Serie Siempre: Colección completa Epílogo 1
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Epílogo 1

Maite

Fiesta del Cascamorras

Hoy es la fiesta del Cascamorras, y mientras me visto para la ocasión no me pasa desapercibido lo diferente que es todo con respecto al año pasado: César no estaba, mi corazón estaba roto, Juanma estaba soltero, mi madre nos ocultaba su relación con Paco y Óscar estaba con el imbécil de Eloy.

Desde luego, este ha sido un año de muchos cambios, y todos positivos.

Cuando bajo al salón, César me está esperando con la camiseta que nos ha comprado mi madre, como ya es tradición.

Tenemos que estrenar una camiseta blanca; cuanto más reluzca, mejor, e intentar que se vuelva lo más negra posible.

Tal y como le gustaba a nuestro padre. Nada más recordarlo, me pongo a llorar, y César viene corriendo a abrazarme.

—¿Crees que es seguro ir? —vuelve a preguntarme por enésima vez esta mañana—. Tus hermanos pueden ser muy brutos.

—César, estoy embarazada, no inválida. No voy a perderme el Cascamorras ni aunque me maten —le digo señalándole con el dedo mientras me dirijo a la puerta.

El sábado nos enteramos de que íbamos a ser padres y está muy protector a la par de emocionado.

No sé cuál de las dos cosas me agobia más.

Yo solo quiero llorar. Es como si al ver el positivo todas las emociones me hubieran invadido y no supiera gestionarlas.

Solo espero tener un embarazo mejor que el de Alba.

—¿Y si te pones algo para protegerte? —propone.

—¿Quieres que me ponga un cojín en la barriga? ¿En serio? —Lo miro con incredulidad y claudica.

—Solo ve con cuidado, ¿vale?

—Siempre.

Nos unimos a mis hermanos a medio camino y cuando llegamos a la plaza empezamos con el ritual de todos los años: manchar a alguien antes de que te lo haga a ti.

Al primero en mancharse le toca pringar.

César se coloca como escudo humano y se lo estoy echando en cara cuando unas manos se estampan por toda mi cara.

—Estás preciosa —suelta Cristo riendo—. ¿Qué le pasa a tu marido? ¿No quiere que nadie te toque? ¡Qué mal te ha sentado el matrimonio, César!

Voy a replicar, pero en ese momento Cristo ve a Óscar y se olvida de todo lo que estaba diciendo y se va para estamparle las manos en el pecho.

—Lo siento —se disculpa César—. No puedo evitarlo.

—No pasa nada, pagas tú la primera ronda y estamos en paz.

—¡Sí, hombre! A quien han manchado es a ti —bromea y le estampo pintura por toda la cara—. Gracias, amor. Yo también te quiero.

—Lo sé.

En ese momento, aparecen Feli, Alberto, Adri, Lucía y Aitana, todos manchados, y mi prima lleva una sonrisa triunfal que nos indica que alguna maldad ha hecho.

Juanma y Mar salen de un rincón poco después, manchados de una forma que dice que se han magreado entre ellos y se han olvidado de que tenían las manos llenas de pintura, y Fer, que está impoluto.

Ni siquiera tengo que mirar a Juanma y Óscar para saber lo que nos toca hacer.

Vamos los tres directos a nuestro hermano mayor y lo llenamos de pintura por toda la camiseta y la cara mientras se queja.

En cierto momento, Fer intenta alzarme para que lo deje en paz y el «no» de César lo paraliza, al igual que al resto de la familia. Mar es la primera en entenderlo y se lleva las manos a la boca emocionada. Cristo y Lucía son los siguientes.

—¿Alguien nos explica qué pasa? —pregunta Juanma confuso mirando a Mar, Lucía y Cristo emocionados queriendo venir a abrazarme—. ¿Cariño?

—Creo que deberíamos empezar a comprar cerveza sin alcohol para tener en casa —contesta mi cuñada con una sonrisa.

—¿En serio? —A Fer se le empiezan a notar las lágrimas de emoción y percibo el abrazo de Óscar por la espalda.

—Nos enteramos el sábado —confirmo sus sospechas tocándome el vientre y, al momento, me encuentro envuelta en un abrazo grupal mientras me río y lloro a la vez. ¡Qué afortunado será mi bebé con la familia que le ha tocado!