17. Juanma
Juanma
Mis hermanos dicen que soy impulsivo, que no tengo paciencia y que me dejo llevar por mis emociones.
Quizás tengan razón, en parte. Porque si fuera así, no estaría sonriendo a Mar, como si no pasase nada, mientras aparco el coche en su calle para ir a pasar el fin de semana con ella.
Le estaría exigiendo que me contase por qué no entiende que no me enfade que salga tarde del trabajo —perdón, voluntariado— o que quiera que me cuente su labor allí.
A ver, eso no quiere decir que me vaya a emocionar como ella por sus tareas, ni que me vaya a gustar lo mismo, pero cuando tienes a alguien en tu vida, es lo que haces, ¿no?
Te interesas por lo que le gusta, lo que hace o deja de hacer.
¡Joder! Si hasta me fui a Madrid con Óscar a un concierto de nosequién para que no fuera solo.
Y sí, sigo sin saber quién tocó, pero puedo decirte que Óscar lo disfrutó como un niño pequeño. Y, al final, eso era lo importante.
Pongo los kebabs que hemos comprado de camino encima de la mesa mientras Mar va a buscar platos y servilletas.
Cuando está todo preparado, empezamos a comer en silencio, un silencio incómodo que nos lleva acompañando desde que le he preguntado por la clase de gilipollas que ha tenido de pareja antes, pese a que he intentado romperlo en varias ocasiones hablando de cosas triviales.
—Mi exnovio odiaba que fuera voluntaria en el centro —murmura y, aunque no alzo la vista para mirarla, veo como está con la cabeza gacha, como si fuera algo que le avergonzase—. Decía que si no me pagaban, por qué tenía que perder el tiempo allí. Que era tiempo que no pasaba con él.
—Puto egoísta. —Mi tono es tan bajo como el de ella, pero aun así, me escucha y esboza una sonrisa triste.
—Si salía tarde, ni que fuera un minuto, tenía que escuchar cómo me taladraba la cabeza con que no tendría que regalar mi tiempo a la asociación.
Que si quería ir, que como mínimo me pagasen.
Y si intentaba explicarle algo, aunque fuera un logro mío, volvía con la misma cantinela.
Era algo que me molestaba, pero, tonta de mí, pensaba que me lo decía por mi propio bien, porque estábamos ahorrando para casarnos e irnos de viaje.
—Suspira y bebe un poco de agua antes de continuar—: Un día tuvimos un incidente en el centro, nada grave, pero evidentemente no me iba a ir y dejarles con todo el follón.
Cuando llegué a casa, que encima por aquel entonces vivía en Guadix, me derrumbé por todos los nervios vividos y ¿cuál fue su reacción?
Decirme que dejase la asociación. Sin más.
Le importó tres cojones que estuviera hiperventilando en el sofá o lo que hubiera pasado, para él lo único que importaba era que no cobraba por ello.
Para culminar con el día de mierda que llevaba, cuando conseguí calmarme y fui a la cocina, me encontré con que se había preparado la cena para él y no había pensado en mí.
—¿Y qué hiciste?
—En ese momento, nada. Llevábamos juntos más de ocho años, desde los veinte, por lo que para mí solo era una discusión más.
Llamé a mi madre y le dio la razón, así que supuse, una vez más, que su actitud era lo normal.
Sin embargo, dijo algo que me hizo darme cuenta de que, quizá, el problema era yo.
—¡Y una mierda! —siseo y me indica con la mano que la deje continuar.
—Expuso las palabras mágicas para que actuase.
—Se aclara la voz para cambiar el tono—: «Hija, es que si queréis formar una familia, ¿qué piensas hacer?
Tendrás que dejar ese lugar. Solo estás alargando lo inevitable, o ¿es que has vuelto a casa para seguir con la misma vida de antes?
». Fue como si en mi cerebro alguien le hubiera dado a un interruptor.
Me di cuenta de que esa vida que ella me planteaba y que parecía que debía tener sí o sí, no era la que yo quería.
Al día siguiente no fui al centro, al salir del colegio fui a casa, hice las maletas y me largué sin mirar atrás.
—Bien hecho.
—Mi madre aún me lo echa en cara —reconoce con un suspiro—.
De hecho, lo sigue invitando a las comidas familiares y a pasar las navidades con nosotros porque, y cito textualmente: «Algún día entrarás en razón y volverás con él, solo es una fase rebelde que estás pasando para hacernos sufrir a todos».
—Bueno, siento decirlo, pero tu madre no me cae bien —intento que suene a broma, aunque no lo es. Por suerte, me devuelve la mirada con una sonrisa—. Ahora entiendo tu reacción y, también, que por mucho que yo te diga que eso no va a pasar conmigo, tengas tus reservas.
—Sí, las tengo. Por eso me prometí no volver a tener pareja —confiesa, y esas palabras me duelen más que cualquier otra cosa que haya dicho.
—¿Sigues pensando lo mismo? Quiero decir, ¿hay alguna posibilidad de que cambies de opinión sobre ello? —Puede que Mar me guste mucho, pero no voy a seguir con ella si no hay un futuro posible. Yo no la veo solo como un rollo de unas pocas semanas.
—No lo sé. —Duda y suspira como dándose ánimo—. En realidad, sí lo sé, pero me da miedo. Aunque, por otra parte, no quiero que eso me paralice o me haga perder la oportunidad de conocerte.
—Es bueno saberlo, y ¿sabes lo mejor? Que no tenemos prisa. —Le muestro una sonrisa sincera—. Tenemos que conocernos, los dos, pero no tenemos por qué hacerlo con la presión de ser pareja.
—¿Quieres ser solo amigos?
—Dios, ¡no! —grito y se ríe ante mi reacción algo exagerada—.
Lo que quiero decir es que yo no voy a ser distinto por tener o no una etiqueta que diga «novio», así que no hay necesidad de ponerla.
Podemos tener una relación informal e irnos conociendo mientras.
Que con el tiempo vemos que podemos formalizarla, lo hacemos, que no, pues oye, tal día hizo un año.
—¿Y si uno de los dos quiere formalizarla y el otro no? —pregunta dubitativa.
—Pues tocará romper un corazón. —Me encojo de hombros—. Somos adultos, si no funciona, no hay necesidad de forzarlo y si funciona para uno y no para el otro, pues oye, dolerá, pero sabes que lo superaremos. No creo que sea la primera vez, ¿no?
—¿Quieres tener hijos? —suelta a bocajarro y, por un segundo, me quedo aturdido por la pregunta tan directa, aunque supongo que tiene sentido. Si no estamos de acuerdo en esto, lo nuestro no tiene ningún futuro.
—No —me sincero, porque no es algo que puedas ir diciendo por ahí, la gente suele juzgarte.
Hay muy pocas personas que sepan esto—. Me encantan los niños, quiero tener mil sobrinos, pero no me veo como padre.
Nunca he sentido ese instinto que se supone que debería tener.
Me veo más como ese tío molón que les enseña a hacer perrerías. ¿Y tú?
—Tampoco. —De repente, se empieza a reír—. Es la primera vez que lo digo en voz alta. —Clava su mirada en la mía—. No quiero tener hijos.
—Y no pasa nada por ello. Es una elección, no una obligación.
—Como sigas diciendo esas cosas, me acabaré enamorando de ti —bromea. Creo.
—Eso espero, nena. Realmente quiero ir a Marte contigo.
—¿Ah, sí? —Su voz es aterciopelada, ahora que se ha quitado todo el peso de encima después de hablarme de su ex y su madre—. ¿Y qué vas a hacer para convencerme?
—Te voy a hacer ver las estrellas —contesto levantándome para ir hacia ella.
No sé cómo acabará esta relación informal que hemos propuesto, pero tengo claro que voy a disfrutar mucho descubriéndolo.