54. Óscar
Óscar
Ese martes, al llegar de cenar con mis hermanos, me encuentro a Cristo con Rufus viendo una película en el sofá. Dos semanas y dos días, ese es el tiempo que ha estado escondido. Lo que más me fastidia es la expresión de calma y tranquilidad que tiene, cuando yo me estoy muriendo por dentro.
—Buenas noches —murmuro al pasar.
—Buenas noches —dice con una sonrisa y prácticamente me voy corriendo a mi habitación. «Cobarde», escucho la voz de Juanma en la cabeza. Pues sí, lo soy.
Miércoles, 1 de mayo
Ese miércoles, cuando me despierto ya no está.
Paso el día con mis hermanos en casa de Maite, que nos explica su viaje por Nueva York y todas las cosas que visitó.
Habla de lo mucho que los ha ayudado Cristo y cada vez que lo nombra, me duele.
Juanma me mira una de las veces y suspira, pero no comenta nada.
Al llegar a casa tampoco está, y pienso que igual lo del día anterior solo fue una coincidencia. Nada más lejos de la realidad, al poco aparece con la ropa de correr y me encuentra cenando en el salón. Me pilla desprevenido, igual que la conversación.
—Voy a poner una lavadora, ¿quieres que te lave algo?
—No —susurro y asiente. ¿Qué coño está pasando?
Jueves, 2 de mayo
Ese jueves, al abrir la nevera, las cosas han vuelto a su sitio y ya no hay un lugar dividido claro entre lo que es mío y lo que es suyo. Me quedo tan absorto mirándola que ni siquiera me percato de que me observa desde el quicio de la puerta.
—Hay un táper de carne en salsa por si quieres cenar. Y pan.
—Gracias.
Es el primer día que el tono de voz no me sale como un susurro, pero aun así, se me seca la garganta cuando alzo la vista para mirarlo.
Lleva la camiseta que me robó y me observa como si estuviera esperando algo o que diga algo más.
Cuando se da cuenta de que no lo haré, simplemente se va y me arrepiento al momento.
¿Por qué me cuesta tanto admitir que me equivoqué?
Viernes, 3 de mayo
Ese viernes le estoy esperando, no sé si para hablar o no, pero no me pilla desprevenido cuando entra al salón donde estoy en el sofá con Rufus.
—Hola, ¿mañana vas a estar en casa? —me pregunta y me descoloca.
—Seguramente, ¿por qué?
—Tengo partido a las siete y tiene que llegarme un paquete.
—Claro, sin problema.
—Gracias.
Tarda unos segundos en marcharse a su habitación mientras saluda a Rufus y me echa un último vistazo antes de irse.
Cuando escucho su puerta cerrarse, advierto que no nos hemos vuelto a comunicar por la pizarra de la nevera.
¿Será un avance para retomar nuestra amistad?
¿Me bastará solo con eso? ¿Por qué soy tan cobarde?
Sábado, 4 de mayo
Ese sábado decido tomar cartas en el asunto y dejar de posponer lo inevitable.
Tengo que hablar con él, saber cómo está nuestra situación y si realmente hay algo que pueda hacer para volver a tener lo que teníamos, si es que quiere, claro.
Debí darle tiempo o preguntarle al menos si era una posibilidad.
Quiero intentar prepararle un bizcocho para merendar, con el estómago lleno será más fácil que salgan las palabras.
Estoy buscando en la cocina los ingredientes que necesito cuando lo escucho desde el recibidor:
—Me voy —se despide Cristo y miro el reloj sorprendido. Son las cuatro y media de la tarde—. ¿Podrás estar pendiente del paquete?
—¿El partido no era a las siete? —pregunto un poco desilusionado, a la mierda mi plan. Tendré que posponerlo a la cena.
—Sí, lo siento. ¿No vas a poder estar?
—Sí, claro.
—Genial, he quedado con Maite y César para tomar algo antes. Quieren contarme el viaje.
—Pásalo bien.
—Gracias.
Cuando oigo la puerta suspiro. La conversación más larga de toda la semana, pero no hemos hablado de lo que realmente quería decirle.
Empiezo a pensar si fui el único que se involucró de verdad en esta relación, teniendo en cuenta que me está tratando igual que siempre solo dos semanas después, cuando yo no soy capaz ni de mirarlo a la cara.
Igual para él siempre fui alguien con quien divertirse de vez en cuando.
«Compañeros de piso con privilegios» como le gusta llamarlo Juanma.
No tendría que haberme acostado con él esa noche.
Estoy en la mierda por gilipollas. Decido aplazar mi intento de repostero e irme al sofá un rato con Rufus.
Una llamada me despierta y miro el móvil, confundido, ¿cuándo me he dormido? No llego a tiempo a cogerlo, pero al segundo vuelve a sonar. Es Cristo.
—¿Sí?
—Dime que estás en casa —suelta de golpe.
—Sí, estoy aquí. ¿Qué pasa?
—Me he dejado los tenis. ¿Podrías traerlos? —¿Qué?—. Óscar, ¿estás ahí?
—Sí, sí. Perdona. ¿Los tenis dices? —Me levanto para ir al recibidor, pero no los encuentro—. ¿Dónde están?
—Deberían estar en los pies de la cama o puede que encima, en su bolsa, no sé.
Hubiera jurado que estaban en la mochila.
—Voy hasta la puerta de su habitación, pero no soy capaz de entrar.
No he estado aquí desde la última vez que nos acostamos.
Respiro hondo para armarme de valor y abro la puerta.
El primero en entrar es Rufus, que se lanza a la cama y se estira feliz.
Localizo los tenis donde ha dicho y salgo corriendo como si me fuera la vida en ello. Huele demasiado a él.
—Los tengo.
—¿Puedes traerlos, por favor? El partido empieza en diez minutos y no me da tiempo a mandar a nadie a por ellos.
—Sí, claro —murmuro cogiendo las llaves y la chaqueta.
—Mil gracias, te debo una —dice a la vez que cuelga. Suspiro, definitivamente soy gilipollas.
Llego antes de lo que pensaba al pabellón, por suerte no vivimos lejos, porque me hubiera dado una pereza que flipas coger el coche para esto.
Localizo a Cristo en el banquillo hablando con Adri y voy directo.
Cuanto antes acabe con esto, mejor. Cristo me sonríe nada más acercarme y, joder, ¿por qué tiene que ser tan guapo cuando lo hace? Es injusto.
—Gracias, me salvas la vida.
Entra en la zona de las gradas y le ofrezco la bolsa, pero no la coge; sigue andando, me agarra de la chaqueta y, antes de que pueda reaccionar, me planta un beso en la boca.
Ahí, delante de todo el pabellón y, contra todo lo que hubiera imaginado, no hay un silencio incómodo después.
O sí, no lo sé, solo tengo ojos para la sonrisa de oreja a oreja que me regala la persona que tengo delante.
Agarra los tenis, me roba otro beso y vuelve al banquillo como si lo que acabase de hacer fuera lo más normal del mundo.
—Cuñado, ¿te quedas a ver el partido o te vas? —Oigo que alguien dice, pero no identifico que es a mí a quien habla hasta que reconozco la siguiente voz.
—Eso, hermanito, ¿te quedas? Esta es la zona de las parejas de los jugadores.
Me giro y veo a Maite junto a Lucía y Feli. Las tres me miran con una sonrisa amable y mi hermana me señala un sitio a su lado. Ni siquiera proceso que quiero sentarme cuando ya lo he hecho.
—Me alegro mucho por vosotros —susurra Maite dándome un beso en la mejilla. ¿Qué les ha contado? ¿Qué está pasando? No entiendo nada.
—¿Ya te ha contado mi hermano la clase de familia a la que te has unido? —pregunta Feli riendo—. Al menos te has librado de aguantar a la mitad.
—Estoy flipando —reconozco frotándome la cara con las manos—. No entiendo nada.
—La verdad es que esperaba muchas cosas cuando Cristo nos pidió quedar para hablar —me cuenta Maite—, pero ninguna supera a la realidad. Me ha dicho que hablará contigo cuando acabe el partido.
—Lo de los tenis era una treta, lo sabes, ¿no? —confiesa Feli riendo—. Necesitaba darte una evidencia de que va en serio contigo y es lo único que se le ocurrió.
—Podría habérmelo dicho.
—Parece mentira que no lo conozcas —se burla Lucía—. Todo lo tiene que hacer a lo grande.
—Hola, papá. —Me giro de golpe al escuchar a Feli y veo a su padre mirándome sentado a su lado.
—Hola —saluda y centra la vista en mí—. Eres Óscar, ¿verdad? —Asiento y me tiende la mano—. Te daría la bienvenida a la familia pero está bastante rota, así que lo siento.
—Gracias de todas formas —contesto estrechando su mano. ¿Qué cojones está pasando? ¿Qué ha hecho Cristo?