Serie Siempre: Colección completa 53. Cristo
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53. Cristo

Cristo

Observo la pantalla del portátil que tengo delante mientras tamborileo los dedos.

No sé qué hacer. Ya le he dado tres vueltas a todo lo que debería traspasarle a Feli de mi «trabajo» y creo que no me he dejado nada.

Una de las cosas buenas que tenemos es que los dos controlamos lo que hace el otro casi a la perfección, así que en realidad no había mucho que decir.

Evidentemente, ella no va a encargarse de todo sola, pero lo que tiene que hacer lo sabe.

Realmente lo voy a echar de menos. En la universidad fui muy consciente de que la Psicología Clínica no era lo mío; sin embargo, cuando llegué a la parte de Psicología Organizacional e Industrial lo disfruté como un chiquillo el día de Navidad.

Veía todo el bien que podía hacer a los empleados, cómo organizar la empresa o llevar a cabo ciertos procesos que hasta la fecha eran un desastre.

En definitiva, vi la utilidad. Y si bien nunca fue mi idea volver cuando acabase la universidad, me tomé muy en serio mi papel en la empresa —bueno, el que yo quería tener— hasta que me fuera de ella.

Creo que en el fondo siempre pensé que jamás me iría.

Supongo que nunca entró en mis planes la posibilidad de enamorarme.

De querer a alguien lo suficiente como para sentir las fuerzas necesarias para dar un paso adelante y cambiar todo lo que no me gustaba en mi vida.

En el fondo he hecho lo mejor para todos.

Ahora Feli tendrá el puesto que tanto ansiaba y yo podré buscar otro trabajo donde valoren mis aportaciones. Todos hemos ganado.

El sonido del timbre me saca de mis pensamientos y me levanto. Estoy esperando un paquete, así que imagino que será el repartidor que ha encontrado la puerta de la calle abierta. Nada me prepara para la persona que me encuentro nada más abrir.

—Papá —susurro paralizado. ¿Qué hace aquí?

—Hola, hijo. ¿Puedo pasar? Tenemos que hablar. —Asiento y me aparto para que pase. Lo observa todo con una expresión neutra, pero no dice nada. Le indico el sofá que está pegado a la pared y yo me siento en la butaca que hay enfrente.

—Tú dirás —le insto cuando se queda callado mirando al suelo. Creo que es la primera vez que no tiene esa aura de seguridad que irradia siempre.

—No sé muy bien por dónde empezar, así que lo haré por lo obvio: lo siento.

—Parpadeo un par de veces por la conmoción que sus palabras me han provocado—.

Supongo que no esperabas escucharlo, pero he considerado necesario decirlo.

Y no solo por no haber reaccionado el domingo cuando nos diste la noticia, sino por todo. Por toda tu vida, por no saberte ver.

—No hace falta…

—¡Pues claro que hace falta! —me interrumpe y me mira a los ojos por primera vez desde que ha entrado—.

Eres mi hijo, Cristo. Y pese a que ahora no me creas, te quiero y quiero que seas feliz por encima de todo.

—Suspira y niega con la cabeza—. He estado hablando con Feli.

Qué equivocado he estado todo este tiempo pensando que eras el que llevaba las riendas de la empresa cuando solo fingías hacerlo.

—En nuestra defensa diré que los dos ocultamos muy bien las cosas.

—Lo sé, eso os lo ha enseñado vuestra madre —dice con un deje de desprecio—. Sin embargo, pensaba que yo era capaz de verlo. Que conocía a mis hijos, y no os conozco a ninguno de los tres. En absoluto. —Se lleva las manos a la cara y las frota contra ella—. Vaya mierda de padre os ha tocado.

—Los hay peores —intento consolarlo. Tampoco sé qué decir, no esperaba tener una conversación con él después del domingo, y mucho menos que fuera de este tipo—. El problema fue que dejaste de ser nuestro padre para ser nuestro jefe.

—Y ni eso hice bien. —Se ríe incrédulo—. Tu hermana y tú lleváis años haciendo las cosas a escondidas.

—¿Sabes? Si nos lo hubieras preguntado, te lo hubiéramos dicho —confieso porque esto es algo que hablamos Feli y yo hace tiempo—. Nunca nos hemos ocultado, es que no supiste verlo. Simplemente asumiste quién hacía qué y no pensaste más allá.

—¿Por qué hacerlo? La empresa va mejor que nunca, tu hermana ha conseguido cosas que jamás hubiera imaginado. Apenas hago nada en ella, os encargáis vosotros dos de todo.

—Ya no. Ahora se encargará Feli de todo.

—Hablando de eso. —Saca el sobre que le di el domingo y lo lanza a la mesita de centro—.

¿Hay alguna posibilidad de olvidar que me diste esta carta?

No quiero que dejes la empresa, Cristo. ¿No quieres dirigirla?

No lo hagas. Feli está deseando hacerlo y los dos sabemos que lo hará mejor de lo que yo lo he hecho jamás.

Yo me he enterado ahora, pero conozco su trabajo y sé que será la mejor directora que hayamos tenido nunca.

Pero no quiero que lo haga sola ni ella tampoco.

Los dos formáis un gran equipo. Te he visto con el personal, eres muy bueno en tu trabajo, hijo.

—No lo sé —admito. Me está dando lo que quería, pero sigo sin entender nada de esta conversación.

—Sé que no actué bien el domingo. Sé que he cometido muchos errores como padre a lo largo de los años, pero también sé que aprendo de ellos y no soy de los que tropiezan dos veces con la misma piedra.

O al menos lo intento. Me da igual que seas gay, Cristo.

¿Tu pareja será un hombre? Bueno, me tendré que acostumbrar a ello.

No eres un enfermo ni una aberración, eres mi hijo y siempre, siempre, te querré tal y como eres.

—Las lágrimas resbalan por el rostro de los dos, pero no me oculto, no quiero.

Él tampoco lo hace—. Pero necesito saber cómo eres para poder hacerlo.

Siento que eres un desconocido que ha vivido en mi casa toda su vida y eso me duele.

—He tenido que hacerlo o hubiera acabado en la calle mucho antes.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—¿Que soy gay? Desde los dieciséis años. ¿Que no quiero dirigir la empresa? Desde que tengo uso de razón. —Asiente y se queda pensativo.

—A Feli siempre le gustó venir a la oficina conmigo. —Se le forma una bonita sonrisa al recordarlo—. Adoraba sentarse en mi regazo y que le explicase las cosas. Y a mí me encantaba hacerlo. Tenía que haberlo visto, pero en mi cabeza tú ibas a ser el director general y no me planteé otra opción.

—Se la hubiera acabado cediendo. La empresa, digo. Cuando no estuvieras, se la hubiera dado a ella. Se lo ha ganado.

—Aunque no se lo hubiera ganado, ella quiere y tú no. No veo por qué tendría que ser de otra forma. Pero no lo vi.

—Fustigarse ya no sirve de nada.

—No, es cierto. Pero he actuado en consecuencia. Feli dirigirá la empresa a partir de ahora y tú, si quieres, llevarás toda la parte de personal. Os podéis organizar como os dé la gana, total, está visto que lo hacéis mejor que yo.

—Me gustaría hacerlo, pero…

—He despedido a vuestra hermana. —Le miro alucinado con su confesión—. Y bueno, también le he pedido el divorcio a vuestra madre.

—¿Qué?

—El domingo todo mi mundo se derrumbó. —Alza la mano cuando voy a hablar y me pide que no lo interrumpa—.

Entiendo que el tuyo también, y con peores consecuencias, pero tú estabas preparado para ello.

—Asiento—. Yo no. De repente me di cuenta de que estaba viviendo una mentira: en casa y en el trabajo.

Que no reconocía a las personas que tenía delante y con las que comía cada domingo.

¿Qué clase de padre soy si mi hijo ha tardado tantos años en confesarme su orientación sexual?

Porque tuve claro que no era algo que acabases de descubrir en ese momento.

Pero, sobre todo, ¿qué clase de educación le había dado a mi hija que trataba a su hermano como una basura y prohibía a sus hijos verlo?

No supe reaccionar, no pude. Sin embargo, lo que más me dolió fue cuando me diste la carta y me di cuenta de que no me querías en tu vida.

Si en ese momento me hubieras apuñalado, me hubiera dolido menos.

—Pensé que no me querrías tú en la tuya.

—Y que pienses eso es culpa mía, porque no he sabido demostrarte que mis hijos siempre seréis lo primero.

—Has despedido a una de tus hijas —le recuerdo con una sonrisa, la primera que esbozo desde que ha entrado. Seguramente la primera desde el domingo.

—Si hubieras escuchado cómo habló el domingo cuando os fuisteis…

—Niega con la cabeza—. Le he dado una buena indemnización y le he conseguido varias entrevistas de trabajo, no voy a dejarla en la estacada, pero no la quiero cerca de vosotros.

A tu madre le he buscado una casa de una planta para que vivan las dos y le voy a pagar el alquiler hasta que quiera.

Si he podido sacar un negocio adelante ha sido gracias a todas las horas que he trabajado mientras tu madre se encargaba de todo y dejaba a un lado su vida y sus sueños por mí.

No soy tan cruel como para echarla de casa sin darle una opción, pero no puedo seguir casado con ella.

—¿Cómo se lo ha tomado?

—Digamos que me ha sorprendido que pueda albergar tanto odio alguien tan pequeño —bromea, aunque en sus ojos veo preocupación—. Como puedes comprobar, tu confesión ha cambiado la vida de muchas personas, pero me alegra que lo hayas hecho. Ahora puedo empezar a conocerte de verdad.

—Gracias. No estaba seguro de desvelarlo, si soy sincero.

—No me extraña. Te has tenido que sentir muy solo. Feli me ha dicho que ella tampoco lo sabía. —Niego con la cabeza—. Eso me sorprendió.

—Al acabar la universidad encontré trabajo en una empresa de Barcelona, pensaba mudarme allí y no volver —confieso y asiente.

—Fue algo que pensé en su momento, que no volverías. En mi cabeza era porque querías vivir la vida durante unos años antes de «centrarte». Está claro que me equivoqué.

—Cuando Feli me llamó acababan de hacerme la oferta y la había aceptado, pero me di cuenta de que no quería estar separado de ella. Que ella me necesitaba aquí y simplemente volví. La idea era irme una vez estuviera recuperada.

—Y ¿lo vas a hacer?

—Me gusta trabajar en la empresa en la parte de personal —admito—. Me gusta la vida que tengo aquí: trabajo, amigos y el equipo. No quiero irme, aunque lo hubiera hecho si me hubiera salido un trabajo.

—¿Y novio?

—Es posible, sí —confieso con una sonrisa de medio lado y me la devuelve.

—La opción de irte siempre estará ahí. Puedes probar esta nueva versión del trabajo que te ofrezco, si quieres. Si no te gusta, siempre puedes dejarlo, pero hazlo porque tú quieras, no porque creas que nadie te quiere aquí.

—Lo pensaré.

—No puedo arreglar todo lo que hice mal en el pasado y estoy seguro de que haré otras cosas mal en el futuro, pero nunca lo he hecho para dañarte.

Solo te pido que me lo digas. «Papá, esto así no me gusta» y lo hablamos.

Sé que no he dado pie a que vinieras a contarme las cosas, pero quiero cambiar eso también. Eres mi hijo, siempre voy a escucharte.

—Gracias, papá —digo levantándome y viene hasta mí.

—No las des, no las merezco. Pero haré todo lo posible para ganármelas —contesta dándome un abrazo.

El mejor abrazo que me han dado en toda mi vida.