Serie Siempre: Colección completa 45. Cristo
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45. Cristo

Cristo

Salir de los brazos de Óscar me cuesta cada día, pero hacerlo para ir a ver a mi familia es mil veces más complicado. Con gusto me quedaría en el sofá abrazándonos mientras vemos una serie con Rufus. Por suerte, me apetece celebrar el cumpleaños de Lola, pese al resto de los invitados.

Decido salir a correr antes de ir, ya que suele relajarme lo suficiente para aguantar el resto del día.

Al llegar, Óscar me está esperando para ducharnos juntos, por lo que acaba de desestresarme del todo.

Estado que dura hasta que atravieso las puertas de la casa de mi hermana Maria Dolores.

O, mejor dicho, de su marido, ya que la casa era de los padres de él, aunque ella haga y deshaga sin importarle lo que José Antonio opine.

—Hola, tito —me saludan Toni y Lola con un abrazo y les beso la cabeza.

—Felicidades, princesa.

—¡Ven, tito! Que te enseño el móvil —dice emocionada.

Anoche nos mandó mi hermana un mensaje comentando que ya se lo habían dado. Típico de Maria Dolores, apuntarse el tanto cuando lo hemos pagado todos.

—A ver, enséñamelo. —Dejo que me explique todo lo que tiene, como si no hubiera sido yo el que lo ha mirado, seleccionado y comprado, solo por ver la sonrisa radiante que tiene—. ¡¿A que mola?!

—Mucho, princesa.

—Lola, ha sido el tito el que te lo ha comprado —le informa su padre y Lola pone cara de decepción—. Cristo, ¿vienes a la mesa?

—No, me quedo aquí. Quiero probar la cámara delantera del móvil. —Lola vuelve a ilusionarse y su padre va a sentarse con el mío a la mesa mientras las mujeres preparan todas las cosas. Evidentemente, ni se les pasa por la cabeza ir a echar una mano.

—El móvil me gusta mucho, tito —admite Lola mirándolo—. El verde es muy chulo.

—Algunas características de las que has descubierto no las sabía —miento para que me siga contando cosas. Da igual que ya las supiera, la ilusión con la que me las contaba era suficiente—. Me alegra que te guste tanto. Te he comprado una funda.

—¿Me la das ya, porfaaa? —Me pone ojitos de pena y no puedo resistirme. Le entrego el paquete y lo rasga como si le fuera la vida en ello—. ¡Son mariposas! ¡Gracias!

—De nada. —Le devuelvo el abrazo y la ayudo a colocarla. Al ser transparente se ve el verde del fondo y las mariposas—. Queda genial.

—Mucho.

—¡Hola! ¿Dónde está mi sobrina preferida? —Feli entra gritando con los brazos abiertos y Lola va directa hacia ella—. ¡Felicidades, preciosa!

—Lola quería que el pastel fuera de Miércoles, pero no lo será —me susurra Toni—. Papá fue ayer a buscarlo y, al ir a ver cómo era, descubrimos que mamá había encargado el que había querido. Por eso le dieron el móvil anoche, para que no se quejase.

Suspiro y me pinzo el puente de la nariz.

¿Qué más le daba un pastel que otro? ¿No podía darle el gusto a la niña?

Cuando llaman a la puerta, lo entiendo. Han invitado a una de las amigas de mi madre que vinieron a casa el día de Navidad y, casualmente, tiene a sus sobrinos en casa este fin de semana.

Sobrinos con la edad de los míos y sexo opuesto.

¿En serio? ¿No pueden ni respetar el cumpleaños de Lola?

Cinco personas que no conocemos de nada, ni siquiera recuerdo a la hija de esta señora del día de Navidad, aunque admito que no me fijé mucho.

—Papá, ¿quién es esta gente? —pregunta mi sobrina molesta por las visitas. Por suerte, lo hace de forma discreta.

—Es una amiga de la abuela y de mamá que ha venido a la ciudad y ha querido invitarla. No pasa nada, ¿vale?

—Yo no quería que vinieran —se queja—. Luego quería salir con mis amigas y no podré si están en casa.

—Hablaré con mamá.

—¿Para qué? —escupe enfadada—. Si luego harás lo que ella diga y ella no me dejará irme.

Lola se va cabreada y se sienta en el sofá con los brazos cruzados. Feli y yo nos miramos con pena, porque sabemos que tiene razón.

La chica con la que me quiere casar mi madre se me acerca con una sonrisa tímida y me trago un suspiro. Qué pocas ganas tengo de esto hoy.

—Cristo, ¿podemos hablar en privado, por favor?

—Claro. —Le señalo la puerta que da al jardín y la sigo cuando se dirige allí. Una vez estamos fuera de todos los indiscretos, la encaro—. Tú dirás.

—Mira, no tengo nada en contra de ti, pero no me quiero casar contigo ni aunque me maten —suelta y toda la timidez previa se esfuma, lo que me pilla desprevenido—.

La sola idea de ser una mujer florero me enfurece y, si me eliges, haré de tu vida un infierno.

Yo quiero casarme por amor, no por negocios.

Y me vas a permitir un consejo: alguien con tu planta que necesita que su madre le busque esposa, es una red flag gigantesca.

—¿Has acabado?

—Sí.

—Primero, no necesito que mi madre me busque nada, es ella quien quiere hacerlo y ni me gusta, ni pienso elegir a nadie que me presente.

Segundo, tampoco quiero una mujer florero, no vivo en el siglo pasado como otros.

Tercero, nunca «elegiría» a una mujer como si fuera una vaca.

Y cuarto, nunca me casaría contigo. —Veo cómo se enfurece cuando ella me ha dicho exactamente lo mismo y alzo la mano para que me deje continuar—.

Y me vas a permitir un consejo: si alguien te parece una « red flag gigantesca», de esas de las que sabes que debes huir, no deberías darle material contra ti.

—¿Cómo? —pregunta confusa.

—Te aseguro que si fuera esa bandera roja gigantesca que has descrito, ahora mismo estaría entrando en la casa y «eligiéndote» solo para hacer de tu vida un infierno. Deberías pensar antes de hablar.

La dejo con la palabra en la boca y me voy dentro.

Yo he venido para estar con mi sobrina, no para aguantar a gilipollas que se creen más que nadie.

No diré que no me haya gustado que tenga las cosas claras y que no ceda ante las imposiciones de su familia, pero me ha dejado claro que lo dice con la boca pequeña y que está tan llena de prejuicios como ellos.

Podría haberme dicho simplemente que ella prefiere conocer a alguien, enamorarse y dejar que las cosas fluyan de forma natural, que este tipo de arreglos no van con ella, y lo hubiera aceptado, porque yo opino igual, pero me ha atacado como si yo fuera el malo de la película y por ahí no voy a pasar.

La comida transcurre lenta y tediosa con conversaciones banales y aburridas que no aportan nada.

La chica, que parece que se ha ofendido cuando le he desmontado su castillo de naipes, se ha pasado todo el rato fulminándome con la mirada.

Ha sido tan descarada que su madre se la ha llevado después de comer, alegando que parecía que no se encontraba bien.

Por suerte para Lola, eso ha significado que podía irse con las amigas y se le ha pasado el hastío que tenía mientras comía.

—Hijo, ¿se puede saber qué le has dicho a la chica para que se haya ido así?

—¿Yo? —Me hago el sorprendido ante la pregunta de mi madre.

—Habéis ido a hablar al jardín y ha vuelto enfadada.

—No sé, mamá, ha intentado besarme y yo le he dicho que no, que a las mujeres se las respeta hasta que son tu pareja —me invento—. Supongo que no le ha gustado que la rechazara.

—Te dije que esa iría a por nuestro dinero —suelta mi padre—. No quiero que la invites más.

—Está bien —cede a regañadientes mi madre.

—Ya que la cumpleañera no está, aprovecho para irme —alego—. Mañana juego a primera hora.

—¿Cómo va la temporada? —se interesa mi padre—. Algún día me gustaría ir a verte.

—Vamos terceros. Mañana jugamos fuera. —No contesto nada más, mi padre lleva años diciendo que le gustaría venir a verme, pero nunca lo hace.

Me levanto y Feli aprovecha para irse también. Me despido de Toni y cuando salimos miro a mi hermana, que está esperando que le explique qué ha pasado realmente.

—Me ha dicho que no se casaría conmigo ni aunque la matasen, que no quiere ser una mujer florero y que si la elijo hará de mi vida un infierno.

Y, por si eso fuera poco, ha alegado que soy una « red flag gigantesca» porque con mi planta mi madre tiene que buscarme esposa —le resumo y suelta una carcajada.

—El complejo de vaca que tienen estas niñas me alucina.

—Tiene que ser triste que tus padres elijan con quién casarte.

—Lo triste es que les dejes —alega.

—No todo el mundo es capaz de enfrentarse a sus padres.

—La solución es fácil: que te pillen besándote con alguien en la sala de documentos. No falla.

—¿En serio?

—¡Es broma! —Se ríe—. Lo que quiero decir es que sé que mamá quería buscarme pareja más pronto que tarde, así que decidí hacer pública mi relación con Alberto de tal forma que fuera imposible que hiciera algo para que no prosperase.

—¿Te refieres a que le pagase para que se olvidase de ti?

—Por ejemplo. —Feli tuvo un pretendiente que le gustaba mucho el verano antes de irse a la universidad.

No tenemos pruebas, pero tampoco dudas de que mi madre le pagó para que la dejase tranquila.

De repente, un día dejó de hacerle caso y al siguiente tenía un coche nuevo.

Sumamos dos más dos—. Alberto me dijo que dependiendo de cuánto fuera, cogía el dinero y nos íbamos de viaje con él.

—Chico listo —bromeo y me meto en el coche mientras me despido con la mano de mi hermana.

Cuando llego a casa, Óscar está en el sofá con Rufus viendo una película y me acurruco con ellos después de darles un beso. Ahora sí estoy con mi familia.