8. Sofía
Sofía
Estoy agotada. Esta noche he dormido entre nada y menos, y no puedo ni con mi alma.
Aun así, aquí estoy, en el coche camino a casa de mi abuela.
No sé la cantidad de veces que le he pedido que se mude conmigo a Granada, pero a testaruda no la gana nadie; y mira que lo he intentado con todas mis ganas.
El motivo de mi visita, además de para verla, es que quiero conocer a su nuevo inquilino; mi abuela no para de hablar maravillas de él, así que me temo lo peor.
La última vez que empezó a confraternizar con su inquilino, tuve que amenazarlo para que se largara después de que decidiera que, como eran amigos, mi abuela no tenía por qué cobrarle el alquiler.
Capullo. Ella necesita ese dinero, con la pensión de mierda que cobra apenas cubre gastos.
Bueno, eso no es del todo cierto. Podría vivir muy bien si alguna vez me escuchase, vendiera las dos casas y se comprase algo más pequeño, de una sola planta, o se viniera a Granada conmigo.
Pero cada vez que saco el tema me trata como a una hereje.
Suspiro y subo el volumen del pódcast de crímenes reales al que estoy enganchada.
En serio, me apasionan, pese a que mis compañeros de trabajo piensen que estoy como una cabra por ello.
Piso el acelerador y noto el extra que pagué para que el coche tuviera más caballos cuando paso por el puerto de la Mora.
Hoy, al ser domingo, apenas hay camiones, por lo que puedo conducir entre el verdor de los árboles en lugar de las lonas publicitarias que no me interesan.
Me concentro en la carretera y las palabras del locutor; para cuando quiero darme cuenta, diviso el cartel que me indica que la próxima salida es Baza.
Aparco el todoterreno reforzado en la calle y no me molesto en llamar a la puerta; mi abuela me ha dicho que estará en misa.
Me quito las Martens y me lanzo al sofá después de dejarlas donde la abuela no pueda tropezarse.
Sabe que iba a venir y sé que reconocerá el coche, así que no me preocupa que se asuste al llegar.
No han pasado ni dos minutos cuando el sueño me vence y me quedo dormida.
Por un momento, me da la impresión de que llaman a la puerta, pero no le presto atención: mi abuela tiene llaves y es más probable que me lo haya inventado.
Me acurruco y, esta vez sí, me sumerjo en la oscuridad del todo.
—Sofía, cariño, la comida ya está lista. —Me sobresalto cuando noto una mano en mi hombro, hasta que me doy cuenta de que es mi abuela—. Buenos días, mi niña. O mejor dicho, buenas tardes. ¿Trabajaste anoche?
—Hola, abuela. —Me estiro para desperezarme y miro el reloj. Frunzo el ceño—. ¿Has estado en misa hasta ahora? Son casi las tres de la tarde.
—¿Crees que el cura va a perderse su vermú por aguantar a unas viejas beatas sin nada que hacer? —Rueda los ojos y se ríe—. He llegado hace más de dos horas, pero te he dejado descansar; parecía que lo necesitabas. La próxima vez puedes tumbarte en la cama, que para eso está.
—Lo hice para enterarme de cuándo llegabas.
—Pues no te ha servido de nada —se burla—. Venga, pon la mesa, que la comida ya está lista.
Me levanto con toda la fuerza que puedo recabar en este momento, que es prácticamente nula, voy al baño y me lavo las manos antes de seguirla hasta la cocina.
Al entrar, lo primero que veo es un ramo de flores en un jarrón que de normal está vacío.
La verdad es que la combinación de colores es preciosa y le da un toque aún más rústico a la cocina, si es que eso es posible.
—Me lo regaló Fer —comenta distraída mientras sirve los platos—. Es un encanto de chico, estoy deseando que lo conozcas.
—Abuela, ya hemos hablado de esto: no puedes hacerte amiga de los inquilinos. —Cojo los cubiertos y los vasos antes de dirigirme al salón. Como mi abuela no me contesta, insisto—: Ya sabes lo que pasó la última vez.
—Es un buen chico. —Ruedo los ojos, ya empezamos.
—Dijiste lo mismo la otra vez.
—Me equivoqué. —Me planta un plato con un guiso que huele delicioso e intento adivinar por qué no es el de siempre. ¿Qué le ha añadido?—. La receta es de Fer. Bueno, de su abuela.
—¿Vive con él? —me intereso. Pensaba que lo había alquilado para él solo, ¿es posible que la cuide? Igual puedo aprovechar la oportunidad para volver a insistir en que venga conmigo a Granada de forma definitiva.
—Ni siquiera está ya en este mundo. —Se santigua mientras murmura que en paz descanse y nos sentamos a comer—. Aprendió a cocinar con ella cuando se independizó. Al menos sus recetas no se quedarán en el olvido.
—Las tuyas tampoco, las tienes todas escritas.
Mi abuela me mira como si hubiera dicho la mayor chorrada del mundo y vuelvo a tener ocho años, cuando me reñía por jugar entre sus geranios y destrozarlos.
A la pobre le encantaría que aprendiera a cocinar, pero soy una negada.
Hasta ella se rindió y asumió que jamás sería capaz de replicar sus platos.
Y eso dice mucho de mi incapacidad para preparar algo comestible, si tenemos en cuenta que su mayor virtud es la perseverancia.
La verdad es que tengo que reconocer que el guiso está buenísimo, aunque prefiero el que suele cocinar mi abuela. Como si me hubiera leído el pensamiento —de hecho, me he planteado muchas veces que es posible que así sea—, me pregunta:
—¿Y bien?
—Está bueno, pero el tuyo está mejor.
—Fer dijo lo mismo. —Chasquea la lengua—. Ahora tendré que prepararle un guiso.
—No tienes que prepararle nada —siseo—. No es tu amigo; es tu inquilino. Tienes que tratarlo como tal.
—Si lo conocieras…
—No, abuela, no quiero conocerlo. Quiero que te pague cada mes y que no te dé problemas. Nada más.
—Vendrá luego —me informa ignorando todas y cada una de las palabras que le he dicho. Si su mayor virtud es la perseverancia, su peor defecto es la testarudez.
—¿Lo has invitado? ¡Hace solo dos meses que vive aquí! ¡Abuela!
Me dejo caer en el respaldo de la silla y me froto la cara con las manos.
¿Cuándo me he convertido en la adulta y ella en la adolescente?
¿Es una venganza? Porque puede que no apruebe mi ropa o que no tenga una relación seria, pero nunca jamás la he contradicho ni desobedecido.
Bueno, esto último sí, pero ella no lo sabe, así que no cuenta.
—No lo he invitado, pero sé que vendrá.
—¿Ahora también eres adivina? —Alzo una ceja y me ignora de forma deliberada, así que insisto—: ¿Abuela?
—Si te lo cuento, ¿me prometes que no te enfadarás?
—¡No! —Moriré joven por su culpa, lo tengo claro.
—Y es por eso por lo que no te lo quiero contar. Fer es un gran muchacho y no quiero que lo juzgues sin conocerlo.
—O me lo cuentas o hablo con los de la inmobiliaria para que le rescindan el contrato. —Es mentira, claro, no puedes echar a un inquilino porque sí, pero mi abuela no lo sabe.
—Ayer me asustó y, aunque se disculpó una y mil veces, estoy segura de que hoy vendrá a pedirme perdón de nuevo.
—¿Cómo que te asustó? En plan, ¿apareció por detrás sin que lo vieras?
—En serio, cada cosa que me cuenta de ese tal Fer es peor que la anterior.
¿Se dedica a hacerse amigo de una anciana y a asustarla?
Y, si ya se disculpó, ¿para qué vuelve? Solo hay un motivo por el que alguien haría algo así.
Resoplo, ¡vamos, no me jodas!—. No fue un susto sin más, te dio uno de tus vahídos, ¿verdad?
No me hace falta que conteste, su falta de expresión facial me lo dice todo. Suelto tal cantidad de palabrotas que hasta un camionero se asustaría, lo que provoca que mi abuela se levante y me apunte con el dedo.
—¡Yo no te he educado para que hables así, jovencita!
Fer es un buen chico, va a pagar su alquiler porque es el inquilino más responsable que hemos tenido nunca y voy a seguir intercambiando recetas con él, te guste o no.
Si no quieres conocerlo y ver que lo que digo es cierto, tú misma.
Y ahora, acábate el plato, que he comprado un brazo de gitano de postre.
Como si fuera ella quien debería estar enfadada por la situación, se gira de forma dramática y se va a la cocina toda digna, dejándome con la sensación de que me estoy equivocando.
No, ¡yo no estoy equivocada! También pensó que el otro inquilino era buena gente, y él se fue debiéndole casi seis meses de alquiler.
No puedo confiar en ellos. Lo siento, pero no.
FER
Cuando aparco frente a mi casa, suspiro y me doy unos minutos para salir del coche.
He comido con mis hermanos y mis primos, y aunque eso me ha ayudado a quitarme la mala sensación con la que me fui a dormir anoche, no ha sido suficiente.
Por mucho que lo intente, no puedo dejar de ver a Angelines caer.
Mi madre me ha dicho que en unos días se me pasará, pero yo no estoy tan seguro.
Cojo el bizcocho de calabaza que me ha preparado y me dirijo a la puerta, la misma a la que he llamado hace unas horas y que nadie ha abierto.
Por suerte, Maite me ha recordado que la mujer estaría en misa y me ha ayudado a aplacar la ansiedad de ese hecho en concreto.
Vuelvo a suspirar antes de pulsar el botón del timbre y espero.
En el momento que se abre, aparece delante de mí la tía más atractiva que he visto en mi vida.
No es solo el que tenga un cuerpazo que quita el hipo, es el aura que desprende de «aquí estoy yo» lo que me deja sin aliento.
Va enfundada en unos pantalones de cuero y un corsé del mismo material, y me mira con unos ojazos negros enfatizados con el maquillaje del mismo color. Joder, es preciosa.
—¿Hola? —Mierda, me he quedado embobado mirándola. Carraspeo y pongo mi mejor sonrisa; esa que Maite dice que es infalible.
—Perdona, es que esperaba que me abriera Angelines. Soy Fer, su vecino.
—¡Abuela! —la llama—. Ahora viene.
—No sé si te ha contado lo que pasó anoche… —empiezo a explicarle y asiente—. Vengo a disculparme.
—Muy bien. —Se cruza de brazos y se apoya en el quicio de la puerta para observarme. Me estoy poniendo nervioso, parece que voy a pasar un examen.
—¿Qué hacéis ahí? —Oigo que se queja Angelines—. Dile que entre, anda.
—Pasa, por favor —ironiza y se aparta para que pase.
—Me extraña que tu abuela se asustase de mis pintas de ayer, no eran muy distintas a las tuyas —bromeo para bajar la tensión que se ha generado en cuanto he cerrado la puerta, aunque no lo consigo puesto que solo rueda los ojos.
—Tu invitado, abuela —dice sin mirarme cuando llegamos al salón donde está Angelines y me doy cuenta de que tiene una voz muy dulce, cosa que hace contraste con su atuendo. Joder, ahora tengo más curiosidad por conocerla—. Me voy.
—¿Ya? ¿No te quedas un poco más?
—No, abuela, tengo un rato de coche y tú un invitado. —No me pasa desapercibido el tono de desprecio con el que lo dice—. Hablamos mañana.
—Ve con cuidado.
—Siempre. —Se despide con un beso de Angelines y cuando pasa por mi lado ni me mira.
—Encantado.
Como respuesta obtengo un portazo y me trago un suspiro. «Joder, ¿tanto le ha molestado mi comentario?».
—No se lo tengas en cuenta, ha trabajado esta noche y es insoportable cuando tiene sueño.
—No pasa nada —miento y le regalo una sonrisa—. Te he traído un bizcocho.
—¿De tu madre? —Asiento—. ¿De calabaza? —Vuelvo a asentir—. Te diría que no hace falta, pero ¿a quién quiero engañar? Quiero un trozo de ese bizcocho. Ve a la cocina a por un cuchillo y dos platos, muchacho. No me hagas levantarme.
Cumplo sus deseos, pero esta vez, cuando paso por el pasillo que une la cocina y el comedor, me fijo en la foto de la niña que tiene colgada.
Sigue teniendo el pelo liso y negro como el azabache, y la misma mirada penetrante que me ha fulminado hace menos de cinco minutos; aunque, por suerte, la niña de la foto sonríe.
Sacudo la cabeza e intento sacarla de mi mente.
Después de este inicio tan desastroso, tengo cero esperanzas de que vuelva a hablarme.
No es la primera en salir huyendo y, por desgracia, tampoco será la última.