Serie Siempre: Colección completa 29. Sofía
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29. Sofía

Sofía

Que alguien me mate, por favor, y gracias.

Acabo de llegar a casa de mi abuela después de un turno de noche y, en lugar de irme a dormir, me está haciendo vestirme para ir a misa.

¡A misa! ¡Un sábado! Qué mal me tuve que portar en otra vida para semejante tortura.

Si consigo no dormirme en la iglesia, puedo darme con un canto en los dientes.

A veces odio cómo es capaz de pasar por encima de lo que deseo para que haga lo que a ella le dé la real gana.

Aunque, pensándolo bien, es la primera vez que no me deja descansar al llegar.

Estaba tan cansada que ni he preguntado el porqué, solo he replicado hasta que he visto que era imposible ganar y me he venido a mi cuarto a ponerme el vestido que tengo aquí para este tipo de ocasiones.

Descarto las Martens y me decanto por unas Converse todas negras, ya que hoy hace un día de primavera de esos en los que el sol calienta la piel y la chaqueta estorba hasta en la mano.

Alguien llama a la puerta y mi abuela me pide que vaya a abrir.

La mandíbula me llega al suelo cuando me encuentro a Fer de espaldas, vestido con un traje azul claro a cuadros mientras juguetea con las llaves de su coche en la mano.

Si no supiera que me pillaría, le haría una foto para las fantasías de Magda, porque Madre.

Del. Amor. Hermoso, ¡qué hombre! Debería estar prohibido ser tan atractivo, y más si tenemos en cuenta que va con un traje azul claro a cuadros.

Es decir, nunca pensé que ese color en un traje podría hacer atractivo a alguien.

Estaba totalmente equivocada. Por suerte, me repongo de mi turbación antes de que se gire y se sorprenda tanto como yo al verlo.

—¡Hola! —me saluda con una sonrisa radiante—. No sabía que venías. ¿Estáis listas?

—¿Mi abuela ya te ha liado para ir a misa? —me burlo apoyándome en el quicio de la puerta—. No deberías ceder a sus deseos.

—No vamos a misa, vamos a la boda de mi hermana. ¿Tu abuela no te lo ha dicho?

—Perdona, ¿qué?

—Oh, Fer, ¡ya estás aquí! Tan puntual como siempre. ¿Nos vamos?

Mi abuela le regala una sonrisa mientras coge una chaqueta fina que enrolla en su brazo. La verdad es que va guapísima con ese conjunto de blusa blanca y falda negra, mucho más arreglada de lo habitual, «claro, porque nos vamos de boda».

—Podrías haberme dicho que íbamos a una boda; me habría traído algo más adecuado de ropa —me quejo—. Y habría cambiado el turno para venir descansada.

En realidad, lo habría cambiado para no tener que venir, pero eso no se lo digo. Sabe de sobra que no me gusta estar rodeada de gente, y mucho menos de gente a la que no conozco de nada.

—Solo vamos a la ceremonia —le resta importancia mientras cierra la puerta con llave, tal como le tengo dicho que haga. Antes la dejaba abierta sin más—. Fer nos ha invitado para que conozcamos a su familia.

—¿Ya sabes lo que haces? —Me giro para preguntarle a Fer y no me pasa desapercibido el repaso que me estaba dando. Imagino que le ha gustado lo que ha visto, a juzgar por el fuego en sus ojos antes de parpadear y mirarme con una sonrisa resignada.

—Las tiritas, mejor de golpe. —Se encoge de hombros—. ¿Vamos?

—A mí me dejáis detrás, que voy más cómoda —comenta mi abuela y me freno de golpe.

—¿Vamos a ir en coche? —Rezo para que no se note el pánico en mi voz.

—Si queremos llegar a tiempo, deberíamos —me informa Fer y me mira extrañado—. ¿Prefieres ir andando? Puedo acercar a tu abuela si quieres.

—¿Cómo se va a ir andando? No digas tonterías.

Mi abuela se va directa al coche de Fer.

Sin embargo, él me observa, esperando que sea yo quien decida.

Mi abuela no lo sabe, pero nunca jamás me subo en coches ajenos, ni en el de Magda, esté ella o no.

De hecho, ni siquiera soy capaz de subirme a un taxi sin que me dé un ataque de ansiedad.

Tardé más de un año en sacarme el carnet de conducir por ese mismo motivo, le tengo pánico a los coches.

Con mucha paciencia, sobre todo hacia mí misma, y muchos cursos de conducción después, he conseguido ser capaz de llevar mi propio coche, ese en el que me gasté más de dos años de sueldo para reforzarlo en caso de accidente. Conduzco un tanque, básicamente.

—Creo que es mejor ir en tu coche —me propone Fer con un tono casual, aunque su mirada me indica que es consciente de mi turbación—. Así os podéis volver a vuestro aire y no tenéis que esperarme.

—Voy a por las llaves.

Es raro tener a mi abuela en los asientos traseros del todoterreno, por lo general, se sienta de copiloto mientras parlotea sin parar, claro que no solemos ir con más gente en el coche.

Hoy está especialmente callada mientras sonríe y mira por la ventana.

Por muy decidida que sea, estoy segura de que está nerviosa por conocer a la familia de Fer y causarles buena impresión.

Suelto todo el aire cuando me detengo en un semáforo y Fer me sonríe.

—¿Cansada?

—Mucho. He venido directa desde el trabajo y no he podido dormir.

—No tenías por qué venir.

—Eso cuéntaselo a ella. —Señalo hacia atrás, donde mi abuela finge que no nos escucha—. Ni siquiera me ha dicho que era una boda.

—Vas preciosa, no te preocupes.

—Gracias —murmuro mientras dejo que un rubor me tiña las mejillas. Por lo general lucharía contra ello, pero estoy demasiado cansada. Cambio de tema a uno más seguro—: ¿Llevan mucho tiempo juntos los novios?

—Desde los dieciséis. —Su sonrisa se ensancha—. Fue amor a primera vista; están hechos el uno para el otro.

—Eso es muy bonito. No es habitual que las parejas duren tanto hoy en día —admito, y Fer asiente. Se remueve incómodo; por suerte, la entrada del garaje al lado de la iglesia aparece y propicia otro cambio de conversación—: Ya hemos llegado.

A medida que nos vamos acercando a la puerta de la iglesia, voy siendo consciente de dónde me ha metido mi abuela.

Esto está lleno de gente con vestidos de colores variados y trajes mientras se saludan con abrazos y ríen con ganas.

En estos momentos, la alternativa de ir solo a misa me parece un placer en comparación.

Puedo aguantar a las amigas de mi abuela durante un rato, sin embargo, el escrutinio de personas desconocidas me incomoda, así como la charla banal. No me gusta la gente.

Nos acercamos a un grupo con tres hombres que no pueden ser más diferentes entre ellos, lo único que tienen en común es que son casi tan altos como Fer.

¿Qué les daban de comer de pequeños? Los tres nos observan con curiosidad en sus ojos y una sonrisa, aunque no de la misma manera.

Mientras que el chico del pelo corto y castaño tiene una sonrisa sincera y calmada, el rubio con el traje verde tiene una chispa de picardía en ella.

El más grande, que viste con un traje azul marino y lleva el pelo recogido en un moño, tiene una sonrisa divertida mientras asiente con aprobación sin quitarme la vista de encima.

Aunque me sorprendo al darme cuenta de que no me incomoda su escrutinio como en otras ocasiones. Definitivamente, necesito dormir.

—Buenos días —saluda Fer con un tono educado, como si no fueran sus familiares—.

Os presento a mi vecina Angelines y su nieta, Sofía.

Ellos son mi hermano Juanma, mi primo Adri y Cristo, el mejor amigo de mi hermana.

—Vale, este último es el único al que no tenía controlado.

Adri es el presidente del club de balonmano y Juanma el hermano hostigador.

—Encantada. —Tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no soltar una carcajada por el tono dulce que ha usado mi abuela—. Madre mía, qué buena familia tienes, Fer. Son todos guapísimos. ¿Verdad, cariño?

—Sí, abuela —contesto con el tono más monótono que puedo. Como muestre el más mínimo interés, mi abuela es capaz de organizarme una cita. «No, gracias».

Desconecto de la conversación cuando se ponen a hablar de gente que no está aquí, aunque mi abuela pone todo su empeño en saber quién es quién e interesarse de todos los cotilleos posibles.

Adri, el primo, parece el más prudente; Cristo el más avispado y Juanma, bueno, tiene pinta de ser de esas personas con las que sonríes solo por tenerlas cerca.

Ahora entiendo que Fer sea incapaz de decirle que no a algo.

Son tan diferentes que nunca hubiera dicho que son hermanos.

De golpe, toda la alegría se esfuma mientras nos envuelve un silencio incómodo y todos se miran como si el mismo Satanás se hubiera personificado en mitad del círculo que hemos formado.