Serie Siempre: Colección completa 19. Juanma
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19. Juanma

Juanma

Maite

Ya he tomado una decisión: César volverá a casa

Me trago un suspiro cuando leo el mensaje de mi hermana.

Quiero apoyarla, tanto como quiero que esta reconciliación salga bien, pero soy incapaz de olvidar el verano de mierda que ha pasado por culpa del hombre al que quise como a un hermano.

Puede que Maite lo haya perdonado, sin embargo, yo no lo he hecho.

Y no sé si seré capaz de hacerlo alguna vez.

Soy una persona confiada, creo que todo el mundo es bueno hasta que se demuestra lo contrario, pero cuando cruzas esa línea, es imposible reparar lo que has roto, al menos para mí.

Óscar lo comparó con romper un jarrón, por mucho que pegues los trozos, no volverá a ser el mismo.

Así es como siento que son las relaciones para mí. Lo he heredado de mi madre.

Mamá. Otra que sufrirá cuando se entere de esta reconciliación.

Se ha pasado todo el verano poniendo de vuelta y media a César; aunque no la culpo, yo he hecho lo mismo.

Por desgracia, sé que solo le durará ese día y, después, fingirá que todo está bien.

Pondrá buena cara, sonreirá y hará ver que le parece bien aunque por dentro solo quiera prenderle fuego a todo.

Por desgracia, la entiendo perfectamente.

El día que me enteré de que Maite había perdonado a César, estaba tan frustrado que me fui al estudio y empecé a mezclar colores y estamparlos en un lienzo en blanco hasta que me quedé sin fuerzas.

El resultado de eso es el regalo de Maite por Navidad, que lo interprete como quiera.

Mi madre se pasará horas cocinando y llenando nuestras neveras de táperes, así es como lo gestiona ella.

El recuerdo de los días posteriores a la ruptura de Fer y Bego viene a mi mente.

Llegué a la cocina antes que nadie, cosa rara en mí, pero no le di importancia, hasta que la figura de alguien sentado en la mesa me pegó un susto de muerte.

—¡Joder, mamá! ¿Qué haces aquí?

—Esa boca… —me regañó y me miró por primera vez desde que había entrado. Creo que si no hubiera hablado, ni se hubiera dado cuenta de que estaba a su lado—. Estaba tomándome un café.

—¿Y papá?

—Durmiendo.

Me serví otro café y me senté a su lado. Ninguno dijo nada durante un minuto entero. Demasiado tiempo para mí.

—¿En qué piensas?

—Estoy armándome de paciencia para cuando Bego vuelva a pisar esta casa.

—Eso es imposible —repliqué y se rio. Fer había cortado con ella ese fin de semana, después de enterarse de que le había puesto los cuernos con la mitad de la universidad.

—Es una posibilidad, Juanma, los dos lo sabemos, aunque estemos disimulando que no.

Sé que lo ves igual que yo. —Después de pensar sus palabras durante unos segundos, asentí—.

Tu hermano es como vuestro padre, perdona y olvida.

Y eso, por muy bonito que sea, le llevará a hacer estupideces, como volver con Bego si ella se lo pide.

Y yo, como su madre, tendré que apoyarle en esa decisión. Me guste o no.

—Esa es una postura muy cobarde.

—No he dicho que no me vaya a quejar o a decirle cuatro verdades cuando pase. —Suspiró antes de continuar—: Lo que estoy diciendo es que, pasado ese momento, tendré que tragar y aceptar lo que Fer quiera. Porque eso es lo que se hace por los hijos, aceptar sus decisiones y comerte tus opiniones.

—¿Incluso cuando están cometiendo el peor error de sus vidas?

—¿De verdad crees que me escucharía? —Se rio sin humor—. Además, no podemos inmiscuirnos en las decisiones que tomen los demás sobre su vida y mucho menos en temas de relaciones. Nadie sabe lo que hay dentro de una pareja, solo ellos.

—No estoy de acuerdo.

—Lo entenderás algún día.

—¿El qué?

—Que a veces tenemos que callarnos lo que pensamos si no queremos apartar a esa persona de nuestra vida. Porque eso es lo que pasa cuando no estás de acuerdo con una decisión vital de alguien, que te distancias, incluso aunque no quieras.

Y lo entendí, aunque nunca quise hacerlo.

Ojalá nunca hubiera tenido que hacerlo. Me he callado todas y cada una de las palabras que pensaba sobre la reconciliación de Maite y César, para no perder a mi hermana, tal y como le ha pasado a Cristo.

A veces me da la impresión de que solo estamos cerca para recoger de nuevo los pedazos de su corazón roto.

Porque si lo hizo una vez, lo volverá a hacer.

Estoy seguro de ello. Yo nunca le hubiera dejado volver a mi vida, aunque admito que nunca he pasado por ello.

Fer me confesó borracho hace años que si Bego le hubiera pedido perdón, la hubiera perdonado.

Soy incapaz de entenderlo. Bueno, en realidad, sí lo entiendo, por la forma de ser de mi hermano mayor, pero es algo que yo jamás haría. Mamá tampoco.

Maite está preocupada por el día de Navidad, por cómo lo va a pasar ella, pero no ha pensado en cómo será para nuestra madre enterarse de esta reconciliación.

Todos los martes, sin excepción, después de nuestra cena, me llama para preguntarme cómo está, cómo se encuentra y cómo la veo.

Sé que también le pregunta a Fer, pero él no le va a decir la verdad tanto como yo.

Y me jode no haberle podido contar que han vuelto, se merece saberlo.

Sin embargo, y esto sí tengo que valorárselo a mi hermana, entiendo que no haya querido decírselo hasta estar segura de que iban en serio.

El día de Navidad será una mierda para las dos mujeres más importantes de mi vida, y lo que peor llevo es que no puedo hacer nada por evitarlo.

—Vale, gracias. Si me entero de alguien se lo hago saber. Sí, gracias.

La conversación seria de Mar me saca de mis pensamientos. Ni siquiera me había percatado de que ya había salido del centro. Suspira y mira un momento al cielo antes de fijar la vista en mí.

—¿Todo bien, nena?

—No mucho, la verdad. —Suspira—. He hablado con Lorena esta mañana. Le ha salido un trabajo en Cádiz y se va del piso.

—Lo siento. —La atraigo hacia mí y la abrazo—. ¿Cuándo?

—Este fin de semana.

—Joder, qué rápido.

—Estaba hablando con la gestoría que lleva el alquiler —me explica haciendo un puchero adorable—. Dice que el dueño le había comentado alguna vez que si se quedaba una habitación libre, metería a su sobrino.

—Entonces, ¿ya está solucionado? —dudo, porque no parece muy contenta con el cambio de compañero, cosa que puedo entender, claro.

—¡No! Lo conocí el día que firmé el alquiler, porque vino con el dueño. Es un niñato gilipollas que se cree más que nadie y un machista baboso de cuidado. Nos preguntó a Lorena y a mí si nos bañaríamos juntas, ya que solo hay un baño en el piso. No le vomité en la cara de milagro.

—¿Y su tío no tiene otro piso donde ubicar a tal regalo para la humanidad?

—Se ve que no —murmura—. El de la gestoría me ha dicho que si encuentro a alguien antes de comunicarle que Lorena se va, podría intentar convencer al dueño, aunque tampoco es algo seguro, y me ha dado hasta el viernes. Tendré que buscarme otro piso, es imposible encontrar a alguien en dos días.

—Podría echar a Óscar del mío, pero estaría feo —bromeo y la abrazo más fuerte—. Venga, te invito a cenar. Seguro que encontramos una solución.

Sin embargo, dos horas después y con el estómago lleno, seguimos sin encontrar una solución.

No conocemos a nadie que busque piso o que quiera mudarse, y Mar está a punto de echarse a llorar cuando entramos en su casa.

Para mi sorpresa, está Lorena. No me había cruzado con ella desde que se me insinuó cuando vine a colocar la puerta. Siempre me iba antes de que llegase.

—Hola. —Lorena le dedica una sonrisa pícara a Mar, pero la pobre no está por la labor de contestarle—. Siento el desorden, mi tío vendrá con la furgoneta el sábado por la mañana para llevarse todo y las cajas no caben en mi habitación.

—No te preocupes. —Mar le sonríe, pero no le llega a los ojos—. Estaremos en mi habitación.

—Por mí no os cortéis. —Lorena nos guiña un ojo y cuando entro en la habitación de Mar esbozo una mueca de asco.

—Esa chica necesita un novio de forma urgente.

—Oh, tiene novio —me explica Mar—. Cuando me mudé aquí tuve que pedirle que, por favor, cerrasen la puerta y que chillasen un poco menos pasada la medianoche porque era imposible dormir. Es de las que les gusta decir guarradas a pleno pulmón.

—El día que vine a poner la puerta me la hubiera podido follar. —Me estremezco solo de pensarlo—. Estoy seguro de que si le hubiera propuesto un trío con Fer, habría aceptado.

—Tienen una relación abierta. —Se encoge de hombros—. O eso me dijo cuando le pregunté el día que intentó liarse con el pobre chaval pakistaní que le trae el butano a la vecina. Estoy segura de que se alegrará al saber que se muda. —Suspira—. Esto es una mierda.

La abrazo, pero me separo cuando me llega una notificación de mensaje y, al ver que es Óscar, entro a mirarlo:

Óscar

¿Cuándo vas a llegar a casa hoy?

Juanma

Todavía me queda un rato, te da tiempo a echar otro polvo ;)

Óscar

Capullo

Me río y niego con la cabeza. Porque por mucho que me haya insultado, me lo imagino con una sonrisa tonta en la cara, como cada vez que le llega una notificación de Cristo, por mucho que intente disimular.

Sé que están disfrutando tanto como yo que no esté en casa.

Justo en ese momento, caigo en la cuenta.

—Cristo busca piso.

—¿Ese quién es? ¿Es de fiar? No sé si me siento cómoda compartiendo piso con un tío, la verdad.

—¿Y si el tío fuera yo?