7. Mar
Mar
—¿Te llevo a casa o a la estación? —pregunta, acelerando el paso hacia el coche justo después de entrelazar nuestras manos.
Me sorprende que no haya intentado convencerme de que me quede o cambie los billetes, aunque lo agradezco; odiaría que lo hiciera.
Sin embargo, reconozco que esta vez estoy tentada a hacerlo.
—A la estación mejor —contesto mientras voy trotando detrás de él. Es difícil seguirle el ritmo.
—Tengo un par de camisetas en el maletero, por si necesitas cambiarte y no te da tiempo. Te quedarán enormes, pero ahora se llevan así, ¿no?
—No hace falta. Además, no creo que sea apropiado aparecer con ropa de hombre en una comida familiar.
Se ríe y a mí me sigue sorprendiendo que no haya puesto pegas.
Acaba de quedarse sin un polvo asegurado y ni siquiera tiene una mueca de desagrado.
Y la verdad, hasta yo estoy cabreada por quedarme sin follar, tenía pinta de que iba a ser épico.
Debo de estar soñando, no hay otra explicación para ello.
Al llegar al coche, lo primero que hace es abrir el maletero y sacar una camiseta negra bien doblada, parece nueva.
—Cógela, por si la necesitas.
Asiento y nos metemos en el coche. Aprovecho para guardarla en el bolso; la verdad es que no voy tan mal vestida para ir a casa a comer: vaqueros negros, jersey rojo de cuello de pico y botas tipo militar.
Y su sudadera encima, la cual no pienso devolverle.
Mi madre no pondrá pegas a mi atuendo si quito el complemento extra, así que no tengo por qué pasar por casa a cambiarme.
Una vez que tengo esa parte controlada, miro a mi alrededor, pero el coche no se ha movido, aunque lo ha arrancado y ha puesto la calefacción a tope.
—¿Estás bien? —le pregunto, porque su cabeza está apoyada en el antebrazo que tiene agarrado el volante.
—Sí, pero necesito un minuto, no puedo conducir así —contesta girándose para mirarme con una sonrisa tímida—. Pensaba que la noche terminaría de otra manera. Ahora mismo me pongo en marcha, perdona.
¡Joder! Ni siquiera he acabado de pensarlo cuando ya estoy sentada a horcajadas en su regazo. Su cara de sorpresa hace que me arrepienta al momento.
—No es que no quiera que estés así —dice con prudencia, sus manos están tan separadas de mi cuerpo, que hasta ofende—, pero no quiero que llegues tarde.
—Estoy totalmente segura de que vas a ser capaz de hacer que llegue pronto.
Sé que ha pillado el doble sentido de mis palabras cuando sonríe de medio lado y, antes de que pueda volver a poner pegas, estampo mis labios contra los suyos.
Una de sus manos va directa a mi nuca en el momento que abro la boca para dejarlo entrar y la otra mueve el asiento lo más lejos posible del volante.
La ropa de la parte de arriba vuela mientras nos comemos y gimo cuando noto el calor de su cuerpo en mis pezones.
Abandona mi boca para besar mis tetas y mi jadeo nos envuelve cuando me las muerde.
Nos ayudamos a quitarnos los pantalones y, en un momento, estamos desnudos y jadeantes.
La punta de su polla brilla por el líquido preseminal que sale de ella, me sorprendería, si no fuera porque estoy más mojada que en toda mi vida.
Bajo la cabeza y, de un lametazo, la limpio, provocándole un siseo.
Me coloco encima y empiezo a rozarme con él mientras vuelvo a su labios. Un instante después, se separa.
—Si sigues así, voy a parecer un adolescente en su primera vez. ¡Joder! Cómo me pones, nena. Eres incluso más impresionante desnuda.
Se incorpora para abrir la guantera, sin soltarme, y empieza a rebuscar hasta que saca el envoltorio de dos condones. Le da vueltas hasta que localiza la fecha de caducidad y suelta un suspiro.
—Pensaba que no follabas en el coche —me burlo mientras abre uno de los envoltorios.
—Y no lo hago. Pero este coche no es solo mío, por suerte, porque si lo fuera, no habríamos tenido condones.
—Hubiera conseguido que te corrieras igualmente, nene —le susurro al oído y se estremece.
—Joder, nena, no puedes decirme esas cosas, que no tengo tiempo para follarte como me gustaría hacerlo y estoy tentado de que pierdas ese autobús —suelta cuando acaba de ponerse el condón.
Ni siquiera me deja contestar, me alza por las caderas y se posiciona en mi entrada.
Poco a poco me deja caer y, cuando estoy llena, gemimos a la vez.
Empiezo a moverme, al principio lento mientras juega con mis tetas, hasta que me las aprieta y tira de ellas y pierdo el control.
Me agarro del respaldo e incremento la velocidad hasta que el orgasmo más devastador que he tenido nunca me arrasa y nuestros gritos llenan el coche.
Nos quedamos unos minutos en silencio, recuperándonos, yo apoyada en su pecho y él en el respaldo; apenas somos capaces de respirar. Cuando parece que ya podemos movernos, nos vestimos y nos quedamos sentados en nuestro asiento unos instantes.
—¿A la estación? —Rompe el silencio y asiento en respuesta. Vuelve a colocar el asiento en posición y sale de la zona de tierra para incorporarse a la carretera—. ¿Puedo bajar la calefacción? La he puesto alta por ti, pero ahora mismo me estoy asando.
—Bueno, he encontrado otra forma de entrar en calor —bromeo—. Así que, sí, puedes bajarla.
—Cuando quieras, nena. —Me guiña un ojo.
Los primeros minutos los pasamos en silencio, uno cómodo que no nos genera la necesidad de hablar. Aún me estoy recuperando del orgasmo que me ha provocado, alucinada por la intensidad y, sobre todo, por la velocidad. Suelo tardar más, pero es que este hombre es de otro planeta.
—Bueno, nos queda una cosa que discutir antes de llegar a la estación —suelta de golpe, sobresaltándome—. Perdona.
—No, no, tranquilo. A ver, dispara.
—¿Me he ganado o no me he ganado mi puesto para poblar Marte?
Suelto una carcajada y asiento. Durante el resto del camino, discutimos sobre las cosas que habría que hacer en el planeta rojo, así como personas a las que no dejaríamos venir a visitarnos que, por su parte son muchas menos que por la mía.
Aparca el coche y sale de él cuando llegamos para abrirme la puerta.
Una vez fuera, se apoya y me atrae hasta él.
Me acaricia la mejilla y juro que nunca me habían mirado con tanta intensidad como en este momento.
—La próxima vez no será en el coche, lo prometo.
—Por supuesto que no, nene —bromeo—. No pienso dejarme engañar otra vez.
—Sí, te he visto superdisgustada mientras me usabas para correrte. —Si piensa que sus palabras me van a hacer bajar la mirada o avergonzarme, está muy equivocado. Me sonríe de medio lado—. Que conste que no era una queja, puedes usarme siempre que quieras.
—Es bueno saberlo. Lo tendré en cuenta la próxima vez que mi cita se centre en su móvil.
Suelta una carcajada y me besa pausado, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Ojalá no tuviera que irme. Cuando nos separamos, se nota que ninguno de los dos tiene ganas de que esto se acabe.
—Venga, tira o perderás el autobús. —Me da una palmada en el culo y, a regañadientes, me separo de él unos pasos—. ¿Me avisas cuando llegues? Solo para saber que has llegado bien.
—No mientas, nene. Solo estás intentando ganar puntos para que te lleve a Marte conmigo.
—Por supuesto.
Me guiña un ojo y, con esa última visión suya, me dirijo hacia dentro de la estación.
El autobús ya está casi lleno cuando llego, puesto que solo quedan cinco minutos para que salga, así que enseño mi billete y accedo.
Me acomodo, me relajo y cuando arranca saco el móvil para escribirle y entonces caigo en la cuenta: no tengo su número.
«¡Joder! No, no puede ser, tiene que haber una forma de localizarlo».
¿De dónde ha dicho que era? No lo ha dicho, he deducido que era de Baza, voy a dar eso por válido.
Seguro que puedo encontrarlo por redes sociales o puede que Lucía lo conozca…
Y en ese momento me percato de algo que me deja congelada: ni siquiera sé cómo se llama.
¿Qué cojones he hecho? ¡Soy imbécil! «Mucho, nena».
Poco ha tardado en hacer su aparición la voz pesimista que tanto odio.
JUANMA
Cuando veo al autobús salir de la estación, subo al coche y me voy a casa.
Lo aparco cerca de la casa de mi madre para poder guardarlo en el garaje por la tarde sin que mis hermanos se enteren de que lo he cogido.
El Saxo era de nuestro padre y, al morir él, no quisimos venderlo, pero para no discutir por quién se lo quedaba, decidimos que sería de todos: es decir, que no es de nadie.
Lo usamos cuando nuestra madre necesita que la llevemos a algún sitio y poco más.
Fer y Óscar acabaron comprando su propio coche hace un par de años y Maite decidió que era mejor que la llevasen a todos los sitios, como la reina que es, así que solo quedé yo.
Como no quería sacar el tema del coche, me compré una furgoneta de segunda mano para el día a día y robo el Saxo los fines de semana. Un plan sin fisuras.
De camino a casa, aprovecho para comprar churros y me como más de la mitad antes de llegar; estoy hambriento. Cuando abro la puerta, me sorprende ver que Óscar está despierto, o mejor dicho, levantado, porque muy despierto no parece.
—¿Llegas ahora? —pregunta sorprendido.
—Te he traído churros para desayunar, mi amor. —Le entrego la bolsa y sonríe—. Voy a dormir.
—Hemos quedado para comer con Adri y Aitana —me informa—, pon el despertador.
—¿Alguna novedad?
—Aitana me ha dicho que Adri está bien y que Jessica se fue por donde había venido. No sé más.
—Genial. Si ves que no me despierto, insiste.
—Tienes cara de recién follado —se burla—. ¿Te perdonó la chica de la cita?
—No, pero me salió un plan mejor.
Le guiño un ojo y me dirijo a la cama, pero cambio de opinión y voy al baño a darme una ducha rápida.
Al salir, miro el móvil, me sorprende que no me haya escrito, debería haber llegado ya a Guadix.
Busco su número para preguntarle si todo va bien y entonces caigo en la cuenta: no lo tengo, ni ella el mío.
Y lo que es todavía peor: ni siquiera sé cómo se llama. ¿En serio? ¡Joder, soy imbécil!