28. Juanma
Juanma
—¡Chicos, no! —grito para interceptar el tercer empujón del día—. Tenéis que bloquear el tiro sin tocar al oponente. Cambiad de compañero.
Resoplo mientras me giro para que no vean mi frustración y Mar me regala una sonrisa comprensiva.
Llevamos ya varias semanas intentando practicar la defensa, pero siguen sin entender que deben bloquear a su oponente sin empujarlo o pegarle.
Hoy está siendo un día especialmente duro en ese sentido.
Igual no fue tan buena idea empezar con la defensa tan pronto; sin embargo, si queremos que el juego les guste más allá de marcar goles, tenemos que darle algo más o se aburrirán.
Observo a Fer en la otra portería mientras practica con los que aún no tienen fuerza suficiente para lanzar el balón a la zona de gol, que cada vez son menos, y estoy tentado de pedirle un relevo.
—No te desanimes —me susurra Mar mientras me acaricia la espalda—. Acaban de volver de las vacaciones de Semana Santa. Los cambios de rutina siempre les cuestan.
—Me siento como si tuviera que estar alerta para apagar un fuego a cada segundo. Es agotador.
—Un día cualquiera para mí —se mofa—. Te acabas acostumbrando. —La observo con intensidad y alza la barbilla—. ¿Qué?
—Nada, que a veces se me olvida lo extraordinaria que eres.
—Pues no deberías, nene. —Me da unas palmadas en el brazo antes de ir a salvar un conflicto antes de que empiece. Saber que esto es lo que vive cada día solo me hace admirarla más.
La alarma suena, indicando que el tiempo de entrenamiento se acaba, así que los ponemos a estirar antes de despedirnos hasta la semana que viene. Intercepto a Mar justo cuando va a salir por la puerta.
—Oye, nena, cuando acabe aquí me iré al estudio a quitarme la frustración de encima.
—Ah, vale. —Noto que está incómoda, aunque no estoy seguro del porqué.
—¿Te quieres venir o prefieres ir a casa?
—¿Quieres que vaya? —Se sorprende tanto que sus cejas casi se juntan con el pelo.
—¿Por qué no iba a querer…? —Dejo la pregunta a medias. Después de todo lo que me ha explicado de Jesús ya nada me sorprende; aunque estoy seguro de que obvió muchas cosas—. ¿Te paso a buscar por la asociación cuando acabes y vamos juntos?
—Vale. —Y me regala una sonrisa de oreja a oreja antes de salir por la puerta.
—Yo también quiero ir —se burla Fer y le hago una peineta, lo que provoca que se ría—. Oye, tenemos que pensar en un regalo de boda para Maite. Quedan diez días.
—¿No íbamos a regalarles la luna de miel?
—Sí, pero Cristo ha puesto casi todo el dinero.
Sigue sintiéndose culpable por todo lo que pasó.
—Suspira—. El caso es que Óscar me comentó que podríamos regalarle algo nosotros tres, pero solo a ella.
Es nuestra hermana pequeña y la primera en casarse.
Se lo merece después de todo lo que ha pasado.
—Pensaré en algo —le prometo, y, por primera vez, pienso cumplirlo. Ambos sabemos que hacer regalos no es mi fuerte. Las ideas geniales suelen salir de Maite o de él.
—Aún no me creo que se casen —admite mientras acabamos de guardar todos los balones una vez recogidos—.
Ha sido todo tan rápido, que no me ha dado tiempo a hacerme a la idea.
Ni el que César no engañase a Maite voluntariamente, ni que todo se haya solucionado ya por fin y que vuelvan a ser la misma pareja feliz de antes.
—Yo aún no me puedo creer que la loca de Carmen Mari drogase a César. No sé cómo Cristo se contuvo para no matarla.
—Yo se lo pregunté. —Sonríe—. Dijo que estaba tan en shock por lo que estaba pasando que no pensó en nada más.
—Pues yo creo que es porque es menos impulsivo que nosotros y más racional —reconozco a regañadientes—. Te recuerdo que la grabó asumiendo el delito.
—Es posible, sí. Bueno, al menos ya está la denuncia puesta y más le vale no volver por aquí nunca más.
—Las denuncias —le recuerdo mientras salimos del pabellón—. El padre de César también la denunció por robar dinero de la empresa. Casi treinta mil euros que se ha agenciado por la cara la muy cabrona.
—Hay que estar muy mal de la cabeza. —Llega hasta su coche y me hace un gesto con la cabeza—. En fin, nos vemos mañana. He quedado con Aitana para cenar.
—Salúdala de mi parte.
Me meto en el coche y me dirijo al centro de la asociación donde aparco para esperar a Mar.
Aprovecho el rato para buscar regalos de boda y regalos originales entre hermanos, pero, o yo estoy teniendo un mal día, que puede ser, o todo es una mierda.
Lo que le demos ese día tiene que ser tan especial como ella.
Estoy tan absorto que Mar me pega un susto de muerte cuando golpea el cristal, lo que provoca que el móvil salga volando y a ella le dé un ataque de risa.
—Te he pillado con la guardia baja —se mofa nada más entrar y se agacha a recoger el móvil que se ha caído a los pies del asiento del copiloto—. ¿Qué hacías tan concentrado?
—Buscaba un regalo para Maite para la boda —le explico arrancando el coche y saliendo del aparcamiento—. Queremos hacerle un regalo a ella los tres solos, pero todo es una mierda. Desbloquea y verás.
—¿Y el vestido o los complementos para ese día? —propone mientras hace lo que le digo y empieza a ojear las páginas que he estado mirando—. Esto no son cosas que regalaría un hermano, más bien un invitado.
—Exacto. Y sobre lo que proponías: el vestido se lo compró mi madre en su momento. Las joyas que llevará son las mismas que llevó nuestra madre en su boda, que le valen de antiguo y prestado. Y el algo azul se lo regaló Lucía, aunque no nos quiso decir qué era.
—¿No ibais a hacerle un regalo vosotros tres en la otra boda? —me pregunta mientras sigue buscando cosas con mi móvil.
—No, la luna de miel nos pareció suficiente. —Suspiro—. Piensa que nosotros poníamos casi todo el dinero, pero Cristo ha decidido pagarlo él.
—Se siente culpable. —Niega con la cabeza—. Además, es el cuñado de la novia y su mejor amigo, ¿qué esperabas?
—No lo llames así, que al final se nos escapará delante de alguien algún día —le advierto con una sonrisa.
Mi plan para que Óscar y Cristo vivieran juntos tuvo un fallo: Óscar.
El muy idiota le dijo a Cristo que nada de sexo mientras fueran compañeros.
Por suerte, la reconciliación de Maite y César les dio el empujón que necesitaban para dejar a un lado esa tontería y volver a liarse.
La única pega es que siguen ocultándoselo al mundo. Van a necesitar otro empujón.
—Te ha llegado un mensaje de una tal Claudia —dice al poco, con un tono monótono que nunca le había escuchado.
—¿Qué dice?
—Que tiene muchas ganas de verte en la boda de Maite. ¿Quién es?
—Una amiga de Maite del instituto que ahora vive en Almería —le explico mientras la observo de reojo, aunque no hay reacción por su parte, ni siquiera cuando sigo hablando—: Nos hemos liado alguna vez, cuando venía a visitar a sus padres, hasta que se mudaron más cerca de ella.
No había caído en que igual a esta boda sí podía venir, para la anterior estaba fuera. Ya te la presentaré, es muy maja.
—A ti todo el mundo te parece majo —bromea, pero no es como cualquier otra broma, hay un deje en su voz. ¿Celos?
—Oye, nena, tú y yo estamos juntos —le recuerdo entrelazando su mano con la mía cuando aparco justo enfrente del estudio—. No tienes nada de lo que preocuparte, lo sabes, ¿no?
—Tenemos una relación informal, Juanma —me contradice, pero cuando voy a replicar, sigue hablando—: No pasa nada. Solo tenemos que fingir fuera de casa que es algo más serio y, si me apuras, solo cuando vamos a casa de mis padres.
—Está bien —cedo a sus palabras, porque tiene razón, es el acuerdo al que llegamos.
Aunque algo en mi interior se revuelve inquieto al pensar en quedar con otra persona.
Quizá tendríamos que volver a reevaluar nuestra relación.
Sin embargo, fue ella la que pidió ir despacio, así que respetaré sus tiempos si es lo que necesita—. ¿Lista para ver mi estudio?
—Me muero de ganas.
Cuando entramos, el olor a pintura me envuelve y todos mis problemas bajan de intensidad al momento.
Me encanta estar aquí, si por mí fuera, viviría aquí.
Le enseño a Mar todos los recovecos del local, incluida mi primera pintura, que es horrible, pero que me recuerda cómo empecé.
La dejo que merodee por aquí ella sola, observándolo todo, y me doy cuenta de que hoy no voy a necesitar pintar.
Su presencia aquí, poder enseñarle algo tan personal, unirme más a ella, me ha ayudado a quitarme toda la frustración de encima.
—Me encanta este —dice señalando un cuadro que hay en el suelo y me acerco para abrazarla por detrás para contemplarlo con ella. Mi sonrisa se ensancha aún más.
—Eres tú. —Me mira como si me hubiera vuelto loco y me río—. Es lo que pinté la semana que estuvimos separados, cuando no tenía forma de localizarte.
—Crees que… —Se aclara la garganta—. Podríamos… Me gustaría tener ese cuadro en casa. ¿Me lo puedo llevar?
—¿En serio? —Mi sorpresa ante su petición le provoca un punto de duda en la mirada, pero enseguida le aclaro que no es por eso—. Me encantaría tenerlo en casa, ¿dónde habías pensado colgarlo?
—¿Qué te parece en el comedor, en la pared de detrás de la mesa?
—Creo que puede quedar genial. O encima del sofá. —La beso en la cabeza—. No tenemos que decidirlo ahora, podemos mirarlo al llegar.
Separo el cuadro para dejarlo cerca de la puerta y me siento en la mesa mientras Mar vuelve a la carga, observándolo absolutamente todo.
Cuando la conocí, me pareció una mujer decidida que no se asustaba por nada, pero cuando nos fuimos a vivir juntos, poco a poco empezó a expresar sus deseos de forma extraña.
Como si fuera a juzgarla por ello o como si yo tuviera que ser partícipe de sus decisiones en cuanto a ellos.
Hablé con ella y me confesó que ni siquiera era consciente de ello, así que la animé a cambiarlo cuando se diera cuenta de que lo hacía o, si no se daba cuenta, yo se lo haría saber para que, poco a poco, pudiera expresar lo que quiere sin más.
Estoy muy orgulloso de que lo haya conseguido.
—¿Esta es la famosa pistola de clavos? —grita desde un rincón y me acerco a ella—. La de tu padre.
—Sí. —Miro con cariño a la herramienta, pese a ser un objeto.
—¿Qué historia hay detrás de la pistola? —me ruega con los ojos llenos de curiosidad—. Lucía me advirtió que meterme con la pistola sería mi sentencia de muerte.
—¿Y por qué te ibas a meter con Pisti, a ver?
—¡No sabía que tuviera nombre!
—Es que a mis hermanos no les gusta —refunfuño—. Solo yo la llamo así.
—¿Es tuya o de los cuatro?
—De los cuatro, pero la guardo yo. A veces me es útil por aquí.
—¿Nunca la habéis usado para trabajar? —me pregunta extrañada.
—No —le aclaro—. No es una herramienta que suela usarse, y Paco y mi padre no le encontraban utilidad.
—¿Y por qué la comprasteis?
—Es que no la compramos, es un regalo. —Me río—.
Un verano vino un chavalín a trabajar con mi padre.
Era americano y pensó que regalarle una pistola de clavos era un superregalo, pese a que no la usaron en ningún momento de los tres meses que trabajó con ellos.
Mi padre no quiso romperle el corazón y se lo agradeció como si le hubiera comprado una radial nueva.
—Sonrío al recordar a mi padre y Mar me abraza para quedarse apoyada en mi pecho—.
Ese día se le hizo tarde para volver a casa y, como había bebido alguna cerveza de más, volvió andando.
Un gilipollas drogado hasta las cejas intentó atracarlo y mi padre actuó por puro instinto y le clavó la mano a la pared con la pistola.
Llamó a la policía y, cuando llegaron, le explicaron que llevaban días buscándolo.
Se ve que había atracado a varias personas más y a todas les había pegado un navajazo después de quitarles todo el dinero.
—Esa pistola le salvó la vida a tu padre.
—Por eso es tan especial para nosotros, y por eso siempre la llevamos a todos los sitios.
—Sigo pensando que la despedida de soltero de Paco no era lugar para llevarla —me acusa.
—Es posible, pero a él no le molestó.
—Os adora y os tiene miedo a partes iguales, no os hubiera dicho nada.
—En eso tienes razón. —Suspiro—. Supongo que cuando nazca el primer sobrino o sobrina, habrá que pasarle el legado.
—¿Sabes eso que estabas buscando en el coche…? —empieza a decir Mar y se me ilumina la cara. Sí, acabamos de encontrar el regalo perfecto para Maite.