52. Óscar
Óscar
La semana pasada acabamos la obra de Adri y Lucía, por lo que ya se han mudado a su casa nueva y hemos empezado otra reforma.
Por suerte, toca picar dos baños y me he ofrecido voluntario para hacerlo.
Mientras golpeo las baldosas para despegarlas de la pared no pienso en la mierda de vida que tengo y que yo mismo me he buscado.
Ayer vi a Cristo por primera vez desde la boda de Maite.
Llevaba dos semanas sin verlo, comunicándome con él a través de una pizarra que compró y colocó en la nevera tres días después, ¿puede haber algo más triste?
Cuando llego a casa o bien no está y llega cuando ya me he dormido; o bien está encerrado en su habitación y no sale para nada.
Lo sé porque he intentado esperarlo para cruzarnos de forma casual y, no sé, quizás saber cómo está, pero ha sido imposible.
La nevera ha vuelto a dividirse en dos entre sus cosas y las mías, ya no vivimos juntos, compartimos piso en el mejor de los casos.
Cada día que miro la pizarra pienso si será el día que ponga «En unos días me mudo» y lo peor es que no podré hacer nada.
Pensé en echarme atrás, decirle que ese día estaba borracho, que no pensaba con claridad y que no quiero que lo nuestro se acabe.
Sin embargo, la realidad es que no quiero seguir como estábamos, por lo que el problema no se solucionaría, solo lo pospondría y volvería a hacerle daño.
Sé que he hecho lo mejor, pero no por ello duele menos.
Creí que, aprovechando que habíamos coincidido, hablaríamos de algo, no sé.
Nada más lejos de la realidad, cruzamos un mísero «Hola», cogió a Rufus para llevárselo a su habitación y, para cuando quise preguntarle cómo estaba, un portazo me dio la respuesta.
Supongo que no esperaba encontrarme en el salón, estoy seguro de que si lo hubiera sabido, no hubiera entrado en casa.
Y, pese a que pensaba que lo llevaba mejor, en cuanto lo vi todo volvió a salir a la superficie y me he pasado la noche entera llorando de nuevo.
¡Joder, cómo lo echo de menos! Ojalá todo fuera diferente, ojalá su familia lo aceptase, ojalá no tuviera que elegir.
De repente, la canción Someone you loved de Lewis Capaldi, que llevo escuchando en bucle desde que nuestra relación se acabó, se queda a medias y me giro para ver qué ha pasado.
Juanma tiene mi móvil en la mano y se está controlando para no lanzarlo al suelo.
Fer está detrás con cara de circunstancia.
Pensaba que habían ido a buscar material.
—Tenemos que hablar. Ahora —exige Juanma y sale del cuarto sin comprobar si le sigo. Fer me mira serio y me hace un gesto con la cabeza para que vaya, así que cedo.
—Juanma no me deja ir con vosotros —me explica Fer—, pero que sepas que estoy aún más preocupado que él. No estás bien, Óscar.
—Soy consciente de ello.
—Pues habla con nosotros.
—No hay mucho que decir, aunque parece que no me queda más opción —murmuro.
—Siento no poder acompañaros, pero si me necesitas, aquí estaré.
Juanma está cruzado de brazos cuando llego a la puerta y empieza a andar sin hablar hasta que llegamos a una cafetería que hay frente a la casa. Nos sentamos, pedimos y me mira esperando que empiece a hablar.
—Ya no estamos juntos —digo encogiéndome de hombros.
—¿No quiere hacerlo público? —pregunta con un tono suave, muy distinto al que esperaba por su expresión.
—No lo sé. No llegué a preguntárselo —admito.
—¿Por qué?
—Porque no era justo, Juanma. Decirle que yo necesitaba algo más era pedirle que lo hiciera público; si lo hace, su familia le repudiará y perderá su trabajo. Simplemente no pude hacerle eso, así que le puse fin.
—Un trabajo que no le gusta —me recuerda.
—La cuestión no es esa, la cuestión es que no hay un término medio, no puede contarlo a medias. O lo hace o no lo hace. No hay otra.
—A ver si lo he entendido, en lugar de hablar con él como dos personas adultas, comentarle que tú estás en un punto de la relación en el que necesitas algo más y ver si podéis llegar a un consenso que os apañe a los dos o ver que no y tomar la decisión de dejarlo, cortaste la relación.
—Si lo cuentas así parece que lo he hecho mal.
—Es justo lo que pretendo, sí. Te tenía por muchas cosas, pero no por un cobarde.
—¿Crees que era mejor decirle «Mira, lo siento, no puedo seguir así o lo haces público y pierdes toda tu vida o cortamos»? ¿De verdad era la mejor opción?
—No he dicho eso. —Se pinza el puente de la nariz y suspira—.
Pero ¿le has preguntado si él tenía intención de hacerlo público alguna vez?
—Niego con la cabeza—. No, bien, entonces, no sabes si es algo que estaba posponiendo o algo que jamás iba a hacer.
No le has dado la oportunidad de prepararse, quizás quería buscar otro trabajo antes de hacerlo, ¿eso lo has pensado? —Vuelvo a negar—. No, claro que no.
—Si Cristo busca trabajo, no será en Baza —confieso y me duele pensar que quiere irse—. De hecho, le escuché hablando en inglés desde su habitación la semana pasada, creo que ya está buscando para irse.
—Y ¿crees que se va porque quiere confesarle a su familia su sexualidad o porque ya no estáis juntos? —Niega con la cabeza—. Óscar, ¿qué has hecho? No solo lo has perdido como pareja, si se va, lo pierdes para siempre, ¿eres consciente de eso?
—Si se quiere ir, no voy a impedirlo.
—Si se va, será porque cree que no lo quieres a tu lado. Y ni picar todos los baños de la provincia te va a quitar esa sensación de mierda de que has perdido al amor de tu vida.
—Se me pasará, como otras veces —le resto importancia, aunque sé que me costará mucho más que ninguna otra vez.
–Y una mierda. ¿Cuántos años hace que os acostáis? Siempre has vuelto a él, ha sido una constante en tu vida. Si se va, no va a volver. Nunca, Óscar. Hará su vida lejos de aquí, sin ti.
—Será algo con lo que tendré que vivir.
Juanma me mira, alucinado con lo que acabo de decir, y asiente mientras se levanta. Parece que se va a ir, pero vuelve sobre sus pasos.
—Óscar, soy tu hermano y te quiero, pero precisamente por eso tengo que decírtelo: te has equivocado y mucho.
La has cagado y vas a perderlo por idiota.
Quizá, en lugar de revolverte en la mierda en la que tú mismo te has metido, deberías pensar una forma de solucionarlo, si es que aún es posible.
Voy a respetar cualquier decisión que tomes, eso está claro, pero no voy a mentirte ni decirte que pasará cuando sé que no será así.
Lo vas a pasar mal, y, sinceramente, te lo mereces por no pensar ni hablar las cosas.
Sin darme opción a replicar, sale de la cafetería y cruza la calle para entrar en la casa que estamos reformando.
Una vez he pagado y vuelvo, Juanma y Fer no están por ninguna parte y mi móvil ha vuelto al mismo sitio donde estaba.
Vuelvo a conectar la canción y cojo el mazo para seguir con mi trabajo.
Mientras pico y rompo baldosas, las lágrimas se derraman por mis mejillas sin control, tanto que hay momentos que tengo que limpiarme los ojos porque no soy capaz de ver.
Juanma tiene razón, lo he hecho mal, en vez de hablar, he dado por hecho que no quería tomar la decisión y en lugar de darle la opción de prepararse, lo he empujado fuera de mi lado, seguramente para siempre.
Lo que no sé es cómo arreglarlo, ni si Cristo querrá darme otra oportunidad.