2. Juanma
Juanma
La cita va bien, aunque tengo claro que se quedará en eso: una buena cita con un buen polvo.
Fin. Parece la típica pava empalagosa que necesita que le hagan caso cuando se aburre, y yo no estoy para esas mierdas.
Soy tuyo el poco tiempo libre que tengo para hacer lo que prefieras: sofá, peli y manta o escalada en una montaña a dos horas en coche, me da igual.
Pero no soy tu niñera; si te aburres, búscate un pasatiempo.
Supongo que por eso sigo soltero. Acumulo tantas citas que me da vergüenza admitirlo, y todas salen huyendo cuando les explico que trabajo de ocho a ocho, sábados por la mañana incluidos.
Sin excepción. En las últimas citas, he optado por mentir e inventarme un horario laboral más acorde con una persona normal.
Total, ninguna va a ser la mujer de mi vida, y así es más probable follar.
La tía no para de hablar sobre lo mucho que se quiere y lo maravillosa que es.
He estado tentado un par de veces de preguntarle si todas esas palabras están tan maquilladas como su cara, pero no hay necesidad de ser desagradable con alguien a quien no volveré a ver.
Además, la cena está buena y llevo mi camiseta favorita, no tengo ganas de que acabe bañada con el vino tinto de la copa de mi acompañante.
La vibración de mi móvil volviéndose loco me trae de vuelta a la mesa, donde la tía sigue hablando.
¡Joder! He estado asintiendo sin escuchar nada de lo que decía.
Igual me estaba explicando cómo pensaba matarme y aquí estaba yo dándole la razón como un gilipollas.
Decido ignorar las notificaciones, pero el sonido de la melodía que tengo para mis hermanos, y que siempre suena aunque tenga quitado el sonido del móvil, me pone en alerta.
Saben que estoy ocupado, no llamarían si no fuera una emergencia.
Me excuso y me acerco a un rincón de la barra para leer los mensajes.
Cuando estoy procesando toda la información, me llega una llamada de Fer.
— Jessica ha vuelto. Mueve el culo y ve a por la pistola de clavos. Nos vemos dentro de cinco minutos —suelta de golpe y cuelga. No necesito más.
—Perdona, nena —me disculpo con mi cita. ¿Cintia? ¿Carol? No recuerdo su nombre—. Tengo una emergencia familiar que atender. Quedamos otro día.
Ni siquiera me fijo en si le parece bien o no. No me interesa. Saco un billete de cincuenta euros, lo dejo encima de la mesa y salgo por la puerta sin mirar atrás.
Voy leyendo los mensajes de mis hermanos: Lucía, Marcos, el hermano de esta, y Aitana, mientras me dirijo a mi estudio para coger la pistola de clavos, tal como me ha pedido Fer. No he girado en la segunda esquina, cuando me entra una llamada de Maite:
— No hace falta que vengas, Adri dice que está bien.
—¿Y os lo habéis creído?
— Me ha asegurado que lo está. —Esa es mi prima Aitana, su hermana—. Puedes volver con tu cita.
—Ya os vale. La próxima vez no llaméis a los bomberos por un mechero encendido.
— Yo siempre llamaría a los bomberos, primo, incluso sin fuego.
Me río antes de colgar y suelto el aire que ni me había percatado de estar reteniendo.
Si Aitana está de buen humor como para bromear con bomberos es que Adri está bien, por lo que no tengo nada de lo que preocuparme.
Nadie quiere a la exmujer de mi primo cerca, y mucho menos su hermana, así que si dice que está bien, es que lo está.
Me despido del grupo antes de silenciarlo, no quiero más sustos.
Por un momento, estoy tentado de irme a casa, pero la verdad es que me he quedado con ganas del postre; hacen un pastel de queso que se te va la olla.
Con un poco de suerte, la tía que no para de hablar sigue ahí y me aseguro otro tipo de postre para hoy.
Al entrar en el restaurante, mientras pienso en una disculpa, me la encuentro cenando como si no acabara de dejarla tirada. Igual aún hay esperanza.
—Hola de nuevo. —Me siento con una sonrisa de medio lado que suele ser infalible—. Al final, mis hermanos han podido solucionar el problema. ¿Continuamos con la cena?
—¿Tú te piensas que soy idiota?
—¿Perdona? —pregunto flipando. Desde luego, se ha enfadado.
—La excusa de la emergencia familiar está muy vista. Si querías irte podrías haber sido al menos más original.
—Si me hubiera querido ir, lo habría hecho.
—Me reclino en la silla cruzando los brazos—.
No necesito una excusa para largarme de un sitio donde no quiero estar.
Además, si quería irme, ¿para qué volver?
—Noto como ese comentario la cabrea aún más.
Si fuera un dibujo animado le saldría humo por las orejas.
—No tengo por qué aguantar esto —espeta de golpe levantándose y poniéndose la chaqueta con la intención de irse. La freno cogiéndola del brazo—. ¿Qué haces?
—Lárgate si es lo que quieres, pero mis cincuenta euros me los devuelves, porque no creo que hayas pagado la cuenta, ¿verdad?
—¿Qué cincuenta euros? —pregunta indignada. No me lo puedo creer, ¿en serio piensa quedarse mi dinero?
—Los que te has metido en el bolsillo izquierdo del pantalón —contesta una voz femenina de la mesa de al lado.
Miro a la que ha sido mi cita hasta hace unos minutos con suficiencia, viendo cómo intenta buscar una forma de salir airosa.
Bufa indignada, saca el billete y me lo lanza como si fuera un perro.
No me muevo, no tengo necesidad, ni pienso darle esa satisfacción.
Mi indiferencia la cabrea aún más, y eso que pensé que no era posible.
Me alegro, se ha comportado como una gilipollas, por lo tanto, que pase un mal rato no le viene nada mal.
Me gira la cara indignada por no haber conseguido lo que quería y se larga del local. Niego con la cabeza mientras recojo el billete del suelo y me giro hacia la chica que ha hecho que no me roben para agradecérselo.
—Gracias —le indico con una sonrisa sincera que ella me devuelve.
—Un placer. —Sus ojos tienen una chispa de diversión, como si le hubiera gustado poner en apuros a mi cita. Me gusta.
Pedro, el camarero, se acerca y me retira los platos, no sin antes preguntarme si quiero postre. Me conoce lo suficiente para saber que esa respuesta siempre es afirmativa. En ese momento se me ocurre que puedo premiar el favor a la chica con algo dulce.
—¿Te puedo invitar al postre? —pregunto enseñándole la carta. Debo de haber dicho las palabras mágicas, porque su cara se ilumina y una sonrisa de oreja a oreja aparece en ella. Coge sus cosas y se sienta frente a mí. ¿Qué hace?
—Perdona —se disculpa de golpe al ver mi cara de alucinado—. No quería ser tan directa. —Le da tiempo a agarrar su chaqueta antes de que pueda frenarla con la mano.
—No, no pasa nada. Es que no me lo esperaba.
Pensé que estabas en una cita. —Miro al tipo que está sentado en la mesa de la que acaba de levantarse y ni siquiera se ha dado cuenta de que la chica se ha ido, absorto como está con su móvil.
Flipo en colores—. ¿Lleva toda la noche así?
—Asiente con cara de hastío—. ¿Es tu pareja?
—¡No! —exclama riendo—. Es la peor cita que he tenido. Y mira que pensé que el tipo que apareció con su madre sería insuperable.
—Una vez tuve una cita con una pareja —le explico para que vea que todos hemos tenido citas de mierda alguna vez—, pero no porque quisieran proponerme algo para hacer los tres.
La chavala se había reconciliado con él unas horas antes y le supo mal cancelar la cita, así que vinieron los dos a cenar conmigo.
Se pelearon de nuevo y rompieron. Terminé de copas con el ex mientras me contaba, borracho, lo bien que la chupaba y que por eso siempre volvía con ella. Me invitaron a la boda.
—Me encantan los finales felices —dice juntando sus manos debajo de la barbilla y pestañeando muy rápido, lo que me provoca una carcajada—. Y ahora, ¿dónde está ese postre que me has prometido?
—Elige lo que quieras, princesa. —Le entrego la carta y su sonrisa se ensancha. No sé cómo acabará la noche, pero desde luego mi cita ha mejorado a niveles astronómicos.