Serie Siempre: Colección completa 1. Fer
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1. Fer

Fer

Respiro hondo una vez más para tranquilizarme y vuelvo a revisar que todo esté perfecto.

Me he venido arriba, lo admito. Puede, y solo puede, que me esté ilusionando de más con todo esto, pero no puedo evitarlo.

Bueno, la realidad es que no quiero evitarlo.

Bego ha vuelto a mi vida después de tantos años, siendo una persona totalmente diferente a la que me rompió el corazón, así que he decidido que me debo a mí mismo volver a intentarlo. Intentarlo, no. Hacerlo.

Admito que me sorprendió cuando se acercó a saludarme el día que nos cruzamos por la calle, pero me alegré de que lo hiciera.

Me pidió perdón por todo lo que pasó, recordamos viejos tiempos y, sin que estuviera previsto, acabamos en mi casa haciendo algo más que hablar para recordar.

Hacía más de trece años que no nos veíamos.

Hoy será la cuarta vez que quedemos en mi casa desde ese día, por lo que he decidido ir más allá del sexo y preparar una cita.

Siempre pensé que formaríamos una familia juntos, por lo que me estoy tomando este encuentro como una segunda oportunidad de lo que una vez pudo ser y no fue.

Nunca volveremos a ser los de antes, claro, pero podemos empezar una nueva versión mejorada y adulta.

Mis hermanos aún no lo saben. Sé que los tres le guardan rencor desde que cortamos, pero tengo la esperanza de que entiendan que ya no somos aquellos chiquillos de dieciocho años y que todos hemos madurado desde entonces.

Si algo hemos aprendido con todo lo que ha pasado entre Maite y César es que, a veces, perdonar es lo mejor que puedes hacer para avanzar.

Vuelvo a acomodar el mantel, aunque sé que no hace falta, y alineo un tenedor que no está lo suficientemente recto para mi gusto.

Todo por no mirar el puto reloj, que parece que se está riendo de mí y, en lugar de avanzar, retrocede.

Me dirijo a la cocina y compruebo, una vez más, que el pollo en salsa está como debe.

Lo he cocinado a fuego lento durante todo el día y huele tan bien que me rugen las tripas cada vez que abro la tapa, aunque no las culpo, a causa de los nervios no he ingerido nada en todo el día.

Maite dice que este es mi plato estrella y, teniendo en cuenta que cuando salía con Bego no sabía ni freír un huevo, espero sorprenderla para bien.

He pensado tantas veces en cómo habría sido nuestra vida si no hubiéramos terminado o si yo hubiera decidido irme a la universidad con ella, que jamás imaginé que se presentaría otra oportunidad entre nosotros.

Bueno, para ser fiel a la verdad, los primeros meses tras la ruptura sí tenía la esperanza de que volviera y me pidiera perdón por todo el daño que me había causado, suplicándome una segunda oportunidad.

Pero nunca sucedió, y asumí que era un capítulo cerrado de mi vida, por mucho que me doliera pensarlo.

Teníamos un plan de vida juntos y me tocó reconstruirlo solo.

Cuando oigo sus delicados dedos llamando a la puerta, sonrío.

Me pidió que no le contáramos a nadie lo que pasaba entre nosotros hasta no tener dudas de hacia dónde íbamos, asegurándome que sería más fácil saberlo sin las opiniones de los demás.

Tuve que darle la razón: mis hermanos me habrían prohibido quedar con ella, así que nos vemos a escondidas en mi casa.

Incluso la he ocultado de Angelines, mi vecina y casera, la anciana más buena que he conocido en mi vida.

No sé qué tiene esa mujer, pero es capaz de sonsacarme mis más oscuros secretos con solo una mirada. La adoro.

Le abro la puerta y, en cuanto la cierro, la rodeo con mis brazos una vez nos encontramos en la seguridad del interior.

Tengo las cortinas echadas, así que no hay peligro de ser vistos; aquí dentro podemos ser nosotros mismos.

Me envuelve el cuello y me lanzo a besarla como si fuera el agua que necesito para beber.

Me encanta sentir que tiene tantas ganas como yo cuando me aprieta contra ella.

La apoyo en la pared y rodea mi cintura con sus piernas.

En cierto momento, nos separamos para respirar y frunce el ceño.

—¿A qué huele?

—He hecho la cena, pero podemos comer después —le explico besando su cuello.

Por su risa, deduzco que opina igual que yo, así que la agarro con más fuerza del culo para llevarla a la cama.

No he puesto ni un pie en el primer escalón cuando lanza una exclamación ahogada e intenta zafarse de mi agarre.

La dejo en el suelo mientras intento adivinar qué le pasa, pero no me mira, solo observa la mesa que tan cuidadosamente he preparado.

—¿Qué es esto, Fer? —pregunta con un suspiro hastiado, como si le hubiera molestado mi sorpresa—. Mierda, tendría que haberlo imaginado.

—¿De qué hablas? —Me separo de ella y la observo. Nada queda de las ganas, ni de la sonrisa que tenía al llegar. Su rostro muestra una mueca molesta y de no saber cómo salir de esta. No entiendo nada—. ¿Bego?

—Mira, Fer, esto solo iban a ser unos polvos sin compromiso, para recordar los viejos tiempos. Nada más.

—Eso no fue lo que me dijiste —la acuso.

—Cuando me preguntaste qué significaba esto, te dije: «Nada, ya lo iremos viendo». —Niega con la cabeza—. Tendría que haber imaginado que te ibas a montar tus historias en la cabeza.

—Podrías haber sido clara, pero supongo que hay cosas que nunca cambian, ¿no? —declaro enfadado y me dispongo a recoger la mesa. Me siento estúpido, y lo peor es que todo es culpa mía por haberme ilusionado. Por un segundo, vuelvo a tener dieciocho años en lugar de treinta y uno.

—Me voy a casar.

—¿Qué? —Me giro para encararla, estupefacto por sus palabras. «¿Perdona?».

—Me caso en mayo —dice como si fuera lo más normal del mundo—. Solo quería, no sé, saber cómo habría sido si hubiéramos seguido juntos.

—Esa opción se cerró en el mismo instante en que decidiste ponerme los cuernos con todo el que se cruzase en tu camino, mientras yo me mataba a trabajar para comprar una casa para que pudiéramos vivir juntos cuando volvieras de la universidad —escupo.

Toda la ira de entonces vuelve a mí, todas las palabras que no le dije en su momento, todo el rencor que pensé que había olvidado.

—Lo siento. —Baja la cabeza avergonzada, pero la verdad es que no la creo. Ya no.

—¿Por lo que pasó entonces o por lo que ha pasado ahora? —siseo y, cuando alza la vista, tiene puesta esa máscara de niña buena que tanto me engañó en el pasado. Que tanto me ha engañado las dos últimas semanas.

—Fer, tú siempre serás el amor de mi vida. Es solo que yo…

—Lárgate de aquí.

—¿Cómo?

—¡Que salgas por esa puerta y te olvides de mí! —vocifero y noto como se encoge—. No quiero volver a saber nada de ti en mi vida.

Su gesto cambia y, por primera vez, sé que la persona que tengo delante es la Bego real, esa que nunca muestra; y, sinceramente, lo entiendo.

Jamás me hubiera fijado en ella de haber visto cómo era en realidad.

Se gira ofendida, coge su abrigo del suelo y sale dando un portazo, como si el malo de la película fuera yo.

Aquí la única malvada es ella; a mí me dieron el papel de gilipollas, y parece ser que me gustó, porque he vuelto para grabar la segunda parte, tan nefasta como la primera.

Me dejo caer en el sofá, sin embargo, al segundo me levanto y me dirijo a mi habitación.

No quiero seguir con esta ropa, una que me he puesto expresamente para ella.

De hecho, me siento tan incómodo que me meto en la ducha para intentar despejar la mente, aunque no lo consigo.

Al salir, me pongo el pijama y me tumbo en la cama a observar el techo mientras pienso en lo que ha pasado.

Ya no es solo que haya vuelto a confiar en ella y me haya vuelto a engañar, que también, es que me ha usado para ponerle los cuernos a su futuro marido.

Y no es por la sensación de sentirme usado, es porque jamás pensé que sería el otro de una relación; odio la infidelidad y nunca aceptaría hacerle eso a alguien.

Yo, mejor que nadie, sé lo mucho que duele esa traición gracias a ella.

Mi móvil suena en ese momento y me extraña ver tantas notificaciones de golpe. En cuanto desbloqueo y veo el mensaje de mi hermana, ni siquiera me lo pienso, salgo corriendo con lo primero que pillo. No pienso dejar que Adri se vaya con esa arpía. Por encima de mi cadáver.