35. Juanma
Juanma
Fer está en el quicio de la puerta, sonriendo al móvil, cuando llego a su casa.
Le he avisado antes de salir y supongo que ha preferido esperar ahí.
No he cogido el coche, no estoy en condiciones de hacerlo, pese a que es un trayecto corto.
En cuanto repara en mí, guarda el dispositivo y me regala una sonrisa apenada.
Odio esto. No quiero dar pena. Solo quiero poner una película de acción y olvidarme de todo.
Nos damos un abrazo y me invita a entrar.
Dejo la mochila tirada de cualquier manera en la entrada de su casa y me dirijo al salón para lanzarme sobre el sofá.
Sonrío cuando me encuentro en la mesa de centro dos cuencos enormes de palomitas y una película pausada en la tele.
Fer aparece con dos cervezas en la mano.
—He pensado que lo necesitarías.
—Es justo lo que quería, gracias. —Suspiro y me acomodo mejor en el sofá mientras lanzo mi móvil a la mesa, por si Mar me llama—. ¿Va a venir Óscar?
—No le he dicho nada, con un corazón roto en casa tengo bastante —dice con una mueca de disculpa.
Fer no tiene los detalles, solo que Óscar lo ha dejado con su follamigo y que no está bien. Aunque esto último no me ha hecho falta decírselo, solo tiene que ver el alma en pena en la que se ha convertido nuestro hermano pequeño.
—Bien hecho.
—¿Quieres hablar de ello? —me pregunta con cautela.
—No.
—Pues dale al play mientras voy a por unas aceitunas picantes —contesta con resignación.
—¡Eres el mejor! —le grito a su espalda.
Justo en ese momento, suena un mensaje y me lanzo a coger el móvil, pero no es el mío el que suena, sino el de Fer.
El nombre de Sofía aparece en pantalla con varios emojis de risa.
«¡Vaya! Qué calladito se lo tenía mi hermano mayor».
Me alegro por él, solo espero que no se frene pensando como hace siempre.
Desbloqueo su móvil para cotillear y ruedo los ojos al ver la conversación: solo hablan de su abuela.
Tomo una decisión en el tiempo que escucho como Fer vuelve al salón.
—¿No has puesto la película? —pregunta extrañado y mira mi mano, en la que aún sostengo su móvil. Su sonrisa se ensancha—. ¿Te ha escrito Mar? ¿Te vas?
—Es tu móvil —le informo y se lo devuelvo cuando se sienta a mi lado.
Su gesto de ilusión ahora es una mueca de decepción que no debe de ser muy diferente a la mía. Mar llamará, estoy seguro de ello, como también lo estoy de que no será hoy, aunque la esperanza me diga otra cosa.
—Nunca debimos comprarnos el mismo modelo —se queja con un suspiro—. He perdido la cuenta de las veces que he bloqueado el teléfono de Óscar intentando poner mi contraseña en lugar de la suya. La cual, nunca comparte.
—Ni lo hará, te lo aseguro. —Yo la sé, por supuesto, pero no es algo que quiera que se sepa. Un mago nunca revela sus trucos—. He visto que te escribes con Sofía.
—¿Sabes? Cuando haces estas cosas, estoy tentado en ponerme una contraseña de desbloqueo que no conozcas.
—La adivinaría —digo con tono indiferente—. Eres muy predecible.
—¿Te abro las puertas de mi casa y tú me insultas?
—No era un insulto, era una descripción —suelto como si fuera lo más obvio del mundo. Rueda los ojos y sonrío; sacar de quicio a Fer es mi mayor virtud—. Solo habláis de su abuela.
—¿Y?
—A ver, entiendo que es una buena forma de iniciar la conversación, pero luego cuéntale algo de ti, explícale una anécdota de tu día, no sé, algo que haga que te vea como Fer, no como el vecino de su abuela. Sobre todo si quieres ligártela.
—No he dicho que quiera hacerlo —miente y pongo todo de mi parte para no rodar los ojos.
—Pues deberías practicar tu cara de póker, porque en la ceremonia te la comías con los ojos.
—Eso no es… —Alzo una ceja y suspira—. Iba muy guapa.
—No era un reproche. La chica es espectacular, no te lo niego —admito con una sonrisa—. Aunque reconozco que esperaba algo más de rosa y mucho menos de negro.
—Y eso que no llevaba las Martens ese día —bromea—. Me gusta, pero no estoy seguro de que… —Niega con la cabeza—. No sé, da igual.
—¿No estás seguro de qué? —insisto. Si no puedo arreglar mi vida amorosa, al menos puedo arreglar la de mis hermanos, ¿no?
—Preferiría hablar con Óscar sobre esto, la verdad —se sincera y, aunque me duela, lo entiendo. Actuamos de formas muy distintas, Óscar es el punto medio, por eso siempre recurrimos a él—. No siempre entiendes mi punto de vista.
—Pues te jodes, solo estoy yo. Y como necesito hablar de otra cosa que no sea mi día de mierda, te ha tocado. Así que, desembucha.
—No estoy seguro de saber si me gusta porque me gusta o porque no tengo otra opción —admite girándose para coger uno de los boles de palomitas y así no tener que mirarme. Aprovecho para agarrar mi cerveza y darle un trago—. Ni siquiera sé si tiene sentido.
—¿De verdad crees que no tienes más opciones?
A veces me alucina lo ciego que está mi hermano.
¿No tiene espejos en casa o qué? Se me queda mirando y conozco esa expresión, mi pregunta no era lo que quería oír y acabo de volarle la cabeza.
Óscar le hubiera dicho otra cosa totalmente distinta.
Bueno, pues bienvenido a la terapia de choque de Juan Manuel Rubio.
—Sí —confiesa con pesar—. Sé que no lo comprendes, pero en mi cabeza yo ya tendría que estar casado y con hijos. Y sigo soltero, como he estado los últimos trece años.
—¿Qué te dijo Óscar? —Finjo que pienso dándole golpecitos con el dedo al botellín—. ¡Ah, sí! Que no tienes ninguna tara, Fer. Solo has sido selectivo con las personas con las que querías mantener una relación y, después de cómo fue todo con Bego, no te culpo.
—¡No lo entiendes, joder! —grita exasperado lanzando varias palomitas fuera del bol; me sorprende que se exalte tanto.
Parece que esto le afecta más de lo que pensaba—.
No hay personas con las que ser selectivo, Juanma, solo está Sofía.
Ese es el problema, no quiero que me guste porque es mi única opción.
Quiero elegirla entre mil opciones porque es la que me gusta.
—Mar es mi elegida entre un millón de opciones —reconozco por primera vez delante de mi hermano y el corazón me da un pellizco ante el pensamiento de perderla—. Así que, sí, sé cómo te sientes.
—Tú has tenido mil citas, tío —bromea sin ganas—. No es lo mismo.
—¿Por qué crees que es la única opción? —Prefiero volver al tema principal, porque creo que está tan cegado que no ve la realidad.
—¿Cuánto hace que no conozco a una chica?
—Suspira y sigue hablando sin percatarse de que iba a contestarle—: Cada vez me parece más complicado ligar y todo el mundo a mi alrededor tiene pareja, por lo que, si conozco a alguien nuevo, suele estar ya con alguien.
No soy tú, Juanma, no me gustan las citas a ciegas, ni con desconocidas en las que paso un examen constante o solo quieren sexo.
Sofía es la primera persona que aparece en mi vida después de tanto tiempo y no sé si mis ansias o necesidad de estar en pareja y cumplir mi sueño de formar una familia me están haciendo verla más adecuada de lo que es.
¡Joder, que vive en Granada! Ni siquiera es una opción real y me estoy aferrando a ella como a un clavo ardiendo.
—Un año —contesto cuando suelta un suspiro y da por finalizado su monólogo.
—¿Qué?
—Un año es el tiempo que hace que no conoces a una chica, al menos que yo sea consciente. Una que, además, estaba interesada en ti, si mal no recuerdo.
—¿De qué hablas? —Me mira como si le acabase de decir que me voy a vivir a Marte. Ese pensamiento hace que se me encoja el estómago.
—¿Marta? ¿Magda? ¿Marcia? Joder, no me acuerdo de su nombre. La hija de aquella pareja tan adorable a la que le reformamos la cocina el año pasado.
—¡Ah, sí! Me acuerdo de ellos. Nos regalaron a los tres un masaje relajante por las molestias —recuerda con una sonrisa tierna. Lo de mi hermano con las personas mayores es digno de admirar. Las adora por encima de todas las cosas—. Maite se quedó el mío.
—¿Y te acuerdas de su hija?
—Nadia, sí. Pero no entiendo a dónde quieres llegar.
—¿De verdad me estás diciendo que no te diste cuenta de que estaba más que interesada en ti? —Mira, de verdad, alucino con Fer ahora mismo. ¿Cuántas veces le habrá pasado esto?—. Te pidió una cita, Fer.
—Me invitó a una cena de agradecimiento por el buen trabajo —me dice como si fuera algo que hacen todos los clientes. De repente, frunce el ceño—. La cual se canceló cuando le comenté de ir los cuatro.
—Mira que eres tonto —suelto negando con la cabeza—. ¿Sabes por qué te pidió Aitana que dejaras de ir a buscarla a pilates?
—No —admite—. No hago preguntas…
—Cuya respuesta no quiero escuchar —acabo por él—.
Ya, ya. Pues yo sí lo sé: sus compañeras querían ligar contigo, estoy seguro de que hasta las que estaban casadas.
No paraban de preguntarle por ti y de pavonearse delante de ti cuando ibas.
Al final, Aitana se cansó de que se quejaran de que nunca las invitaras a una cita y te pidió que dejases de ir. ¿Te fijaste alguna vez en alguna?
—Eran majas, pero no, ninguna llamó mi atención.
—Crees que, si estuvieras tan desesperado por tener una familia, ¿no te habrías fijado hasta en las alumnas de otras clases?
Fer se me queda mirando estupefacto. Es posible que Óscar hubiera sacado la misma conclusión que yo, pero con palabras bonitas y diciéndole a Fer que no hay nada malo en él.
Sin embargo, Fer no necesita eso en este instante.
Necesita actuar, darse cuenta de que, si se queda quieto como hasta ahora, solo verá la vida pasar.
—Tienes razón —murmura y, podría regodearme con ello, pero no lo haré. No hoy—. Sofía insinuó algo parecido el otro día… ¿Cuántas veces me habrá pasado?
—Infinitas, Fer, infinitas —suelto con un suspiro—. Así que he decidido intervenir.
—No, por favor —me pide, y le regalo una sonrisa de oreja a oreja que no me llega a los ojos.
—Tarde —canturreo. Suelta un suspiro exasperado y me indica que continúe—.
He guardado el número de Sofía en mi móvil y he cambiado la contraseña de desbloqueo para que no puedas borrarlo —miento sobre esto último—.
Si no te pones las pilas y empiezas a ligar con ella, pero de verdad, no a hablar de su abuela, le escribiré yo para explicarle que estás interesado en ella.
Y bueno, los dos sabemos que la diplomacia y la autocensura no son mis mayores cualidades.
—¿Sabes? Por una vez te voy a hacer caso. Me he perdido muchas cosas en la vida por pensar.
—Hasta que no lo vea, no te creeré.