34. Juanma
Juanma
Tamborileo la mesa, nervioso, mientras observo la puerta por la que debería haber entrado Cristo hace más de cinco minutos.
Esta es la razón por la que nunca llego puntual: la gente no lo es.
Aunque debo reconocer que no todo mi cabreo se debe a la impuntualidad del mejor amigo de mi hermana.
Estoy enfadado conmigo mismo, o frustrado, o acojonado; no estoy seguro. Lo que sé es que no estoy bien.
Cristo entra por la puerta y se queda sorprendido al verme.
Sacude la cabeza y se ríe antes de sentarse frente a mí, tras pedir una cerveza.
Pese a ello, tiene un aspecto de mierda, el mismo que tiene Óscar desde la boda.
Algo pasó entre ellos esa noche. No tengo todos los detalles, pero estoy seguro al noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de que es culpa de mi hermano. Margen de error del cero coma cero uno.
—¿Se acaba el mundo? —bromea—. Has llegado puntual por una vez en tu vida.
—Sí, cosa que tú no.
—En realidad he llegado pronto. Te dije de quedar quince minutos antes para no tener que esperarte.
—¡Serás cabrón! —Tiene la osadía de reírse y estoy tentando de tirarle la cerveza a la cara—. Me entran ganas de largarme.
—En realidad no. —Me regala una sonrisa burlona y se apoya en el respaldo de la silla—. ¿Qué querías?
—¿Cómo estás? Y, por favor, no nos insultes a los dos diciendo que bien, sabes perfectamente por qué estoy aquí.
—En la mierda —admite mientras se encoge de hombros—, pero no voy a revolcarme en ella, estoy actuando en consecuencia. ¿Te lo ha contado él?
—No, nunca lo ha hecho, pero siempre lo he sabido.
—¿Cómo? Estoy convencido de que he sido discreto.
—Y lo has sido, y mucho, pero yo soy el mejor. Y no, no voy a contarte cómo lo supe. Un mago nunca revela sus trucos.
—¿Has hablado con él? —pregunta en un susurro y no me pasa desapercibido que no ha dicho su nombre en ningún momento—. ¿Cómo está?
—Peor que tú. Casi se carga la vajilla de Adri y Lucía esta mañana durante la mudanza.
—Suspiro, porque si no llega a ser por Fer, todavía estaríamos barriendo resto de platos por el suelo—.
Pero no, no he hablado con él, le estaba dando margen para que fuera él quien diera el paso.
Empiezo a pensar que no lo hará. ¿Quién tomó la decisión?
—Él. Llegamos a casa después de la boda y me soltó la bomba. No le culpo.
—Pues yo sí, mi hermano es idiota, aunque crea que lo hace por tu bien.
—Estoy seguro de que malinterpretó lo que hablamos en la boda, le dije a Óscar que fuera sincero con sus sentimientos con Cristo, en lugar de eso, le dejó.
Entiendo que Óscar piense que no puede obligar a Cristo a hacer algo que no quiere, pero podría haber hablado con él o algo antes de tomar una decisión definitiva.
—En realidad, me ha dado el empujón que necesitaba para contárselo a mi familia. Se lo diré el domingo en la comida familiar.
—¿En serio? —Esto sí que no me lo esperaba. La familia de Cristo no va a aceptar su homosexualidad, es un hecho, por eso nunca ha salido del armario. Es un gran paso para él.
—Estoy harto de esconderme, Juanma. Necesito cambiar mi vida y tomar las riendas de una vez, aunque eso implique alejarme de aquí.
—¿Te vas? —No, joder, no puede irse y dejar aquí a Óscar, acabaría de romperse del todo. Definitivamente, tengo que hablar con mi hermano.
—Es muy probable, sí —admite con pesar.
—¿Y mi hermano? —Se encoge de hombros en respuesta—. Prométeme que, antes de irte, hablarás con él. Al menos os debéis eso.
—Lo haré. —Apura su cerveza y pide otra antes de mirarme fijamente.
—¿Qué? —escupo.
—¿Me vas a obligar a preguntar? —Alza una ceja.
—No sé si quiero hablar del tema contigo.
—No seas imbécil, ¿qué te pasa?
—Me prometí a mí mismo, y a Mar, que le daría tiempo hasta que estuviera preparada para pasar de tener una relación informal a una de verdad, pero empiezo a impacientarme y a pensar que ese momento nunca llegará. Me da miedo perderla.
—Tu hermano me contó algo de que estabais fingiendo por la familia de ella o algo así. La verdad es que no lo entendí, ¿qué diferencia había?
—Solo mentimos en lo formal que era nuestra relación. Para sus padres, vivimos juntos, no compartimos piso. El resto de las cosas han sido reales en verdad.
—Entonces, nada era fingido. —Suspira—. Te diría que le echases huevos, que Mar es una tía cojonuda y que os merecéis tener la relación que queráis.
Sin embargo, antes de eso, tienes que pensar hasta dónde estás dispuesto a ceder.
Es decir, entiendo que tú quieres cambiar la etiqueta de vuestra relación para que deje de ser informal a formal, ¿no?
—Sí, en realidad, no es que lo quiera, es que creo que lo necesito, por muy desesperado que suene eso.
No quiero que aparezca un día con otro tío o que diga: «Me he cansado de ti, adiós muy buenas».
Me da igual seguir teniendo habitaciones separadas si es lo que necesita, o no pasar todo el tiempo juntos.
Solo quiero la sensación de pertenencia, poder decir: «Ella es mi novia», sin que sea mentira.
Más que nada porque, todas las veces que lo dije, para mí eran verdad.
—Entonces, mi consejo es que se lo comentes así. Bueno, un poco más bonito y con mejor cara… puede que incluso con otra ropa —bromea y le hago una peineta—. Quiero decir, sé sincero con ella. Y, por favor, no empieces la conversación con un «tenemos que hablar». Es demasiado cliché hasta para ti.
—Creo que hablaré con ella hoy —digo, decidido, mientras me levanto para pagar.
—Suerte.
—Tú también, la vas a necesitar.
Un par de horas más tarde, estoy sentado en el sofá esperando a que llegue Mar de la asociación para hablar con ella.
Podría posponerlo, pero ¿de qué serviría?
Las cosas hay que hablarlas lo antes posible para que no se hagan una bola en la cabeza.
Grita un «¡Hola!» cuando cierra la puerta que le devuelvo, pero toda su sonrisa se apaga en cuanto entra al comedor y me ve sentado en el sofá, vestido con ropa de calle y con la tele apagada.
—¿Todo bien? —balbucea e intento restarle importancia al momento con una sonrisa, pero no lo consigo.
—Me gustaría que hablásemos, si te va bien.
—Le indico con la mano que se siente en el sofá y nos giramos para quedar cara a cara.
Se muerde el labio, impaciente, así que no lo dilato más—: Cuando empezamos dijimos que, si en algún momento cambiaba cómo nos sentíamos con la relación, lo hablaríamos; así que, Mar, lo siento, pero no quiero tener una relación informal, quiero que seas mi pareja.
—Sí, vale, lo entiendo… Espera, ¿qué? —Sus ojos están llenos de lágrimas, así que me acerco para limpiárselos.
—Que quiero que seas mi novia —le repito con una sonrisa—. Si quieres, claro.
—¿En serio? ¿Por qué? —Parece consternada y me entran unas ganas locas de besarla, pero lo primero es lo primero.
—Sinceramente, de todas las preguntas que pensé que me harías «por qué» no estaba en la lista —admito riendo—. Nena, eres perfecta, sin más. Podría decirte millones de cosas que me gustan de ti, como tu sentido del humor, tu valentía o tu generosidad, pero «perfecta» lo engloba a la perfección.
—Pero eso lo cambiará todo —susurra y baja la vista mientras juguetea con sus manos.
—Yo no lo veo así. Nuestra relación es perfecta tal y como está, solo que cuando vayamos a casa de tus padres, no tendrás la sensación de estar mintiendo.
Cuando te presente como mi novia, no sentiré un pinchazo en el corazón porque no sea verdad.
Aparte de eso, no veo ningún otro cambio.
Podemos seguir teniendo habitaciones separadas si te sientes más cómoda así, al menos hasta que estés preparada.
Soy consciente de que igual necesitas más tiempo, no tengo problema en esperar.
—¿En esperar a qué? —Hay reproche en su pregunta.
—A que dejemos de compartir piso y vivamos juntos.
En realidad, la única diferencia será que no tendremos las cosas en dos habitaciones, ni dos camas.
Por cierto, nos quedamos la mía, es mucho más cómoda —bromeo, pero Mar no sonríe.
La sensación de estar perdiéndola es demasiado grande.
Suspiro y le cojo las manos—. Solo es una etiqueta.
—Nunca es solo una etiqueta, si no, no me estarías pidiendo cambiarla. —Alza la vista para mirarme y no me gusta lo que veo. No quiere esto, y a mí me parte el corazón pensar que es posible que este sea nuestro final.
—Es cierto, no lo es. Mar, te quiero. Te metiste bajo mi piel desde el mismo momento en el que te conocí, y quiero compartir mi vida contigo.
Quiero que seamos esos tíos guais a los que nuestros sobrinos vengan a pedirnos que les compremos cerveza porque los sosos de mis hermanos no lo hagan, o les demos chuches a escondidas.
Quiero viajar o pasar el fin de semana entero en pijama viendo películas.
Y quiero todo eso contigo a mi lado. Nada de lo que he dicho es distinto a lo que teníamos ayer, pero necesito saber que vamos en la misma dirección, aunque yo vaya en un Ferrari y tú andando.
No me importa esperarte, siempre que llegues.
—Juanma, yo… No lo sé. No sé si estoy preparada ni si lo estaré. —Su sinceridad acaba por romperme, me duele sentir que no quiere esto tanto como yo—. Necesito pensarlo.
—No te preocupes, ya me imaginaba que dirías eso.
—Suspiro y me levanto, aunque me cuesta horrores dejarla aquí sola, cuando se nota claramente que no está bien, es lo mejor para los dos—.
Me iré unos días a casa de Fer, creo que nos vendrá bien a los dos estar separados.
Llámame si necesitas cualquier cosa o hablar o contarme tu día, siempre estaré a tu lado.
—Gracias por entenderlo.
—Siempre.
Beso su cabeza y voy a mi habitación a buscar la mochila con ropa que me he preparado hace un rato.
Esto podía salir bien, mal o fatal, así que me he cubierto las espaldas.
Mar se encierra en su habitación antes de que salga, así que, hecho un último vistazo a su puerta antes de irme.
Solo espero que esto sea un impasse necesario y no un adiós definitivo.