49. Óscar
Óscar
Juanma aprovecha que estoy solo en la barra para venir a hacerme compañía con una sonrisa de medio lado que me indica que me va a dar por saco un rato. Ruedo los ojos antes de que llegue y se ríe.
—No he dicho nada —se defiende.
—Te he visto la cara, eres un puto libro abierto.
—A ver, ¿qué crees que iba a decirte?
—Da igual lo que sea, sé que me dará por culo.
—Pensaba que eso era lo que te gustaba.
—¡Vete a la mierda! —Me río mientras niego, siempre hace esa broma de mierda.
—Menos mal que sé que cuando dices eso significa que soy gracioso, si no ya te habrías ganado un par de hostias.
—¿Me las vas a dar tú? —le vacilo en broma.
—Un poco de respeto, que sigo siendo más grande que tú.
—De edad, puede. De inteligencia…
—Vengo a hacerte compañía y me tratas así. Está feo eso.
—Yo estaba muy bien aquí solo y tú has venido a incordiar.
—He venido a saber cómo estabas. —De repente se pone serio y lo observo con atención—. Cristo está bailando con Maite muy animado, pero he visto alguna mirada que os habéis dedicado. No me gusta que os escondáis.
—Ya, a mí tampoco. —Puede que el alcohol me haya ayudado a decirlo en voz alta, pero tenía ganas de hablarlo con alguien. Me encantaría estar ahí bailando con él.
—¿Se lo has dicho?
—No —admito.
—Pues deberías, porque por mucho que intentes disimularlo, sé que te duele. Y me cae bien, y desde que habéis empezado este rollo extraño que tenéis se te ve feliz, pero te voy a decir una cosa: te mereces a alguien que quiera mostrarte al mundo, no esconderte.
—No me esconde a mí, se esconde él.
—Para el caso, es lo mismo.
Voy a replicar, pero Mar aparece en ese momento y abraza a Juanma.
—¿Vienes a bailar conmigo, guapo?
—Claro, preciosa. —Mar empieza a andar con la mano de Juanma cogida, pero este antes de seguirla se gira para mirarme—. Piensa en lo que hemos hablado, creo que deberías decírselo. Igual que tú le entiendes a él, él debería entenderte a ti.
Suspiro, porque sé que tiene razón, pero me da miedo perder a Cristo.
En el momento que le diga que lo que tenemos no es suficiente, le estaré poniendo entre la espada y la pared, y no es justo para él.
No puedo pedirle que elija entre su familia o yo, aunque ellos no lo quieran como realmente es.
Le estaría pidiendo que renuncie a toda su vida por mí.
Simplemente no puedo. Sabía dónde me metía, así que la única solución es terminar con lo que tenemos y esperar, con el tiempo, encontrar a otra persona con la que compartir mi vida, por mucho que me duela ese pensamiento.
En ese instante nuestras miradas se cruzan y me guiña un ojo, a lo que respondo con una sonrisa, aunque no me llega a los ojos.
Él sigue bailando, ajeno al tormento de emociones que se están formando dentro de mí; sin embargo, yo sé que acabo de tomar una decisión. Una que me duele en el alma.
El trayecto a casa lo hacemos en silencio, uno cómodo que habla de familiaridad, cuando no necesitas llenar los vacíos porque estás a gusto solo con estar al lado de la persona correcta.
Ese pensamiento me rompe el corazón. Sabía que pasaría, que llegaría un día que haría volar por los aires lo que tenemos, pero no esperaba que llegase tan pronto.
Y mucho menos que me hubiera enamorado de él cuando eso pasase.
Ojalá todo hubiera sido diferente entre nosotros.
Ojalá la vida nos dé otra oportunidad. En otro momento, en otro lugar.
Porque tengo claro que Cristo se irá, y más ahora que nada lo va a retener aquí.
Al llegar, Cristo va directo a la cocina y yo al salón.
—¿Quieres un vaso de agua?
—No, gracias.
Le empiezo a dar mimos a Rufus, que está tumbado en el sofá y noto como me observa desde el quicio de la puerta.
—Pensaba que querías quitarme el traje nada más llegar —bromeo porque, por alguna extraña razón, desde que hemos cerrado la puerta de casa el ambiente ha cambiado. O puede que solo sea yo viendo cómo se derrumba mi vida.
—Era la idea, sí, pero me da la impresión de que no tienes ganas. —No contesto, solo lo observo pensando por qué tiene que conocerme tan bien—. ¿Qué te pasa?
—Me merezco estar con alguien con quien bailar en la boda de mi hermana como mi pareja.
No solo que quiera quitarme el traje al llegar a casa.
—Se me queda mirando en silencio, esperando algo más.
Me cuesta varios segundos reunir el valor para decirlo en voz alta—: No puedo continuar con esto, sea lo que sea.
—Sí, te mereces eso y más —contesta serio, despegándose de la puerta y yendo hacia su habitación. Cuando pasa por mi lado lo agarro del brazo y observa la unión como si quemase.
—Lo siento.
Se deshace del agarre con fuerza y me mira como si fuera la última vez que lo hará.
Toda la respuesta que obtengo es el portazo que da al llegar a su habitación.
Suspiro, y aguanto las lágrimas hasta que llego a mi habitación.
No esperaba que fuera tan doloroso, pero esa última mirada, una que decía que todo se había acabado, me ha roto por dentro.
Juanma tenía razón, nunca había sido tan feliz con una pareja antes, una pena que las cosas sean complicadas.
No sé qué pasará mañana cuando nos veamos, será difícil convivir con él después de esto.
No sé cómo podré verlo y no besarlo o abrazarlo.
Cómo me tragaré todas las preguntas que han quedado sin respuesta.
Por suerte, durante las siguientes semanas no lo veo ni una sola vez.