Serie Siempre: Colección completa 4. Mar
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4. Mar

Mar

No sé por qué sigo intentando tener citas, está claro que tengo un don para elegir al peor de todos.

Siempre. Sin excepción. Y siempre acabo en casa con la misma conclusión: «Mejor sola que mal acompañada».

El chico con el que estoy sentada lleva desde que hemos pedido mirando el móvil.

Ni siquiera ha levantado la vista ni se ha apartado cuando el camarero ha traído los platos.

Odio esto. Y lo peor aún está por llegar, porque estoy totalmente segura de que, cuando salgamos de aquí, encima me propondrá ir a su casa a echar un polvo.

O peor, a su coche. Tengo veintiocho años, hace diez que dejé de follar en los coches, justo cuando empecé a tener mi propia habitación fuera de casa de mis padres.

Además, con el tiempo descubrí que cuando proponen el coche es porque hay alguien en su casa que los espera para compartir cama. Putos infieles.

Al menos, la comida está buenísima. Llevaba tiempo queriendo venir aquí, así que me quedaré con esto y obviaré la vergüenza de sentirme ignorada.

Pasado un rato que se me antoja eterno, me doy cuenta de que el sonido que lleva toda la cena taladrándome la cabeza es la chica de la mesa de al lado, que no ha callado desde que se ha sentado.

Su pareja no para de asentir, aunque me da la impresión de que ha dejado de escucharla hace rato.

No le culpo, a la chica parece que le hayan dado cuerda y no para ni para respirar.

Aunque, en el fondo, me sabe mal por ella.

No es agradable tener la sensación de que no te hacen caso, ya sea porque miran el móvil o porque asienten sin más a todo lo que dices.

El camarero nos trae el segundo plato y, tras observar a mi acompañante, me lanza una mirada poco disimulada de «Date cuenta, amiga» que me provoca una sonrisa. Tiene razón, cuando acabe este plato, me iré por donde he venido.

En cierto momento, el sonido de un móvil en la mesa de al lado capta mi atención y veo como el chico intenta ignorarlo, mientras el dispositivo no para de pitar.

Se levanta para atenderlo y, después de una llamada corta, se disculpa con cara de preocupación, deja un billete encima de la mesa y se va sin mirar atrás.

Suertudo, al menos él ha podido huir de aquí.

Solo espero que el motivo no sea grave. Aunque lo mejor de todo es el silencio que le sigue a su marcha, al menos podré acabarme el plato tranquila.

La chica se guarda el billete en el bolsillo izquierdo del pantalón y sigue comiendo como si nada.

¿Serán pareja? No, se habría ido con él, ¿no?

Madre mía, lo que hace el aburrimiento, ¡y a mí qué me importa!

No han pasado ni cinco minutos cuando el chico vuelve a entrar por la puerta.

Y, ahora sí, dejo salir mi lado cotilla.

Esto no lo había visto nunca, normalmente si alguien se va de una cita, no regresa.

Mi teoría de que sean pareja gana puntos por momentos, hasta que me fijo en cómo lo mira ella: como si fuera escoria pura.

Espero que no sean pareja. Juro que no quiero escuchar o, al menos, no de forma tan evidente, pero me resulta imposible no intervenir cuando le dice que no sabe de qué habla al reclamarle el dinero.

¡No me lo puedo creer! Qué morro tiene la peña, en serio.

¡Y ahora le lanza el billete como si fuera un perro!

Por suerte, él la mira como si lo que acabara de hacer no tuviera importancia.

—Gracias —me agradece el chico en cuanto su cita abandona el local. Tiene una sonrisa muy bonita.

—Un placer.

El camarero aparece para retirar los platos de la mesa del chico y me centro en el mío, pero descubro que solo me quedaba un bocado.

Me gustaría pedir algo dulce para rematar la cena, pero no quiero seguir aquí con esta persona que ni siquiera se ha percatado de todo lo que ha pasado en la mesa de al lado.

Ni de que le he hablado varias veces. ¿Quizás lo pueda pedir para llevar?

—¿Te puedo invitar al postre? —La voz del chico vuelve a filtrarse en mis oídos y, cuando lo miro, me señala la carta.

Si me hubiera dicho que me regalaba mil euros, no me habría ilusionado tanto.

¡Que le den a mi cita, yo quiero mi postre!

Cojo mis cosas y ocupo el lugar de la chillona con la que ha venido, aunque me arrepiento en el mismo instante en que veo su cara.

—Perdona —me disculpo al momento. Mierda, ¡qué vergüenza!—. No quería ser tan directa. —Noto como me frena con la mano en el momento que ya he agarrado mi abrigo.

—No, no pasa nada. Es que no me lo esperaba.

Pensé que estabas en una cita. —Observa al que se supone que es mi acompañante, que sigue absorto con su móvil totalmente ajeno a lo que está pasando a su alrededor, y ahora su cara de estupefacción es por otro motivo—.

¿Lleva toda la noche así? —Asiento con pesar—. ¿Es tu pareja?

—¡No! —exclamo riendo—. Es la peor cita que he tenido. Y mira que pensé que el tipo que apareció con su madre sería insuperable.

—Una vez tuve una cita con una pareja, pero no porque quisieran proponerme algo para hacer los tres.

—Me río ante la aclaración, aunque no me deja claro si la hubiera aceptado o no.

¿Será de esos a los que les gusta el sexo en grupo?

La verdad es que con el cuerpazo que se gasta, bien podría con tres o cuatro personas él solo.

Sigue con la explicación de la anécdota y, no sé cómo, pero me enternece que esté intentando animarme con ella—. Me invitaron a la boda.

—Me encantan los finales felices —bromeo y su carcajada resuena por todo el local.

Ahora que me fijo más en él, es guapo a rabiar, con el pelo castaño recogido en un moño, la piel bronceada y los ojos de un tono verde oscuro.

Si me dijese que trabaja de modelo, no lo dudaría ni un segundo.

Como no quiero babear por la visión que tengo delante, cambio de tema—: Y ahora, ¿dónde está ese postre que me has prometido?

—Elige lo que quieras, princesa. —Me entrega la carta con una sonrisa y le devuelvo el gesto.

Ni siquiera mira la carta. Cuando el camarero llega para tomar nota de los postres, pide lo mismo que yo.

—¿Habías estado antes aquí? —me intereso.

—Sí, la verdad es que es uno de mis restaurantes favoritos. ¿Y tú?

—Es mi primera vez —admito y él asiente, por lo que sigo hablando—: Así que traes aquí a todas tus citas, ¿no? —Suelta otra carcajada mientras niega.

—Normalmente dejo que sean ellas las que elijan el lugar, os sentís más seguras controlando el entorno y, a mí, la verdad es que me da igual un sitio que otro mientras me den de comer. No soy sibarita en ese sentido.

—¿Y en qué sentido sí lo eres?

—En la compañía. —Estoy segura de que la sonrisa de medio lado que está esbozando en este momento le ha abierto más puertas que todas las llaves maestras del mundo. Puertas y piernas—. ¿Y cómo conociste al móvil pegado al hombre con el que estabas cenando?

—En una aplicación de citas que he desinstalado a mitad de la cena. No sé por qué sigo usándolas, la verdad. No me traen nada bueno. —El camarero sirve nuestros platos y esta vez su mirada me indica que he hecho bien en cambiarme de mesa—. ¿Y tú a la ladrona charlatana?

—Lo mismo. ¿Sabes qué? Voy a seguir tu ejemplo y las voy a desinstalar todas.

—¿Todas? —Me río—. ¿Cuántas tienes?

—¿Cuántas existen?

—No pareces el típico chico que tiene problemas para ligar. ¿Tantas taras tienes?

—¡No lo sabes tú bien! —bromea—. Estaríamos toda la noche y no te habría contado ni la mitad.

—No tengo prisa. —Su sonrisa se ensancha ante mi proposición implícita.

—Tú tampoco pareces la típica chica que tiene problemas para ligar. ¿Debería preguntarte lo mismo?

—Yo soy perfecta, nene. —Me retiro el pelo del hombro para acentuar mi payasada—. Solo tengo que encontrar a alguien que sepa verlo.

—Entonces, me alegro de no estar mirando el móvil en estos momentos. —Intento no sonrojarme con sus palabras, aunque fracaso—. Mi peor tara es que trabajo de ocho a ocho. O eso dicen.

—¿Qué dicen? —me burlo—. ¿No trabajas de ocho a ocho o no lo consideras una tara?

—No lo considero una tara —contesta serio y asiento en conformidad—. Sin embargo, si digo eso en una cita, suele acabar mal.

—Entonces, por suerte para ti, esto no es una cita. —Su sonrisa vuelve a ensancharse. ¿He dicho ya lo guapísimo que es? Por si no había quedado claro. Aprovecho para seguir hablando, si él va a ser sincero, yo también puedo—: Yo también tengo un horario completo, así que no lo veo como un defecto.

—¡Vaya! ¿Es verdad o solo intentas impresionarme?

—Eso lo tendrás que averiguar tú solito. —Le guiño un ojo y sus ojos se iluminan.

—Reto aceptado. Oh, nena, no sabes lo que has hecho. —La intensidad de su mirada, unida a una sonrisa pícara, lo hace aún más atractivo. Y eso que no pensaba que fuera posible.

—Vamos a hacer recopilatorio: trabajas muchísimas horas y adoras los retos.

De momento, no estoy nada impresionada. La verdad, esperaba más.

Menos mal que esto no es una cita o habría perdido todo el interés.

—Sonrío para que sepa que es mentira y, por la diversión que percibo en sus ojos, veo que está disfrutando de esto tanto como yo.

—También soy sincero hasta decir basta y…

un tanto vengativo. —Esboza una sonrisa de medio lado mientras observa al que era mi cita.

En serio, ¿cómo puede no haberse dado cuenta aún de que está solo?

Mi nuevo acompañante llama al camarero, que parece que lo conoce, y le insta a acercarse más a nuestra mesa—.

El chico de aquí al lado, que debe de estar invirtiendo en bolsa teniendo en cuenta lo atento que está a su móvil, va a pagar las dos cuentas.

Y asegúrate de cobrarle todo lo que nos hemos tomado.

—Le pienso cobrar hasta el vaso que ha robado tu cita. —El camarero le guiña un ojo con una sonrisa de oreja a oreja antes de irse a la caja y yo observo la mesa. ¡Joder, es verdad, falta un vaso! Alucino.

—¿No tendrá problemas con su jefe si hace eso?

—Pedro es el sobrino de la dueña —me comenta—, que es la cocinera. Estoy seguro de que ahora mismo le está explicando toda la historia. En fin, ¿puedo invitarte a una copa en otro lugar?

—Es lo mínimo, teniendo en cuenta que no me has invitado al postre. —Esbozo una sonrisa de suficiencia, lo que le provoca otra carcajada. Admito que hacía tiempo que no me reía tanto, y esto solo acaba de empezar.

Nos levantamos para ponernos el abrigo e irnos. Desde luego, no sé cómo terminará la noche, pero mi cita acaba de mejorar a niveles astronómicos.