3. Fer
Fer
Las ganas de liarme a martillazos por toda la ciudad no me abandonan ni siquiera después de haber dado varias vueltas para llegar a casa.
Por suerte, me controlo. El impacto inicial por las palabras de Bego ya se ha esfumado y ha dado paso a un cabreo monumental.
Uno más que justificado por lo gilipollas que he sido.
¿Cómo pude confiar en ella de nuevo después de lo que me hizo?
Y peor, ¿cómo no tuve ni una leve duda al respecto?
Estaba tan ilusionado con el reencuentro y su arrepentimiento; tan absorto en esa sonrisa que siempre me había postrado a sus pies, que ni lo pensé.
Al fin y al cabo, trece años dan para mucho, incluso para ignorar el dolor que me causó, o camuflarlo tanto como para no pensar en él.
Mi madre tiene razón, mi capacidad para perdonar tan rápido es algo bueno, pero hay cosas que no podemos olvidar o volveremos a tropezar con la misma piedra una y otra vez.
En el fondo, muy en el fondo, sabía que existía la posibilidad de que todo fuera una más de sus mentiras, pero la escondí debajo de la alfombra de la esperanza y la ignoré.
Sin embargo, si soy sincero conmigo mismo, sabía que existía; si no, se lo hubiera contado a mis hermanos, al menos a Óscar o a Maite.
Porque sé que, si Juanma se hubiera enterado, me habría dado de hostias hasta que entrase en razón.
Supongo que, en parte, por eso no lo hice.
¡Joder! Con la de veces que les he echado en cara a mis hermanos que nos ocultemos cosas, y ahora soy yo quien tiene que callarse esto. Y todo porque no tengo ganas de ver sus caras de decepción cuando les explique que he vuelto a caer… y con todo el equipo, además.
Cuando paso por tercera vez frente a mi casa, saco el móvil para activar los auriculares y la canción Scared of the Dark llega a mis oídos, silenciando, en parte, los pensamientos que llevan desde hace horas en mi cabeza.
Aprovecho para enviarle un mensaje a mi prima Aitana para que organice una comida de primos mañana.
Creo que todos lo necesitamos, tras del susto que nos hemos llevado, y a Adri le irá genial desconectar después de la noche que, estoy seguro, va a pasar.
Solo espero que esté bien y que no tengamos que salir de madrugada a por él.
Con el cabreo que llevo, solo me faltaría tener que enfrentarme a alguien hoy.
No soy una persona violenta, a menos que toques a alguien a quien quiero.
Aunque, en realidad, solo me he peleado una vez con una persona —bien merecido, si me lo preguntas—, lo cierto es que mis hermanos y yo, a excepción de Maite, tenemos fama de matones sobreprotectores, y nadie se atreve a meterse con nosotros.
Y eso que nunca hemos tenido que demostrar nuestra fuerza para conseguirlo; solo tenemos que aparecer para que todos se caguen de miedo.
La verdad es que los tres juntos imponemos, no lo voy a negar; los tres pasamos del metro ochenta y tenemos los brazos musculosos de todo lo que nos matamos a trabajar en la obra.
La primera vez que tuvimos que defender a alguien fue a Lucía, la mejor amiga de Maite y como una hermana para nosotros.
Todo Baza se enteró de su salida del armario cuando descubrió que era bisexual, y a algunos parece ser que ese hecho les molestaba por alguna extraña razón que jamás conseguí entender.
La increparon por la calle, cerca de casa, así que salimos los tres a enfrentarnos al pobre insensato que no tenía otra cosa que hacer ese día.
Se acojonó tanto que extendió el rumor de que éramos unos matones y que era mejor no acercarse ni a Lucía ni a Maite, por lo que pudiera pasar.
Quise desmentirlo, lo admito, pero las consecuencias de ese cotilleo fueron dos: que nos tuvieran miedo, por lo que los gilipollas dejaron de molestar a nuestra hermana y a Lucía; y que las chicas descubrieran que existíamos.
Juanma me amenazó con una paliza real si se me ocurría contar algo.
Le hubiera replicado, pero estaba demasiado ocupado metiéndole mano a Bego. Las hormonas son malas consejeras.
Suspiro cuando atisbo mi casa de nuevo, en la que vivo de alquiler desde hace relativamente poco, pero de la que me he enamorado, pese a ser adosada.
Espero que el recuerdo de Bego en ella no me haga tener la necesidad de mudarme de nuevo; no creo que pudiera soportarlo.
Llevo siete mudanzas en seis años y son un suplicio.
Tanto es así que mis hermanos han dejado de ayudarme.
Los entiendo: yo también me odio cada vez que tomo la decisión de dejar atrás un lugar.
Sin embargo, no puedo evitarlo. Esta es la primera vivienda en la que he vivido que he empezado a considerar un hogar; el resto solo eran lugares en los que dormía y cocinaba, pero no los consideraba parte de mí.
Sé, porque no soy tan idiota como para negármelo a mí mismo, que gran parte de sentirme así es gracias a Angelines, mi adorada vecina y casera.
Desde el primer día conectamos; es como si siempre hubiera formado parte de mi familia.
Y eso es mucho decir, teniendo en cuenta que no soy la persona más sociable del mundo; eso se lo dejo a Juanma.
Entré a su casa para firmar el contrato de alquiler, ya que la mujer dijo que no quería desplazarse al despacho de la inmobiliaria, pese a las quejas de estos, y un olor a galletas de canela me invadió.
Tanto fue así que, después de despedirnos, volví sobre mis pasos para llamar a su puerta y preguntarle la receta.
Me gané una caja entera repleta de galletas y una amiga nueva; aunque me quedé sin la receta.
Cuando estoy llegando a mi casa, la última de la manzana, observo a Angelines salir a tirar la basura y frunzo el ceño.
¿Qué hace despierta? Debe de ser como la una de la madrugada.
Saco el móvil para corroborarlo y apagar la música, y me doy cuenta de que llevo horas dando vueltas por la calle con un martillo en cada mano, además del pijama debajo de la chaqueta de cuero y las pantuflas.
Desde luego, vaya pintas me gasto, menos mal que tengo confianza con Angelines.
Me acerco rápido a su puerta con la intención de comprobar que esté todo bien.
Solo espero que no le haya pasado nada y no me haya buscado en casa para pedirme ayuda sin encontrarme, no me lo perdonaría jamás.
Como creo que no me ve, la llamo para que se detenga:
—¡Ei…!
Carraspeo al darme cuenta de que soy incapaz de decir nada más y que mi voz ha salido mucho más ronca de lo normal.
En ese instante, mi mundo se detiene y todo sucede a cámara lenta.
Angelines da un respingo e intenta correr hacia su puerta, pero, al girarse, ha debido de marearse y empieza a caer.
Corro, corro todo lo rápido que alcanzan mis piernas y alcanzo su cuerpo justo antes de que colisione contra el suelo.
Su rostro pálido me asusta, aunque no me permito dejarme llevar por el miedo.
—Angelines. —Le doy unos golpes en la cara, que poco a poco voy intensificando, hasta que empieza a reaccionar y suspiro aliviado—. Angelines, eso es, vuelve conmigo.
—¿Fernando? —Le sonrío, pese a que odio que me llame así, y acaricio su mejilla—. ¿Has sido tú el que me ha saludado?
—¡Claro! ¿Quién iba a ser, si no? —intento restarle importancia, no sé si para calmarla a ella o calmarme yo. ¡Qué susto me ha dado!
La ayudo a incorporarse, sin embargo, no la suelto, no soy capaz de hacerlo. Me agarra del brazo y nos dirigimos a su casa, donde nos sentamos en el banco que tiene en el jardín de la entrada. Los dos suspiramos a la vez y apoya su cabeza en mi brazo.
—Me has pegado un buen susto, muchacho —me regaña—. ¿Qué haces con esos martillos? Cuando te he visto con ellos en la mano y luego me has llamado…
—Lo siento. —Me doy una patada mental por no haber pensado en las consecuencias de saludarla de noche y con estas pintas. Realmente pensaba que me reconocería—. Lo siento, de verdad.
—Lo sé, Fernando. —Me da una palmada en el brazo que aún tiene agarrado y me sonríe—. Pero la próxima vez, no me saludes.
—Lo siento —vuelvo a disculparme—. Me ha extrañado verla a estas horas por la calle.
—¿Cuántas veces tendré que decirte que me tutees, muchacho?
—Las mismas que yo tendré que decirle que me llame Fer. —Le sonrío de medio lado y niega con la cabeza.
—Deja ese encanto para una chica de tu edad; conmigo no vas a conseguir nada.
—Lástima. —Chasqueo la lengua y nos reímos—. ¿Está bien?
—Lo estoy, Fer. De verdad. Cuando me asusto o me alegro mucho me da un pequeño vahído, pero no es nada importante, a los pocos minutos estoy de vuelta. Gracias por salvarme de la caída.
—Por supuesto. Lo siento.
—Deja de pedir perdón, ya está todo olvidado.
—No para mí.
—Pues deberías, muchacho. —Suspira y niega, como si me diera por perdido—. Y ahora, ¿vas a explicarme qué hacías a la una de la mañana en la calle en pijama, chaqueta de cuero y dos martillos?