Serie Siempre: Colección completa 31. Mar
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31. Mar

Mar

Me siento como una impostora. Estoy en esta boda, rodeada de la familia y los amigos de Maite y César, fingiendo ser alguien que no soy y no me gusta.

Juanma y yo tenemos una relación informal, algo desenfadada, pasamos el tiempo juntos, disfrutamos y nada más.

«Porque tú lo quieres así, nena». Arg, cada vez soporto menos la voz pesimista que vive en mi cabeza.

La odio con todas mis ganas. «Eso es mentira, me adoras.

No paras de mentir. Mentirosa». No puedo con esto, no es justo.

Nadie se merece que le mientan, aunque sea algo tan banal como el grado de formalidad de una relación.

Me levanto para ir al aseo; necesito refrescarme, y no precisamente por el calor que hace aquí. Juanma me guiña un ojo y sigue hablando con Fer ajeno a mi turbación. Mejor, no quiero fastidiarle el día, no se lo merece.

—Espera, Mar, voy contigo. —Lucía se levanta y me agarra del brazo mientras esboza una de esas sonrisas tan bonitas que tanto la caracterizan.

Toda ella es bonita, tanto por dentro como por fuera—.

¿Te lo pasas bien? No esperaba que hubiera tantos invitados, teniendo en cuenta lo rápido que lo han organizado todo.

—Está siendo una boda genial, sí.

—¿Y por qué parece que no la estás disfrutando? ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo?

—No, gracias. Solo estoy cansada —miento—. Me he pasado la mañana de arriba abajo para que Juanma no llegase tarde ni se dejase nada.

—Esa es una tarea complicada, sí —se burla y se aproxima para susurrarme al oído—: Hacéis muy buena pareja. Me alegro mucho de que os encontraseis en esa cita horrible que acabó tan bien.

El recuerdo de esa noche me hace sonreír.

Fue la mejor noche de mi vida, es una realidad.

«Porque era una relación informal, sin compromiso.

Ni siquiera erais la cita del otro. Si te conociera de verdad, se alejaría».

«Ya me conoce, igual que yo a él», le rebato a la voz pesimista, me tiene harta. «Si eso es lo que crees…».

—¿Puedo confesarte algo? —le pregunto justo en la puerta del baño y nos apartamos en un rincón para que nadie nos oiga—. Juanma y yo tenemos una relación informal, no somos pareja.

—Pero ¿estáis bien juntos?

—Sí, mucho —contesto rápido para quitarle esa expresión de preocupación que mis palabras le han provocado—. Con Juanma es fácil estar a gusto. Es solo que no sé si estoy preparada para tener una relación formal, o si realmente quiero tenerla.

Lucía desvía la mirada a nuestra mesa, así que hago lo mismo. Juanma me sonríe y le devuelvo el gesto antes de que se ría a carcajadas junto a Aitana, a la que casi se le cae el vaso. Amplío mi sonrisa ante la imagen y vuelvo a centrarme en mi acompañante, que me observa con perspicacia.

—Ese hombre que ves ahí es Juanma —sentencia—. No va a cambiar, nunca. Se muestra tal cual es siempre. No tengas miedo a lo que puede darte, él no es de los que buscan su media naranja para moldearte a su lado; es de los que te deja ser una manzana si es lo que quieres.

—Eso dicen todos.

—Lo conozco desde que me defendió de su propia hermana con cinco años —me recuerda—. Créeme cuando te digo que puedes confiar en él.

—Nos va bien como estamos, solo te lo he contado porque no quería seguir mintiéndote. Eso es todo. —Observo a Juanma, feliz con su familia, y sonrío. Me gusta nuestra relación tal y como es ahora, no quiero que nada lo altere.

—¿Sabes? Una etiqueta no va a cambiar nada.

—Lo cambia todo —sentencio.

—Si tú lo dices… —Me agarra del brazo para entrar en el baño, dando la conversación por finalizada—. Oh, me he dejado el bolso. Ahora vuelvo.

Me mojo la nuca y observo mi reflejo en el espejo.

Hace cinco meses que conozco a Juanma, podría parecer poco tiempo si no fuera porque hace cuatro que vivimos juntos.

Es un gran hombre, divertido, cariñoso y nos entendemos a la perfección, entonces, ¿por qué no soy capaz de quitarme la etiqueta «informal» de la cabeza?

«Porque sabes que, cuando sea tu novio, empezará a exigirte cosas.

Ahora estáis viviendo la luna de miel. El tiempo me dará la razón.

Mejor sola que mal acompañada». Sí, ese es un gran motivo.

Creo que lo único que me molesta en realidad es estar mintiendo a la gente que aprecio, pero eso se puede arreglar.

Lucía ha reaccionado bien, mañana hablaré con Juanma.

Hoy no es el día para tener esta conversación, no quiero estropearle el día.

También llamaré a mis padres para decirles la verdad.

El resto de las personas ya se irán enterando.

Entro a uno de los cubículos justo cuando la puerta se abre, aunque no me fijo en quién es. Imagino que será Lucía con su bolso. Juro que no quiero escuchar la conversación, pero no puedo evitarlo.

—¿Has visto qué guapo está Juanma? Dios, me lo comería enterito. —Podría pensar que se refiere a otro chico con el mismo nombre, si no fuera porque distingo perfectamente la voz de Claudia, la chica que le mandó el mensaje el otro día y que me han presentado al salir de la iglesia.

—Pensaba que habías quedado con él ayer justo para eso —bromea otra chica que no sé quién es. Contengo la respiración, Juanma ayer estuvo todo el día fuera, preparando cosas para la boda. ¿Era mentira? «Tienes una relación informal, no puedes echarle en cara nada».

—Ya, yo también, pero me dijo que estaba liado.

—Ha venido con pareja —le recuerda la otra chica y me alivia el nudo que se me había formado en el pecho.

—¿Y? Es Juanma. ¿Lo has visto con pareja alguna vez?

—Juanma me explicó que nunca había tenido novia formal, al menos ninguna tan formal como para que la gente se enterase.

Yo soy la excepción. «Porque estáis fingiendo, tonta»—.

Un par de bailes y lo tendré entre mis piernas antes de que acabe la boda.

Las lágrimas amenazan con desbordarse por mis mejillas.

Por muy informal que sea, me duele pensar en la posibilidad de Juanma con otra chica.

El pecho se me comprime e intento respirar para que no noten que estoy aquí.

«No hablasteis de exclusividad». Cierto, no lo hicimos, lo di por hecho.

«No es adivino, no puede saberlo», la voz tiene un matiz distinto, otro tono, no me lo echa en cara como siempre, me recuerda algo que ya sé: lo que no se habla, se enquista.

«Esta es mi chica valiente». Vuelvo a respirar y, por un momento, ya me encuentro mejor.

—No sé, ¿has visto cómo la miraba? —¿A mí?—. Yo creo que esta vez va en serio, si no, no la hubiera traído a la boda de su hermana.

—Tonterías, conozco a Juanma. —El tono soberbio que usa me provoca un punto de ira, uno que casi me empuja a salir y hacerle comerse sus palabras—. Sé cómo engatusarlo.

Se escucha la puerta de nuevo y la conversación se corta.

Respiro hondo antes de salir del cubículo y me encuentro el baño vacío cuando lo hago.

Mejor, no tenía ganas de enfrentarme a ella y montar un escándalo en la boda de Maite; aunque me hubiera gustado verle la cara al darse cuenta de que he escuchado todas y cada una de las palabras que ha dicho.

«¿Y qué vas a hacer? No puedes prohibirle hacer nada.

Es una relación informal en la que no habéis establecido exclusividad».

No, no puedo prohibírselo, pero puedo ponerle trabas para que no lo consiga hasta que hable con él.

En cuanto salgo del baño, después de arreglarme el maquillaje, me topo con Juanma.

—Venía a buscarte —me explica—. ¿Estás bien, preciosa? Llevas un montón de tiempo aquí dentro, me he preocupado. Lucía hace rato que ha vuelto a la mesa.

—Sí, perdona, solo necesitaba estar a solas.

—Demasiada gente, ¿verdad? —Niega con la cabeza—. Cuando tú y yo nos casemos, lo haremos a escondidas, aunque mi madre nos mate.

—La mía también nos mataría —bromeo, aunque escucharle hablar de nuestra boda me ha dado un pellizco al corazón muy distinto a lo que he sentido dentro del baño.

—Bueno, ya me odia, no creo que note la diferencia si lo hace un poco más. —Se encoge de hombros—. Vamos a darle el regalo y necesito a alguien cerca a quien mirar para no llorar.

—¿Y si lloro yo?

—Iré a consolarte. —Me guiña un ojo y me arrastra hacia la mesa.

El discurso es precioso y acabamos todos los invitados llorando. Poco después de repartir los regalos se inaugura el baile y, cuando empiezan los primeros acordes de la segunda canción, Juanma me arrastra a la pista y me envuelve con sus brazos. Apoyo la cabeza en su pecho mientras me dejo llevar.

—¿Estás bien? —me pregunta con un tono bajo que solo yo puedo escuchar—. Bien de verdad, quiero decir.

—Estoy cansada de fingir —confieso—. De mentir a todos los que aprecio.

—Ya, yo también. —Suspira—. ¿Y qué quieres hacer?

—Mañana llamaré a mis padres para decirles que tenemos una relación informal, así no tendrás que volver a ir.

—¿Estás segura?

—Sí, creo que es lo mejor. Me carcome por dentro esta sensación de que estoy mintiendo a todo el mundo. Cuando lo confiese, estaremos bien.

—Perfecto entonces. —Me aprieta más contra él y yo hago lo mismo—. Echaré de menos las miradas de odio de tu madre y la indiferencia de tu padre.

—La última vez habló contigo —le recuerdo y se ríe—. Vale, sí, fueron tres frases, pero algo es algo.

—Y si contamos el «hola» y el «adiós», son dos más —bromea—. Entonces, ¿estamos bien?

—Estamos bien. —Y, por primera vez en todo el día, lo digo de verdad.