24. Mar
Mar
La capacidad de los hermanos Rubio para hacer mudanzas me ha dejado alucinada.
Si les va mal en la construcción, deberían dedicarse a ello.
En menos de doce horas han vaciado la habitación de Juanma y traído todas sus cosas aquí, como si solo tuviera un par de trastos y no un sinfín de cajas que ahora decoran el salón.
Uno podría pensar que al condensar tu vida en una habitación en un piso compartido se tendrían menos pertenencias, pero esa es una de las grandes mentiras de la humanidad.
Suspiro mientras observo el techo y vuelvo a revisar que la puerta de mi habitación siga entreabierta.
Juanma prometió que se colaría en ella, pero aquí llevo más de media hora esperando a que lo haga y nada.
Al final tendré que ponerme el pijama y dormir.
«¿Qué esperabas, nena, que fueras su prioridad?
». Trato de ignorar a la voz de mi cabeza, aunque cada minuto que pasa le doy más la razón.
Quizá se ha dormido después del trote de todo el día moviendo cajas.
«O quizá no tenga ganas de ti, nena». Respiro hondo y me resigno.
A la mierda, tengo sueño. Justo cuando me levanto para ponerme el pijama, me llega una notificación:
Juanma
¿No vas a venir a estrenar mi cama nueva?
Esbozo una sonrisa de oreja a oreja y me dirijo a su habitación con ansia, aunque me freno justo en la puerta. Apoyo la espalda en el marco mientras observo cómo me come con la mirada desde su cama, donde está sentado y recostado en el cabecero.
—Joder, nena. ¿Por qué has tardado tanto? —se queja mientras se muerde el labio inferior—. ¿Cuánto tiempo llevas así vestida? Si es que a esa bata semitransparente se le puede considerar ropa.
—Me prometiste que te colarías en mi habitación. —Me encojo de hombros—. Solo estaba esperando a que lo hicieras.
—No volveré a cometer dicho error. —Esboza una sonrisa de medio lado y me indica con el dedo que me acerque—. Ven aquí, nena. Este colchón no va a estrenarse solo.
—¿Cómo se piden las cosas?
—Si no vienes ya, iré a por ti.
Muevo las caderas de forma exagerada mientras me dirijo al borde de la cama, andando lo más lenta posible, pese a que solo son cuatro pasos de distancia.
Sacudo los hombros para dejar caer la bata de encaje que me cubría y suelta un jadeo cuando me subo a cuatro patas a la cama y voy gateando hasta él.
No se mueve, espera impaciente a que llegue para cogerme la barbilla y besarme desesperado.
En cuanto sonrío, pierde toda la contención.
Me alza para tumbarme y me sigue alucinando que sea capaz de manejarme como si no pesase nada.
Su peso no me molesta, aun así, se sostiene sobre sus codos para no chafarme.
Cuando se harta de saquearme la boca, baja por mi cuello dejando un rastro de saliva allá por donde pasa.
Se centra en mi tetas, las cuales mima, lame y succiona hasta que me deja sin aliento y, cuando creo que ya no puedo más, noto sus dientes en mi pezón a la vez que introduce dos dedos en mi interior. El jadeo me seca la garganta.
—¡Joder! Qué sexy eres, nena.
Sus palabras hacen que me humedezca más, y eso que nunca pensé que fuera posible. Siempre había tenido problemas de lubricación, pero desde que conocí a Juanma he descubierto que no era cosa mía. ¡Bendito hombre y bendita su labia!
Me folla fuerte con los dedos mientras me besa con la misma intensidad, hasta que nota que estoy a punto y tira de mi pezón con los dientes, lo que me provoca un orgasmo tan bestia que hasta me marea.
Se coloca un condón y se introduce en mí sin dejarme recuperarme.
Me alza una pierna para encontrar el punto exacto y empieza a embestirme sin prisa pero sin pausa, aumentando el ritmo con cada empuje.
Noto un segundo orgasmo que se está formando o puede que fuera el anterior que no se quiere ir, da igual, en cuanto mis paredes se contraen, Juanma pierde el control y, dos segundos después, se corre apretando fuerte mis caderas para, acto seguido, caer sobre mí.
Cuando consigo volver a mover las manos, empiezo a acariciarle el pelo de forma suave. Lo lleva recogido, así que paso las yemas por su nuca y noto cómo se estremece. Me encanta la sensación de su cabeza en mi pecho mientras le doy mimos después de follarnos como si nos fuera la vida en ello.
—Joder, nena, me encanta vivir contigo. ¿Podemos quedarnos en la cama para siempre? —Alza la vista para mirarme con una sonrisa.
—Podemos, pero no deberíamos.
—Ese es un problema para el futuro. —Besa mi pecho y sé que en breve estará listo otra vez para mí—. Espero que no eches mucho de menos tu cama, porque esta noche duermes aquí, y ya veremos si te dejo salir mañana.
—No tengo planes hasta el viernes por la mañana que iré al campeonato de balonmano con mis fierecillas —le explico—. Hasta entonces, soy toda tuya.
—Joder, nena. Eres perfecta.
Y pese a que es una relación informal, no puedo evitar emocionarme cuando me dice esas cosas. «Solo lo dice porque está cachondo». Por suerte, Juanma vuelve a besarme y acalla la voz odiosa de mi cabeza.
Nunca pensé que diría esto, pero: necesitaba salir de la cama y dejar de follar un rato.
Claro que nunca había hecho un maratón como el que me ha proporcionado Juanma desde que se mudó el martes.
Llevamos desde ese día encerrados en su habitación; solo hemos salido para devorar la comida que nos traía algún repartidor y beber agua.
Estoy segura de que tardaré unos días en poder andar bien, solo espero que no se note que tengo las piernas como si fueran de gelatina.
Juanma ha decidido acompañarme al campeonato de balonmano porque quiere ver lo que hago con mis fierecillas; y no sé si es porque mis niveles de dopamina están por las nubes, pero ahora mismo me abrazaría a él como un koala y no lo soltaría jamás.
«Cambiará, pero podemos dejarlo seco hasta que llegue ese día».
Bueno, al menos a la voz de mi cabeza empieza a gustarle más Juanma, algo es algo.
«Siempre me ha gustado, solo constataba un hecho.
Querrá atarte en corto para tenerte a su merced, solo es cuestión de tiempo».
Esas palabras me trasladan a algún momento de estos días atrás cuando Juanma sacó unas esposas y jugamos con ellas.
Primero me dejó a mí atarlo, con la condición de que él tendría el doble de tiempo para hacer lo mismo.
Estoy deseando volver a usarlas. Ese pensamiento hace que cierre las piernas y Juanma me observa de reojo.
—¿Todo bien? Si necesitas ir al baño, aguanta un poco. Estamos a un par de minutos del pabellón.
—Gracias.
No puedo decirle el motivo por el cual he reaccionado así, o sería capaz de colarse conmigo en el baño; necesito un descanso. Además, en cuanto entre en el pabellón, estaré en modo trabajo. No puedo desaparecer sin más, por muy tentador que parezca.
Aparcamos al lado de un coche nuevo y Juanma empieza a observarlo por dentro con curiosidad. Cuando parece que ya se lo sabe de memoria, sale de su ensoñamiento, me sonríe y me coge de la mano para ir juntos al interior del pabellón.
—Es el coche nuevo de Lucía —me informa—. Estaba mirando si me había hecho caso.
—¿Y lo ha hecho?
—Por supuesto. —Me guiña un ojo y me hace reír.
Lucía es la que ha movido todos los hilos para que pudiéramos venir hoy aquí.
Mientras comemos, hablamos mucho de mi trabajo en la asociación y sus entrenamientos, tanto los que imparte como en los que participa.
Así que, cuando empezó a organizar este campeonato de balonmano junto a Adri, el presidente del club, me propuso darles una clase gratis a mis fierecillas.
Se alegraron un montón cuando se lo conté.
La verdad es que estoy muy agradecida de que lo haya hecho, otra persona no hubiera pensado ni siquiera en la posibilidad, pero Lucía no es cualquier persona.
Con un poco de suerte, nos invitarán cada año.
Justo cuando nos faltan unos metros para entrar al pabellón, nuestra amiga sale de las instalaciones con una sonrisa, pero por el rabillo del ojo veo que llegan Luna y otros trabajadores de la asociación con mis fierecillas y, disculpándome con ella en la distancia, voy hacia allí.
Todos están emocionados por jugar por primera vez al balonmano, menos Jimena, que mira a todos lados como si el peligro pudiera llegar en cualquier momento.
A veces desearía tener el poder de curar todas las cicatrices emocionales de los niños y niñas que tengo a mi alrededor.
Por suerte, puedo pasar tiempo con ellos para aligerar su carga.
Hay que ser un cabrón para querer hacerles daño, pero más aún si encima tienen una discapacidad intelectual.
Sacudo la cabeza para apartar los malos pensamientos y pongo la mejor de mis sonrisas. Hemos venido a divertirnos.
Nos adentramos en el pabellón y las voces animadas de los que se encuentran dentro nos llenan de felicidad.
Hemos quedado con Adri, que no solo es el presidente del club, también es muy amigo de Lucía y el primo de Juanma.
Según me contó cuando concretamos los detalles, hoy iba a ser un día flojo, así que mis fierecillas podrían disfrutar del deporte sin gente frenética alrededor corriendo como un pollo sin cabeza.
En cuanto me localiza, me saluda con una sonrisa, aunque no es ni de lejos tan radiante como la que tiene cuando viene los viernes a buscar a Lucía al colegio, pero «solo son amigos».
Ajá. ¡Cuéntaselo a alguien que te crea, cariño!
Me saluda con un abrazo breve y llama a un par de adolescentes para que se acerquen, que van cargados con una bolsa de balones y varios conos. Parecen casi tan ilusionados como mis fierecillas, ya me caen bien.
—¡Bienvenidos! —saluda Adri a mis fierecillas cuando consigue que le presten atención—. Estos son David y Hernán, os enseñarán todo lo que necesitáis saber para marcar un gol. ¿Estáis preparados?
Su entusiasmo me contagia y, al rato, me encuentro intentando marcar a Hernán, que se ha puesto de portero, aunque solo finge serlo y deja pasar muchos balones que podría parar sin problema.
De repente, unos brazos me envuelven para cambiar mi postura y me dan un susto de muerte por la cercanía, hasta que me percato de que es Juanma.
—Voy a tener que darte clases particulares —me susurra y su risa ronca me eriza la piel—. Estás muy sexy .
—Estoy trabajando.
—No sé de qué hablas. Yo solo estoy modificando tu postura.
—Idiota —murmuro mientras intento disimular mi turbación por tenerlo cerca—. ¿Qué haces aquí abajo?
—Estaba con Lucía observando cómo te manejas y alucinando por lo espectacular que eres, hasta que me he dado cuenta de que os lo estáis pasando muy bien, pero balonmano, poco, la verdad.
—¡Oye! ¿Qué sabrás tú?
—Pues mucho, que jugué diez años —se burla y abro la boca sorprendida—. Pensé que Lucía te lo habría contado.
—La verdad es que no.
—No es importante. El caso es que David y Hernán parecen buenos chicos, pero están saturados y Lucía está ayudando a Adri. Así que he llamado a Fer y he pensado en echar una mano.
—¿En serio? —Estoy alucinando, sigo pensando que este hombre no es real. «Verás la hostia cuando te deje».
—¡Claro! Mira. —Señala a Jimena, que está con Fer, quien se ha agachado para estar a su altura, y le ofrece un balón rosa—. Lucía me ha explicado que solo quiere tocar cosas de color rosa, y me sonaba que teníamos un balón de ese color en casa de mi madre.
La niña se suelta de Luna, a la cual vive enganchada, y poco a poco se acerca a Fer.
La verdad es que, pese a que es el más alto de los hermanos Rubio, es el que menos impone con esa sonrisa franca y ese aire de buena gente que tiene.
Es la típica persona a la que le confiarías un secreto sin conocerlo, por muy peligroso que eso sea.
Observo a Fer y es como si hiciera esto cada día: está quieto, sin forzar la situación y esperando a que sea Jimena quien dé el paso.
La niña coge la pelota y la abraza para volver corriendo con Luna.
Fer, lejos de ofenderse, le sonríe y le dice algo que no alcanzo a escuchar.
Jimena asiente y este se posiciona a su lado y empieza a explicarle cómo lanzar el balón.
La niña lo intenta, aunque no tiene fuerza para llegar a la portería, Fer le insta a seguir intentándolo.
Cuando miro a mi alrededor, Juanma está con los niños más mayores del grupo, que se ríen a carcajadas de algo que ha dicho mi compañero de piso.
—Deberíais traerlos más. —La voz de Adri me sobresalta y doy un brinco—. Perdona.
—¿Qué decías?
—Que deberíais traerlos más.
—Se intentó hace tiempo, pero dijeron que no tenían hueco. O eso me han contado.
—Eso son chorradas. —Niega con la cabeza—. Tengo un hueco los miércoles por la tarde, una hora. Si os interesa.
—Pero yo no tengo ni idea de balonmano —me quejo.
—Tú no, pero mis primos sí. —Esboza una sonrisa de medio lado mientras observa a Juanma y Fer con mis fierecillas—. ¿Te interesa?
—Me interesa.