Serie Siempre: Colección completa 11. Fer
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11. Fer

Fer

Esta semana está siendo una mierda en general.

Juanma está distraído y serio, Óscar más callado de lo normal y yo no tengo ganas de estar con nadie.

Hasta Aitana lo ha tenido que notar, porque me ha mandado menos mensajes de lo habitual.

Aitana y yo siempre nos hemos llevado bien, pero nos unimos mucho más después de su divorcio.

Era de los pocos que entendía a la perfección cómo se sentía y todos los procesos por los que pasaría.

Desde entonces, hablamos todos los días y nos vamos de vacaciones juntos.

Óscar aparca la furgoneta con la que hemos ido a buscar material para la obra que empezaremos mañana en la zona reservada de un restaurante al que solemos ir a veces a comer, para el motor y se baja.

Chasqueo los dedos para que Juanma se dé cuenta de que hemos parado, absorto como estaba con su móvil, y frunce el ceño.

Su expresión no debe de ser muy distinta a la mía.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto a Óscar, bajando del asiento del copiloto—. ¿No vamos a descargar?

—No —sentencia cerrando el coche una vez Juanma está fuera—. Os invito a comer. Tenemos que hablar.

—¿Por fin vas a contarnos a quién te follas? ¡Ya era hora! —bromea Juanma. Lleva con el tema varios días, pero creo que solo es un intento de evitar hablar de lo que le pasa. Óscar niega con la cabeza, resignado por lo pesado que puede ser nuestro hermano—. Lástima.

Entramos al local, esperamos a que nos acomoden y pedimos sin hablar de nada importante, aunque noto la incomodidad de Juanma por esta encerrona.

No le gusta sentirse vulnerable, y mucho menos expresarlo.

Es más de guardárselo dentro y hablarlo cuando lo ve necesario.

En el momento que la camarera nos toma nota, sé que nuestra tregua se ha acabado y Óscar decide enfrentar el tema que nos ha traído aquí hoy:

—Ayer os librasteis de un interrogatorio porque estaba Lucía, pero no podéis seguir así.

Tenéis una cara que os llega a los pies y la estáis cagando en el trabajo por culpa de no tener la cabeza donde toca.

—Agacho la cabeza, dolido, porque tiene razón, pero no me gusta que mi ánimo afecte al trabajo—.

Menos mal que estábamos con los últimos retoques, os pasa con una radial en la mano y no me quiero ni imaginar cómo podría acabar.

No quiero preocupar a Maite, que bastante tiene reconstruyendo su vida, pero ¡empezad a soltar por esa boca o la llamo!

Se apoya en la silla con los brazos cruzados y nos mira a los dos, expectante.

Sé que solo se está preocupando por nosotros, al igual que haríamos nosotros si fuera al revés.

Tal y como le abordamos cuando acabó su relación con el idiota de Eloy, por lo que cedo.

Mi padre siempre me decía que no podía exigir a los demás algo que no estuviera dispuesto a dar.

Tenía razón. No puedo pretender que se abran si yo no lo hago.

—Mi vecina tiene una nieta de nuestra edad.

Yo no lo sabía, pero eso no tiene importancia —les cuento—.

El caso es que cuando fui a disculparme me abrió ella la puerta y…

deciros que es preciosa es quedarse corto.

Hacía mucho tiempo que no veía a una mujer y me sentía atraído de esa manera.

El problema es que le hice una broma y no le gustó.

Después de eso, la cosa estuvo bastante tensa hasta que se fue.

Y eso no sería un problema si no fuera porque no es la primera vez que me pasa algo parecido, siempre digo o hago algo que las distancia.

—Suspiro, porque ese no es el verdadero problema ni lo que me tiene las noches en vela, es lo que digo a continuación—: Tengo la sensación de que no volveré a tener pareja nunca más; y me jode, porque me encantaría formar una familia y tener hijos.

Pero no quiero cambiar para vivir en pareja, así que llevo rayado desde entonces. Eso es todo.

—Y ¿no puedes pedirle perdón y empezar de cero?

—pregunta Juanma y veo por el rabillo del ojo que Óscar se pinza el puente de la nariz.

Juanma no entiende lo que me pasa porque a él nadie le ha roto su plan vital nunca.

Él improvisa, fluye y enfrenta las cosas cuando vienen y como vengan.

¿He ofendido a alguien? Me disculpo, lo olvido y paso a otra cosa.

Esa es su forma de ir por el mundo. Le he envidiado por ello toda la vida.

—Claro que puedo, pero esa no es la cuestión. Ella no es el problema, soy yo —trato de explicarle, aunque su expresión me dice que no acaba de entenderlo.

—Fer, no tienes ninguna tara —suelta Óscar exasperado.

He perdido la cuenta de las veces que habré escuchado esta frase de él—.

Entiendo que pienses que la has cagado y tu cabeza te haya jugado una mala pasada pensando que te vas a quedar solo de por vida, pero encontrarás a alguien que se ría con tus bromas de mierda y tenga una paciencia infinita para aguantar a Juanma.

—¡Oye!

—Y siempre puedes pedirle a mamá una cita con las hijas de sus amigas —continúa, ignorando la interrupción de Juanma—. No serán el amor de tu vida, pero te subirán el ánimo.

—Paso, o mamá empezará a organizar la boda.

—Ruedo los ojos recordando la última vez que pasó eso.

La chica se ilusionó tanto que comenzó a buscar piso para irnos a vivir juntos incluso antes de la cita.

Tuve que romperle la ilusión y lo pasé fatal.

No estoy hecho para ese tipo de cosas. Miro a Óscar y fuerzo una sonrisa—.

Gracias, sé que es solo un bache, pero es que de verdad parecía una tía superinteresante.

—E igual no lo es. —Juanma siempre me rompe los esquemas con sus comentarios, aunque no le falte razón—. Igual que ella ha pensado que eres un capullo y no lo eres. Si es la nieta de tu vecina y no vas a mudarte, cosa que dudo, habrá más ocasiones.

¿Se puede cambiar una primera opinión de alguien? «Sí, pero…». Siempre hay un «pero» que me frena o me hace ir con pies de plomo; un «pero» que imagina todas las peores opciones posibles. Ese «pero» que hace que mi vida, a veces, sea un puto infierno.

—Bueno, te toca. —Óscar se centra en Juanma y, en el fondo, lo agradezco. No quiero seguir torturándome.

—Conocí a una chica el sábado y congeniamos muy bien.

—Se le dibuja una sonrisa tonta en la cara y Óscar y yo nos miramos sorprendidos.

No suele ilusionarse con sus citas—. Hacía mucho tiempo que no conectaba con alguien a ese nivel, pero, cuando me despedí de ella, me di cuenta de que no le había pedido el número de teléfono, así que no tengo forma de localizarla.

Y ahora me siento como un idiota y no paro de pensar en si para ella fue igual o no. Probablemente no.

—¿Cómo se llamaba? Podemos intentar buscarla —propongo. Es raro ver a Juanma tan rayado por algo, esa chica tuvo que ser especial.

—Ese es el problema, que no lo sé. La única información personal que tengo es que vive aquí y su familia en Guadix.

—Eso es como buscar una aguja en un pajar. —Óscar me lee el pensamiento.

—Lo sé. No pasa nada, este sábado saldré por ahí a ver si la encuentro, y esta vez no seré tan gilipollas de no preguntarle el nombre ni pedirle el número.

—Y así es mi hermano: tengo un problema, busco una solución y aprendo de mi error.

Actúa, puede que le dé vueltas a lo que hizo mal, pero actúa en lugar de quedarse en el sofá.

—¿Y si para ella no fue igual? —pregunto cauteloso.

—Pues pasaré unos días mal y luego volveré a ser yo.

—Se encoge de hombros como si no tuviera importancia, pero los tres sabemos que no será así.

No esta vez. Cuando fija la vista en Óscar, sé que no piensa hablar más del tema—.

Ahora que nosotros nos hemos confesado, te toca.

¿Por qué no nos lo quieres contar? No te digo que nos digas quién es, sino por qué no lo haces.

—Nadie sabe que es gay. O casi nadie —contesta un poco abatido por ello—. Es un follamigo que tengo desde hace años. Cuando estoy soltero nos divertimos sin más. Eso es todo.

El misterioso follamigo de Óscar. Bueno, no es tan misterioso, Juanma me confesó el otro día que sabe a la perfección quién es cuando le dije que parase de insistirle a nuestro hermano.

Dice que solo quiere que se lancen de una vez.

Como siempre, Juanma actúa primero y pregunta después, sin pensar en las consecuencias.

Es posible que no puedan estar juntos, no es que no quieran.

—¿Tiene pareja? —pregunto, y me mira confundido—. Quiero decir, si es de esos que salen con una mujer para disimular, pero luego se escapan contigo.

—No, no sale con nadie, ni hombre ni mujer. Y, antes de que lo preguntes, nunca ha tenido pareja en las ocasiones en que nos hemos acostado.

Bueno, un problema menos. Aunque mi mente, como siempre, ve más allá.

—Ten cuidado —le digo—. Parece muy divertido eso de ocultarle al mundo que os acostáis, pero suele ser una excusa para mentir a todas las partes.

Juanma y Óscar intercambian una mirada y sé que han notado que les estoy ocultando algo. A veces odio que nos conozcamos tan bien.

—¿Nos lo quieres contar? —interroga Juanma con la ceja alzada.

—No, esto no. Os lo explicaré cuando deje de fustigarme por gilipollas. —«Y cuando sepa cómo explicaros que me lie con Bego, volví a creerme sus mentiras y volvió a hacerme lo mismo otra vez», pero esto me lo callo.

—Entonces, no lo hará nunca —bromea Juanma con Óscar y me relajo. Sé que respetaran mis palabras y no volverán a sacar el tema.

—Solo queda una cosa por aclarar —dice Óscar llamando nuestra atención—. Juanma, ¿cuándo piensas decirnos que quieres quedarte el Saxo de papá?

—¿Nunca? —responde encogiéndose de hombros—. Decidimos que nadie se lo quedaría, así que lo he respetado.

—¿Lo quieres? —le pregunto de forma directa y asiente—. Pues para ti.

—¿Así?, ¿sin más? —Suelta un suspiro cuando Óscar y yo intercambiamos una mirada y afirmamos—. Joder, llevo años pensando que no podría quedármelo.

—Nadie quería el coche, Juanma —le informa Óscar—. Pero nos daba pena venderlo porque era de papá y buscamos una solución. Si lo hubieras dicho en ese momento, te lo podrías haber quedado.

—Bueno, no pasa nada. Llevo años usándolo igualmente. —Esboza una sonrisa de medio lado y nos reímos. Por supuesto que lleva años utilizando el coche sin decir nada, y por supuesto que Óscar se ha dado cuenta. En esta familia, por suerte y por desgracia, no existen los secretos.

Cuando llego por la tarde a casa, me tumbo en el sofá y pongo la tele, donde aparece un programa de esos de reformas estadounidense.

Siempre me han parecido muy divertidos, aunque me sigue alucinando que hagan las casas de madera.

¿Allí no llegó el cuento de Los tres cerditos ?

Cuando el reloj marca las ocho, aprovecho para mandarle un mensaje a Aitana, que estará saliendo de la tienda justo en este momento.

Sonrío al ver que los dos tenemos la misma foto de perfil; nos la hicimos este verano en Malta, cuando fuimos de vacaciones.

Fer

Hola, primita. ¿Cómo estás?

Necesito consejo

Un segundo después, su nombre aparece en la pantalla y descuelgo:

— Sí, los preliminares son importantes —suelta con un tono serio—. No, no puedes saltártelos hasta que estéis bien sincronizados. Y no, quince minutos no es un buen tiempo, con eso no tienes ni para empezar. ¡Hola! —Su cambio de voz para el saludo me hace reír.

—¿Por qué asumes que la pregunta iba sobre eso? Sé muy bien cómo complacer a una mujer en la cama.

— No me cabe duda, pero nunca está de más recordarlo. —Se ríe—. Además, hace mucho que no estás con una mujer, igual estás oxidado.

—No tanto —murmuro y me doy una patada mental por el desliz.

— ¡Eh! Eso no me lo has contado, muy mal, primito. —Chasquea la lengua—. Pero no me apetece hablar de tu vida sexual ahora, no quiero que se me atragante la napolitana por culpa de la envidia.

—Deduzco que la cita de ayer no fue bien. ¿Otro polvo de mierda?

—Nah , lo mandé a la mierda en mitad de la cena. Mi tiempo es muy valioso para perderlo con un gilipollas. —Suspira exasperada—. En fin, ¿qué quieres saber?

—Mi vecina me ha dado el número de su nieta por si pasa cualquier cosa.

— Sí, escríbele.

—¿Me puedes dar tiempo para hacer la pregunta antes de responder?

— No seas tan lento —se mofa y niego con la cabeza.

—Mi pregunta era cómo enfocaba la conversación.

— Fer, cariño, es la nieta de tu vecina y te ha dado el número por si pasa cualquier cosa: dile exactamente eso, pero con palabras bonitas. Es un mensaje, no le estás pidiendo matrimonio.

—¿Le escribo o la llamo?

— Le escribes —exige—. Nada de llamadas incómodas.

—¿Y si le molesta?

— Entonces, es imbécil. —Bufo ante su respuesta—. En serio, Fer, sé que el otro día estaba enfadada, pero te recuerdo que su abuela te dijo que tenía sueño. Es solo un mensaje, no le des tantas vueltas.

—Está bien, voy a escribirle y me lo quito ya de encima.

— ¡Así me gusta! —Hace una pausa y, cuando vuelve a hablar, su tono es mucho más serio—. Oye, ¿y con quién has follado tú?

—Con Bego —susurro acompañándolo con un suspiro y noto cómo retiene la respiración—. ¿Aitana?

— Voy a tu casa.