16. Mar
Mar
Hay algo increíble en encontrar a una pareja compatible a nivel sexual, pero se convierte en algo único cuando también sois compatibles fuera de la cama.
Juanma y yo llevamos toda la semana quedando cada día para cenar y acostarnos juntos.
El sábado, cuando llegamos a mi casa, apenas hablamos; de hecho, ni siquiera conseguimos llegar a mi habitación.
En cuanto le comenté que Lorena no estaría, me empotró contra la pared del comedor y no me dejó moverme hasta que mis piernas fueron incapaces de aguantar mi peso después de los dos orgasmos devastadores que me provocó; uno con la boca y otro entrando en mí tan duro que me da hasta vergüenza admitir lo poco que tardé en llegar.
Por suerte, él me tenía tantas ganas como yo y se corrió justo después.
Después de eso, el maratón de sexo ha sido una constante.
El domingo lo pasamos comiendo para reponer fuerzas y explorando nuestros cuerpos, y descubrí algo espectacular: Juanma también consigue que me ría a carcajadas en la cama, no solo fuera de ella.
Creo que nunca me había reído durante el sexo, sí sonreído, sí había tenido cosquillas, pero no esa complicidad en la que puedes estar bromeando y, un segundo después, soltar un gemido ahogado porque sus dedos se han introducido dentro de ti.
Y es tan espectacular como acojonante. Porque me gusta demasiado y eso me da un miedo atroz.
«No te preocupes, cuando se canse de ti se buscará a otra».
Suspiro a la pesimista que vive en mí, porque, por desgracia, tiene razón.
Soy consciente de que ahora mismo estamos viviendo lo que se llama «luna de miel», esa etapa en la que todo es genial, nada nos molesta y la respuesta a todas las preguntas es «sí».
Pero llegará un día en el que eso cambie, y sé lo que ocurrirá: Juanma se largará de mi lado o yo lo echaré.
No sé cuál de las dos opciones me gusta menos y, aunque no quiera pensar en ello, sé que pasará. Solo es cuestión de tiempo.
El sonido de una notificación me saca de mis pensamientos:
Juanma
Hola, nena, ¿cómo ha ido el día?
¿Te apetece quedar hoy?
Todos los días me ha preguntado si me apetece, nunca lo da por hecho, aunque no sé si simplemente es cortés o si, en realidad, no le importaría si un día le dijese que no. Por suerte, hoy no es ese día.
Mar
Hola, nene. Acabo de salir del colegio y voy a la asociación
Saldré sobre las 20 h y Lorena se ha ido a pasar el fin de semana fuera…
Juanma
Si lo que querías es que te volviera a empotrar en el comedor, lo has conseguido ;)
Si tu compañera no está… ¿quieres que te haga compañía el fin de semana?
Me da un vuelco el corazón ante la idea de pasar con él todo el fin de semana.
Mar
No sé, creo que tengo una cita con otro candidato para ir a Marte
Juanma
La cancelas ;)
Ahora es mi turno de ganarme el puesto
Mar
Tendrás que compensarme…
Juanma
Trato hecho, nena
Te paso a buscar a las 20 h por la asociación, ¿te va bien?
Mar
Perfecto :)
Nos vemos luego, nene
Juanma
Lo estoy deseando…
Se me escapa una risa tonta y espero que el calor que noto en las mejillas no se note mucho.
Guardo el móvil justo antes de entrar al centro que tiene la asociación, voy a la zona reservada para los trabajadores y dejo las cosas en mi balda.
Cojo la ropa que suelo usar aquí y me cambio en el baño; una vez estoy lista, me acerco a la sala donde suelo trabajar con mis fierecillas y preparo los balones de baloncesto que usaremos hoy.
Luna, la directora de la asociación que también trabaja de educadora, me sonríe.
—¿Todo bien? Tienes un brillo especial en los ojos, incluso más que el que has lucido toda esta semana.
—Estoy teniendo una buena semana.
—Me alegro mucho. —Me guiña un ojo—. Ya me contarás quién es el causante.
En ese momento, mis fierecillas empiezan a entrar a la sala y se les ilumina la cara nada más verme.
Vienen felices hacia mí y me abrazan como si llevásemos días sin vernos, pese a que vine ayer.
Es una de las mejores cosas de este trabajo.
«No puedes llamarlo trabajo si no te pagan».
Respiro hondo para obviar esa voz insufrible de mi cabeza y les sonrío de vuelta.
Luna me ayuda a salir ilesa de entre sus brazos y doy una palmada para empezar a ejercitarnos.
—¡Venga, fierecillas! Hoy tocan pases. Poneos por parejas.
Luna busca a Jimena para emparejarse con ella, ya que a la niña no le gusta relacionarse con…
bueno, con nadie, y el resto busca a su mejor amigo del alma.
Hay alguna discusión breve, pero conseguimos empezar sin muchos incidentes.
Al poco, cambiamos alguna pareja, ya que tenemos que controlar la fuerza de cada uno de ellos para que no se hagan daño, ni se frustren porque su compañero siempre se la lance floja o demasiado fuerte.
Por un momento, cuando todos están haciendo lo que les he pedido, sin quejas ni incidentes, observo sus rostros concentrados y divertidos, y una sonrisa tonta se me forma en la boca.
Me encanta ser voluntaria en este centro, me encanta ayudar a ejercitar los músculos de estas fierecillas y me encanta el amor con el que siempre me tratan.
No quiero dejar de hacerlo nunca. Jamás se me ocurrió ser «entrenadora» de niños y niñas con discapacidad intelectual, pero desde que llegué a Baza, hablé con la organización y me ofrecieron esta oportunidad, pienso que soy una persona muy afortunada.
Saco los balones medicinales, esos que tanto odian, y se los cambio a varias de las parejas, no sin antes escuchar sus quejas, claro.
Le entrego a Luna uno rosa, ya que es el único color que Jimena tolera tocar, y continúo dando vueltas, intentando modificar alguno de los movimientos que hacen para que no se lesionen.
Cuando saco los balones de fútbol, se oye un grito de júbilo y varios de ellos se olvidan de su pareja y del balón medicinal para venir a coger uno, aunque no les dejo hasta que recogen.
Los gritos de alegría ahora son quejas y más quejas, pero lo hacen, siempre lo hacen.
Cuando acabamos los ejercicios y salgo a la calle, veinte minutos más tarde de lo previsto, lo hago con el corazón calentito y una sonrisa en la boca. Me encanta mi trabajo. Juanma me sonríe apoyado en el Saxo blanco que tanto me costó encontrar, y guarda el móvil en el bolsillo.
—Perdón por salir tarde —le suelto a modo saludo y él, lejos de inmutarse, posa su mano en mi mejilla y me besa de forma apasionada. Cuando nos separamos, me cuesta hablar—: Hola.
—Hola, nena. Recuérdame que venga a buscarte más a menudo, estás preciosa. —Su voz suena grave—. ¿Quieres pasar a por algo para la cena antes de ir a casa?
No le contesto, de hecho, ni siquiera me muevo, ladeo la cabeza para observarlo y frunce el ceño, confuso.
—He salido tarde —le informo y su rostro cambia a una mueca divertida.
—Soy consciente de ello.
—¿No vas a decir nada? —Ahora es mi turno de estar confundida, lo que le provoca un destello de ira que apenas dura un segundo.
—¿Has podido salir antes?
—No.
—¿Has estado perdiendo el tiempo para no venir conmigo?
—No.
—¿Tenemos prisa para ir a tu casa?
—No. —Mi confusión va en aumento y Juanma bufa.
—Entonces, ¿por qué coño iba a molestarme que salgas tarde? Estás trabajando con personas, es normal retrasarse. —Se encoge de hombros—. Además, yo mismo he llegado cinco minutos tarde. Por cierto, no esperes que sea una persona puntual, porque rara vez lo soy.
—Es bueno saberlo. —Sonrío y me dirijo hacia la puerta del copiloto. Una vez dentro, contesto a su primera pregunta—. Me parece bien pasar a por algo para cenar antes, mi nevera hace eco.
—¿Un kebab?
—Perfecto. —Arranca el coche sin decir nada más, pero me siento en la necesidad de explicarme—: No soy una empleada, estoy de voluntaria.
—¿Harías algo distinto de cobrar por ello?
—No.
—O sea, que saldrías tarde igual, ¿no?
—No siempre salgo tarde, pero no me voy corriendo cuando el reloj marca las ocho.
—Mar, ¿por qué me estás dando explicaciones? —Cuando me lo quedo mirando, continúa hablando—: Es decir, sé que eres voluntaria y, sinceramente, eso hace que me gustes aún más. No todo el mundo sacrifica su tiempo por los demás y eso, lejos de disgustarme como crees que hace, me hace admirarte.
—Ni siquiera sabes qué hago en la asociación. —Me río, porque lo que me acaba de decir es superbonito y, la verdad, no sé cómo gestionar cuando me dicen cosas bonitas. Así de triste es mi vida.
—Eso no le resta importancia a tu gesto altruista, nena. Que si me lo quieres contar, yo encantado de escucharte, como si me dices que prefieres no hablar de ello.
—¿De verdad quieres saberlo? —En ese momento, frena el coche y me mira como si lo que le acabase de preguntarle fuera la mayor chorrada del mundo.
—Mar, ¿qué clase de gilipollas has tenido de pareja?
Suspiro, si él supiera.