33. Fer
Fer
Mis hermanos no tienen todos los detalles, porque era incapaz de hablar de ello cuando pasó y, luego, no era importante.
Aun así, nunca podré olvidar sus palabras ni su desprecio.
Vuelvo a encontrarme en ese bar, con esa cerveza que dejé sin tocar encima de la mesa, con la vergüenza cubriéndome cada parte de mi ser, con las miradas de pena, con el chasquido que hizo mi corazón al romperse y que nunca se recuperó.
Noto la mano de Sofía entrelazarse con la mía y me aprieta, lo que me ayuda a continuar:
—Me senté de espaldas a su mesa, esperando el mejor momento para sorprenderla.
Incluso le había comprado una rosa. Me había compinchado con una de sus compañeras, Vanesa, por eso sabía dónde estarían y ella me dijo que esperase para que no me viera.
Bego me había comentado que saldrían a cenar y luego volverían a casa para madrugar y estudiar al día siguiente.
—Déjame adivinar: las dos mintieron. —Asiento con pesar.
—Vanesa le preguntó si pensaba salir y si había quedado con un tal Carlos.
Bego contestó que no, que había quedado con otro, que Carlos era muy mono, pero que ya se lo había follado y que prefería probar mercancía nueva.
En ese momento, me quedé petrificado pensando que había escuchado mal, pero Vanesa no se quedó conforme con ello y tiró a matar.
Le preguntó por mí y se burló preguntándole si no me daba cuenta de que siempre faltaban condones.
Y entonces Bego dijo las palabras mágicas para acabar de hundirme en la miseria: «Mi precioso novio paleto de pueblo no se da cuenta de nada.
Me contoneo un poco y fin. De donde no hay, no se puede sacar, por eso no va a la universidad».
—¿En serio dijo eso? —susurra Sofía estupefacta—. Joder, si lo llego a saber…
—¿Hubieras fingido que eras mi novia para hacerle daño? —bromeo y asiente, todavía con la mirada perdida asimilando lo que le acabo de contar—. No merece la pena, pasó hace muchos años.
—¿Juanma sabe lo que dijo?
—No —confieso—. Bastante duro fue asumir que era el cornudo del pueblo como para, encima, hacer leña del árbol caído. Que lo supieran no iba a cambiar cómo me sentía, solo me haría tener más vergüenza.
—Lo imaginaba.
—¿Por qué? —La miro con una sonrisa.
—Porque Juanma la habría tratado mucho peor de saber eso.
Es un poco mamá osa —dice como si fuera un secreto.
Suelto una carcajada que alivia un poco cómo me siento y vuelvo a respirar.
Ni siquiera me había dado cuenta de que lo había hecho de forma superficial desde que he empezado a contarle mi historia—.
Y, a pesar de todo el dolor que te causó, la perdonaste e incluso lo volviste a intentar.
—Si piensas que soy gilipollas lo puedes decir sin problema, yo me digo cosas peores.
—Hay que tratarse bien —me reprende y ahora es ella quien se ha convertido en una mamá osa—. Somos la única persona que nos acompañará toda nuestra vida.
—Nos encontramos por casualidad, aunque luego me di cuenta de que no tuvo nada de casual, que me buscó.
El caso es que yo había llegado a perdonarla y pasar página, por lo que me hizo hasta ilusión saber de ella —admito con una carcajada vacía.
Niega con la cabeza, pero no me interrumpe.
Empiezo a trazar círculos en su palma con mi pulgar, y lo más sorprendente es que no se aparta—.
Me dijo de ir a tomar un café y me pidió perdón por todo lo que pasó.
Lo achacó todo a sentir la libertad de vivir sola en una ciudad sin padres y, en parte, era algo comprensible.
No sé, se la veía como una persona totalmente diferente, adulta.
Han pasado trece años, todos hemos cambiado, aunque no queramos admitirlo, así que caí otra vez en sus redes.
Sin embargo, ella seguía siendo la misma manipuladora que antes.
Queda claro que, cuando se trata de ella, no estoy muy acertado.
—¿Y has conseguido perdonarte a ti mismo por lo que pasó o te sigues culpando?
—Por absurdo que parezca, este nuevo fracaso me ha dado el empujón que necesitaba para hacerlo; si es que eso tiene algún sentido.
Sobre todo porque yo pensaba que estaba bien, pero cuando me dijo que solo era sexo y que se iba a casar, toda la culpa volvió a salir.
Por suerte, se convirtió en ira. Jamás debí confiar en ella, pero ahora sé con certeza que nunca más lo haré.
—Y no se lo contaste a nadie porque no hubieran entendido que le dieras esa segunda oportunidad. El que menos, tu hermano Juanma.
—Lo has calado bien —bromeo y se encoge de hombros—. Sabía que no lo aceptarían, así que me callé. No me arrepiento de lo hecho, me ha ayudado mucho. Algún día se lo contaré.
—Me alegro. —Apoya la cabeza en mi brazo, con nuestras manos aún entrelazadas y me quedo quieto para que no cambie de postura. No sé si es consciente ni siquiera de lo que ha hecho—. Y me alegro de haberle hecho pasar un mal día. No se merece menos.
—Si aún me hablase con Vanesa, se lo contaría. Creo que se alegraría.
—¿La compañera de la universidad?
—Sí, seguimos en contacto después de eso. Me preguntaba cómo estaba y cómo me iba la vida. Hace años que perdimos el contacto.
—¿Y te dijo si lo había hecho como venganza o para quedarse contigo? Voy a jugármela a que un poco de las dos.
—¿Para quedarse conmigo? —pregunto con sorpresa y me empiezo a reír—. No, no, solo le sabía mal que me estuviera engañando y pensó que no le creería si me lo contaba sin más.
—¿La hubieras creído?
—No —admito sin dudar.
—Eso pensaba. Y sí, Fer, a esa chica le gustabas, por eso hizo eso y por eso siguió luego en contacto contigo.
—¿No crees que era buena gente sin más?
—No —sentencia con contundencia—. Para empezar, porque no era amiga tuya, sino de ella. Además, la lealtad está por encima de los principios a esa edad. Y para acabar, no me creo que no seas consciente de lo que despiertas en las mujeres —dice incorporándose para mirarme a la cara.
Le retiro un mechón de pelo rebelde y se lo pongo detrás de la oreja.
No sé qué he hecho para terminar al lado de esta mujer preciosa esta noche, pero no quiero que se acabe nunca.
Una mujer que me ha defendido cuando me ha visto en apuros.
Si no hubiera estado interesado en ella desde antes, ahora lo estaría del todo.
—¿También en ti? —susurro y se encoge de hombros a la vez que se sonroja. Vuelvo a acariciarle la palma con el pulgar y noto cómo se estremece—. Es bueno saberlo.
¿Debería besarla? ¿Le molestará? Ha dejado claro que no le soy indiferente, ¿verdad?
No lo estoy malinterpretando. Aunque, que le guste no quiere decir que quiera algo más.
No lo estará haciendo por lástima, ¿verdad?
El pobre tonto que no se dio cuenta de que su novia le ponía los cuernos en la universidad.
No puede ser eso, he visto cómo me miraba esta mañana.
Ella ha entrelazado sus dedos con los míos.
—Creo que deberíamos irnos a dormir —murmura y trago saliva.
—Sí, creo que será lo mejor.
Pese a nuestras palabras, tardamos unos segundos en cortar el contacto visual y otros más en movernos. Aprieto su mano antes de soltarla definitivamente y me acerco a la verja. Cuando estoy saliendo por ella, me llama:
—Fer, eres un gran hombre. Estaba muy equivocada contigo.
Asiento y me voy a mi casa, antes de cometer una estupidez como besarla y demostrarle que puedo ser algo más que un gran hombre.