25. Juanma
Juanma
La vida es maravillosa…, nótese la ironía.
Porque, si lo fuera, no estaría sentado en el asiento del copiloto de mi coche, de camino a comer en casa de los padres de Mar para pasar el día de Reyes juntos.
Se suponía que esto era una relación informal, que solo fingiríamos durante unas horas el día de Navidad antes de revelar que todo era mentira, pero todo se fue a la mierda el día de Año Nuevo.
A ver, que no ha sido culpa de Mar, ni tampoco mía, sino de la insistencia de su madre para que volviera con su exnovio.
El tío debe de cagar oro, porque si no, no lo entiendo.
Acepta que tu hija no quiere estar con él. Punto.
Al parecer, a la madre, el hecho de que se fuera a vivir conmigo, su novio, no le dio pistas suficientes para entender que Mar había olvidado a ese tal Jesús y lo invitó a comer con ellos el uno de enero.
El tema de conversación de ese día: lo bonito que es dar una segunda oportunidad al amor —con él, claro, yo ahí no pintaba nada— y lo guapos que son los dos y los hijos aún más guapos que tendrían juntos —porque, claro, es de todos sabido que lo más importante en una relación es que los dos sean guapos, ajá—.
Así que, en cuanto Mar llegó a casa y me lo explicó todo, le propuse que, fuera de casa, fingiéramos tener una relación formal, implicando familia y todo.
Si con eso la dejan en paz, yo feliz. Tampoco es que me suponga mucho esfuerzo pasar tiempo con Mar.
—¿Estás seguro de que te parece bien? —Mar interrumpe mis pensamientos y me río—. No tienes por qué pasar por esto.
—Nena, es la quinta vez que me lo preguntas. Empiezo a pensar que a la que no le parece bien es a ti.
—No me gusta mentir —admite con una mueca—. Las mentiras tienen las patas muy cortas.
—No has contratado a un gigoló para que finja. Se lo has pedido a tu rollo informal con el que vives. Se podría decir que solo le has dado más importancia de la que tiene. No tienen por qué pillarnos.
—Yo no te pedí nada, fue idea tuya —me recuerda riendo—. Solo se te ocurren locuras, como lo del día de Navidad.
—En mi defensa, no sabía que Fer hablaría con Paco ni lo de la propuesta de matrimonio. Además, no está de más decir que la primera que me llamó novio fuiste tú cuando le dijiste a tu madre que ibas a vivir conmigo. Solo estamos siendo consecuentes con esa primera mentira.
—Tu capacidad para darle la vuelta a las cosas de forma que parezca que eres el bueno de la historia me alucina.
—Es un don —alardeo—. De todas formas, tu madre debería entender que no quieres volver con tu ex, incluso aunque no tuvieras pareja. Así que, la primera culpable es ella. A grandes males, grandes remedios.
—Yo tampoco lo entiendo, la verdad. Le puedes coger cariño a alguien, que fueron muchos años, pero ya está, ahí se acaba todo.
—Tampoco dice nada bueno de tu ex que se arrastre de esa manera, también te lo digo. Un poquito de amor propio, colega.
—Esa es la casa de mis padres. —Me la señala con la barbilla y se le oscurece la expresión—. Y ese es Jesús.
—¡Todos listos para la actuación final! —Mar se ríe de mi tontería, pero no rebaja la tensión de su cara ni un poquito.
Aparca frente a la casa y lo hace a la primera, pese a que está algo oxidada.
Llevaba sin conducir desde que su exnovio decidió quedarse el coche que compartían, alegando que lo usaba más que ella, cosa que era mentira.
Ella lo usaba entre semana, y él, sábados y domingos.
«Cinco es mayor que dos, chaval». Maldito egoísta.
Y, para completar la guinda del pastel al peor novio del lugar, si iban los dos, conducía él, siempre.
Ni siquiera le preguntaba a Mar si quería hacerlo.
Lo peor de todo es que ella no se dio cuenta de todas estas pequeñas cosas hasta que salió de la relación.
No hay nada peor que la toxicidad disfrazada de costumbre.
Ese es el motivo por el que le he dicho que conduzca ella hoy, es una muestra de poder.
Sonrío de oreja a oreja cuando veo el ceño fruncido de su ex al verla salir del asiento del conductor.
—Hola, Mar —la saluda, ignorándome de forma descarada—. Estás preciosa hoy.
En eso le voy a dar la razón. De hecho, hemos llegado tarde porque cuando ha salido de la habitación con ese vestido rojo que le realza todas las curvas he decidido que el pasillo era un gran sitio para echar un polvo.
Creo que era la única zona de la casa que aún era virgen, así que en realidad he matado dos pájaros de un tiro.
Después de la media bronca por haberla despeinado y roto las medias, hemos conseguido salir de casa.
Mar evita a su exnovio pasando por detrás del coche y reuniéndose conmigo frente a mi puerta. Paso un brazo por sus hombros y ella me abraza la cintura. Ni siquiera me inmuto ante la mirada asesina de su ex. Que le den.
—Gracias. El vestido me lo regaló Juanma para Navidad —miente y lo hace con una naturalidad abrumadora. «Esa es mi chica»—. ¿Vienes a comer o a saludar?
—Tu madre me ha invitado a comer, me parecía feo rechazar la oferta. —Sé que no soy el más objetivo del lugar, pero este tío es gilipollas—. Por cierto, soy Jesús.
—Juanma. —Extiendo la mano para estrechársela. Justo cuando lo hace, añado—: El novio de Mar.
En un vano intento de sentirse superior, aprieta mi mano y, como no consigue nada, me estruja con todas sus fuerzas.
Tengo que recurrir a todo mi autocontrol para no rodar los ojos y llamarlo patético.
Cuando ve que no va a conseguir nada, afloja su agarre y aprovecho para ejercer fuerza sobre su mano.
Su mueca de dolor me provoca una sonrisa socarrona.
Ni siquiera he apretado de verdad. Mar esconde su cara en mi pecho cuando Jesús se gira para entrar en la casa; cuando bajo la vista para observarla, está aguantándose la risa. «Es perfecta, joder».
En el último chequeo que me hice, mi médico no me evaluó tanto como los padres de Mar.
En lo primero que se ha fijado su madre ha sido en mi pelo recogido en un moño que, por mucho que haya intentado disimular, no le ha gustado nada.
He estado tentado de decirle que soy como Sansón y que mi pelo me da la fuerza para hacer feliz a su hija, pero creo que no se lo hubiera tomado bien.
El padre ni siquiera ha tenido la decencia de fingir que no era de su agrado, en cuanto me he quitado la chaqueta, remangado la camisa y mis tatuajes han salido a la luz, me ha tachado de delincuente en su mente.
La única mueca de aceptación que ha mostrado ha sido cuando le he estrechado la mano y le ha gustado el apretón.
Va a ser una comida muy muy incómoda, y mira que pensé que era imposible superar la Nochebuena en casa de mis tíos o la Navidad con todos los secretos desvelados.
Maite tiene una teoría: la forma de conquistar a una madre es alabando su comida, y la forma de hacerlo es repetir, pero solo un poco, para que no quedes como un glotón.
Pues ni siquiera con eso he conseguido que la madre de Mar deje de fulminarme con la mirada.
Venía preparado para el interrogatorio, incluso Mar y yo nos hemos puesto de acuerdo con algunas respuestas, por si acaso, pero no para la indiferencia.
Me han ignorado toda la comida y solo han hablado con Jesús, ni siquiera hacían caso a Mar cuando intentaba introducirme en la conversación.
El nivel ha sido tan alto que, cuando he ayudado a recoger la mesa junto a Mar y su madre, ni siquiera me ha contestado a la pregunta de dónde dejaba los platos. Alucinante.
—Bueno, debería irme —suelta Jesús y me muerdo la lengua para decirle que no tendría ni que haber venido.
Se ha pasado toda la comida hablando de lo maravilloso que es e intentando recordar los momentos vividos con Mar, por suerte ella no le ha hecho caso.
Como ve que nadie le contesta, ya que la madre se ha perdido en algún lugar de la cocina, sigue hablando mientras mira a Mar—: Te he traído un regalo.
El hecho de que Mar ni se inmute con ese acto, me dice que debe de ser algo recurrente.
«Tío, en serio, ten un poco de amor propio.
Ella no quiere estar contigo, aprende a soltar lo que ya no tienes».
Le entrega una bolsa pequeña de Pandora y, cuando Mar saca la cajita que contiene y la abre, veo un charm con la letra J.
¡No me lo puedo creer! ¿Esto es en serio?
¿Dónde está la cámara oculta? Nadie puede ser tan patético.
—Gracias —murmura Mar, visiblemente asqueada.
—Es para la pulsera que te regalé el año pasado —le explica el gilipollas, como si fuera lerda o algo. O puede que sea una forma de intentar pasar por encima de mí, no lo tengo claro.
Si la conociera, sabría que Mar no es una chica de joyas. Las odia, le incomodan y nunca jamás lleva. Ni siquiera hoy que se ha vestido para gustarse a sí misma y se ha arreglado más de lo habitual. No hay más ciego que el que no quiere ver.
Mar empieza a jugar con la cajita, como si no supiera qué hacer con ella, así que decido intervenir:
—¿Te la guardo, nena? —Y me acerco fingiendo que voy a susurrarle al oído, pero hablo lo suficientemente alto para que me oigan todos—: Juanma también empieza por J.
—Gracias —contesta entregándome la caja y apretando los labios para no reírse.
Cuando me mira, decido besarla. No lo hago para provocar, o al menos no solo por eso. No le he dado ni un solo beso desde que hemos llegado. Sonríe sobre mis labios y es todo lo que necesito.
—En fin, me voy. —Ignoro a su ex, igual que lo ha hecho él durante toda la comida conmigo y, pese a sus palabras, no se mueve.
Tanto a Mar como a mí nos suena el móvil y lo sacamos para mirarlo. Nos reímos al ver una foto de Fer en el grupo que hemos creado para las mudanzas estos días, con dos silbatos de color rosa y un comentario que pone: «Ya tenemos la equipación para los entrenamientos».
—Sabéis que no podéis usarlos, ¿verdad?
—Claro, solo es una broma. A mi madre le encanta tener miles de regalos bajo el árbol como cuando éramos pequeños, así que desde hace un tiempo ponemos regalos chorras o cosas que tengamos en casa envueltas. Óscar abrirá en breve una caja llena de bolsitas de kétchup.
—El año que viene tenemos que ir —me insta con ojos esperanzados.
—Claro, cuando quieras, nena. —Vuelvo a besarla y, por un momento, me olvido de dónde estamos.
—¿No vas a venir el año que viene para Reyes? —nos interrumpe su madre—. Nunca has fallado.
—Tendré que turnarme con Juanma y su familia, ¿no crees?
—Pero es el único día que Jesús puede venir y que lo celebramos en casa.
—Más motivos para no venir —murmuro y Mar aprieta los labios para no reírse.
—Es de mala educación cuchichear en la mesa —escupe Jesús y la madre de Mar asiente.
—Más de mala educación es ignorar de forma evidente a una persona en su cara y no os he visto a ninguno de los tres escandalizados por ello —rebate Mar. Su padre es el único que muestra algo de arrepentimiento.
—Es que no me creo que tengas novio —admite su madre sin despeinarse—. Esto lo haces para hacernos daño. Mira las greñas que lleva y esos tatuajes. ¿Por qué nos castigas así?
—A lo mejor te sorprende lo que voy a decir —intervengo, porque Mar se ha quedado callada ante la acusación tan absurda y gratuita de su madre—, pero tu hija no piensa en vosotros cuando toma una decisión.
Y, de hecho, no debería hacerlo nunca si no es algo que os afecte.
Es una persona adulta, responsable y capaz de tomar una decisión por sí misma.
Si soy buen o mal novio, será algo que deba evaluar ella, pese a mis greñas y tatuajes.
Por suerte, tuvo un ejemplo de todo lo que no piensa tolerar justo enfrente —sentencio señalando a Jesús.
Justo en ese momento, los tíos de Mar llaman a la puerta y la conversación se queda ahí.
Jesús aprovecha para largarse de una puta vez y la madre de Mar no vuelve a dirigirme la mirada.
Sus tíos y primas no me ignoran, me hacen todas las preguntas que esperaba contestar hoy, incluso el padre de Mar se interesa por mi trabajo pasado el rato.
Cuando salgo de la casa, tengo la sensación de haber perdido cinco años.
Mar tampoco está mucho mejor que yo y me pide que conduzca de vuelta; trayecto que hacemos en silencio.
¿No puedes causar una buena impresión a tus suegros siendo amable? Insúltalos. Estoy seguro de que acabo de ganarme el premio al yerno del año, nótese la ironía.