Serie Siempre: Colección completa 21. Fer
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21. Fer

Fer

La cena de Nochebuena de este año la recordaremos como: «La cena con el elefante en la habitación».

Esa es la forma con la que expresa Aitana la sensación de que hay un tema tabú que los presentes intentan disimular o ignorar pero que se sabe que existe.

Hay algo en el aire que todos conocen que está pero nadie quiere sacar el tema.

El nivel para evitarlo llegó a tal extremo que, nuestros tíos por parte de padre —con quienes cenamos siempre ese día— ni siquiera le preguntaron a Maite cómo estaba.

De hecho, no me hubiera extrañado que tuvieran una lista de temas de los que no hablar.

Nos llevamos bien con ellos, pero el hermano de mi padre era mucho más mayor que él y no tuvieron hijos, así que cada vez tenemos menos temas de los que hablar.

Aunque la prueba de fuego es hoy: el día de Navidad.

Maite hará oficial que ha vuelto con César y que volverán a vivir juntos.

Y Paco se declarará a mi madre. Con esto último aún estoy alucinando.

El mejor amigo de mi padre interpretó mal mi mensaje y pensó que mi madre me lo había contado, así que llegó al café donde quedamos pidiendo perdón para, acto seguido, pedirme permiso para casarse con mi madre.

Mi cara de perplejidad fue tan evidente que el pobre casi se va del local sin dejarme decir ni una palabra.

Por suerte, lo frené a tiempo y hablamos largo y tendido de la situación.

Paco es como un tío para mí. Siempre ha estado en nuestra vida, era el mejor amigo de nuestro padre, trabajaban juntos y estaban muy unidos.

De hecho, fue él quien me enseñó a usar el taladro y la radial.

Nunca se casó, así que nos trataba casi como si fuéramos sus hijos y los cuatro lo queremos como parte de nuestra familia.

Lo que no sabía hasta hace unos días era el motivo de su soltería: lleva enamorado de nuestra madre desde que la conoció, pero ella eligió a nuestro padre; así que se contentó con ser su amigo porque sabía que ella sería feliz con su mejor amigo.

Sin embargo, desde que murió nuestro padre, se unieron más y, poco a poco, en mamá afloraron sentimientos hacia él.

La cara de tonto enamorado que tenía mientras me lo contaba me dio hasta envidia. Mi madre será muy feliz a su lado.

Un saco de nervios llamado Maite se mete en el coche y me devuelve a la realidad. He pasado a buscarla para ir juntos a la casa de nuestra madre, donde pasaremos el día con mis tíos y primos. Unas navidades que creo que todos recordaremos.

—¿Cómo estás? —me intereso, porque no me ha dicho ni hola.

—No he dormido. Llevo un par de cafés en el cuerpo.

—¿Ni siquiera has comido?

—Tengo la garganta cerrada —admite—. He sido incapaz, y eso que César me ha traído ensaimadas.

—Todo irá bien —la tranquilizo y me fulmina con la mirada.

—Eso es mentira.

—Mamá lo entenderá… o acabará entendiéndolo.

—Lo dudo —murmura y gira la cabeza para mirar por la ventana. Supongo que la conversación ha terminado para ella.

Cuando llegamos a casa de mi madre, cargados con dos bandejas de comida, nos encontramos a Adri, Aitana y Óscar en la puerta y entramos todos juntos para toparnos con un torbellino al que llamamos madre yendo de arriba abajo sin parar.

Nuestros primos interceptan a su madre para que se siente con ellos y Maite y yo, junto a nuestro tío, ayudamos a mi madre.

En cuanto llega Juanma, tarde, como siempre, nos sentamos a comer.

Mentiría si dijera que es una comida tranquila.

Maite tira una copa de vino en el mantel navideño que mi madre compró las primeras navidades de casada, Juanma está pendiente del móvil, Adri está más callado de lo normal y Paco no deja de mandarme mensajes para preguntarme cuándo puede venir.

Para culminar la incomodidad del día, mi madre y mi tío no paran de insistirle a mi tía para que se mude a una casa de una sola planta, para evitar que esté todo el día subiendo y bajando escaleras.

Tiene las rodillas fastidiadas desde hace tiempo, pero es muy cabezona y no quiere vender la casa donde crecieron sus hijos.

En el momento en el que meto el dedo en la llaga y le digo a mi tía que, si la casa que compren requiere obra, haríamos todo lo posible para acabarla cuanto antes y sale corriendo a la cocina, le digo a Paco que ya puede venir.

Esto ya no tiene arreglo, cuanto antes abramos la caja de Pandora, mejor.

Me escribe un último mensaje para decirme que está en la puerta y me empiezo a levantar para abrirle antes de que llame al timbre.

Su sonrisa, pese a que tiene un toque de nerviosismo, es radiante.

Sonrisa que se queda congelada al ver la cara de pánico de mi madre cuando ve las botellas de cava que lleva en la mano.

La risa de Juanma, la cual intenta disimular con la servilleta, es lo único que rompe el silencio tenso que se ha generado.

Eso y el sonido del timbre de nuevo. Esta vez es Maite la que se levanta a abrir y aparece medio minuto después con César de la mano, lo que transforma la cara de nuestra madre a una de perplejidad con un punto de dolor.

—Pasa, cuñado, y siéntate —rompo el silencio, pero no consigo que baje la tensión ni un ápice—. Paco, te hemos dejado un sitio al lado de mi madre. Imagino que es donde quieres sentarte, ¿no?

Mis palabras provocan que mi madre se ponga roja como un tomate, pero me da igual.

Es absurdo que nos siga ocultando esta relación.

Paco se sienta a su lado sin emitir ni una sola palabra ni mirarla.

Mi tío nos observa curioso, esperando que alguien le dé una explicación de lo que está pasando, y mi tía mira a mi madre como si la viera por primera vez.

El timbre vuelve a sonar y Juanma esboza una sonrisa de oreja a oreja. «¡Oh, no! ¿Qué ha hecho?».

—¡Ya estamos todos! —dice yendo a abrir.

Óscar me mira con la misma cara de confusión que yo. No tenía que venir nadie más, ¿no? Juanma entra al salón con una chica morena de la mano y una sonrisa que no augura nada bueno.

—Familia, os presento a Mar, mi novia. Por cierto, Óscar, mañana recogeré todas mis cosas de casa, nos vamos a vivir juntos.

Y el dique que estaba conteniendo toda la tensión, se rompe.