Serie Siempre: Colección completa 15. Fer
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15. Fer

Fer

Soy consciente de que uno de mis grandes defectos es darle demasiadas vueltas a las cosas.

No es algo nuevo, aunque sí ha ido a peor con los años.

Por eso, cuando veo que entro en un bucle peligroso, llamo a Aitana o Juanma.

Ellos dos me incitan a actuar y, aunque normalmente no es algo que me gusta, a veces agradezco que me den el empujón que necesito.

Como, por ejemplo, el jueves, Aitana me instó a preguntarle a Sofía por qué no quería que estuviera cerca de su abuela.

En realidad, me obligó a seguir con la conversación; yo hubiera dejado de contestarle en el momento en que me dijo que relegara la relación con Angelines a un mísero casera-inquilino.

Por suerte, respondí y pude entenderla. E imagino que ella a mí también, o estaría fulminándome con la mirada de nuevo.

En cambio, me observa divertida por mi expresión de sorpresa.

No sabía que hoy estaría en casa de su abuela.

Había olvidado lo preciosa que es y, aunque reconozco que me gusta más cuando va enfundada en cuero, no ha perdido ni un ápice de atractivo con esos vaqueros y jersey negros.

—Tu abuela me ha invitado a tomar café —le informo.

—Lo sé. —Se aparta de la puerta para dejarme entrar y niega con la cabeza—. Ha tenido la deferencia de contármelo hace cinco minutos.

—Si te sirve de consuelo, a mí ni siquiera me ha preguntado si podía venir. Solo me ha exigido que viniera.

—No cedas o estarás a su merced para siempre. —Sonrío ante su tono sobrio.

—Creo que es demasiado tarde —murmuro y se le escapa una risa, una que provoca que algo se mueva en mi interior: definitivamente, no me odia.

—¿De qué te ríes, cariño? —le pregunta Angelines cuando entramos en el comedor, donde está sentada en la mesa dando buena cuenta de las galletas que le traje ayer.

Nos sentamos con ella y Sofía alza una ceja, así que imagino que el tono dulce que ha usado su abuela no es algo habitual—. ¿Qué? Solo era una pregunta.

—No engañas a nadie con ese tono —suelta su nieta con un bufido—. Fer, no creas que mi abuela es dulce y tierna. Es como esas plantas carnívoras tan bonitas a las que cuando te acercas… ¡zas! Mordisco que te llevas. —Enfatiza el gesto cogiendo una galleta y dándole un bocado. Me río por lo bajo.

—¡Oye, niña! —la riñe Angelines—. Yo no muerdo. Fer, no la creas.

—Eras tú quien quería que lo conociera, yo solo le estoy avisando de lo que se le viene encima. —Sofía se encoge de hombros y yo sonrío: va a hacer el esfuerzo de conocerme—. Estas galletas están de muerte.

—Gracias. —Aprovecho para coger una. Tengo más en casa, pero no puedo ver cómo la gente come galletas y yo no hacer lo mismo.

—¿Las has hecho tú? —Me haría gracia su mirada atónita si no fuera por el matiz incrédulo en sus palabras. Mi expresión debe de mostrar incomodidad porque se disculpa un segundo después—: Lo siento, no quería sonar tan sorprendida. Es que doy por hecho que la gente de nuestra edad no sabe cocinar.

—¿Qué edad tienes? —Parece bastante más joven que Maite, aunque no podría jurarlo.

—Veintiséis.

—Bueno, yo tengo treinta y uno, igual en los cinco años que te faltan para alcanzarme consigues aprender a cocinar —bromeo y pone una mueca adorable que me dice que ni con veinte años más.

—Mi nieta no es capaz de freír un huevo sin quemar la cocina —me explica Angelines exasperada, rodando los ojos.

—Es que no es fácil freír un huevo —se defiende Sofía, y asiento; la primera vez que lo intenté acabó el suelo de la cocina lleno de aceite, así como mi camiseta—. ¿Ves? Fer me da la razón.

—Tampoco hacer café, imagino, ¿no?

—¡Mierda! —Sofía sale escopetada hacia la cocina y su abuela niega con la cabeza.

—Fer, ¿puedes ir a supervisar que mi cocina siga intacta, por favor? —me pide e intento disimular una risa. Sofía es igual de desastre en la cocina que Juanma y Óscar.

—Claro.

Cuando llego a la cocina, Sofía está mirando la cafetera italiana con una mueca extraña, hasta que detecta mi presencia y rueda los ojos.

—¿Te ha mandado a vigilarme?

—En realidad tú le das igual —bromeo y se le escapa una risa incrédula—. Solo quiere asegurarse de que su cocina siga intacta.

—En casa tengo una cafetera de cápsulas, cortesía de mi abuela. —Pone una expresión de derrota cuando me mira—. ¿Puedes comprobar si el café ya está hecho?

Me río por lo bajo mientras me acerco a los fogones, levanto la tapa de la cafetera y asiento. Suspira aliviada y me regala una sonrisa de disculpa. Tengo que darle las gracias a Aitana por obligarme a contestar el otro día. Sus sonrisas me están dando la vida.

—No te preocupes —le intento restar importancia cuando cojo un salvamanteles para llevar la cafetera al comedor y ella las tazas—. Yo también les regalé a mis hermanos una cafetera de cápsulas para su piso; tampoco saben usar la italiana.

—Bueno, en mi caso no es la cafetera solo, es todo —me explica y se nota la frustración en sus palabras—.

Para el cumpleaños de Magda intenté cocinarle pasta.

¡Pasta! Que piensas: solo tienes que ponerla a hervir y fin.

Pues no sé cómo lo hice, pero acabó siendo una masa dura e incomible.

Tuvimos que tirar la olla. De vez en cuando aún me lo recuerda.

—¿Magda es tu pareja? —Me doy una palmada mental por lo casual y desinteresada que ha sonado mi pregunta. Se empieza a reír, «¡joder! me encanta su risa».

—Ojalá, pero no es mi tipo. Si fuera Magdo igual… —Su abuela bufa y doy un respingo. Por un momento me había olvidado de que estaba con nosotros—. No empieces, abuela.

—Solo digo que eres demasiado mujer para alguien como Magda.

Te la comerías con patatas y te quedarías con hambre.

—Sofía me mira y rueda los ojos, por lo que deduzco que no es la primera vez que le dice algo así.

No debería gustarme tanto que me haya buscado para hacer ese gesto de protesta ante lo que le ha dicho su abuela—.

Esa niña necesita a alguien tan dulce como ella.

—¿Estás diciendo que no soy dulce? —Sofía finge indignación y su abuela alza una ceja incrédula; reprimo una risa—. Está muy feo que me insultes, abuela, y más delante de los invitados.

—Fer no es un invitado. —Ahora es mi turno de fingir indignación y Angelines le resta importancia con la mano—. Eres amigo de la familia.

—Te ha dejado entrar en su cocina, eres más que un amigo —me explica Sofía con un punto de envidia en su voz—. Su cocina es su templo.

—Es que él sabe para qué sirve una sartén —le replica su abuela y no puedo evitar la carcajada que sus palabras me causan. «¡Qué bien me lo estoy pasando!»

—Si me vas a seguir insultando, me voy. —Sofía no parece ofendida, pero su tono es duro.

—No es un insulto cuando es verdad. —Niega con la cabeza y me mira—. Discúlpanos, Fer, no solemos ser así normalmente.

—Mis hermanos son peores, no hay nada que pueda asustarme o sorprenderme. —De hecho, prefiero a las familias que son así y no cuando fingen que todos se llevan bien. No me parece natural.

—¿Cuántos hermanos tienes? —se interesa Sofía.

—Tres. Juanma, Óscar y Maite. Soy el mayor de los cuatro, todos nos llevamos un año con el siguiente. Mis padres pararon cuando nació la niña. —No le pregunto si tiene hermanos porque Angelines ya me ha explicado su árbol genealógico de pe a pa.

—Estoy deseando conocerlos —suelta Angelines.

—No creo que sea bueno para tu tensión. —Sofía se ríe por lo bajo de mi réplica—. Aunque quizá pasadas las navidades podamos preparar algo.

No es que no quiera presentárselos, pero mis hermanos no están pasando su mejor momento y prefiero aplazarlo. Me gustaría que cuando los conozca, viera lo mismo que veo yo cuando los miro y, ahora mismo, es imposible.

—¿Conoces a su novia? —le pregunta Sofía a su abuela y casi me atraganto con el café.

—¿Qué novia? —me mofo después de limpiarme con la servilleta.

—Oh, perdona. —Esboza una mueca de «tierra, trágame» muy tierna—. Di por hecho que la chica de tu foto de Whatsapp era tu pareja.

—¿Quién es? —se interesa Angelines con una sonrisa divertida en la boca.

—Es Aitana, mi prima. —Saco el móvil y le enseño la imagen.

—Entonces, puedo ahorrarme todas las preguntas de si va a vivir contigo, ¿no?

—¡Sofía!

—¿Qué? ¿De verdad pensabas que no iba a preguntar? Parece un buen chico, pero sigue siendo tu inquilino. —Supongo que después de una primera impresión tan nefasta, me lo puedo tomar como un cumplido, ¿no?

—Tranquila —le digo con una sonrisa—. Si mi situación cambiase, cosa que dudo, te lo haría saber. —Asiente. Varios mechones de su pelo negro azabache se le ponen en la cara y estoy tentado de apartárselos—. De momento, no tengo intención de vivir con nadie.

—Perfecto, gracias. —Se gira hacia su abuela—. ¡Ves! No era tan malo. Solo me preocupo.

—Demasiado —le acusa su abuela—. No va a pasar nada.

—Bueno, Angelines, yo creo que tu nieta tiene razón y derecho a preguntar todo lo que quiera —la defiendo y, contra todo pronóstico, mi vecina esboza una sonrisa. Tanto Sofía como yo nos miramos confundidos—. Eso ha sido raro, ¿no?

—Sí, mucho. Abuela, ¿por qué sonríes?

—Cosas mías. —Amplía la sonrisa—. Y ahora, ¿quién de los dos se va a encargar de fregar las tazas?