26. Sofía
Sofía
Estoy guardando un par de sudaderas en mi bolsa de viaje cuando me suena el móvil que, al parecer, me he dejado en el comedor.
Por suerte, es un mensaje y no una llamada de mi jefe para que haga alguna sustitución.
Realmente necesito desconectar e irme a casa de mi abuela, aunque solo sean cuatro días.
No he podido volver desde Navidad, y de eso hace ya dos meses.
Me encanta mi trabajo, pese a que a veces me sienta desbordada o la gente piense que es peligroso, pero de vez en cuando lo único que quiero es tumbarme en el sofá de mi abuela mientras me acaricia el pelo y me atiborra de mi comida favorita porque estoy demasiado delgada para su gusto.
—Es tu novio Fer. —La voz cantarina de Magda se filtra por la puerta y niego con la cabeza mientras me río—. Deberías contestarle.
—¿Me das mi móvil, por favor?
Magda me lo entrega con una sonrisa burlona y la ignoro mientras cierro la foto de perfil del vecino de mi abuela que, evidentemente, no es mi pareja.
Ni siquiera puedo decir que sea mi amigo, pese a que hemos estado hablando desde el día de Navidad.
Aunque debo reconocer que la ropa de esquí le sienta muy bien.
—¿Qué se cuenta hoy?
—Están a punto de acabar la reforma del baño de abajo y me pregunta cuándo voy a llegar por si me esperan o no.
—¿Para darte un besito de bienvenida? —Da besos al aire y le doy un pequeño empujón para alejarla de mí.
—Vete a la mierda.
—¡Oye! No me culpes por ilusionarme porque hables con un hombre.
—Solo es el vecino de mi abuela —le reitero por enésima vez.
—«Solo». —Hace las comillas con las manos—. También es su inquilino, cosa que olvidas con demasiada frecuencia. Además, no hablas con otros vecinos ni con los otros inquilinos que tuvo. Admítelo: te gusta.
—Sí, me gusta. —Suspiro resignada mientras mueve las cejas—.
Pero no como tú quieres que me guste. Se porta bien con mi abuela.
La cuida y me informa si le pasa algo. Me da tranquilidad que esté cerca para no tener que estar pendiente todo el día.
Y, algo mucho más importante: ha conseguido que mi abuela ceda para reformar el baño, que es el primer paso para que se instale en la planta de abajo y no tenga que andar subiendo y bajando escaleras todo el día.
—Lo siento, pero hasta que no me confirmes que la reforma está hecha, no pienso creerme que eso sea así.
Llevas años insistiendo a tu abuela para que quite la bañera e instale una ducha, y ese hombre lo ha conseguido en menos de seis meses.
—Se queda pensativa y esboza una sonrisa picarona—.
Claro, que yo tampoco le negaría nada a ese bombón.
—¿Te quieres venir conmigo y te lo presento?
—¡Ni de coña! No tengo nada que hacer a tu lado. —Ruedo los ojos, porque eso no es verdad.
Somos tan diferentes que nunca hemos sido competencia la una de la otra.
De hecho, estoy segura de que Magda es más del tipo de Fer que yo, con su largo pelo rubio, esos ojos tan expresivos y su sonrisa permanente en la boca.
Cuando la conocí pensé que me daría un subidón de azúcar solo por tenerla cerca. Por suerte, no fue así.
—¿Segura?
—Todo tuyo. —Me guiña un ojo—. Pero si te das el gusto, quiero que me cuentes todos los detalles, porfi.
—No va a pasar nada. —Últimamente me siento como un disco rayado.
—Porque no quieres.
—¡Exacto! Por fin lo entiendes: no quiero.
—Que no digo yo que no sería toda una experiencia acostarme con Fer, pero solo complicaría las cosas.
Primero, porque es el inquilino de mi abuela, no alguien a quien no vaya a volver a ver.
Y segundo, porque tiene pinta de ser de los que buscan algo más que sexo esporádico.
—No te creo. —Lo dice de una forma tan contundente y seria que es difícil rebatírselo—. O no te entiendo, no estoy segura. Llevas mucho tiempo sin salir con nadie, deberías darte un homenaje.
—Eso no te lo niego, pero no será con el vecino de mi abuela.
—¿Y con quién, si no? —suelta, exasperada—. Solo trabajas, Sofía. Eso no puede ser sano.
—Ha sido casualidad. Ya sabes que en invierno hay más bajas.
—¿Y todas las tienes que suplir tú? Tu jefe se aprovecha de que no tienes vida para explotarte.
—Me compensa con días libres.
—Que nunca coges —me recuerda y se le escapa un suspiro—. Mira, sé que le tienes cariño a los chicos y que no te importa estar con ellos más allá de tu horario oficial, pero tienes que priorizarte. No puedes seguir así.
Sé que tiene razón, es algo que hemos discutido mucho.
Es una de las desventajas de vivir con una psicóloga, que a veces le sale la vena profesional.
Además, sé que me lo dice por mi bien, porque es cierto: solo vivo para trabajar.
Soy educadora social en un hogar tutelado para menores de edad, así que, cuando me llaman para sustituir a alguien que no puede ir, siempre digo que sí.
Prefiero eso a que una persona desconocida se presente allí y los altere, es una realidad, pero no por ello deja de ser una realidad un tanto solitaria. Sin embargo, a mí me gusta así.
—Tengo que irme, quiero llegar antes de que se vayan.
—Está bien. —Su tono suena resignado, como siempre que hablamos de mi inexistente vida personal—. ¿Sabes qué? Antes de irte quiero que me prometas algo.
—Miedo me da —murmuro y se ríe.
—Ya que te has tomado la molestia de enlazar cuatro días libres para estar con tu abuela, quiero que salgas de tu zona de confort.
—Me gusta mi zona de confort. Se llama así por algo. —Sonrío al recordar que Fer me dijo lo mismo en Navidad.
—Vale, pues lo diré de otra forma: quiero que amplíes tu zona de confort.
—Sorpréndeme. —La verdad es que siempre me quejo de que haga este tipo de cosas, pero, la mayoría de las veces, le hago caso. No suele ponerme retos muy complejos de cumplir. El último fue darle una oportunidad a Fer y no ha salido del todo mal. El chico es majo. Mucho.
—Ve a tomar algo, lo que sea, un café, una copa, con Fer y, si puede invitar a alguien más, mejor. Y no, en su casa no vale, tiene que ser fuera, en un lugar público.
—Eres consciente de que me paso el día rodeada de gente, ¿verdad? Soy una persona social.
—No, eres trabajadora social, pero socializar, lo haces entre poco y nada si no es por obligación. Parece que el chico es de tu confianza, así que, espabila e invítale a un café.
—Lo va a malinterpretar —me quejo. Lo último que quiero es que se haga ilusiones y tener que romperlas; odio hacer sentir mal a alguien, incluso aunque no me guste la gente.
—Lo sé. —Esboza una sonrisa burlona y la fulmino con la mirada—. Es broma, dile que es para agradecerle que haya convencido a tu abuela. Lo tienes fácil. Venga, no seas cobarde.
—No prometo nada.
—¡Esa es mi chica!
Cuando llego a casa de mi abuela, no la encuentro por ningún lado, así que supongo que ha salido a comprar.
Es algo que me cuesta entender, jamás habría salido de casa si hubiera alguien trabajando en ella, pero supongo que Fer no es un simple trabajador al que ha contratado, sino alguien de confianza.
La verdad es que cuando me contó que había conseguido convencer a mi abuela para reformar el baño, no le creí.
De hecho, estaba tan alucinado él también que, en lugar de enviarme un mensaje, me llamó.
Me explicó que, nada más pronunciar mi abuela las palabras «Está bien, hazlo», agendó la reforma para la siguiente semana, para no darle tiempo a arrepentirse.
Solo espero que eso no le ocasionara problemas con sus hermanos.
La conversación entre Fer y alguien más se filtra por el pasillo que da al baño y me quedo paralizada al darme cuenta de que hablan sobre mí:
—Deja de mirar el móvil, te ha dicho que salía hace una hora, estará al llegar.
—No estaba mirando eso —suelta Fer y parece molesto.
—Vale, vamos a fingir que no te mueres de ganas por ver a la nieta de la vecina.
—Solo me preocupo por que llegue bien.
—Ajá. Cuéntaselo a otro que se lo crea.
—La próxima vez me traeré a Juanma. —El tono de Fer es cortante y me sorprende, suele ser mucho más calmado.
—Eso no te lo crees ni tú —se mofa el que deduzco que es su otro hermano. No recuerdo cómo se llamaba. Los dos se ríen.
—Solo es una amiga, nada más —le aclara Fer.
—Voy a aparentar que te creo, porque realmente te veo mejor de ánimo desde Navidad.
—¿Ha tenido problemas? La verdad es que el día de Navidad, cuando nos cruzamos, no tenía buen aspecto, pero lo achaqué al atracón de comer que nos damos todos ese día.
Aunque, por otro lado, no nos conocemos casi y no tiene pinta de ser de los que van aireando sus problemas por ahí, así que no tendría por qué haberme enterado.
—Lo estoy. Hablé con Aitana del tema y me está ayudando a salir del bache.
—¿Ayudándote a salir o empujándote hasta que estés fuera?
—¿Acaso importa? —Los dos hermanos se ríen, lo que me provoca una sonrisa.
—Estoy aquí para lo que necesites, lo sabes, ¿verdad? Sé que han sido dos meses un poco locos, pero solo tienes que descolgar el teléfono y allí estaré.
—Lo sé, no te preocupes. ¿Qué tal la convivencia con Cristo?
—Mejor desde que Juanma intervino. La verdad es que…
—Es de mala educación escuchar conversaciones a escondidas. —Me tapo la boca para no gritar a causa del susto que me acaba de dar mi abuela al susurrarme al oído—. Yo te he criado mejor que esto.
—No estaba cotilleando —miento y mi abuela alza una ceja, aunque la ignoro—. ¿Dónde estabas?
—He ido a comprar pan. Los he invitado a quedarse a comer.
—¡Genial! —Magda se tendrá que conformar con esto: una comida con una persona que no conozco de nada—. Voy a poner la mesa.
—Primero ve a saludar —me exige mi abuela, y juro que, cuando usa ese tono, vuelvo a tener diez años. Lo odio.
—Hola. —Me asomo por la puerta y Fer me regala una sonrisa de oreja a oreja, muy distinta a la expresión de su hermano, que es de sorpresa total.
—Hola, Sofía. Justo acabamos de terminar.
Observo el baño y la verdad es que tengo que reconocer que Fer tenía razón: era mejor cambiarlo todo.
Una de las primeras opciones que puse sobre la mesa era limitarnos a cambiar solo la bañera por un plato de ducha, pero Fer me convenció para tirar todo abajo y eliminar todas las barreras arquitectónicas del baño. Ha quedado espectacular.
—Es una pasada.
—Gracias. —Fer parece avergonzado por el cumplido, aunque lo intenta disimular—. Por cierto, él es Óscar, mi hermano pequeño.
—Encantada. —Asiento con la cabeza y me devuelve el gesto—. Mi abuela me ha dicho que os quedáis a comer.
—Sí, pero no podemos entretenernos mucho, luego tengo entrenamiento —me explica Fer saliendo conmigo hacia la cocina, seguido de su hermano.
—No sabía que practicases ningún deporte. ¿No tienes bastante con la obra? —bromeo y Óscar se ríe.
—No lo hago, soy el entrenador. Estoy enseñando a unos niños y niñas con discapacidad intelectual a jugar a balonmano. —Me giro para mirarlo estupefacta—. Juanma entrena conmigo, pero está con fiebre en casa y le hemos prohibido salir. ¿Quieres venir?
Bueno, Magda no podrá decir que no salgo de mi zona de confort.