14. Mar
Mar
Nada más salir al exterior, una ráfaga de viento me golpea la cara, pero soy incapaz de sentir el frío.
La mano que se aferra a la mía me calienta el cuerpo entero.
Visualizo el Saxo blanco y mi perfecto desconocido se frena justo frente a él.
Por suerte, ya no hay música de fondo que nos impida hablar ni escuchar.
Me encara, me acaricia la mejilla con los dedos y sonríe.
«¡Joder, he echado de menos esa sonrisa! ».
—Hola, nene. ¿Te vienes conmigo a Marte? —rompo el silencio. Ahora mismo quiero decirle muchas cosas y, a la vez, ninguna, porque está aquí, no ha desaparecido.
—Hola, nena. Te he echado de menos. —Baja la cabeza y me besa.
No hay prisa en su beso, es pausado, lento, sensual, como si quisiera que el tiempo se detuviera en este mismo instante. O puede que solo sea un reflejo de lo que yo estoy sintiendo. Por desgracia, lo interrumpe antes de lo que me gustaría. Se ríe de mi mueca de desagrado.
—Me llamo Mar —suelto, porque no pienso volver a cometer el mismo error que el sábado pasado.
—Vamos, ¡no me jodas! —vocifera. Empieza a reírse a carcajadas mientras se lleva las manos a la cara, hasta que me mira y se da cuenta de que no sé qué está pasando—. Soy… ¡Joder, por eso Lucía buscaba el Saxo blanco! ¡Se lo pediste tú!
—Sí —confieso un poco avergonzada, porque sigo sin saber de qué habla—. No tenía forma de localizarte, así que pensé que el coche podría llevarme a ti.
—Y yo no le pregunté más porque pensaba que me buscaban para ponerme una multa. —Niega con la cabeza—. Hola, Mar. Soy Juanma y trabajo de carpintero.
—¡No! —Ahora es mi momento de reírme—. ¡No puede ser!
¡Joder! No puede ser verdad que sea él. Ayer volvió a escribirme para decirme que había conseguido salir ileso de la casa y que mi puerta estaba bien.
También me dejó un bombón encima de la cama con una nota que decía: «Por favor, no se lo cuentes a Maite.
Esto no es nada profesional ;)» que me hizo reír.
Tendría que haberme dado cuenta de que lo había conseguido, igual que durante la noche del sábado.
—Tienes una habitación preciosa, nena. Estoy deseando volver a verla.
—Lo siento, nene, no tengo intención de volver a romper la puerta —bromeo y se acerca para cogerme de las caderas, así que rodeo su cuello—. ¿Así que ese es el trabajo tan misterioso que tenías? No estoy nada impresionada.
—Entonces, menos mal que esto no es una cita. —Me guiña un ojo—. Sin embargo, creo recordar que yo sí dije lo de profesora. ¿Me intentabas engañar, nena?
—En realidad soy profesora de educación especial, así que no, no te engañé. No fuiste específico. —Nos reímos—. Lo bueno es que ya tengo tu teléfono. Lo malo es que no sé si quiero hablar con alguien tan poco profesional.
—¡Joder, nena! —Suelta una carcajada—. Si no hubieras sido amiga de Lucía no lo habría hecho. No me puedo creer que hayamos hablado y no supiera que eras tú; es lo que pasa cuando no tienes foto de perfil. —Niega con la cabeza—. Tendría que haberte llamado.
—Ten claro que no te lo habría cogido. Mi madre me enseñó que no hay que hablar con desconocidos.
—¿Y qué decía tu madre sobre no solo hablar con ellos, sino también subirse a su coche y hacer contorsionismo en él?
—Que las niñas de bien no hacen esas cosas. Por suerte para ti, yo no soy una niña de bien. —Esbozo una sonrisa y vuelve a besarme. Cuando noto que profundiza el beso, lo aparto—. Tengo que volver dentro a por mi abrigo y el bolso.
—Te acompaño. No pienso perderte de vista.
—¿Por si me escapo o por si me voy a Marte sin ti?
—Sí —contesta contundente, dejando claro que es la respuesta a las dos preguntas—. Tendremos que ir a tu casa, en la mía están mis hermanos en una sesión de cine.
—¿Y quién dice que quiera irme contigo? —bromeo entrando de nuevo al local.
Voy directa al guardarropa, donde recojo mis cosas y volvemos a salir. Cuando estoy en la puerta del copiloto del Saxo, me giro y me lo encuentro observándome con un deje de chulería, pero no hace amago de abrir el coche. Alzo una ceja y me cruzo de brazos como él.
—Has dicho que no querías irte conmigo —se queja fingiendo indignación—. No pienso abrir hasta que digas lo contrario.
—Entonces, llamaré a otro para que venga a ver mi habitación —lo desafío.
Cuando voy a sacar el móvil, recuerdo las palabras de Lucía y todo rastro de alegría y complicidad se esfuman de mí. Una sensación desagradable me invade. Alzo la vista para observarlo y su expresión también cambia a otra confusa.
—¿Qué pasa, nena? —susurra acercándose a mí con cautela—. ¿Estás bien?
—Lucía dijo que… —Por el rabillo del ojo la veo junto a Rocío, la directora de nuestro centro, que está medio muerta por la borrachera que lleva—. ¡Lucía!
Me acerco a ellas y me sonríe.
—Me la llevo a casa —me informa mientras la coge por la cintura. Noto la presencia de Juanma a mi espalda, aunque por suerte no me toca. Lucía desvía la vista hacia él—. Me alegro de que la hayas encontrado. Pensé que no sería posible, aunque podrías haberme dicho que eras tú el del Saxo.
—Pensé que me buscaban para ponerme una multa. —Me giro para mirarlo y se encoge de hombros. Clava sus ojos verdes en mí antes de hablar—: Mar, ¿qué es lo que te dijo Lucía?
—¿Yo? —Vuelvo la vista hacia mi compañera de trabajo.
—Me dijiste que ya había encontrado a la indicada —le recuerdo. Abre los ojos por la sorpresa y empieza a reírse.
—Sí, pero… ¡eres tú! —Frunzo el ceño. Lucía tiene tal ataque de risa que cuesta entenderla—. Quiero decir, Juanma me contó que había salido con una chica y, por la forma en que hablaba, me di cuenta de que había encontrado a la indicada, por eso dije eso. No tiene novia, Mar. Tranquila.
Suelto el aire que ni sabía que estaba reteniendo y me giro para encarar a Juanma, pero, a diferencia de lo que esperaba, solo tiene una sonrisa divertida en la boca. Bueno, mejor divertida que enfadada, ¿no? «No cantes victoria todavía».
—Gracias, Lucía. Ya puedes irte a cuidar de la borracha, yo me encargo de ella. —Juanma posa su mano en el bajo de mi espalda y me guía hasta el coche. Esta vez lo abre, aunque no se separa de mí ni hace amago de entrar—. Pensabas que tenía novia.
—Sí —admito—. Lo siento, pero no me lío con hombres infieles.
—Me parece bien. —Se encoge de hombros—.
Yo tampoco, ni con hombres ni con mujeres.
—Sonríe y toda la tensión se esfuma. Se apoya en el capó del coche—.
¿Algo más que quieras aclarar antes? No tengo problema en contarte todo: me llamo Juan Manuel Rubio, aunque todo el mundo me llama Juanma.
Eran los nombres de mis abuelos, a los que quería mucho, pero a veces me hubiera gustado que se llamasen de otra forma.
Tengo tres hermanos: uno mayor y dos más pequeños.
Los quiero con locura, aunque el noventa por ciento del día me lo paso diciendo que ojalá fuera hijo único.
Trabajamos juntos en una empresa de reformas y yo me encargo de la carpintería y de la pintura.
Trabajo mucho, algo que ya sabes, y el resto del tiempo me gusta estar en casa, pero si sale un plan, siempre soy el primero en apuntarme.
No tengo pareja desde hace… pff , ni me acuerdo.
No es algo que descarte tener, pero ya sabes, tengo mil taras.
—Me guiña un ojo—. ¿Quieres saber algo más, nena?
¡Ah, sí! En breve es posible que me vaya a Marte de viaje, nada importante.
—Un viaje de ida y vuelta, ¿no? —bromeo y asiente—.
Muy bien, allá voy. Me llamo María del Mar González, aunque todo el mundo me llama Mar.
Soy de Guadix y llevo trabajando aquí dos años; antes estaba en Huelva.
Tengo plaza como profesora de educación especial en el mismo colegio que Lucía y por las tardes soy voluntaria para la asociación que gestiona el centro de día para niños y niñas con discapacidad intelectual.
De ahí que haga más horas que un reloj. Corté con mi exnovio hace un año y medio y, aunque no busco pareja, de vez en cuando descargo aplicaciones para ligar que me llevan a tener citas horribles que me recuerdan que, sola, estoy mejor.
No añado que me prometí a mí misma que no volvería a tener una relación seria con nadie después de mi exnovio porque, la verdad, creo que es posible que con Juanma cambie de opinión, y ahora mismo no aporta nada a esta conversación.
«Volverá a salir mal», me responde la voz pesimista de mi cabeza y la aparto a un rincón.
No tiene por qué, solo tengo que conocerlo mejor, eso es todo. Espero no estar equivocándome de nuevo.