20. Mar
Mar
Está de coña. Tiene que estarlo. No puedo compartir piso con él.
Porque no puedo, ¿verdad? Es decir, sería raro.
Tenemos una relación informal. Nos conocemos desde hace un mes.
«Tiempo suficiente para aprenderte cada parte de su cuerpo».
Bueno, esta vez tengo que darle la razón a la voz de mi cabeza.
Pero no es lo mismo. Aunque, por otro lado, los fines de semana que hemos compartido juntos han sido espectaculares.
Y no tendría que irse después de follar.
O sí, pero se iría a la habitación de al lado.
«¿De verdad lo estás viendo como una posibilidad? ». Sí, creo que sí.
—Puedes decir que no —bromea—. Te has quedado blanca.
—Es que apenas nos conocemos.
—Ya, perdona. Tienes razón. —Esboza una sonrisa culpable mientras se rasca la cabeza—. Es que mi mente ha ido más allá y no he pensado mucho la propuesta.
—Vaya, ¡qué cosas más bonitas me dices! —Finjo estar ofendida, pero ya me sabe cómo soy y que estoy bromeando. «Ya te conoce, nena. De aquí al matrimonio e hijos queda nada».
—No quería decir eso, quiero decir que no estaba pensando en nosotros, sino en mi hermano.
—Cada palabra que sueltas mejora la anterior. —Me río y bufa.
—Todos los días que he pasado aquí contigo, Óscar estaba con su follamigo en casa. Vale, voy a contarte algo que nadie sabe. —Se quita los tenis, se sienta en la cama y se apoya en el cabecero. Me insta a sentarme en su regazo, así que lo hago—. Mi hermano Óscar es gay.
—Eso ya lo sé —le interrumpo rodando los ojos—. Además, siento decirlo, pero no tiene nada de secreto, me lo contó Lucía antes de conocerte.
—Eso no es lo que nadie sabe. —Me aprieta la cintura para hacerme cosquillas—. Mi hermano supo que era gay gracias a Cristo, el mejor amigo de mi hermana.
—¿El que busca piso?
—Sí. No sé los detalles, porque es algo que nunca nos ha contado, pero los dos descubrieron que eran homosexuales a la vez. Desde entonces, se lían cuando están solteros. De hecho, ahora mismo están en mi piso juntos. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
—¿Y nunca han sido pareja?
—Nadie sabe que Cristo es gay, ni siquiera mi hermana.
—Pero tú sí lo sabes —me mofo.
—Lo vi en su cara ese día. Jamás se lo he dicho a ninguno de los dos, pero ese día, estaban solos en el vestuario y, cuando salieron, supe que algo había cambiado. Dos días después, Óscar nos confesó que era gay.
—Pero ¿cuánto hace de eso? ¿Me estás diciendo que Cristo nunca ha salido del armario? E igualmente, ¿qué tiene que ver eso con vivir juntos?
—Si conocieras a la familia de Cristo, lo entenderías. Y Óscar supo que era gay con diecisiete; Cristo tenía dieciséis.
—¿Y llevan liándose desde entonces? ¿Cuánto hace de eso, once, doce años?
—Doce. —Sacude la cabeza—. Bueno, mi hermano ha tenido novios entre medio, pero sí, llevan desde entonces siendo follamigos .
—Y ahora que Cristo busca piso, quieres que se vaya a vivir con tu hermano para allanar el camino, ¿no? —deduzco, porque debe tener un sentido todo esto—. Y la única forma es irte tú del piso.
—Como te he dicho, ha sido un impulso al leer su mensaje, no lo he pensado mucho.
—¿Has considerado que igual tu hermano no quiere vivir con él? —me burlo. Es una idea muy loca. Casi tanto como él—. ¿O que Cristo no quiera vivir con tu hermano?
—No los has visto juntos. Son puro fuego, nena.
Más que tú y yo. —Aprovecha para besarme y meter la mano por dentro del jersey—.
Y eso que las veces que los he visto juntos ha sido con más gente y fingiendo que no son nada.
Estoy seguro de que si ahora entrase en el piso lo tendría que hacer con un traje ignífugo.
—Exagerado.
—Quizá sea el empujón que necesitan. De hecho, no es un quizá, estoy seguro de ello.
—Y tú te mudarías aquí para conseguirlo —concluyo. Asiente y parece un niño al que le acaban de ofrecer un caramelo.
Me río y me quedo pensando un momento en su propuesta.
Vivir con él es una locura, esa es una realidad, pero cada uno tendríamos nuestro propio cuarto.
No se iría por las noches, ni tendría que negociar con mi nuevo compañero cuándo puede venir.
No es un vago a la hora de hacer las cosas de la casa, aunque habría que dejar claro quién hace qué, las veces que ha estado aquí ha recogido la mesa o fregado los cacharros sin tener que pedírselo, ha salido de él incluso no estando en su casa.
Me permitiría conocerlo más. «Y él a ti, nena».
Por otro lado, la única vez que viví con mi pareja, empezó a exigirme cosas por las que no estaba dispuesta a pasar. «Y ahí se terminará todo. Solo estás agilizando el proceso, porque pasará, tarde o temprano».
—Fer y Maite tienen habitaciones extra en sus casas —me explica, sacándome de mis pensamientos—. Si algún día necesitas espacio o ves que no funciona, puedo irme allí mientras buscas otra cosa o a otra persona.
—No me ayudas con tus argumentos lógicos —le reprocho y se ríe—. En realidad, no es mala opción. Aunque lo de ir sin prisa e irnos a vivir juntos es un poco incompatible, lo sabes, ¿verdad?
—Vamos a compartir piso, no a vivir juntos. —Pone una sonrisa burlona—. Aunque no descarto colarme en tu habitación por las noches.
—¿Puedo pensarlo?
—Claro, nena. Yo no tengo prisa, Cristo no va a encontrar piso mañana.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Créeme, no va a pasar.
Al día siguiente, mientras me dirijo a la asociación y mi madre me llama, todavía no he tomado una decisión sobre la propuesta de Juanma.
Sin embargo, el tiempo se acaba y necesito a alguien o acabaré viviendo con el sobrino baboso del dueño hasta que encuentre otra cosa.
Un estremecimiento me invade mientras descuelgo:
—Hola, mamá.
— Hola, cariño. ¿Cómo estás?
—He estado mejor.
— El final de trimestre siempre es duro. Lo superarás, como cada año.
—Gracias, aunque no es eso. O no solo eso. Lorena me dijo ayer que se iba del piso y tengo que buscar una nueva compañera.
— Oh, cariño. Lo siento, sé que os llevabais bien. —Mi madre entiende llevarse bien con no matarnos, así que supongo que sí, técnicamente nos llevamos bien—. ¿Te has planteado hablar con Jesús? Sigue viviendo en vuestra casa.
—Mamá… —Mi tono es de advertencia, odio tener esta conversación—. Esa casa nunca fue mía. —Y es duro pensar eso, porque viví en ella mucho tiempo, pero no la consideraba mía ni siquiera entonces—. Era de sus abuelos, claro que sigue viviendo allí.
— Dice que no la vende por los recuerdos que tiene en ella. —Mentiroso. No la vende porque así no tiene que pagar casa.
—Problema suyo, no mío.
— Ay, hija, cuando te pones así… —Ruedo los ojos—. Y ¿qué te han dicho en la gestoría?
—Buscarán a alguien —miento, no pienso contarle mi drama particular. Es capaz de decirle a Jesús que alquile la habitación. Por suerte, mi ex era demasiado tacaño para ello—. Tendré que pagar el alquiler completo mientras tanto.
—Si necesitas algo, tu padre y yo podemos ayudarte. —Traducción: te dejaremos dinero, claro, pero pediremos muchas más cosas a cambio. No, gracias, prefiero vivir bajo un puente.
—Gracias, os lo diré si lo necesito. —Me va a crecer la nariz como a Pinocho.
— Oh, ¿sabes quién se quería independizar?
¡Mari Cruz! Puedo comentárselo a tu tía…
—Mierda, ¿por qué le he contado a mi madre esto?
No quiero vivir con mi prima. ¡Joder! No quiero vivir con nadie.
«Tienes que compartir piso si quieres ahorrar».
¿En serio? «Tienes una buena opción y lo sabes, nena».
Oh, joder, ya he tomado la decisión—. Mar, ¿me estás escuchando?
—Lo siento, mamá. Es que me ha entrado un mensaje. No le digas nada a la tita, ya tengo compañero de piso.
— ¿Compañero? Mar, no me siento cómoda con que vivas con un desconocido. ¿Te has planteado volver a casa? Tu habitación sigue intacta. Sabes que tu padre y yo estaríamos encantados con tu vuelta.
Parece que lo de mentir viene de familia, aunque hoy he decidido sacarme un curso acelerado, porque me encuentro diciendo:
—No es un desconocido, es mi novio.
La carcajada de Juanma llena el coche y me cruzo de brazos mientras hago un puchero.
—No tiene gracia —me quejo.
—Claro que la tiene, nena, pero estás demasiado enfadada para verlo.
—Eso es porque tú no has tenido que lidiar con mi padre cabreado porque a mi madre se le ha caído el móvil en el fregadero y ha muerto.
—Tú no tienes la culpa de que le haya impactado tanto la noticia de que tengas novio. No lo podías saber.
—¡Pero es mentira! —vocifero. Me siento la peor hija del mundo.
—Eso es irrelevante.
—¿Qué voy a hacer? —Me cubro la cara con las manos. Soy lo peor.
—¿Comprarle un manos libres por Navidad? —bromea y juro que ahora mismo lo mataría, pese a la sonrisa que quiere formarse en mi boca.
—Eres lo peor.
—Entonces, menos mal que no soy tu novio —se burla. «No sale vivo del coche, lo prometo».
—¿Cómo se tomaría tu madre que le soltases que te vas a vivir con tu novia, una persona a la que no conoce de nada?
De repente, frena el coche y se gira para mirarme con una sonrisa de oreja a oreja que no augura nada bueno. «Oh, Dios mío, ¿qué he dicho?».