30. Sofía
Sofía
—Hola, chicos.
—Hola, Felipe —saluda Cristo con un tono tan frío que hasta yo contengo la respiración.
—¿Quién se casa? Vais todos muy guapos.
—Mi hermana —escupe Juanma con tanto odio que le provoca un respingo a mi abuela. No parece la misma persona que hace unos minutos se estaba riendo a carcajadas por una broma absurda que ha soltado Fer.
—Oh. —El tipo se sorprende, aunque parece falso, y Cristo confirma mi sospecha al rodar los ojos—. ¿Con César?
—Sí; y te agradecería que te fueras, Felipe.
Aquí no eres bienvenido. —Cristo le da la espalda y nos quedamos en silencio esperando que se largue.
El tipo no debe de ser muy listo, porque incluso duda antes de desaparecer, como si no hubiera entendido la hostilidad con la que lo han recibido.
En cuanto lo perdemos de vista, todos respiran.
—Vaya. —Mi abuela rompe el silencio—. Creí que tendría que ir a por la chaqueta al coche. Habéis bajado la temperatura varios grados. ¿Quién era ese chico? Lo habéis tratado como al mismo diablo.
—Al diablo le hubiéramos tratado mejor, se lo aseguro —bromea Cristo.
—Es el exmarido de mi hermana —nos saca de dudas Adri.
—O como a nosotros nos gusta llamarlo: el cabrón infiel con el que se casó Aitana —dice Fer sin un ápice de burla en su tono, y me sorprende. No por lo que dice, sino por cómo lo dice. Podría pensar que es algo habitual en él, si no fuera porque mi abuela también se ha sorprendido.
—Hay que reconocerle que tiene huevos —comenta Cristo riendo—. Después de la paliza que le disteis, no sé cómo ha tenido agallas de acercarse a saludar.
—¿Le disteis una paliza? —le pregunto a Fer estupefacta. No tiene pinta de ser de esos que van pegando a la gente por la calle y, por lo poco que me ha contado mi abuela o yo he visto, parece un trozo de pan. «¿Tanto me he equivocado con él?».
—Solo fueron un par de puñetazos —le resta importancia Juanma, como si fuera lo más normal del mundo. ¿Perdona? La violencia nunca es la solución. Jamás.
—Un par de cada uno —les recrimina Adri negando con la cabeza. Parece que no me he equivocado con él, es el único que en estos momentos parece que tenga algo de sentido común.
—Le advertimos que dejase en paz a Aitana, él se lo buscó.
—Fer se encoge de hombros y se gira para hablarme directamente—: Fuimos a decirle, por enésima vez, que no la molestase más, que no iba a volver con él, pero se puso gallito.
—Suspira, como si el tal Felipe se lo hubiera buscado.
Pues, lo siento, pero esto tampoco lo justifica, por muy pesado que fuera.
—Llevábamos un mes turnándonos para ir a buscar a Aitana al salir del trabajo porque si no, aparecía a mitad de camino para suplicarle que volviera con él —continúa Juanma y en el muro que acababa de crear para distanciarme de Fer y su familia se crea una brecha.
El acoso es un problema muy gordo, sobre todo cuando viene de exnovios que no aceptan la ruptura—.
Y la policía no hacía nada porque no la tocaba.
Nos cansamos de ver a nuestra prima muerta de miedo cada vez que tenía que salir de casa.
Es una basura de persona que nunca debió cruzarse en su camino.
No me gusta la violencia, nunca debería ser una opción, ni siquiera la última, pero, por mucho que me duela, debo reconocer que hay personas que solo cambian de actitud cuando reciben una hostia.
Y Juanma parecía bastante afectado por su prima.
Por una vez, voy a hacer una excepción en mi propia regla, porque he vivido lo que es la impotencia de no poder ayudar a alguien en esa situación.
Ojalá todas las personas que sufren acoso de este tipo tuvieran unos primos que las protegieran.
—Visto así, más fuerte tendríais que haberle dado —suelta mi abuela y nos saca una sonrisa a todos, incluso a mí. No tiene remedio—. Tengo ganas de conocer a Aitana, Fer habla mucho de ella.
—¿Estás seguro de querer juntarlas? —le pregunta Juanma a Fer señalando a mi abuela—. Pueden ser un peligro.
—Encontrará la forma de conocerla —claudica Fer y sonrío.
Este chico es demasiado bueno para su propio bien, incluso aunque vaya dando palizas por ahí.
En serio, estoy impactada, no le pega nada.
Supongo que por eso ya lo he perdonado, aunque intentaré averiguar un poco más sobre él y sus hermanos.
No quiero que mi abuela se junte con quien no debe, yo no puedo protegerla desde Granada.
—Chico listo. —Mi abuela le da unos golpecitos en el brazo a Fer y le susurra algo, pero pierdo el hilo cuando veo que Juanma se tensa de nuevo mirando a alguien por detrás de mí. Avisa con un codazo a Cristo, que tampoco parece muy contento.
—¡Hola, chicos! ¿Cómo estáis? —saluda alguien y me giro para saber de quién se trata.
Es una pareja agarrada del brazo, aunque sus expresiones son muy dispares.
Mientras que él tiene cara de no tener ganas ni de vivir, ella esboza una sonrisa radiante, aunque debo admitir que parece bastante falsa, o puede que solo sea el contraste con su acompañante.
Fer se tensa y gira la cabeza hacia otro lado.
Qué raro. ¿Serán invitados? No van vestidos como tal, pero bueno, yo tampoco, así que no pienso juzgarlos por ello.
Aun así, Fer parece incómodo con su presencia y Adri lo mira con un punto de pena. ¿Quién será esta mujer? ¿Otra ex?
—Pues ya nos ves, Bego, a punto de celebrar una boda —contesta Juanma con la mejor de sus sonrisas, aunque hay algo sutil en ella, algo que no consigo ver—. Pero solo puede venir la familia y gente que apreciamos; de lo contrario te habríamos invitado a unirte.
¡Vaya! Más claro, agua. Me queda cristalino que no la quieren cerca, aunque el más afectado es Fer, que aprieta el puño.
No la están tratando como al Felipe ese, pero bien, tampoco; aunque cuando la observo mejor, lo entiendo.
No me gusta esta mujer, tiene algo que me indica que debo correr en dirección contraria.
Mi instinto nunca me ha fallado, así que me fío de él.
Me vuelvo de forma sutil para observar al grupo.
Hay hostilidad en el lenguaje corporal de todos, pero, sobre todo, hay una necesidad de proteger a Fer.
Todos, sin excepción, han modificado su postura.
Como parece que no es de las que pillan que no la quieren aquí —hoy debe de ser el día de no entenderlo, visto lo visto—, me muevo de forma que mi cuerpo hace de barrera entre ella y Fer.
El motivo por el cual hago esto ya lo analizaré cuando esté más descansada, ahora solo quiero que se vaya de aquí.
—Tú siempre tan agradable, Juanma. —Oh, es de las que deben tener la última palabra, una joya de mujer. No me extraña que no la quieran cerca. Me tenso cuando se fija en Fer mientras me ignora de forma deliberada—. Vas muy guapo, Fer.
—¿Verdad que sí? —contesto con una sonrisa radiante rodeando a Fer por la cintura y cogiéndole de la solapa de la americana para enfatizar mis palabras.
Ni siquiera lo he pensado, solo me he dejado llevar.
Como me deje vendida, voy a pasar más vergüenza que en toda mi vida, pero me sorprende abrazándome por la espalda con una pequeña sonrisa, lo que me anima a continuar, pese a que la tal Bego me esté fulminando con la mirada—.
Cuando fuimos a comprarlo dudó, pero si alguien puede llevar un traje tan extremo es él.
Está sexy se ponga lo que se ponga, ¿no te parece?
Por cierto, no nos han presentado. Soy Sofía, su pareja.
—Vale, me he venido arriba, improvisar no es mi mayor cualidad, pero a lo hecho, pecho, así que extiendo mi mano sin soltar el agarre de Fer y le sonrío a la chica que me quiere muerta—. ¿Y tú eres?
La chica coge con fuerza el brazo de su acompañante y se va pateando el suelo.
Fer me aprieta contra él y, cuando alzo la cabeza para mirarlo, esboza un «Gracias» que solo yo veo.
Su rostro aún refleja tensión y estoy tentada de suavizarle la expresión con mis dedos.
Por suerte, Juanma suelta una carcajada tan fuerte que me devuelve a la realidad y me separo de golpe de Fer, sonrojada hasta las orejas.
—Lo siento —susurro.
—Chapó —me dice Juanma aplaudiendo—. Sutil, eficaz, bonito. De verdad, me has cautivado.
—¿Pregunto? —Hasta mi abuela se ha dado cuenta de que es un tema tan delicado que no puede cotillear directamente. Cristo niega con la cabeza en respuesta—. Desde luego, con vosotros no hay quien se aburra.
—Acaba de llegar César —nos informa Adri y todos se mueven.
Fer acompaña a mi abuela hasta un asiento y yo me quedo en la parte de atrás de los bancos, apoyada en una de las columnas.
Las amigas de mi abuela no entienden que no me siente con ella en los bancos cuando, en raras ocasiones, la acompaño a misa.
Por suerte, mi abuela es consciente de que hago un esfuerzo por estar aquí.
Hay muchísima gente, todos sonrientes y felices, y una punzada de dolor me recorre, así que respiro hondo para paliarlo.
He aprendido a no vivir en el pasado, pero eso no hace que los recuerdos desaparezcan.
En esta iglesia se llevó a cabo la misa por la muerte de mis padres y, aunque me alegro de estar hoy aquí por otro motivo más feliz, no puedo evitar pensar en ello.
Juanma aparece con una sonrisa y apoya las manos en el banco que tengo justo al lado.
—No somos unos matones —suelta sin perder la sonrisa y alzo una ceja—.
Mira, esa es mi prima Aitana —dice señalando a una chica morena que se está riendo con ganas por algo que le ha dicho Fer mientras se acercan a mi abuela—.
¿Ves esa sonrisa tan preciosa? La perdió por completo.
Y no fue por el divorcio, fue por el acoso de después.
—No tienes que justificarte. Lo hecho, hecho está. —Niego con la cabeza—. Además, conozco las consecuencias del acoso, así que te creo. —Asiente y se queda pensativo unos segundos observando a todas las personas que están aquí hoy.
—La mayoría de los invitados te dirán que sí que somos unos matones —reconoce encogiéndose de hombros y frunzo el ceño.
Vaya forma de hacerme cambiar de opinión—.
Esa es nuestra fama y nunca nos ha molestado, pero si me preguntas, te diré que todos los que piensan eso deberían largarse de aquí, porque no nos conocen en absoluto.
—¿Por qué me cuentas esto? No te he pedido ninguna explicación.
—Te he visto la cara cuando hemos contado lo de Felipe, te has horrorizado. Y no digo que no tengas razón, la violencia nunca es la solución, hasta que es la única solución. ¿Sabes lo que quiero decir? —Asiento—. Tenemos fama, pero nada más. No quiero que pienses lo que no es con Fer.
—No he pensado nada —miento.
—Eres buena mentirosa —me alaba y hago una mueca extraña—. A Fer le importa tu abuela y tuvisteis un mal comienzo, pero te aseguro que no hay mejor persona en el mundo que él. Nunca pierde los papeles.
—Hasta que los pierde.
—He visto cómo lo has protegido antes —dice encarándome—. Si hubieras estado ahí ese día con Felipe, hubieras reaccionado igual. —Suspira—. Solo dale una oportunidad, te aseguro que no te arrepentirás.
—Ya lo he hecho y me he encontrado con un tipo que va pegando palizas por ahí.
—Al que has protegido minutos después —me recuerda y aparto la mirada—.
Sé que ves cómo es en realidad y que es demasiado bueno para su propio bien.
Todos tenemos derecho a tener un mal día, a reaccionar de forma exagerada por un hecho que nos consume por dentro o a pegar un par de hostias al acosador de tu prima y que no se nos encasille por ello.
—¿Por qué? —Esboza una sonrisa y mira a su hermano, que sigue hablando con Aitana y mi abuela, aunque se ha unido también Cristo y una chica morena que no reconozco.
—Porque se merece ser feliz, y creo que podría serlo contigo.