Serie Siempre: Colección completa 5. Juanma
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5. Juanma

Juanma

Por suerte, el local que he elegido para tomarnos la copa no está abarrotado hasta los topes, por lo que localizamos una mesa libre al poco de entrar. La camarera nos toma nota y le guiña un ojo para nada disimulado a mi cita. Me río, hay gente que aprovecha cualquier oportunidad para ligar.

—¿Ves como no necesitas una aplicación para ligar?

—Podría estar de acuerdo, pero no me gusta que intenten flirtear conmigo cuando estoy en una supuesta cita. —Se encoge de hombros—. Hay que tener cierta ética.

—Y, sin embargo, le has sonreído —le recuerdo.

—Por supuesto, no quiero un mojito con extra de saliva. —Su expresión de asco me provoca una carcajada y me doy cuenta de que he perdido la cuenta de cuántas llevo ya desde que se ha sentado conmigo—. No conocía este sitio.

—¿No eres de Baza?

—Soy de Guadix, pero trabajo aquí.

—Entonces, me veo en la obligación de enseñarte todos los bares imprescindibles de la ciudad.

—¿No sería lugares?

—No conmigo. —Esbozo mi sonrisa rompebragas, como le gusta llamarla a Maite y a la que mi cita parece inmune, y obtengo justo lo que quiero: una chispa de reto aceptado en sus ojos—. Has dicho que no tenías prisa.

—Y tú que me ibas a explicar todos tus defectos.

—Estoy muy unido a mi familia —le explico—. Si dices algo malo de ellos, estás muerto para mí. Sin excepción.

—¿Incluso aunque sea verdad?

—Con más motivo si es verdad. Yo puedo criticarlos hasta por la hora a la que se van a dormir, pero nadie más puede.

—¿Y qué pasa si alguien de tu familia critica a otro?

—¿Sabes? Eres la primera persona que me hace esa pregunta. Me gusta. —Nuestras sonrisas se agrandan e, incluso con la poca luz que hay, puedo distinguir lo guapísima que es y lo expresiva que me resulta su mirada—. Depende de qué familiar critique a quién.

—¡Oh, venga ya! Esa es una respuesta de mierda —se queja y levanta los brazos para darle más énfasis—. Aquí hemos venido a jugar.

—Está bien —cedo y sus ojos centellean—. Si están los dos delante, voy a por palomitas para ver cómo se matan entre ellos.

—Soy más de pipas, pero, aparte de eso, me encanta la respuesta. Yo haría lo mismo, aunque reconozco que yo no los defendería nunca, si dicen una cosa que es verdad, suelo darles la razón y fin.

—¿No defiendes a tu familia? —¡Joder! Sinceridad ante todo, así da gusto.

—No, todos somos adultos, cada cual que luche sus batallas, que yo lucho las mías.

—Yo me batiría en duelo por ti —bromeo.

—Y yo comería pipas mientras pensaría lo absurdo de todo.

Me río y justo aprovecha la camarera ese momento para traernos las copas. Debajo del posavasos de mi cita hay un papel muy poco disimulado. Cuando se va, lo saca, lo lee y rueda los ojos de forma exagerada mientras bufa.

—¿Qué pone? —me intereso, más por su expresión que por saber qué dice de verdad.

—«Ningún tío te dará el placer que puede darte una mujer. Llámame y te lo demostraré».

—¡Joder! Directa. Diría que me gusta si no me estuviera insultando.

—¡Ya! Yo también estoy flipando. —Niega con la cabeza—. Además, que no es verdad. —Alzo una ceja—. No dudo de sus dotes para el sexo, pero me he acostado con tíos que me han dado placer durante horas y tías que ni sabían que tenemos tres agujeros.

—¿Durante horas, dices? Creo que debería irme, mi autoestima acaba de sufrir un daño irreparable. —Suelta una carcajada que me hace sonreír, pero no era broma.

—Es una forma de hablar —le resta importancia—. Lo que quiero decir es que es muy pretencioso soltar eso.

—Y muy dañino —añado y se ríe. Se me queda mirando y ladea la cabeza—. ¿Qué?

—Ni siquiera te has inmutado cuando he comentado que me había acostado con tíos y tías. Normalmente suele ser uno de los motivos por los que la cita se acaba. —Pone una mueca de desagrado—. Aunque en realidad sí que has dicho que querías irte.

—Primero, me importa una mierda con quién te acuestes y lo que tenga entre las piernas —le aclaro—.

Segundo, si la cita se acaba ahí, ten por seguro que la tara es de ellos, no tuya.

Y tercero, no quiero irme a ningún sitio, aunque mi autoestima haya sido dañada, soy adulto, puedo superarlo; estoy disfrutando mucho contigo.

—Yo también —admite y señala mi cerveza con la cabeza—. ¿No te gustan los cócteles o quieres emborracharme? ¿Esa es otra de tus taras?

—No me gusta tener resaca. Ya no tengo dieciocho años, ahora me duran días y no puedo ir a trabajar hecho un trapo. La última vez casi me quedo sin mano.

—No sabía que el trabajo de modelo fuera tan peligroso.

—¿Intentas conquistarme con un cumplido? Porque, nena, no te hace falta. Me tienes fascinado desde antes de salir del restaurante.

—¿Ahora quién intenta conquistar a quién? —Esboza una sonrisa de medio lado que lanza una descarga por todo mi cuerpo. ¡Joder! Es perfecta—. ¿De qué trabajas?

—¿Sabes qué? Vas a tener que adivinarlo. —Bebo un trago de mi cerveza mientras ella pone una mueca entre divertida y disgustada.

—Es cierto que eres vengativo. —Chasquea la lengua—. Voy a descartar todos los trabajos de oficina, no tienes pinta de ser capaz de estar tantas horas sentado.

—¿Perdona? —Finjo indignación.

Tiene razón, me muero antes de pasar una hora sentado. Fer me mandó un día a la oficina con Maite como castigo y Maite me echó pasadas dos horas harta de mí. Y eso que me pasé hora y media ordenando todo el material.

—En el tiempo que llevamos aquí, no has permanecido quieto ni un segundo. —Alza la mano para acallar mi réplica—. Y no, no soy observadora, cualquier persona del local se habría dado cuenta. Eres un culo inquieto.

—En la cama también. —Esbozo mi sonrisa rompebragas y me aguanta la mirada aceptando el desafío. Ni siquiera se sonroja. ¿He dicho ya que es perfecta?

—Perro ladrador… —Sus ojos están llenos de diversión y determinación. Me está retando y yo quiero aceptarlo—. ¿Vamos a otro bar? Los mojitos de aquí son una basura.

Apuro mi cerveza, pago la cuenta mientras la camarera me fulmina con la mirada y la llevo a otro local cercano.

Por suerte, en este no intentan ligar con ella.

Se va frustrando poco a poco cuando no consigue adivinar mi profesión, pero en el instante en el que le propongo darle una pista o desvelar el misterio, se indigna tanto que vuelvo a cerrar la boca.

Yo tampoco consigo adivinar el suyo, aunque ya me ha dicho que es prácticamente imposible que lo haga.

—¡Eres astronauta! —bromeo y suelta una carcajada mientras le sujeto la puerta del tercer bar al que entramos—. Un proyecto secreto del gobierno para poblar Marte.

—No nos pega ser tan épicos. —Derrapa hasta la última silla libre del bar y se lanza hacia ella.

Una vez nos acomodamos, ella sentada y yo de pie a su lado, continúa—: Eso mejor se lo dejamos a los americanos y su obsesión por ser los reyes de los extraterrestres.

Además, ¡qué pereza! Si ya cuesta encontrar a alguien decente en este planeta lleno de gente, imagina allí en Marte, que tendría una o dos opciones disponibles… y eso siendo generosa.

—Es justo lo que diría alguien que está en un proyecto secreto. Venga, confiesa: estás en esas aplicaciones de citas para encontrar el compañero perfecto con quien poblar Marte.

—¡Me has pillado! —Pone una sonrisa, mirada coqueta y susurra—: ¿Te apetece venirte conmigo a poblar el planeta rojo, nene?

Me acerco a ella sin apartar mi mirada de la suya, hasta que nuestras narices casi se rozan y le susurro en respuesta:

—Contigo me iría hasta Plutón.