27. Fer
Fer
Suelo imaginar muchos escenarios en mi cabeza, sobre todo catastróficos.
Es uno de mis grandes defectos, que a veces vivo de los «Y si…
» en lugar de actuar y ver qué pasa. Aunque a veces también son deseos de lo que me gustaría vivir, pero nunca ocurre.
Sin embargo, ni en un millón de años se me habría pasado por la cabeza que esta tarde estaría en el coche de Sofía, sentado en el asiento del copiloto camino al entrenamiento.
No he podido evitar invitarla después de ver su cara de sorpresa —con un punto de curiosidad— en cuanto le he comentado que ahora soy entrenador.
Ella ha ido directa a su coche y, cuando pensaba que iríamos cada uno con el nuestro, me ha preguntado si no me iba a dignar a subir.
Debo decir que el todoterreno que tiene me parece una pasada, Juanma babeará en cuanto lo vea.
La verdad es que me encanta entrenar a niños, pero han pasado dos meses y aún me cuesta creer que lo esté haciendo.
Cuando Adri nos lo propuso, fui reacio a aceptar: primero, porque hace muchos años que no juego al balonmano.
Segundo, porque no tengo el título de entrenador, aunque esto fue algo que Adri ignoró.
Y tercero, y más importante, no sabía si sería capaz de tratar con niños y niñas con discapacidad intelectual.
No porque los vaya a tratar mal, claro, sino porque creo que se necesita una sensibilidad especial, como tiene Mar, y no pensé que yo la tendría.
Además, no contaba con que Juanma aceptase. Me equivoqué en todo.
Juanma aceptó al momento, motivado por la ilusión de los niños a los que estaba enseñando en ese instante, y me vi arrastrado a hacerlo aunque no quisiera, como siempre que estoy cerca de mi hermano y nos proponen un plan.
Aunque, por una vez, estoy feliz de haber dicho que sí.
Esos niños y niñas me llenan de alegría e ilusión cada vez que estoy cerca de ellos.
—Vale, necesito preguntarlo. —Sofía rompe el silencio cómodo que nos envolvía desde que nos hemos subido al coche—. ¿Cómo acaba un obrero de la construcción entrenando a unos niños y niñas con discapacidad intelectual? Y que conste que no es una crítica, es curiosidad verdadera.
—Porque no sé decir que no a Juanma. —Se ríe ante mi respuesta y me insta a continuar—: En las vacaciones de navidad, Adri, nuestro primo y presidente del club de balonmano de Baza, organizó un campeonato de tres días para todos los equipos.
En realidad son cuatro días, pero el último es más ir a pasar el rato porque todos los partidos ya se han jugado.
El caso es que la pareja de Adri, Lucía, trabaja con Mar, la pareja de Juanma.
—Vale, espera —me interrumpe—. Necesito quedarme con los nombres. Adri, primo. Lucía, prima política. Juanma, hermano con fiebre. Mar, cuñada. Lo tengo.
—Lucía también es la mejor amiga de Maite, mi hermana pequeña.
—Así todo queda en familia —se burla—. Lucía, prima política, mejor amiga de Maite y compañera de trabajo de Mar. ¿Algo más?
—Sí, entrenadora y jugadora de balonmano.
—¡Lo tiene todo la chica! —Se ríe—. Venga, dejo de bromear. Sigue, por favor.
—El caso es que Lucía le habló a Mar del campeonato.
Mar, además de maestra de educación especial en la misma escuela que Lucía, es voluntaria en la asociación para niños y niñas con discapacidad de aquí de Baza.
Por las tardes va al centro que tienen y trabaja con ellos, sobre todo temas de psicomotricidad.
Las dos pensaron que era buena idea que se acercasen el último día del campeonato, cuando no había tanta gente, y enseñar a los niños y niñas a jugar al balonmano.
Juanma acompañó a Mar ese día, quería conocer de primera mano lo que hacía para la asociación.
—¿En plan controlador o bonito? —Se me escapa una risa ante la pregunta, porque cualquiera que conociera a Juanma sabría que la primera opción está descartada.
—En plan bonito, y un poco cotilla también, para qué negarlo. Se conocieron un mes antes de eso, en realidad, pero Juanma es de esas personas que te acompañan en tus pasiones, aunque a él no le gusten. Y a Mar le encanta su trabajo en la asociación.
—Parece un buen tío.
—La verdad es que sí. Juanma es un trozo de pan, pero negaré haber dicho eso.
—Tu secreto está a salvo conmigo —promete mientras me guiña un ojo.
—Bueno, sigo. El caso es que Juanma me llamó al rato de estar allí para que le llevase un balón rosa que teníamos en casa de nuestra madre.
—Su cara de curiosidad es muy bonita—. Estaba con Lucía en las gradas observando a los dos adolescentes que estaban con los trabajadores de la asociación enseñando a los niños a lanzar cuando se dio cuenta de que una niña no quería hacer nada.
Lucía le contó que solo toca cosas que son de color rosa.
—Por eso te has puesto esa camiseta rosa —deduce y se entristece—. Tiene pinta de tener un gran trauma.
—Sí, eso nos ha dicho Luna, la directora de la asociación, aunque no nos ha dado detalles, por razones obvias. De hecho, está bastante alucinada porque confíe en nosotros. No le gustan los desconocidos.
—Pobrecilla.
—La verdad es que sí. —Suspiro—. Total, me presenté allí con el balón rosa y le estuve explicando a Jimena cómo lanzarlo. Al vernos con los niños y niñas, mi primo nos preguntó si queríamos entrenarlos una vez a la semana, que tenía un hueco en la pista.
—Y Juanma aceptó —concluye por mí y asiento—. Sacándote de tu zona de confort.
—Más bien empujándome fuera —bromeo—. De todas formas, esta vez no pienso quejarme, lo estoy disfrutando más que ellos.
—Eso lo dudo.
—Tu abuela me contó que eres educadora social y que trabajas en un hogar tutelado. —Desde que tomamos café juntos y quedó claro que Sofía no me odiaba, Angelines se ha dedicado a explicarme mil cosas, pero quiero darle la oportunidad de que me dé los detalles por ella misma.
—Estoy totalmente segura de que mi abuela te habrá contado hasta la talla de mis bragas —suelta exasperada, y espero que no note el sonrojo que me ha provocado pensar en su ropa interior—. Perdona, no eres tú, es que no me gusta que explique mis cosas.
—También me comentó eso —digo con una sonrisa y al momento, añado—: Que no te gusta que me cuente cosas tuyas, no la talla de las bragas, claro.
No tendría sentido que me hubiera contado eso, y no me hubiera sentido cómodo tampoco.
No es que no me interesen tus bragas, es que no creo que sea algo que deba hablarse.
La ropa interior se llama así por un motivo.
Tampoco me sentiría cómodo hablando de las bragas de tu abuela, ni de las mías. Bueno, yo no uso bragas.
—Fer, para, por favor —me pide mientras aprieta los labios para no reírse, y lo agradezco, porque no estoy seguro de lo que he dicho, me ha perturbado hablar de sus bragas—. Te había entendido. Es que no me gusta que explique mi trabajo.
—Si te sirve de consuelo, parecía muy orgullosa.
—¿Y también te ha dicho que odia que trabaje en Granada?
—¿No? —Me río cuando alza una ceja—. Lo que odia es tenerte lejos. Y, antes de que lo digas, también odia Granada, o el simple comentario de que ella se mude allí.
—¿Le has dicho a mi abuela que se mude a Granada? —pregunta estupefacta.
—Le dije que si tan poco le gustaba tenerte lejos, se podía ir a vivir a Granada más cerca de ti. No volveré a cometer el mismo error.
—Chico listo. —Suspira—. Aunque parece que a ti te hace más caso que a mí, has conseguido que reforme el baño.
—¿Sabes? Creo que solo aceptó para poder conocer a Juanma. Se la veía realmente decepcionada cuando le dije que mi hermano no pasaría por su casa por culpa del gripazo que ha pillado.
—Debemos retrasar ese momento lo máximo posible —bromea. Creo.
—Gira en esa calle, es allí —le indico y la conversación se centra en cómo llegar al pabellón.
Cuando salimos del coche, me fijo en nosotros dos juntos y tengo que apretar los labios para no reírme del contraste entre Sofía y yo.
Mientras que yo voy vestido con un pantalón de chándal negro y una camiseta rosa de balonmano, ella lleva sus habituales pantalones de cuero negros, un jersey del mismo color y sus preciadas Martens que, según me contó su abuela, jamás se quita.
Al entrar, va directa a las gradas, cosa que agradezco.
No es que no me guste tenerla cerca, pero bastante nervioso estoy por tener que hacer esto solo como para que esté pegada a mí todo el rato.
Además, no sé si a Jimena le haría mucha gracia.
Recojo el saco con los balones, en el que incluyo el rosa que Adri nos deja guardar aquí, y me preparo para el entrenamiento con algunos estiramientos.
El primer día no los hice, ni al empezar, ni al acabar, pensando que no haría falta, y me desperté al día siguiente con tantas agujetas que no era capaz de moverme.
Manda huevos que trabajando cada día en la obra no ejercite todos los músculos.
Sofía no me quita ojo y reconozco que me sube el ego cuando la pillo y gira la cabeza para disimular.
Mi madre dice que soy el más guapo de mis hermanos, pero tengo la teoría de que nos dice lo mismo a los tres.
Da gusto cuando una chica atractiva se fija en ti, aunque solo sea porque no conoce a nadie más aquí.
Un golpe en el abdomen me saca de mis pensamientos y acaricio la cabeza de Jimena, que me abraza con fuerza.
—Hola, preciosa. ¿Tienes ganas de meter muchos goles?
—Mis tiros nunca llegan a la portería —se queja con un puchero.
—Llegarán, solo tienes que practicar más.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Con ese comentario, se va feliz junto a Luna, que ya la espera.
Como Mar no está hoy, ya que se está recuperando del gripazo que después contagió a Juanma, me toca a mí dirigir los estiramientos.
Intento recordar cómo lo hace ella y Luna asiente cuando le dirijo una mirada interrogante, lo que me da confianza para seguir.
Una vez hemos acabado, empezamos a practicar los tiros a puerta.
La verdad es que podría enseñarles más cosas de balonmano, pero solo quieren meter goles, así que quién soy yo para quitarles la ilusión.
Cuando Mar y Juanma ya estén por aquí, los pondremos por parejas y tendrán que evitar el gol del compañero.
Tengo muchas ganas de ponerles un reto, ya que algunos de ellos ya dominan a la perfección el arte de meter goles.
Como caído del cielo, aparece Hernán con una sonrisa.
Ha venido más días a echarnos una mano y lo cierto es que nos viene muy bien.
Además, los que están a punto de entrar en la adolescencia lo ven como un igual, así que le hacen más caso que a mí, porque Hernán es su amigo, yo, su entrenador.
Los distribuyo entre los que ya dominan los goles para que vayan con Hernán y se ponga de portero, y los que aún les falta un poco de fuerza de tiro.
Cuando quiero darme cuenta, faltan diez minutos para despejar la pista y los llamo para estirar un poco antes de acabar.
En ese momento, Sofía baja de las gradas y se acerca a Juan, uno de los trabajadores de la asociación.
—¿Te has perdido? —bromea el chico, que la saluda levantando la mano, en lugar de dos besos, pese a que es evidente que se conocen.
—He venido a ver a mi abuela y Fer me ha engañado para acompañarlo. ¿Cómo vas?
—Como siempre, ya lo ves. Bueno, a diferencia de que seré padre en un par de meses.
—¡Oh, felicidades!
—Están buscando a alguien para sustituirme durante la baja, por si quieres volver.
—No, gracias, estoy muy feliz en Granada.
—Bueno, si cambias de opinión, me dices. —Juan le guiña un ojo y se va hacia la salida donde le están esperando para irse con los niños.
—Ni se te ocurra decírselo a mi abuela. —Me señala con el dedo—. Como sepa que puedo conseguir trabajo en Baza, no me dejará tranquila hasta que lo acepte.
—Mis labios están sellados —le prometo, pese a que su abuela no es la única a la que le gustaría que ella viviera aquí.