmuro a regañadientes y Mar alza los brazos en señal de victoria.

—¡Os lo dije! ¡Chupaos esa y soltad la pasta!

Le lanzo a Juanma una mirada que lo acusa de tramposo y se encoge de hombros mientras besa a Mar para felicitarla.

No creo que haya dos personas en el mundo que encajen más que ellos dos.

Por fin nos sentamos a comer y espero impaciente a que mi hermana empiece con el interrogatorio.

Contra todo pronóstico, espera hasta el postre.

—¿Y Sofía ha probado ya tus pastelitos de limón o le has guardado alguno para que los pruebe? —Finge que es una pregunta casual mientras se come su tercer pastelito.

—Yo creo que Fer prefiere que se coma otra clase de pastelitos —murmura Juanma, aunque lo escuchamos todos a la perfección. Cristo se atraganta con el café por culpa de la risa; se lo merece.

—Los ha probado —contesto y no añado nada más. No les voy a contar que el único motivo por el que hoy los están comiendo es porque los he hecho para ella. No pienso darles munición.

—¿Y qué más cosas ha probado? —César se une a la conversación tras un codazo de Maite muy poco sutil.

—No hace falta que te limites solo a las cosas de comer, si ha probado otras, nos lo puedes contar. —Un día mataré a Juanma y el juez me dará la razón cuando le diga que se lo había ganado con creces.

—Gracias —suelto en modo sarcástico y Juanma esboza una sonrisa. Yo también sé jugar—. No las recuerdo todas.

—Esa te la has ganado —bromea Cristo y, cuando fija la mirada en mí, sé que no me va a gustar lo que me va a decir—. Un día la podrías invitar y así la conocemos mejor.

—¡Esa es muy buena idea! —le anima Mar y todos asienten. «Mierda»—. Invítala también el día que pintemos el local de la asociación. Juan me dijo que era la mejor de su promoción y que le encantaría tener a alguien como ella en la plantilla, igual podemos convencerla de que se mude de vuelta aquí.

El vuelco que me da el corazón al escuchar esas palabras no es ni medio normal. No es mi pareja, no es ni siquiera un rollo casual, solo una chica a la que estoy conociendo y que cada día me gusta más. No quiero hacerme ilusiones. O mejor dicho, no puedo. Por muy tentador que sea.

—Eso, Fer, díselo —dice Juanma con un tono que me deja claro que, si yo no lo hago, lo hará él.

—Se lo comentaré, pero no creo que venga.

—¡Ese es mi chico!

He vuelto de casa de Cristo y Óscar antes de lo que tenía previsto, pero es que entre las preguntas sobre Sofía y verlos a todos acaramelados, he llegado a mi límite.

Estoy muy feliz por ellos, de verdad; sin embargo, eso no implica que no les tenga envidia.

Mis tres hermanos han encontrado a su compañero o compañera de vida y yo, que encima soy el mayor, sigo soltero, cuando, de los cuatro, siempre he sido el que más claro tenía que quería vivir en pareja.

Aunque, después de la revelación de Juanma hace casi un mes, la sensación de ser un estúpido ha ganado a la envidia.

Aprovecho para poner una lavadora y recoger un poco el piso de arriba mientras espero a que llegue Sofía, si es que al final se ha decidido por venir hoy y no mañana.

Mañana es su cumpleaños, por eso le he hecho los pastelitos de limón.

Por eso y porque quiero volver a ver la cara de placer que puso la primera vez que se llevó uno a la boca.

Me provocó tal erección que cuando llegué a casa tuve que irme directo a la ducha.

Desde entonces he soñado varias veces con esa imagen, todas con el mismo resultado que cuando la contemplé en directo.

Miro el reloj una vez más y me pregunto si al final vendrá.

No me ha escrito cuando se supone que sale de trabajar, hace una hora y media, por lo que no sé si ha cambiado de opinión o si estaba tan cansada que ha caído redonda a la cama sin más.

La desilusión me envuelve y me recuerdo a mí mismo que no tiene por qué escribirme, ni para decirme que iba a venir —cosa que sí ha hecho otros días—, ni para decirme que se quedaba en casa.

Pasados cinco minutos decido que las doce es mi tope de espera y subo a ponerme el pijama.

Me estoy lavando los dientes cuando llaman a la puerta.

Al abrir, me encuentro con Sofía enfundada en unas mallas negras y una camiseta ancha del mismo color, muy distinta a las prendas ajustadas y, por lo general, de cuero que suele llevar, esbozando una sonrisa, hasta que se fija en mi atuendo y abre mucho los ojos y la boca.

—¿Te he despertado? ¡Mierda, perdona!

—No, tranquila. Me acabo de cambiar —la tranquilizo—. Como no habías dicho nada, pensaba que no venías.

—Te he mandado un mensaje para decirte que salía y que quería mis pastelitos. Me ha extrañado que no me respondieras, pero no le he dado más importancia.

—No sé a quién se lo habrás mandado, pero a mí no —me burlo—. De todas formas, pasa. Ahora mismo saco los pastelitos.

—¿Seguro? Puedo volver mañana.

—¿No quieres entrar porque te sabe mal de verdad o porque no quieres tener que deberme algo? —bromeo mientras me apoyo en el quicio de la puerta y me cruzo de brazos. No me pasa desapercibida la mirada que me echa.

—Me sabe mal de verdad, si no, te aseguro que ya habría entrado y me habría comido la mitad de la bandeja.

He tenido una tarde de mierda que encima no me correspondía; y, cuando volvía a casa, vomitada de pies a cabeza, para ducharme y venir aquí lo antes posible, he visto al compañero que tenía que estar en ese turno con un chico en lo que claramente podríamos llamar una cita.

Así que, si el pago por acabar bien el día es deberte algo, que así sea.

—Que así sea —repito apartándome para dejarla entrar. Una vez que estoy a su espalda, me agacho para susurrarle—. Por cierto, feliz cumpleaños.