13. Juanma
Juanma
Lucía
SOS
Sácame de aquí, esto está siendo un suplicio
Suspiro al ver el mensaje de Lucía. ¿Su noche está siendo un suplicio?
La mía es mil veces peor. He recorrido casi todos los restaurantes, bares y locales abiertos de Baza, y no he encontrado a mi chica misteriosa.
Incluso he vuelto al restaurante donde cenamos por si se le había ocurrido ir, pero Pedro me ha asegurado que no la ha vuelto a ver.
También me ha explicado que el chico de su cita pagó la cuenta sin revisarla y, solo cuando iba a salir del local, se percató de que la chica se había ido, aunque no parecía muy afectado por ello.
Cuando Lucía me indica dónde está, cojo el coche y me dirijo hacia allí.
Es una de las personas con más paciencia que conozco, si ha acabado harta es que han tenido que ser muy intensas.
Me explicó que sus compañeras querían buscarle un ligue.
Supongo que no saben que Lucía solo tiene ojos para Adri y, aunque no sean pareja, solo él ocupa su corazón.
Igual que ella ocupa el de él. Tenía mis sospechas, pero en cuanto Maite dijo que Adri se había ido a casa de Lucía después de que volviera la tóxica de su exnovia, lo tuve claro.
¿Cuánto tardarán en dejar de fingir que son amigos y darán el salto?
Solo ellos lo saben. Yo no voy a meterme.
Su vida, su problema. Solo me meto cuando afecta a mis hermanos.
El que me preocupa es Fer; darle tantas vueltas a las cosas le está pasando factura.
¿Su vida no es como se imaginaba? Pues como la de todos, a ver si se cree que yo esperaba estar viviendo con Óscar a los treinta.
Entiendo que le preocupa haber causado una mala primera impresión, pero es solo eso, una impresión.
Si no te gusta, pues te esfuerzas en que te conozca y sepa que no eres así —sea como sea lo que piense la chica que es Fer—, y si te da igual, pasas a otra cosa.
Simple, rápido y efectivo. ¿Puede salir mal?
Claro, y también puede salir bien o puede ser algo que de aquí a un año hayas olvidado.
Reconozco que yo mismo antes también le daba muchas vueltas a todo, hasta que murió mi padre.
Llevaba meses posponiendo la idea de comentarle que quería pintar y ofrecer ese servicio, por si no le parecía bien o si afectaba a cómo nos organizábamos, y, de golpe, un día ya no pude decírselo.
Algo se rompió dentro de mí aquel fatídico día y, desde entonces, decidí que no pensaba callarme ni dejar de hacer algo por pensar demasiado.
¿Que a veces hay consecuencias? Claro que las hay.
¿Sabes cuándo no las hay? Cuando no haces nada.
E incluso entonces, no hacer nada también tiene consecuencias, quieras o no. «Adaptarse para vivir», ese es mi lema.
Me trago un taco en cuanto entro al local donde está Lucía con sus compañeras.
Esta música estridente y con el mismo puto ritmo me mata el cerebro, así que decido que voy a hacer una extracción rápida.
Diré alguna chorrada que deje a sus compañeras tan atónitas que no sepan reaccionar y me largaré por donde he venido.
Localizo a Lucía casi al instante, solo tenía que buscar a un grupo de mujeres de fiesta, con edades dispares y liándola mucho.
Fácil y sencillo, sobre todo porque la gente que tienen a su alrededor no para de salir huyendo de allí.
Pongo mi sonrisa quitabragas, cuadro la espalda y me muevo como si fuera el puto dueño del local.
Lo sé, me va la puesta en escena, pero en estos casos es importante.
Esta gente se tiene que creer que Lucía es mía y este es mi mejor papel.
El problema viene cuando me percato de quién está a su lado, que tarda un segundo entero en verme.
Un segundo en el que ocurren varias cosas: dejo de escuchar la música, todas las personas a mi alrededor desaparecen —incluida Lucía— y mi corazón se salta un latido.
Justo cuando sus ojos se encuentran con los míos, suelto al aire que estaba reteniendo y me obligo a seguir caminando, pese a que me retumba el pecho por lo fuerte que está latiendo mi corazón.
La he encontrado. Está justo al lado de Lucía, aunque ni siquiera soy capaz de ver a mi amiga.
Y lo mejor de todo: ella me mira con la misma intensidad que lo hago yo.
MAR
Odio los locales abarrotados de gente y con la música tan alta que no se puede hablar.
O los odiaba, hasta que unos ojos verde oscuro me han enfocado como un faro y me han paralizado en el sitio.
Ahora mismo, me siento como un cervatillo que ha cruzado una carretera y han estado a punto de atropellarlo.
Aprieto tanto los puños que noto como me clavo las uñas en las palmas, aunque, lejos de molestarme, me aseguran que lo que estoy viendo es real.
Que no es mi imaginación burlándose de mí.
Se detiene a un metro de distancia, pese a que no ha apartado su mirada de la mía en ningún momento.
Creo que los dos estamos evaluando si lo que estamos viviendo es un sueño.
«O puede que esté buscando una excusa de mierda para librarse de ti».
Gruño a la voz pesimista de mi cabeza y doy un minipaso en su dirección.
Como si eso fuera lo que necesitaba, coge mi mano, entrelaza nuestros dedos y empieza a andar hacia la salida.
Ni siquiera me lo pienso, lo sigo hasta donde quiera llevarme. Hasta Marte, si hiciera falta.