Serie Siempre: Colección completa 51. Cristo
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51. Cristo

Cristo

Hoy es el día, después de tanto tiempo, aún no me creo que vaya a hacerlo.

De hecho, estaba seguro de que jamás lo haría.

Por fin voy a coger las riendas de mi vida y, aunque no es como yo había imaginado, no pienso quejarme, es infinitamente mejor.

Aún no tengo un trabajo nuevo, pero estoy en varios procesos de selección y creo que en menos de un mes estaré trabajando en lo que siempre he querido.

Después de tantas noches sin dormir, voy a descansar, sabiendo que he hecho lo mejor para mí.

Que por fin he dejado de poner excusas y voy a priorizarme.

Le he pedido a Alberto que pasase a buscarme, no estoy para conducir, y mucho menos para estar solo.

Por suerte, Feli no ha preguntado. Alberto ya sabe lo que voy a explicar hoy, se lo conté ayer al acabar el partido, cuando no podía aguantar más los nervios.

Su respuesta fue «Solo me jode que te hayas tenido que esconder tanto tiempo, pero entiendo por qué lo has hecho».

Qué suerte tengo de tenerlo como amigo. No le he dicho nada a Óscar.

Por un lado, me hubiera gustado tener su apoyo; por otro, creo que es algo a lo que debo enfrentarme de una vez, solo o acompañado.

Me lo debo. Desde que rompió nuestra relación hace dos semanas hemos hablado más bien poco, lo justo para que la convivencia no se volviera un infierno.

Observo el sobre que tengo entre mis manos, mi libertad, la que tanto he ansiado desde que volví y, aun así, no estoy seguro de si es lo que deseo.

Sé que no quiero dirigir la empresa, Feli está mucho más capacitada que yo, pero independientemente de eso, ella sí quiere hacerlo y ese me parece mucho mejor motivo para que sea ella quien lo haga.

Aun así, me da pena pensar en dejar la empresa.

Me he criado entre esas cuatro paredes, he formado a alguno de los trabajadores y otros me han formado a mí; si supiera que es una opción, me quedaría ayudando a Feli con el personal, pero no lo es.

Mi padre solo se dará cuenta de que ella es la indicada si yo me voy.

Además, después de hoy no creo que quiera tenerme allí.

Al entrar en la casa, pese a que todo está exactamente igual que siempre, no la aprecio de la misma manera.

Sé que no es la casa, que soy yo, porque hace tres semanas no tenía esta sensación: una mezcla de alivio y terror.

Alivio por tener que dejar de esconderme entre las cuatro paredes de mi casa; y terror porque sé que voy a perder a mi familia y no sé cómo va a ser mi vida a partir de hoy.

Es posible que esta sea la última vez que esté dentro de esta casa.

Solo espero que mis sobrinos, a los que no me dejarán volver a ver, sepan que lo que estoy haciendo es lo correcto y, puede, que cuando sean mayores me busquen, yo siempre les esperaré con los brazos abiertos.

Observo, como tantas veces he hecho, la interacción de mi familia: mi madre y mi hermana mayor están en la cocina, ultimando los preparativos.

Feli y Alberto están poniendo la mesa, pese a las quejas de mi madre de que Alberto se siente con los hombres, que ellas se encargan.

Su manera de esquivar las manos de Alberto cuando llega a la cocina y darle todo a mi hermana me hace negar con la cabeza.

Es cierto que es algo de lo que me he aprovechado mientras vivía aquí, no negaré que era más fácil que me lo hicieran todo, pero el resultado ha sido nefasto.

Ni siquiera sabía usar la lavadora cuando me fui a vivir con Óscar, no sé cómo pudo aguantarlo.

Siento un pellizco en el corazón al recordarlo, echo de menos estar con él, nuestra vida juntos.

Hago esto por mí, pero tengo claro que si no me hubiera dicho que no se merecía eso, no lo estaría haciendo ahora.

Puede que nunca me hubiera atrevido a hacerlo.

Nos sentamos en la mesa cuando nos lo indican, en los mismos sitios que siempre, con la misma rutina de siempre y las mismas conversaciones en torno a la empresa de siempre.

¿De verdad les gusta esto? ¿No están cansados de hablar de trabajo cuando no están en él?

No es la primera vez que me planteo esto, claro, pero es la primera vez que sé que nunca obtendré respuesta a mis preguntas.

Espero al postre, prefiero hacerlo con el estómago lleno, ojalá que a nadie le dé por vomitar, sería asqueroso.

Alberto me ha estado lanzando miradas de ánimo toda la comida mientras fingía que hablaba con José Antonio.

Ha intentado cambiar de tema de conversación un par de veces, pero la capacidad de mi padre y mi cuñado para volver a hablar de la empresa es extraordinaria.

—¿Todo bien, hijo? —pregunta mi padre cuando mi madre y María Dolores nos traen el postre, después de que Feli decidiera que si Alberto no puede levantarse, ella tampoco—. Has estado más callado de lo habitual.

—¿Sí? —interrumpe José Antonio, incapaz de estar callado más de un minuto—. A mí me ha parecido que estaba igual que siempre.

Imbécil, desde luego, a él no lo echaré de menos ni un poquito.

—Me gustaría decir algo —indico para que todos me presten atención y carraspeo. Noto la mano de Alberto apretando mi rodilla dándome ánimo y sonrío. Mi hermana no podía haber elegido mejor. Cuando tengo la atención de todos, incluidos mis sobrinos, me lanzo al vacío—. Soy gay.

Casi todas las personas olvidan la mayoría de sus vivencias, dejan de importar los detalles y solo se quedan grabadas las sensaciones que tuvimos en ellas.

Sé que, con el tiempo, no recordaré si mi hermana llevaba un vestido azul o verde o si había llovido o hacía un sol deslumbrante.

Lo que seguro que no olvidaré jamás es la sensación de quemazón que este silencio ensordecedor me está provocando.

Por suerte, Alberto hace reaccionar a Feli, que es la primera en romperlo:

—¿Estás seguro? —murmura y asiento—. Vale, bueno. Está bien. No pasa nada.

La cara de confusión de Alberto ante las palabras de mi hermana me haría reír si no fuera por toda la tensión acumulada en el comedor.

—Bueno, tito, como tú siempre dices «para gustos, los colores y para colores, las flores» —suelta Toni y a Feli y a mí se nos escapa una sonrisa mientras Lola asiente frenética—. A mí me encanta el brócoli y Lola lo odia.

—No creo que sea lo mismo —argumenta Lola cruzándose de brazos—. Los hombres están bien, el brócoli debería estar prohibido.

—No, claro que no es lo mismo —interrumpe su madre—. Que no te guste un alimento es normal, lo de vuestro tío es… Él es…

—Es una aberración —añade mi madre.

—¡Mamá! —la acusa Feli.

—Lo es —se defiende.

—Así es, chicos. Vuestro tío está enfermo y os prohíbo que os volváis a acercar a él.

—¡¿Qué?! —exclaman los dos a la vez.

—María Dolores, creo que estás exagerando con tu reacción —dice mi cuñado más calmado de lo que lo he visto en la vida—. Si quieren ver a su tío, están en su derecho. Entiendo que no aceptes su forma de vida, pero…

—¿Forma de vida? —interrumpe mi hermana mayor—. ¡Está enfermo! ¡Es un desviado!

—¡Es tu hermano! —grita José Antonio levantándose y Feli y yo nos miramos, alucinando con lo que está pasando.

De todas las personas que creía que me defenderían, mi cuñado sería el último de mi lista—.

No digo que ahora tengamos que llevarlos al Día del Orgullo con un pantalón de cuero, pero es su tío y es su vida.

—Mis hijos no se van a juntar con gente de su calaña.

—¿Es tu última palabra? —le pregunta mirándola a los ojos y, pese a que duda un segundo, mi hermana asiente—.

Muy bien, tus hijos no se juntarán con «esa» gente, pero los míos sí y más si es su tío.

Espero que tengas un sitio donde dormir a partir de ahora, a mi casa no vas a volver.

Mañana te haré llegar todas tus cosas. Niños, nos vamos.

—¿Perdona? No vas a llevártelos.

—Puedo soportar muchas cosas, María Dolores, pero no esto. Has cruzado la línea roja; así que ahora, por una vez en tu vida, tendrás que asumir las consecuencias de tus actos. Te llamará mi abogado.

Mis sobrinos se levantan para abrazar a su padre, ante la mirada perpleja de su madre.

Me hubiera gustado hablar con ellos antes, prepararlos, aunque jamás hubiera pensado que su padre me defendería de esta manera.

No creo que entienda lo importante que ha sido para mí este momento.

Cuando están a punto de salir por la puerta, la voz de mi madre los frena:

—¿Has visto lo que has hecho? —escupe mirándome con un odio que jamás había visto en sus ojos—. Has destrozado esta familia. Fuera de aquí, ya no eres bienvenido en esta casa.

—¡Mamá!

—Y tú, mientras lo defiendas, tampoco.

—Muy bien —dice Feli levantándose y Alberto lo hace con ella—. Entonces, os quedaréis solos, porque yo no pienso volver a una casa donde mi hermano no sea bienvenido. Vamos, Cristo, te llevo a casa.

—Te lo he puesto fácil —le comento a mi padre que no ha emitido ni una sola palabra en todo este rato.

De hecho, ni siquiera me ha mirado hasta este momento.

Parece ido, como si no se creyese nada de lo que está pasando.

Le doy el sobre que tenía en el bolsillo—.

Es mi renuncia en la empresa. Espero que entiendas que trabajaré desde casa los días de preaviso.

Asiente, simplemente asiente, cogiendo el sobre y mirándome como si lo hiciera por primera vez, pero no dice nada.

Me dirijo a la salida con Feli y Alberto, donde nos esperan José Antonio y mis sobrinos, que se lanzan a abrazarme tan fuerte que me impiden andar.

Nadie dice nada, solo caminamos por el pasillo como tantas veces, sin embargo, ya nada será igual.

Y la verdad es que, pese a todo, sé que acabo de tomar la mejor decisión de mi vida.