Serie Siempre: Colección completa 6. Mar
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6. Mar

Mar

¿He dicho ya que me encanta mi cita? Por si no había quedado claro.

¡Joder! Me sigue en todas y cada una de las bromas que inicio.

No solo eso, sino que encima, ¡las mejora!

¿Dónde habrá estado escondido todo este tiempo?

Y, lo más importante, ¿por qué no nos habíamos cruzado antes?

He perdido el tiempo toda mi vida sin haber conocido a este hombre, que me mira como si fuera la mujer más maravillosa del mundo.

—Técnicamente, Plutón no es un planeta. —Mi voz suena ronca, aunque, si lo nota, no dice nada. Roza la punta de su nariz con la mía y me roba una sonrisa—. ¿Por qué no Saturno? Me gusta eso de los anillos.

—Un anillo para gobernarlos a todos.

—Un anillo para encontrarlos, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas. —Sonríe y mi vista se desvía a sus labios que casi rozan los míos—. ¿Sabes? —Mi tono sigue siendo bajo y ninguno de los dos hace amago de apartarse—. Creo que me gusta más la versión del anillo de J.Lo.

—¿En serio? Esa canción es una mierda, prefiero la de Beyoncé.

—¿Perdona? ¿Estás insultando a la diosa de J.Lo?

—Eres tú la que insulta a Beyoncé pensando que J.Lo podría acercarse a ella.

—No te pega nada escuchar Beyoncé —admito y se ríe—. Me hubiera ido más hacia el metal.

—Linkin Park es mi grupo favorito. —Asiente mientras habla, dándome la razón—. Está considerado un grupo de nu metal, pero no voy a ponerme quisquilloso con eso.

—¿Y Beyoncé dónde queda?

—A mi hermana le encanta y la pone siempre en la oficina. Es abominable, pero lo prefiero al reguetón que suele llevar mi hermano pequeño en el coche, que me hace odiarlo con todas mis fuerzas y desear ser hijo único.

—¿En la oficina dices? —Esbozo una sonrisa de medio lado y maldice.

—¿Qué posibilidad hay de que olvides esto? —bromea—. Es una pista que no querías, tienes que obviarla.

—No, nene, y menos ahora que estoy a punto de ganar.

—Entonces, no me queda más remedio que utilizar la artillería pesada.

Ni siquiera me da tiempo a preguntar a qué se refiere cuando borra la poca distancia que nos separa y estampa sus labios contra los míos.

Tardo un segundo en reaccionar y atraer su cuerpo hacia el mío, el mismo tiempo que tarda en introducir su lengua en mi boca.

Sus manos vuelan a mis mejillas y lo aprieto más contra mí, suprimiendo todo el aire que nos distanciaba.

No sé cuánto tiempo pasamos así, comiéndonos el uno al otro, pero cuando nos separamos, a los dos nos cuesta respirar.

—¡Vaya! Desde luego, eres único para hacer olvidar algo a una mujer.

—¿Qué? —bromea y los dos nos reímos—. Acabo de darme cuenta de que ni siquiera hemos pedido. ¿Nos vamos? Me gustaría enseñarte algo.

—¿Otro bar?

—No, es otro sitio. ¿Confías en mí?

—No. —La respuesta sale demasiado rápido como para disimular otra cosa. A ver, sí, el tío es espectacular y besa que flipas, pero no lo conozco de nada.

—Me encanta que seas sincera, aunque reconozco que ha sido demasiado rotundo para mi ego. —Se ríe—. Bueno, reformularé la pregunta: ¿te gustaría que te sorprendiera? Si en cualquier momento estás incómoda, me lo dices y damos media vuelta.

—¿Lo prometes?

—Te lo juro por mis hermanos.

Su comentario me hace confiar, ha dicho que su familia es una de las cosas más importantes de su vida, ¿no?

En todo caso, llevo spray pimienta en el bolso y una navaja pequeña.

Así que asiento y que sea lo que tenga que ser.

Entrelaza nuestros dedos y me guía hasta la calle.

Una vez fuera, callejeamos un poco antes de pararnos justo al lado de un Saxo blanco que tiene pinta de tener bastantes años.

Abre con el mando y se acerca para abrirme la puerta del copiloto.

Una vez dentro, arranca y se dirige a la salida de la ciudad.

—Quiero que quede claro que yo no follo en coches —suelto para romper el silencio algo tenso que se había generado. Su carcajada llena todo el espacio—. Es en serio, no tengo dieciséis años.

—Vivo solo. Bueno, comparto piso con mi hermano pequeño, pero lo que quiero decir es que hace mucho que no follo en el coche. No te he metido aquí para eso.

—Prefería aclararlo.

—Y me parece bien. —Niega con la cabeza y me dirige una mirada fugaz.

—¿Qué?

—Me preguntaba con qué clase de capullos has tenido que salir antes para que te diga que quiero sorprenderte y tú pienses que quiero llevarte a algún sitio para follar en el coche.

—Estuve saliendo con un chico durante dos meses —le explico y ruedo los ojos al recordarlo—. Lo dejé la tercera vez que me dijo que tenía una sorpresa preparada y se presentó con un lazo en la polla.

—Debes de tener mucha paciencia si aguantaste hasta la tercera. Yo lo hubiera mandado a la mierda la primera vez.

—Me estás diciendo que yo te comento que quiero darte una sorpresa —empiezo a explicarle con voz seductora— y me presento en tu casa solo con un lazo que me cubra entera, ¿me dejarías? —Traga tan fuerte que hasta se oye—. ¿Y bien?

—Te desenvolvería como el bombón que eres y te comería entera una y otra vez hasta que no recordases ni tu nombre.

—Ahora es mi turno de tragar. ¡Joder! No esperaba esa respuesta tan explícita—.

De hecho, por favor, hazlo. Todas las veces que quieras.

Prometo que no follaremos en el coche, pero hazlo.

—Quizás… Si me convences. —Me hago la interesante, aunque por dentro me muero de ganas de que me desenvuelva. Decido cambiar de tema a uno que no me haga saltar encima de él y devorarlo—. Trabajas para el CNI.

—Joder, nena, ¿de verdad? —El ataque de risa le impide seguir hablando hasta que se tranquiliza—. ¿Tengo pinta de espía? Debo de ser la persona más ruidosa del mundo.

Mi carcajada nos envuelve y volvemos a la carga de adivinar en qué trabajamos. Por un momento, estoy tentada a decirle que casi acierta en una de ellas, porque técnicamente soy profesora, pero aquí hemos venido a jugar, no a ganar, por mucho que me muera de ganas de saber de qué coño trabaja.

El tiempo pasa entre bromas y, para cuando me quiero dar cuenta, detiene el coche en la zona reservada para ello del Calar Alto. ¿En serio acabamos de estar una hora en el coche? ¡Se me ha pasado volando!

—Ya que te gustan tanto los planetas y sus anillos, he pensado que te gustaría observar las estrellas.

—Me encanta, ¡gracias!

Salimos del coche y me abrocho la chaqueta, porque aquí hace un frío que pela. Abre el maletero y, por un segundo, me tenso, hasta que veo que me ofrece una sudadera.

—¿La quieres? Hace bastante frío —dice el tío que va en manga corta con la chaqueta en la mano y no parece ni inmutarse.

—¿Y tú?

—Tengo otra. —Saca la segunda sudadera y se la pone en un momento, antes de colocarse la chaqueta por encima, aunque no se la abrocha. ¿En serio no nota el frío que hace? Me pongo la sudadera que me ofrece y me ayuda a entrar en calor, aunque parezca una cebolla.

—¿Siempre llevas varias sudaderas en el maletero por si traes a chicas guapas al observatorio? —bromeo. O no. No estoy segura.

—Por supuesto que no, también lo hago por si traigo a chicas feas —continúa con la broma, o eso quiero pensar—.

La verdad es que hacía años que no subía.

¿Damos un paseo? —Asiento y empezamos a andar.

Al poco, resuelve mi duda—: Tengo tendencia a mancharme mucho en el trabajo y no suele importarme mientras estoy en ello, pero, al salir, necesito cambiarme, así que siempre tengo millones de sudaderas por todos los sitios.

—¿En serio? ¿Cuántas sudaderas son «millones»?

—Las compro en ofertas de cinco en cinco. Además, como tengo la misma talla que mis hermanos, aprovechamos.

—¿Y todas son negras?

— Nah , a veces nos venimos arriba y las compramos azul marino. A mi madre le encanta. —Suelta una carcajada y tira de mi brazo hasta que mi mano sale del refugio de mi bolsillo. Entrelaza nuestros dedos antes de meterlas en el suyo—. Mucho mejor así.

Caminamos en silencio observando el cielo, que es espectacular, y pienso en la última vez que estuve tan a gusto con alguien que conociera en una cita.

No soy capaz de recordarlo. Supongo que al principio de la relación con Jesús, mi exnovio, experimenté algo similar, pero hacia el final me sentía tan asfixiada, que todo buen recuerdo de ese momento quedó eclipsado por los malos.

Con las parejas que tuve antes de él tampoco percibí esta sensación, de ahí que duraran tan poco.

Desde que lo dejé, tomé la decisión de no volver a buscar pareja, aunque de vez en cuando lo olvido y vuelvo a instalar una aplicación de citas.

Por eso las que he tenido desde entonces se han quedado en eso, en una noche sin más en la que no he vuelto a pensar.

Además, por mucho que la persona fuera un encanto, cosa que solo ha ocurrido dos veces, la pesimista que vive en mí no para de recordarme que volverá a pasar lo mismo.

De hecho, me repito tanto el mantra de «Mejor sola que mal acompañada», que Irene, mi mejor amiga desde siempre y que ahora vive en Suecia, me regaló una camiseta con esa frase las navidades pasadas.

—¿En qué piensas? ¿Estás bien? ¿Quieres irte? ¿Tienes frío? Tengo otra sudadera en el coche —interrumpe mis pensamientos frenando en seco, y le sonrío a su ceño fruncido.

—Estoy bien, no quiero irme ni tengo frío —lo tranquilizo—. Pensaba en una camiseta que me regalaron.

—Y seguramente tenga todo el sentido que estés pensando en esa camiseta, pero admito que me peta el cerebro cómo las mujeres hiláis un pensamiento con otro.

—¿Intimidado? —me burlo y bufa.

—Impresionado sería la palabra exacta. Siempre vais más allá, es algo digno de admirar. —Duda antes de seguir hablando—: No estoy acostumbrado a que a las mujeres les gusten los silencios cómodos, así que me he preocupado por si estaba haciendo algo mal.

—Me gusta el silencio —admito—. No suelo tenerlo en el trabajo, —noto la chispa divertida en sus ojos por la pista que acabo de otorgarle—, así que cuando puedo disfrutarlo, lo hago.

—Esas palabras también podría decirlas yo. —Me guiña un ojo y retomamos el camino—. No sabía que en las instalaciones espaciales hubiera tanto ruido, ¿me dejarás visitarlas algún día?

—Solo pueden entrar mis parejas potenciales, ¿recuerdas? —continúo con la broma—. Y tú, nene, no te has ganado ese puesto todavía.

—Entonces, tendré que hacerlo.

Tira de mí y vuelve a besarme, mucho más intenso que la primera vez.

Profundizamos el beso y envuelvo su cuello, apretándolo contra mí.

Sus manos vuelan a mi culo y suelta un gemido de satisfacción cuando lo agarra con fuerza, provocándome otro a mí.

Ya ni siquiera siento el frío que nos rodea, solo noto el calor que su cuerpo emana, que debe de ser muy similar al mío.

Me estrecha con más fuerza, lo que me permite apreciar la dureza de su miembro contra mi estómago, que envía descargas directas a mi entrepierna.

Cuando nos separamos, sus ojos brillan por la excitación.

—¿Quieres…? —Lo que fuera a decir, se ve interrumpido por la alarma de mi teléfono móvil—. ¿Te están llamando a estas horas?

—No, es la alarma. En una hora y media tengo que coger un bus hacia Guadix. —¡Mierda! Había olvidado por completo que tenía comida familiar y que había comprado el primer bus del día. Menos mal que me programé la alarma ayer—. Tengo que irme.