Serie Siempre: Colección completa 46. Óscar
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46. Óscar

Óscar

Hoy hemos ido todos a recoger los trajes para la boda de mi hermana.

Al final mis hermanos decidieron hacérselo también allí, alegando que Maite solo se iba a casar una vez.

Sé que Cristo ha pagado el extra por la poca antelación de todos, además de mi traje completo.

No sé quién de los dos tiene más ganas de que me lo quite, si él o yo.

Hemos aprovechado para cenar algo rápido antes de volver a casa y ahora estamos con Rufus en el sofá, intentando decidir si vemos algo o nos vamos a la cama.

Al observar el perfil de Cristo, me decanto por hacerle una pregunta que se me ha cruzado hoy por la cabeza cuando Emilio ha intentado de forma sutil darme su número personal al enterarse de que soy homosexual.

—¿Por qué nunca le has dicho a nadie que eres gay? Entiendo que tu familia no lo acepte, pero y ¿mi hermana?

—Un secreto deja de serlo cuando lo cuentas —contesta encogiéndose de hombros y deja el mando en la mesa de centro—.

Una vez leí que no puedes pedirle a alguien que sea discreto con tus secretos cuando tú mismo no lo has sido.

Cuantas más personas lo sepan, menos secreto es; y eso se traduce en que se hubiera enterado todo el mundo, incluida mi familia y, en cuanto lo supieran, me hubieran echado de casa.

En su momento, me quedaban dos años para irme a la universidad, por lo que podía aguantar y después, hubiera dejado sola allí a Feli.

—Lo siento.

—No tienes por qué. No es algo nuevo, ni nada que me vaya a sorprender, es lo que hay y es la familia que me ha tocado.

—Suspira—. El caso es que quise contárselo a Maite, pero luego pensé ¿y por qué no a Feli o Alberto?

Ellos también me quieren, son mis amigos y sé que me aceptarán.

O al menos eso quiero pensar. El círculo cada vez se hubiera hecho más grande y mi familia se hubiera acabado enterando tarde o temprano.

Puede que tu madre pase de los chismes, pero mi madre odia ser el centro de atención de uno si no es para decir lo maravillosa que es nuestra familia.

Estoy seguro de que me hubiera echado sin preguntarme siquiera si era verdad.

Incluso aunque lo hiciera ahora, sé que no volvería a entrar en esa casa.

—Me parece muy triste que tenga que ser así. Te has tenido que sentir muy solo.

—Te tenía a ti. —Me sonríe—. No necesitaba más. De todas formas, en la universidad me desaté y me lo pasé muy bien. Allí no era nadie, no había gente que quisiera ganarse el favor de mi familia; o peor, restregarles que su hijo no era tan perfecto como contaban. Podía ser yo.

—¿Sin muros ni máscaras? —pregunto sorprendido.

—Tampoco te pases. —Se ríe—. Mi máscara de indiferencia siempre me ha acompañado, no sé vivir sin ella.

—Aquí no la llevas.

—No, aquí no la necesito y estoy aprendiendo a vivir sin ella. Es agradable.

—Me gusta que no la uses conmigo —admito.

—A mí también.

Y entonces me mira. Me mira de verdad y me olvido de la película, de que Rufus está en su regazo y de que el mundo fuera de este piso existe.

Me lanzo a sus labios como si fueran el agua que necesito para vivir y me responde de la misma manera.

Nos besamos, nos acariciamos y nuestra ropa empieza a estorbar.

Bajo por su pecho, dejando pequeños mordiscos por él y, cuando alcanzo la cintura de su pantalón, me frena.

—Espera.

—¿Qué? —Se ríe porque no entiendo nada. Noto que tiene tantas ganas como yo.

—Ven, vamos a la cama. —Sale de debajo de mí y me coge la mano para que lo siga.

Lo hago con gusto. Se dirige hasta su habitación y cuando me tiene frente a la cama me empuja suave para que quede tumbado.

Me observa desde arriba mientras se queda completamente desnudo—.

Yo también quiero que mi cama huela a ti.

Se tumba encima de mí y empieza a besarme lento, pausado, hasta que poco a poco nos pueden las ganas y vamos acelerando el movimiento y las caricias.

Consigue desnudarme cuando nos giro para acabar encima de él y alcanzo mi objetivo inicial poco después.

Lo saboreo mientras me agarra del pelo y me da un pequeño tirón para avisarme de que le queda poco, aunque no me hacía falta, sabía, por su respiración, que lo haría de un momento a otro.

No me aparto, no quiero y, por primera vez en mi vida, dejo que alguien se corra en mi boca.

Lo hace mientras dice mi nombre y eso provoca que casi me corra con él.

Cuando vuelvo del baño, me está esperando con una sonrisa y me pide que me tumbe con él.

—¿Qué tal la experiencia? —Ya habíamos hablado de que era algo que no quería hacer y siempre lo había respetado. A él tampoco le gusta.

—Me ha gustado —admito un poco avergonzado.

—¿Ah, sí? —Me empuja para que quede totalmente bocarriba y se coloca entre mis piernas para capturar mi polla en su boca—. Quizás yo también deba probarlo.

No me da tiempo a reaccionar cuando ya me está devorando y, en menos de un minuto, me corro con un orgasmo que me arrasa. Se acomoda a mi lado y me sonríe.

—Creo que a mí también me ha gustado.

Nos besamos, esta vez más pausado, y nos acurrucamos para dormir después de ponernos el pijama.

Es la primera vez que lo hacemos en su habitación y reconozco que me encanta que haya dado este paso.

Que quiera tenerme aquí, que este no solo sea su refugio, sino también un lugar que compartimos.

Cuando estoy a punto de dormirme, se me escapan dos palabras que no sabía que estaba listo para decirle:

—Te quiero.

Por suerte, Cristo se ha dormido y no me escucha. No sé si estoy preparado para que no sea recíproco.