48. Maite
Maite
Podría decir que estoy nerviosa, pero la realidad es que estoy expectante.
Óscar ha parado el coche en la puerta de la iglesia y estamos esperando a que me digan que puedo entrar.
Veo a Fer y a Cristo en la puerta, que no paran de sonreír mientras miran el coche.
Qué guapos van los dos. En realidad, mis cuatro «hermanos» van guapísimos hoy, pese a lo diferente de sus estilos, y sé que es mérito de Cristo, que los ha llevado a su sastre y ha sabido captar su esencia al completo.
—Vais muy guapos hoy. —Óscar me sonríe por el retrovisor.
—Tú más. Pareces una princesa. —Noto las lágrimas queriendo salir, aun así, las contengo. Llevo todo el día acordándome de mi padre y que Óscar me haya llamado como él lo hacía no ha hecho más que recordarme que no está aquí hoy—. Estoy seguro de que allá donde esté nos está viendo y piensa igual.
—Joder, Óscar —me quejo cuando una lágrima resbala por mi mejilla y me da un pañuelo para limpiarla.
—Lo siento. No eres la única que lo echa de menos hoy.
—¿Crees que algún día dejará de doler?
—Espero que no, porque entonces significará que ha dejado de importarnos.
En ese momento, se abre la puerta del coche y aparece la sonrisa radiante de Cristo.
—Si me permite, mi reina, es hora de marchar hacia su amado.
Entre Fer, Óscar y él me ayudan a bajar del coche.
Cristo coloca bien el vestido y el velo, arregla el cuello del traje de Fer y, cuando considera que estamos perfectos, se aparta.
Observa a Óscar y se acerca para estirar del chaleco mientras mi hermano le arregla a él el cuello de la americana.
La confianza que han adquirido estos dos viviendo juntos es digna de admirar.
Cristo no hubiera dejado a nadie arreglarle la ropa antes.
—¿No se supone que ibas de mi color favorito? —me burlo de Cristo—. Es el naranja.
—No mientas, tu color favorito es el verde oscuro, que es el color de los ojos de César. —Me guiña un ojo y se va hacia el interior de la iglesia junto a Óscar, sin dejarme replicar.
—Tiene razón —le otorga Fer riendo—. ¿Vamos?
—Vamos.
—Juanma me ha dicho que si quieres huir, que te toques la nariz y te sacará de allí antes de que nadie se dé cuenta.
—No voy a hacerlo.
Subimos los escalones y la rampa que nos separa de la puerta y respiro hondo antes de adentrarme en la iglesia.
—¿Lista?
—Siempre.
En cuanto oigo los primeros acordes de Only Time de Enya empiezo a andar hacia César.
Nuestras miradas se cruzan justo antes de que baje la vista emocionado.
Va guapísimo, aunque si fuera en chándal pensaría lo mismo.
Consigue volver a alzar la vista y no despegamos la mirada del otro hasta que llego a su lado.
Ni siquiera me he fijado en los invitados que nos acompañan hoy, pero me da igual.
Hoy es nuestro día. El primer día del resto de nuestras vidas.
—Estás preciosa —dice nada más verme y me da un beso en la mejilla.
—Tú también.
—Pareces una princesa, estoy seguro de que está muy orgulloso de ti. —Aprieta mi mano para que sepa que está a mi lado y que sabe que hoy es un día con un toque agridulce sin mi padre aquí. Desde luego, no he podido elegir una persona mejor para ser mi pareja de vida.
La ceremonia ha sido bonita, aunque más larga de lo que César y yo queríamos.
El cura no nos permitió elegir, alegando que necesitábamos purgar todo lo que nos hizo echarnos atrás la vez anterior.
La verdad es que no tenía ganas de discutir, pero tendría que haberlo hecho.
Después, nos hemos ido a hacer fotos bonitas, como las ha querido llamar César, y de ahí al restaurante.
Le he prometido una sesión de fotos versión balonmano otro día y se han apuntado mis hermanos y todos los del equipo, así que le he pedido a Lucía que se venga también.
No sé cómo saldrán, pero seguro que nos lo pasaremos bien un rato.
La comida ha sido divertida, aunque he perdido la cuenta de las veces que mis hermanos me han hecho subirme a la silla para darle un beso a César.
Algún día me vengaré. Por suerte, Marcos y Alba habían decidido el mismo restaurante que nosotros, así que ha sido fácil saber qué elegir con tan poca antelación.
Estamos acabando el pastel, de las pocas cosas que he podido comer sin interrupciones, cuando empieza a sonar la canción Vivir de Estopa con Rozalén.
Es una de mis canciones favoritas, salió un año y algo después de la muerte de mi padre y me ayudó a salir adelante.
Era una señal que se unieran su grupo predilecto con mi cantante favorita.
Miro a César, que está igual de sorprendido que yo, así que fijo la vista al frente, por donde aparecen mis tres hermanos con una sonrisa y un paquete enorme en las manos.
Me hacen gestos para que pase delante de la mesa, así que lo hago y dejan el paquete encima. Juanma coge un micro, que le pasan desde el restaurante, y ya me estoy muriendo de vergüenza antes de que empiece a hablar:
—¡Qué guapa vas hoy, hermanita! Tú, cuñao , también, pero nos vas a permitir centrarnos en ella, ¿vale?
—César asiente y mi hermano se dirige a mí—: Es gracioso que siendo la pequeña de nosotros seas la primera en casarte.
Aunque, entre tú y yo, yo creo que estos dos no lo harán jamás —bromea señalando a Fer y Óscar—.
Pero hay que quererlos igual, ¿verdad, mamá?
—La mira, pero no espera a la respuesta—.
El caso es que los tres nos hemos roto los cuernos buscando el regalo perfecto para ti en este día tan especial, y creemos que lo hemos encontrado.
Y no, no es que yo me vaya a vivir con vosotros, ya lo siento.
—Te va a sorprender —interviene Fer robándole el micro—, pero la idea fue de Juanma.
Para los que no lo sepáis, lleva el pelo tan largo para parecerse aún más al peluche amoroso que es —dice a todos y vuelve a mirarme—.
Queríamos que fuera algo especial para la persona más especial de nuestras vidas, porque cuando tú naciste, pequeñaja, nos completaste.
No recuerdo la vida sin ti a mi lado y, sinceramente, tampoco quiero hacerlo.
—Por eso —continúa Óscar—, nos pareció que este es el mejor regalo que podíamos hacerte. Porque solo nosotros cuatro sabemos lo que significa y tú, más que nadie, lo vas a cuidar y mimar como se merece. Gracias por ser el corazón de todos nosotros.
En ese momento, Juanma saca de la caja la pistola de clavos de nuestro padre y me la entrega.
Las lágrimas, que había conseguido mantener a raya durante todo el día, empiezan a caer sin control por mis mejillas, aunque no soy la única.
Mis tres hermanos están igual o peor que yo.
Nos abrazamos y empiezan a llenarme de besos.
—Y si César vuelve a hacerte daño, la usas contra él —susurra Juanma para que solo nosotros podamos oírle.
—Os quiero mucho.
—Y nosotros a ti, pequeñaja. Sé muy feliz.
— Cuñao , ven aquí, que no nos hemos olvidado de ti —dice Juanma volviendo a coger el micro—. Y los que faltan, también.
En ese momento, se levantan de sus sillas Lucía, Adri, Cristo, Aitana y Mar, y se acercan a nosotros. César me abraza por detrás y me besa en la cabeza.
—Sabemos que estáis muy estresados de organizar la boda.
Ha sido un mes muy movido —bromea Cristo, a quien Juanma le ha cedido el micro—.
Y que no habéis podido pensar en la luna de miel.
Así que nos hemos permitido el lujo de hacerlo por vosotros y podéis estar tranquilos, vuestros jefes ya están avisados.
Lucía nos entrega un sobre enorme donde, al abrirlo, pone en letras gigantes:
VALE POR UN VIAJE DE UNA SEMANA A NUEVA YORK
y en letra pequeña:
Si añades a tus ayudantes al pack, pueden ser más días.
—Os habéis pasado —murmuro, porque no me sale la voz de la emoción. Cristo es el primero en abrazarme.
—De eso nada, sé que te moriste de envidia cuando fui en Navidad. Os lo merecéis después de los meses tan malos que habéis pasado. Disfrutadlo.
Uno a uno nos abrazan y nos desean lo mejor. Miro a César y sé que ve lo mismo que yo, lo afortunados que somos de tenerlos en nuestra vida.
Después del momento emotivo, repartimos los regalos para los invitados y nos informan que tenemos que inaugurar el baile como recién casados.
Cuando suenan los primeros acordes de la canción Photograph de Ed Sheeran, César y yo ya estamos abrazados en mitad de la pista.
Me olvido de todo el mundo y me centro en el que ahora es mi marido.
—¿Cómo estás? —me pregunta.
—Bien, feliz. No esperaba lo de la pistola de clavos, me ha hecho mucha ilusión.
—Yo tampoco. Ha sido muy bonito. Te mereces todo lo bonito que te pase. —Acaricia mi mejilla.
—Tú también.
—Yo no puedo tener nada mejor que tú, Maite. Cuando te conocí supe que jamás nada te superaría.
—Entonces, menos mal que me fijé en ti —bromeo.
—Te hubiera conquistado.
—Te veo muy seguro de ti mismo.
—No iba a dejarte escapar, y eso que todos me advirtieron de tus hermanos.
—Son un trozo de pan, mucho ladrar y poco morder. Además, los tengo adiestrados.
—Te quiero mucho, Maite. Desde que estás en mi vida la veo en color, tú me has enseñado a ser feliz.
—Y ¿sabes lo mejor? Que tenemos toda la vida para seguir disfrutándola juntos.
—Toda la vida se me antoja poco a tu lado.
—Entonces, que ese solo sea el principio.