Serie Siempre: Colección completa 32. Fer
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32. Fer

Fer

Cuando Juanma me deja en la esquina de mi calle, los pocos metros que me separan hasta la puerta de casa se me antojan eternos.

Estoy agotado, tanto mental como físicamente.

La boda ha sido preciosa, pero el estrés acumulado de prepararlo todo deprisa y corriendo ha hecho mella en mí.

Sobre todo en el momento en el que ha acabado y me he sentado en el asiento trasero del Saxo.

Tampoco creo que ayuden las copas que me he bebido en la barra libre.

Arrastro los pies como un alma en pena sabiendo que nadie va a verme hasta que me doy cuenta de que la luz del porche delantero de la casa de Angelines está encendida. Al asomarme, me encuentro a Sofía leyendo un libro en el banco que tienen.

—Hola. —Pese a que lo susurro y he dado unos golpecitos a la verja, se asusta y me fulmina con la mirada cuando se da cuenta de que soy yo.

—En serio, Fer, tienes un don para asustarme.

—Lo siento. —Me apoyo en el marco de piedra donde está la verja de entrada al patio y le sonrío, puede que algo más sensual de lo que debería, pero he visto cómo me ha comido con los ojos esta mañana. Yo también me la quería comer—. ¿No puedes dormir?

—No. Cuando hemos vuelto he pensado: «Venga, me quedo despierta y así será más fácil para el cambio de turno del martes», pero hemos acabado de comer y me he sentado en el sofá.

Ese ha sido mi error. —Suspira y cierra el libro—.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme de noche, tapada con una manta y mi abuela preparando la cena.

Que le ha sabido mal despertarme, me ha dicho.

—Es que parecías muy cansada. —Y muchas otras cosas que mejor me voy a callar.

—Y lo estaba, pero ahora son las tres de la mañana y no tengo sueño. —«A mí se me ocurren muchas formas de pasar el tiempo». Vale, igual debería irme a casa antes de soltarle una burrada—. ¿Cómo ha ido la boda?

—Muy bien. Muy bonita. —Sonrío ante el recuerdo de Maite llorando con la pistola de clavos. Ha sido precioso.

—¿Se ha presentado algún ex más al convite? —se burla y me río. Me gusta conocer a esta Sofía más desinhibida. Cada vez que estoy con ella descubro algo nuevo que me empuja a querer saber más.

—¡Dios, no! Maite lo hubiera echado a patadas de todas formas.

—Y vosotros la hubierais ayudado.

—Por supuesto, ¿por quién nos tomas? Tenemos una reputación que mantener.

—¿La de ser unos matones? —se mofa con una sonrisa, y entonces recuerdo su cara cuando se ha enterado de lo que le hicimos a Felipe y toda diversión me abandona.

—Oye, sobre lo de Felipe…

—No tienes que darme ninguna explicación. Lo hecho, hecho está —me interrumpe mientras se encoge de hombros. Al menos no parece tan molesta como antes.

—Realmente se lo merecía. No me siento orgulloso de ello, pero creo que si no lo hubiéramos hecho, habría acabado haciendo daño a Aitana y jamás me lo hubiera perdonado.

—La violencia nunca es la solución, hasta que es la única solución —dice y sonrío, Juanma siempre dice eso cuando nos acordamos de lo que hicimos ese día—. ¿Quién es Bego? ¿Tu exnovia?

—Sí. —Suspiro—. Gracias por eso, por cierto.

—¿Puedo confesarte algo? —Asiento, quizás más emocionado de lo que debería por este hecho en concreto—. Me ha caído mal desde que la he visto.

—No se ha notado apenas —ironizo—. A ella le has caído peor, de eso no me cabe duda. Estoy seguro de que si desbloquease su número ahora mismo tendría un mensaje suyo echándome en cara que no le haya contado que tengo novia. Que le den.

—Se nota que aún te duele. ¿Quieres hablar del tema? —me pregunta y juro que le daría cualquier cosa que me pidiera solo por tener su atención. Aun así, no sé si quiero contarle algo que lleva avergonzándome desde que pasó.

—¿En serio tienes ganas de escuchar los desamores de un borracho? —Intento que cambie de opinión, pero solo se ríe.

—Los borrachos siempre dicen la verdad, así que al menos sabré que es real lo que me cuentas.

—Está bien —cedo. Menos mal que no me ha pedido un riñón—. Al menos déjame entrar y sentarme, estoy muerto.

Se ríe mientras se acerca a abrir la verja.

Lo hace con tanto ímpetu que no me da tiempo a apartarme de ella y tropiezo.

En condiciones normales, me habría estabilizado solo, pero esta vez necesito agarrarme al cuerpo de Sofía para ello.

Sus manos en mi pecho me frenan y siento el calor que me envuelve.

Esto ha sido muy mala idea. Quiero que esas manos sigan tocándome, quiero que me desabroche la camisa y sentir el tacto de sus dedos recorriendo mi piel…

Quiero irme de aquí antes de hacer una tontería como besarla.

—¿Necesitas que te lleve? —se burla—. Porque no sé si sería capaz de aguantar tu peso.

—Se me ocurre una forma de comprobarlo —susurro, y si me oye, finge no hacerlo mientras me acompaña al banco con su brazo en mi cintura y una mano apoyada en mi pecho. Por suerte, no es el lado del corazón, el cual tengo desbocado.

Me desplomo en el banco, apoyando la cabeza en la pared de detrás y Sofía se sienta a mi lado. Cruzo los brazos sobre el pecho para no tener la tentación de ponerle una mano en su rodilla. No sé si sería capaz de controlarme si la toco.

—¿Es muy reciente la ruptura? —Me estremezco con su tono dulce, quiero que siempre me hable así—. Te habrá dolido verla con otro.

—Hace más de trece años —admito girando la cabeza para mirarla con una sonrisa y parpadea como si no se esperase esa respuesta—. Y no, no me ha molestado verla con otro, ya sabía que estaba con él. Se casan en mayo.

—No te ofendas, pero ya va siendo hora de que te saques todo ese rencor de encima y pases página —me amonesta y su tono me hace reír—. ¡Trece años! Si parecía que solo hacía unos meses que lo dejasteis.

—Porque fui un idiota y me volví a acostar con ella hace unos meses.

Incluso pensé que era la vida dándonos una segunda oportunidad.

—Mi voz es apenas un susurro mientras confieso algo que solo sabe Aitana, a la cual le prohibí hablar de ello, y fijo mi vista al frente para no ver su reacción. No quiero que me juzgue.

—Pero… ¿no has dicho que se casa en mayo?

—pregunta confundida y asiento. Dejo que saque sus propias conclusiones mientras la observo de reojo.

Frunce el ceño y va moviendo los ojos hasta que llega a la única conclusión posible—.

¡Qué cabrona! ¿Lo sabías? No, claro que no, no eres de esos. ¡Os engañó a los dos!

—¿No soy de esos? —bromeo, porque lo ha dicho de una forma tan contundente que me ha llenado el corazón.

—De los que se acuestan con alguien que tiene pareja. Vamos, no tienes pinta, pero claro, tampoco de ir pegando palizas por ahí —se burla y resoplo.

—¿Mis brazos no te dieron una pista? Soy muy fuerte. —Levanto el brazo para enseñárselo y le queda delante de la cara. No me pasa desapercibido que separa los labios y la respiración se me corta cuando se me cruza el pensamiento de probarlos.

—Sí, que serías capaz de cargar conmigo como si llevases una pluma —se sonroja, aunque intenta ignorarlo—, no que te dediques al boxeo callejero. Tienes más pinta de trabajador.

—Entonces, me muestro tal y como soy —digo guiñándole un ojo—. Nadie sabe lo que pasó hace unos meses, así que, por favor, guarda el secreto.

—¿Tus hermanos no lo saben? —Se sorprende—. He visto cómo te protegían de ella. Incluso Cristo y Adri lo han hecho. ¿Me estás diciendo que eso fue por lo que pasó hace trece años?

—Sí, pero en su defensa diré que lo pasé muy mal y me costó casi un año superarlo.

—Pero ¿qué edad tenías? ¿Veinte? Eras muy joven.

—Dieciocho —confieso—, pero para mí era la definitiva, con la que formaría una familia.

—¿En serio? ¿Tan joven?

—Estaba pillado hasta las trancas y pensaba que ella también. —Me encojo de hombros como si ya no doliera—. Teníamos planes de futuro, incluso posibles nombres para nuestros hijos. No fue solo la pérdida de mi pareja, que también, sino de todo mi plan de vida.

—Lo siento. Tuvo que ser duro.

—Mucho. Aunque lo peor fue darme cuenta de que no conocía a la persona con la que planeaba compartir mi vida.

—¿Qué quieres decir? —Suspiro, pero antes de hablar, me interrumpe—: No tienes que hablar de ello si no quieres.

—No pasa nada. —Le regalo una sonrisa que no me llega a los ojos—.

Empezamos a salir con diecisiete, pero fue todo muy intenso y los dos sabíamos, o yo creía saber más bien, que sería para siempre.

Llegó septiembre y ella se fue a Granada a la universidad mientras que yo me quedé aquí currando con mi padre.

La idea era que cuando ella acabase la carrera volviera para irnos a vivir juntos y mientras yo ahorraba todo lo que ganaba para poder cumplir ese sueño.

Me planteé seguir estudiando e irme con ella, pero ya hacía dos años que trabajaba con mi padre a la vez que estudiaba, y la verdad es que me gustaba tanto que preferí quedarme.

Además, tenía dinero, coche y mucha más libertad que la mayoría de la gente de mi edad, que por entonces me parecía más importante.

De todas formas, nunca me he arrepentido de mi decisión, pese a lo que pasó.

—Me alegra oír eso. Eres muy bueno en tu trabajo.

—Gracias. —Respiro hondo y continúo—: Viajaba siempre que podía a verla a Granada e intentaba pasar todos los fines de semana allí.

Incluso a veces pagaba un hotel para no incomodar a sus compañeras de piso.

Poco a poco empezó a pedirme que no fuera para poder estudiar y solo iba una vez al mes.

No me importaba, hablábamos cada día, podía vivir con ello, pese a que la echaba mucho de menos.

Un día quise darle una sorpresa y me presenté en el bar donde sabía que estaría ese día sin decirle nada.

Cierro los ojos y doy una respiración larga para infundirme ánimo y trasladarme al peor momento de mi vida antes de la muerte de mi padre.