23. Fer
Fer
He vuelto a casa dando un paseo, en parte para bajar todo lo comido y bebido hoy; en parte para asumir todo lo que ha pasado en casa. Mi madre se casa, la relación de Maite y César ya no es un secreto para nadie y Juanma y Óscar van a dejar de vivir juntos. Esto último aún me tiene en shock .
Pese a que acuso a Juanma de ser impulsivo, soy consciente de que suele pensar las cosas, aunque mucho menos de lo que lo hago yo, pero no por ello no lo hace.
O eso quiero pensar. Me da igual que al salir nos haya explicado que van a compartir piso y que han fingido lo de la relación para que mi madre no atacase a Maite; conozco a mi hermano, se va a enamorar de esa chica hasta las trancas, eso si no lo está ya.
Lo he visto claro en el mismo momento en el que Mar ni ha parpadeado ante la mirada de nuestra madre y Juanma la ha examinado con orgullo.
Va a caer con todo el equipo y ella busca algo informal.
A ver, que no quiere decir que ella no pueda enamorarse de él, ojalá sea así, pero, por desgracia, las cosas nunca salen como uno quiere.
Pero lo peor de todo es la sensación que tengo en el pecho y que me jode mucho: todos están avanzando menos yo.
Sé reconocer la envidia, no voy a avergonzarme por ello, como también sé que la única forma de cambiar la situación es actuando, el problema es que no sé cómo hacerlo.
Probé las aplicaciones de citas, pero no son para mí; me parece demasiado frío que la primera vez que veas a alguien sea en una cita, y la sensación de estar pasando un examen con cada cosa que dices me causa demasiado malestar.
Lo de salir de fiesta tampoco me vale, básicamente porque no me gusta el ambiente, y si conozco a alguien así, lo más seguro es que a ella sí le guste, por lo que no seremos compatibles.
Mi círculo de amistades no es tan grande, así que tengo pocas ocasiones para conocer gente nueva y, a esta edad, la gran mayoría están en pareja, así que tampoco me sirve de mucho.
Además, la única chica que he conocido en el último año es Sofía que, pese a que me parece muy interesante y divertida y que podría ser una opción, vive en Granada, a cien kilómetros de aquí, por lo que tener una relación así es complicado, por no decir imposible.
Suelto un gruñido frustrado, odio sentirme así.
—¡Joder! —Oigo un grito a mi lado y, al girarme, veo a Sofía con una mano en el corazón—. ¡Fer, qué susto me has dado!
Cuando me fijo en mi alrededor, me doy cuenta de que estoy en la puerta de su casa y que, por lo que deduzco, ella salía en ese momento. Estaba tan absorto que ni siquiera era consciente de dónde estaba. Parpadeo un par de veces, pero todo sigue igual. Cuando respira hondo y se endereza, reacciono.
—Perdona, no pretendía asustarte.
—Parece que se te da de vicio eso de ir atemorizando a todos los miembros de esta familia de noche —bromea, aunque sigue respirando de forma entrecortada—. Pensaba que eras un perro.
—¿Hubieras preferido que fuera un perro?
—¡Dios, no!
—¿Te dan miedo? —me burlo. Vale, no debería, pero ha sido gracioso cómo lo ha dicho.
—No, pero si estoy saliendo de casa y gruñen, pues me dan respeto. —Se cruza de brazos—. No todo el mundo tiene un cuerpo enorme, ¿sabes?
—¿Te gusta mi cuerpo? —Me apoyo en la pared y me cruzo de brazos, imitando su postura—. Si necesitas que te proteja o te escolte hasta el coche, puedo hacerlo.
—He dicho que tienes un cuerpo enorme, no que me guste —dice alzando la barbilla. Voy a fingir que no veo el rubor de sus mejillas, que le da un aire inocente adorable.
— Auch , ¡eso ha dolido!
—Te lo tienes bien merecido, ¡por listo! —bromea y nada queda de esa chica que me fulminó con la mirada el primer día.
—Te pareces a tu abuela. —Me río y su expresión se relaja—. Pensaba que se quedaría más días contigo en Granada.
—Me han cambiado un turno y me toca trabajar mañana por la tarde, así que la he traído. —Rueda los ojos—. Odia estar en mi piso. Dice que me muevo mucho al dormir y que la cocina es minúscula.
—Cualquier cocina lo es si la compara con la suya.
—¡Exacto! Se lo he dicho miles de veces, pero no me escucha. —Suelta un suspiro resignado, aunque parece más un resoplido, pero, acto seguido, sonríe. Una sonrisa tierna—. Tampoco puedo culparla, a mí tampoco me gusta salir de mi zona de confort.
—Se llama así por algo, no entiendo la manía de la gente de sacarte fuera de ella.
—¿Verdad? Opino igual. —Ladea la cabeza—. Es la primera vez que coincido con alguien. Parece que la sociedad te obligue a tener que salir de ella o eres raro.
—En mi caso no es la sociedad, son mi hermano Juanma o mi prima Aitana. —Niego con la cabeza—. Da igual las veces que les diga que no a algo, si quieren que lo haga, lo acabaré haciendo. Me guste o no.
—No se los presentes a mi abuela o dominarán el mundo.
—Acabará pasando, cuanto antes lo asumamos, mejor.
—Sabes que no tienes que hacer todo lo que mi abuela te diga, ¿verdad? —Se ríe—. En fin, debería irme o se hará tarde.
—¿Quieres un café antes? —suelto sin pensar, porque, si lo hago, no se lo diré. Quiero conocerla más, me apetece seguir hablando con ella. Y, por primera vez en mi vida, no he pensado en las consecuencias, solo he hablado.
—¿No tienes que madrugar mañana? —Mira el reloj—. Bueno, son las nueve, no es tan tarde.
—¿Eso es un sí? —Si nota el punto de esperanza que hay en mi tono, lo ignora.
—Pero solo si lo preparas tú —dice cerrando la verja de casa de su abuela y empezando a andar hacia la mía.
—No pensaba dejarte entrar en mi cocina.
—¿Ni siquiera si te lo pido? —bromea.
—Lo siento, no eres tu abuela. —Suelta una carcajada y, la verdad, es el mejor sonido del mundo. ¿Por qué no vive aquí? Sería mucho más fácil. Podría invitarla a tomar algo siempre que quisiera, nos haríamos amigos y… quién sabe. No sé, tener una posibilidad, aunque yo no le guste.
—¿Abres? —pregunta delante de la verja, porque me he quedado embobado mirándola.
Carraspeo mientras aparto la vista de ella y abro. Una vez dentro, dejamos los abrigos en la percha y le indico que vaya al comedor mientras yo voy a la cocina a preparar el café.
—¿Prefieres otra cosa? Tengo refrescos. Te ofrecería un whisky , pero tienes que conducir. —Al ver que no contesta, me acerco a ver qué pasa y me la encuentro atónita observando la pared del comedor—. Lo pintó Juanma.
—Joder —murmura, porque he vuelto a asustarla, y se gira para mirarme—. Es precioso. Mi abuela no me ha dicho nada de esto.
—No lo sabe —admito—. Lo pintó hace un par de semanas, quería asegurarme de que estuviera perfecto antes.
—Es una pasada. Las rosas negras son mis favoritas. —Traza el contorno de una de ellas con la yema de los dedos y me estremezco, pese a que nos separan varios metros y no me está tocando a mí.
—Le di libertad a Juanma para que pintara lo que quisiera —le cuento—. Dice que es como yo.
—¿Oscuro y peligroso? —bromea con una sonrisa.
—No le pregunté. —Me encojo de hombros—. No hago preguntas cuya respuesta no quiero escuchar.
—Es una buena filosofía de vida. A mí me puede la incertidumbre.
—Puedes preguntarle cuando lo conozcas, estoy seguro de que estará encantado de contarte por qué. —Aunque no sé si quiero que Sofía sepa algo tan personal, o sí. No estoy seguro—. ¿Café o prefieres otra cosa?
—Prefiero café.
—¿Con leche y azúcar? —Creo que interrumpo cuando lo va a añadir, pero no se molesta, solo sonríe y asiente.
Hablamos un poco más sobre su abuela y las cosas que ha pintado Juanma antes de que se vaya. La conversación fluye sin silencios incómodos, y solo dice de irse cuando se da cuenta de que son más de las diez de la noche.
Me he sentido muy a gusto con ella y me ha ayudado a quitarme la congoja que tenía antes de cruzarnos.
No puedo evitar pensar que, si nos hubiéramos conocido en otra circunstancia, quizá podríamos ser algo más, pero tengo claro que es algo que no va a suceder.
No viviendo en ciudades distintas. Aun así, no puedo obviar la sonrisa que se me forma cuando me manda un mensaje una hora después:
Sofía Angelines Vecina
Ya he llegado y he avisado a mi abuela, pero tienes pinta de ser de los que les gusta que les manden este tipo de mensajes, así que aquí lo tienes
Gracias por el café, ha sido agradable :)
Nos vemos otro día