37. Mar
Mar
El cómo Juanma ha conseguido llegar en menos de media hora a casa de mis padres, cuando es un trayecto de cuarenta minutos mínimo, lo analizaremos otro día, seguramente mientras paguemos las mil multas que le habrán puesto por ello.
Pero, por una vez, no pienso decirle nada: lo he llamado y ha venido.
Si eso no es una demostración de lo mucho que me quiere, pese a que yo no se lo haya dicho, nada lo es.
«Deja de mirarlo como si fuera una visión y abrázalo, idiota».
El tema de lo mal que me trato a veces también lo dejaremos para otro día.
Me lanzo hacia él y me envuelve entre sus brazos, apretándome fuerte contra su cuerpo.
¿Cómo es posible que hubiera echado de menos esto, si no ha pasado ni un día?
«Porque le quieres y estás enamorada de él».
Sí, total y completamente enamorada de este hombre perfecto, lleno de tatuajes y con una sonrisa capaz de desarmarme.
Me separa lo suficiente para observarme mientras me coge la cara con las manos.
—¿Estás bien?
—Ahora sí.
Me pongo de puntillas para besarlo y me recibe con una sonrisa a la vez que me acaricia las mejillas con el pulgar. Un carraspeo nos obliga a separarnos, pero envuelvo su cintura con mis brazos, no quiero despegarme de él.
—Me alegra que te encuentres mejor, Juanma —dice mi padre y me mira—. Tu madre va a sacar el pastel.
—Luego hablamos —le prometo a Juanma y asiente con una sonrisa.
Nos dirigimos al comedor, donde nos esperan mi madre y Jesús. Este último pone una mueca de desagrado poco disimulada cuando ve a Juanma y exploto:
—Si no te gusta lo que ves, ya sabes dónde está la puerta.
—Mar, por favor, solo ha venido a felicitar a tu padre —me interrumpe mi madre—. No hace falta que te pongas así.
—Sí, sí que hace falta. ¿Qué pinta aquí, mamá? —le reprocho. Y si he tenido que casi perder a Juanma para armarme de valor y dar un paso adelante, que así sea—. No es nadie de la familia. No quiero verlo, te lo he dicho un montón de veces, pero tú no paras de invitarlo.
—Porque sigo pensando que fue un error que lo dejarais.
—¡El error fue perder ocho años de mi vida a su lado!
—vocifero, porque, por mucho que lo diga, parece que mi madre no lo entiende.
Noto que Juanma me aprieta más contra él y me da fuerzas para seguir hablando—: ¿Eres consciente de lo insultante que es que no aceptes mi decisión o que lo invites cuando tengo otra pareja?
—Juanma no iba a venir hoy.
—¿Pero tú te escuchas cuando hablas? ¿Crees que voy a cambiar de opinión? ¿De verdad crees que quiero volver con ese despojo humano que no paraba de despreciarme y fingía que lo hacía por mi bien? —Suspiro—. Aunque no sé de qué me sorprendo, tú haces exactamente lo mismo.
Mi madre intenta sostenerme la mirada, pero sé que no es capaz de aguantar todo el reproche que hay en la mía. Se gira para mirar a mi padre, que nos observa con los brazos cruzados apoyado en la mesa.
—¿Y tú no piensas decir nada?
—Nada de lo que ha dicho tu hija es mentira, llevo años diciéndotelo. —Se encoge de hombros y me mira—. Me alegra verte de vuelta. Esta es mi chica valiente.
Abre los brazos y voy corriendo hacia él para fundirnos en un abrazo que se siente como cuando tenía cinco años y me había raspado las rodillas.
—Siento no haber hablado contigo en su momento cuando me di cuenta de que habías perdido tu luz —me susurra—. Tu madre me dijo que era normal porque habías crecido y llevabas mucho tiempo fuera de casa, pero en el fondo sabía que eso no era verdad. No volverá a pasar.
—Gracias. —Me limpia las lágrimas que ni había notado que estaba derramando mientras me sonríe. Es un gruñón y un hombre de pocas palabras, pero siempre me animó a luchar por lo que quería. «Y te ayudará a mandar a Juanma a paseo si cambia».
—Con él brillas —dice señalando a Juanma con el mentón, que está en mitad del salón mirándonos con cariño—, pese a que esté lleno de tatuajes.
—Papá…
—Ya, ya. —Le lanza una mirada a Jesús que hace que se mueva incómodo—. ¿Se puede saber por qué sigues aquí? ¿No tienes amor propio o qué? Lárgate de mi casa.
Jesús atraviesa el comedor como alma que lleva el diablo, y entonces me doy cuenta de que mi madre ha desaparecido también.
—Se ha ido hacia las habitaciones —me informa Juanma.
—Debería ir a hablar con ella —suelto con un suspiro.
—No tienes por qué —me recuerda mi padre.
—Entonces, no sería ella misma —le rebate Juanma y mi padre asiente a regañadientes.
Dejo atrás a los dos hombres más importantes de mi vida y me dirijo hacia las habitaciones. Me sorprendo al encontrar a mi madre en la mía, me apoyo en el quicio de la puerta mientras lo observo todo. Sigue exactamente igual que antes de irme a la universidad. Qué mal gusto tenía entonces.
—Siempre te has llevado mejor con tu padre —empieza a hablar mientras mira un marco de fotos que no sé de dónde ha sacado—. Daba igual el tema, tu padre siempre te daba la razón. Siempre. Era muy frustrante. Casi haces la comunión con un vestido de flores, ¡por el amor de Dios!
—Hasta que decidí que no quería hacerla —le recuerdo, aunque esa decisión pareció aliviarle más que enfadarle, supuse que para que nadie me viera con un vestido que no era «lo que tocaba».
—¿Sabes? Eso me pareció bien, si no querías hacerla, pues fin.
—O no—. Lo único que yo quería era que, si decidías hacer algo, lo hicieras bien.
Nunca me he interpuesto en tus decisiones vitales.
—Alzo una ceja, aunque no me vea—. Bueno, no lo hacía.
Hasta que te fuiste a la universidad y empezamos a hablar más y parecía que, pese a que nuestra relación no era perfecta, al menos no tenía la sensación de sobrar.
—Nunca has sobrado, y papá se ponía a tu favor más veces que al mío, te lo aseguro. —¡Qué diferentes pueden ser los recuerdos de una misma vida dependiendo de la perspectiva desde la que se cuente!
—Cuando te fuiste a la universidad tuve miedo de que no volvieras.
Que te fueras a vivir a Madrid o a otra ciudad grande, como siempre habías querido.
Te echaba mucho de menos, aunque no te lo dijera.
—Suspira—. Pero entonces, el último año, empezaste a salir con Jesús y planeabais una vida aquí, cerca de nosotros.
Luchaste hasta conseguir una plaza cerca de casa y, aunque no pudo ser aquí en Guadix, al menos fue en Baza.
Cuando lo dejaste con él, pensé que retomarías tu sueño de irte a vivir a una ciudad grande y volvería a perderte.
Me aferré a lo que te hizo estar aquí y pensé que si volvías con él, no te irías.
—Tuve suficiente con vivir los cuatro años de la carrera en Granada para darme cuenta de que lo de vivir en una ciudad grande es una mierda —le explico—. Hay demasiada gente. Lo sabrías si hubieras preguntado. Jesús no tuvo nada que ver con mi decisión de venirme más cerca de casa.
—Nunca quise que te perdieras en esa relación, pensaba que habías madurado, que formaba parte de la Mar adulta que estaba creciendo. Las cosas que decía Jesús no eran tan descabelladas, pero tendría que haberme percatado de que no casaban contigo.
—Yo también llegué a pensar que se trataba de madurez, pero él quería una vida y yo otra.
Nunca fuimos compatibles. Mientras vivíamos separados, era fácil engañarse y aplazar todos esos planes.
Sin embargo, cuando me mudé aquí, me bastaron seis meses para darme cuenta de que no era lo que yo quería. Nunca lo fue.
—Estoy muy orgullosa de la mujer que eres y del trabajo que haces. Incluido el de la asociación. Solo pienso en que puede interferir en tus planes vitales, y es algo que tienes que saber. No digo que lo dejes mañana, solo que lo tengas en cuenta.
—Mamá, yo no quiero tener hijos; y no, no voy a cambiar de opinión —digo, anticipándome a su posible réplica.
Es la primera vez que se lo digo, no espero que lo entienda, solo que me respete por ello—.
Trabajo cada día rodeada de niños y niñas maravillosos a los que adoro con toda mi alma, pero, a las cinco vuelven con sus padres y yo a la vida perfecta que quiero junto al hombre que quiero.
—Tu padre odia sus tatuajes.
—Pues que se aguante.
—Tendré que hacerme a la idea de que no tendré nietos —susurra mientras se levanta y deja el marco en lo que solía ser mi mesita de noche. Es una foto de los tres, mis padres y yo, en mi cumpleaños número seis—. Pero es tu decisión, aunque me duela.
—Gracias. Entiendo que ese sea tu sueño de vida, pero no el mío. —Asiente con pesar y se limpia las lágrimas de la cara mientras viene hacia mí.
—Y siento lo de Jesús. No volverá a pisar esta casa —afirma cuando salimos de la habitación—. Por cierto, ¿sigue en el comedor?
—Papá lo ha echado.
—Tu padre lleva deseando echarlo desde que entraste la primera vez en casa con él.
—Ojalá lo hubiera hecho —murmuro.
Creo que mi madre va a replicar, cuando se escuchan gritos desde el salón. Al asomarnos, vemos a mi padre y Juanma chillando al televisor por alguna jugada de un deporte que no había visto en mi vida. ¿Eso es lacrosse ?
—Pues ya se ha ganado a tu padre —se queja mi madre.
—A lo mejor, no sé, si te hubieras dado la oportunidad de conocerlo, tú también te habrías enamorado de él.
—Seguramente me odie por cómo os he tratado y no le culpo.
—Solo tienes que disculparte. No digo que vaya a ser tu mejor amigo, pero por algo se empieza. —Asiente y suspira.
—Y que sepas que me ganó el día de Reyes, lo que pasa es que estaba demasiado enfadada incluso para verlo.
—¿En serio?
—Te defendió de mí el día que nos conocía, en lugar de intentar quedar bien. Claro que me gustó, incluso aunque no necesites que te defiendan. —Me sonríe y le devuelvo el gesto—. ¿Os quedáis a cenar?
—No. Creo que todos necesitamos pensar en todo lo que ha pasado hoy.
Asiente y me da un beso antes de irse para la cocina. Voy en busca de Juanma, que está discutiendo con mi padre sobre un corredor de MotoGP, aunque cesa en cuanto me ve y le digo de irnos. Estoy deseando estar a solas con él en nuestro piso.
Cuando vamos a salir, nos damos cuenta de que está lloviendo, así que le robo un paraguas a mis padres y vamos corriendo a los coches. Juanma se detiene justo cuando llegamos al lado del Saxo para mirarme y me acaricia la mejilla con una sonrisa.
—Te quiero, Juanma. Y siento haber tardado un puto día eterno en decírtelo, pero tenía miedo. Aun así, quiero intentarlo, aunque me tropiece, aunque me caiga, quiero estar en el mismo camino que tú y trazar nuestra vida juntos.
—Te prometo que nunca te soltaré de mi mano. —Las lágrimas se me acumulan en los ojos y me las limpia—. ¿Estás bien?
—No —admito—. Porque me gustaría estar en mi casa con mi novio mientras le digo y demuestro lo mucho que le quiero y él me promete que nunca jamás de los jamases volverá a irse de casa, y no aquí debajo de la lluvia.
—Y ese hombre tan afortunado, ¿quién es? —pregunta con voz sugerente mientras me acerca apretándome a él con el brazo en mi cintura.
—Mmm… Aún no lo tengo decidido, pero si me sigues de vuelta a casa, puede que te lo cuente.
—¿Hasta Marte?
—Hasta donde tú quieras llevarme.