18. Fer
Fer
Hoy toca cena con mis hermanos y, pese a que estoy reventado, no me la perdería por nada del mundo.
Me encantan nuestros martes de cena. Fue una norma que pusimos, bueno, que Maite y yo impusimos, cuando empezamos a trabajar juntos.
Todos los martes, sin excepción, cenamos juntos, sin acoples.
Ni siquiera nuestra madre puede venir, y eso que al principio lo intentó.
El día a día nos mata y no siempre podemos sentarnos a hablar, así que esta rutina nos ayuda a conversar y a ponernos al día de nuestras vidas, pese a que callamos más de lo que contamos.
No queríamos acabar siendo solo compañeros de trabajo, lo primero que somos es familia.
—Gracias, Vicente —le agradezco al dueño del local cuando nos sirve las tapas que hemos pedido, que siempre son las mismas.
Juanma se quema el paladar por impaciente y nos reímos.
Aprovecho para sacar el tema de las navidades, porque son la semana que viene—: Ya tengo el regalo de mamá, me debéis veinte euros cada uno.
— Buah , lo había olvidado —admite Juanma—. Gracias.
—Cada año te pasa lo mismo. —Maite niega con la cabeza—. ¿Has comprado el amigo invisible al menos?
—Sí —contesta con orgullo. Entre nosotros hacemos un invisible, que es más bien visible por culpa de Juanma, para no dejarnos un pastizal cada año—. Os va a encantar.
—Déjame dudarlo —murmura Óscar, y Maite y yo le damos la razón. Le ha tocado Maite, así que puede haber comprado cualquier cosa—. Fer, ¿has intentado volver a hablar con mamá sobre Paco?
—Sí. —Ruedo los ojos. Paco es el novio de nuestra madre, el mismo que nos intenta ocultar sin éxito—. Sigue con la misma cantinela: Paco solo es un amigo de la familia.
—¡Pero si nos enseñó una foto de ellos dos juntos! —Juanma bufa, exasperado, y le da un trago largo a su cerveza—. No puedo con la tontería que lleva encima.
—Pues es la misma que llevas tú —se mofa Óscar.
—Desde que follas, estás insoportable —le replica—. Por cierto, ¿nos lo vas a presentar estas navidades?
—¿Cómo lo hacéis para no cruzaros en el pasillo? —les pregunta Maite muy interesada en el tema—. Vivís juntos.
—A Juanma últimamente no hay quien le vea el pelo —desvela Óscar y pone una sonrisa pícara—. No es una queja.
—De nada —contesta este guiñándole un ojo—. El colchón de Mar es más cómodo que el mío y su compañera de piso apenas está en casa.
—¿Apostamos cuánto tarda Juanma en mudarse con Mar? —suelto, y el aludido pone los ojos en blanco.
—No todo el mundo quiere mudarse, Fer. Algunos lo odiamos, por culpa tuya, de hecho.
—César me ha pedido volver a casa —anuncia Maite y se hace un silencio sepulcral en la mesa. Vaya bomba acaba de soltar. Aunque por la cara de nuestra hermana pequeña, creo que estaba deseando decirlo desde que nos hemos sentado—. Aún no le he dado una respuesta.
—Hagas lo que hagas, te apoyaremos.
—Por supuesto —me respalda Óscar asintiendo—. Nunca lo dudes.
—Y si sale mal, le daremos una paliza. —Juanma se encoge de hombros y le saca una sonrisa a Maite.
—Independientemente de eso, el día de Navidad le contaré a mamá que hemos vuelto.
—¿Puede ser después de comer? —Miramos confusos a Juanma por esa petición—. Es que no tengo ganas de que se me indigeste la comida.
—¿Vendrá Mar ese día? —le pregunto y niega con la cabeza—. Lástima, tenía ganas de conocerla.
—Tenemos una relación informal. De momento, nada de familia.
—No me pasa desapercibida la mueca de disgusto que le causan sus palabras, aunque solo dura un segundo.
Sé que Óscar y Maite también la han visto, aunque ninguno decimos nada.
Ya nos lo contará—. ¿Conoceremos a tu vecina en Nochebuena, Fer?
—No, se va a Granada con su nieta. —Pese a que intento disimularla, se me escapa una sonrisa tonta al pensar en Sofía. Nos hemos visto un par de veces más y cada cosa que descubro de ella hace que piense que me puede llegar a gustar de verdad. Pena que viva tan lejos.
—¿Habría que avisar a Adri y Aitana de que el día de Navidad será movidito? —pregunta Óscar con una sonrisa.
—Adri está avisado de lo de César —nos informa Maite—, y el tito pretende aliarse con mamá para que le ayude a convencer a la tita para mudarse a una casa más pequeña. ¡Ah! Y dudo que Cristo venga este año, que por cierto, está buscando piso para mudarse también.
—¿Siguen las cosas tensas con él? —me intereso.
Cristo y Maite son mejores amigos desde que se conocieron en la escuela infantil, pero desde que Maite decidió perdonar a César, Cristo se ha distanciado.
Quiere mucho a mi hermana, pero no está de acuerdo con su decisión.
Lo entiendo, a veces es difícil hacerlo.
Nosotros tres tampoco lo estamos, aunque no se lo digamos e intentemos apoyarla.
—Nos estamos acercando de nuevo —admite con una sonrisa—. No es como antes, pero hablamos más a menudo. Aun así, sigue fulminando a César con la mirada cada vez que se cruzan.
—Entonces, como resumen —empieza a enumerar Óscar—: la tita va a enfadarse porque le van a insistir para que se mude cuando ella no quiere, mamá va a enfadarse porque no sabía nada de que Maite y César han vuelto y su niño del alma, es decir, Cristo, no va a venir. Genial, simplemente genial.
—Estoy deseando que llegue el día de Navidad —ironiza Juanma—. ¿Podemos añadirle más drama al día? No sé, que Aitana diga que vuelve con el gilipollas de Felipe. —Los cuatro esbozamos una mueca de asco absoluto ante la mención del exmarido de nuestra prima—. O que Jessica aparezca de nuevo.
—¡Joder! —suelta Óscar riendo—. Qué mal escogieron pareja nuestros primos, ¿no? No me había dado cuenta hasta ahora.
—¿En serio?
—Bueno, Fer, no todo el mundo analiza cada cosa que pasa. —Se encoge de hombros—. Quiero decir, los dos están divorciados, pero no había procesado como tal que sus dos parejas han resultado ser escoria.
—Pues, por primera vez, y sin que sirva de precedente, le doy la razón a Fer.
—Los tres miramos atónitos a Juanma. Odia tener que darle la razón a otra persona, con toda su alma.
Es de los que cuando ven a dos personas discutiendo, echan gasolina al fuego para echarse unas risas—.
Óscar, tío, hasta yo había hecho la asociación de que los dos habían elegido a despojos humanos como pareja.
No digo que me guste, ni que no me gustaría volver atrás para que no tuvieran que pasar por ello, pero sí era consciente de ese hecho.
—Ahora va a resultar que Juanma es el que se entera de todo —dice Maite riendo—. Bueno, supongo que no hace falta que os diga que necesitaré vuestro apoyo con mamá.
—Por supuesto.
—Siempre.
—Llevaré la pistola de clavos.
Mientras observo cómo Maite entra en su casa, pienso en cómo podría ayudarla para que le fuera más fácil pasar por todo este proceso.
Sin embargo, por mucho que me devane los sesos, soy consciente de que lo único que puedo hacer es estar.
Aunque me joda, al final es algo que tiene que hacer por ella misma.
No sé cómo César pudo hacerle eso, por muy borracho que estuviera, aunque tampoco se lo voy a echar en cara, bastante mal se siente él ya.
La llamada entrante de Aitana me saca de mis pensamientos y descuelgo antes de volver a poner en marcha el coche.
— Hola, primito. ¿Ya habéis acabado con vuestra cena secreta?
—No es secreta, todo el mundo sabe que vamos de cena.
— Pero nadie puede ir. —Me río porque la imagino haciendo un puchero—. Ya me han llegado los tenis que querías para Óscar. Los tengo en mi casa.
—Perfecto, mañana paso a buscarlos.
— Seguro que le gustan. Son muy él.
—Confío en tu criterio. —Yo elegí el modelo, Aitana el color—. Por cierto, Maite nos ha contado que tu padre piensa sacarle a tu madre el tema de mudarse y que se ha aliado con nuestra madre para que le apoye —le cuento y bufa.
— Buena suerte con eso. A cabezona no la gana nadie.
—Le dijo la sartén al cazo —me burlo y me pongo serio—. Lo más probable es que venga César.
— ¿Tu madre ya lo sabe?
—Se enterará ese día.
— Gracias por avisar. —Oigo como da palmaditas y ruedo los ojos—. Llevaré palomitas.
—No seas cabrona. Maite necesita nuestro apoyo.
— Tu madre lleva meses ocultando que sale con Paco —me recuerda Aitana—. Usa eso en su contra.
—Me lo ha negado todas las veces que se lo he dicho.
— Primo, te quiero, pero eres un pardillo. —Estoy seguro de que ha rodado los ojos mientras lo decía—. Hazle una encerrona. Además, Paco estará ese día, como cada año. Estaría feo que lo negase en su cara.
—No lo había pensado.
— Pues claro que no, eres demasiado bueno para tu propio bien, Fer. —Suspira—. En fin, te dejo reflexionando mis palabras, voy a cenar.
—Adiós, primita.
Cuando cuelga y el silencio me envuelve de nuevo, pienso en lo que ha dicho.
No quiero hacerle una encerrona a mi madre, pero, por otro lado, sacarle el tema de Paco con él delante puede hacer que deje de ocultarnos que están juntos y eso aplaque un poco el disgusto que se va a llevar cuando se entere de que Maite y César han vuelto.
Llevó muy mal su ruptura, sobre todo por cómo se produjo.
En realidad, todos lo llevamos mal. César era uno más de la familia y confiábamos en él plenamente.
Fue muy duro para todos, y aún más ver a Maite tan hecha polvo.
Al menos ahora está más feliz; lo que dure ya es todo un misterio.
A veces, cuando la miro, solo pienso: «¿Cuándo volverá a romperse? ». Esta situación es una mierda.
Cuando llego a casa sigo dándole vueltas a cómo ayudarla para que el día de Navidad no sea un completo desastre.
Puedo hablar con Paco, quedar con él y enfrentarlo, quizá él sí sea sincero.
Sin embargo, por otro lado, el mejor amigo de mi padre no tiene la culpa de que mi madre no nos lo quiera contar.
¿Es posible que piense que está traicionando a nuestro padre?
Pero murió hace siete años, tiene derecho a rehacer su vida y, sobre todo, a ser feliz con otro hombre, si es lo que ella quiere.
Es cruel por mi parte hacerles una encerrona, pero no quiero que Maite pase un mal día, cuando no es la única que oculta cosas.
A ver, realmente lo pasará de pena, aun así, puede ser menos malo, ¿no?
Que todo salga a la luz ese día, en plan bombazo. Sigue siendo cruel.
Y con ese dilema, me meto en la cama, pero la indecisión no me deja dormir, así que, impulsado por las palabras de Aitana, escribo un mensaje:
Fer
Paco, tenemos que hablar