44. Óscar
Óscar
Cristo me ha dicho que tiene una sorpresa para mí y que le espere para cenar juntos cuando acabe el entrenamiento.
La verdad es que estoy hasta ilusionado con ello, no sé qué será, igual es una chorrada, pero el hecho de que quiera sorprenderme ya me encanta.
Nada más entrar por la puerta, voy corriendo hacia él y se ríe por mi ímpetu.
—Yo también me alegro de verte. —Me da un beso—. O ¿solo tienes hambre?
—¿Pueden ser las dos cosas?
—Claro —contesta cogiéndome de la camiseta y acercándome a él para besarme. Me encanta cuando se pone así de posesivo—. Voy a cambiarme, espérame en la cocina.
—Qué cosas más sexies me dices.
Deja la mochila del entrenamiento en el recibidor y se pierde por la puerta del salón mientras se ríe y escucho como saluda a Rufus. Vuelve poco después con unos pantalones de chándal que me encanta cómo le quedan y una camiseta que conozco muy bien.
—Esa camiseta es mía.
—Lo sé.
—Pero eso no explica por qué la llevas.
—No me has preguntado, solo has dicho que era tuya y te he dado la razón —se burla y empieza a colocar mil cosas sobre la encimera de la cocina.
—¿Por qué llevas mi camiseta? No es una queja, que conste. Te queda mejor que a mí.
—Primero, eso es mentira. Segundo, si no te gusta, me la puedes quitar cuando quieras. —Me guiña un ojo—. Y tercero, si alguien no me robase las camisetas de pijama, no tendría que hacer yo lo mismo.
—No te robo… —Alza una ceja y me río—. Solo te he robado dos. Son suaves y huelen a ti.
—Han sido cinco, pero vale. Si quieres, puedo decirte dónde las compro.
—No sería lo mismo y lo sabes.
—Me compraré más.
—Te las volveré a robar.
—Lo sé, era la idea —contesta con una sonrisa radiante y lo beso—. ¿Nos ponemos al lío?
—¿Qué vas a hacer?
—Vamos a hacer pizza casera.
—¿En serio?
—Ya que te gusta tanto, he pensado que querrías aprender.
—Me encanta —admito.
Empieza a mezclar la harina con los ingredientes mientras me va explicando todo el proceso. Cuando pone la masa sobre la encimera y se pone a amasar pienso en algún tema de conversación para no babear mientras veo a sus brazos trabajando. Madre mía, ¡qué cosa más sexy !
—¿Cómo aprendiste a cocinar?
—Feli me regaló un curso de cocina básica cuando me fui a la universidad.
Me dijo que no quería que me pasara lo mismo que a ella, que se puso mala un día y no supo hacerse una sopa de tetrabrik.
Mi madre había intentado inculcarle la cocina, pero mi hermana es negada y nunca aprendió.
A mí no, claro, yo era un hombre, no tenía que preocuparme por esas cosas, porque algún día me casaría y mi mujer se encargaría de eso. —Los dos rodamos los ojos.
—Tu madre parece que se quedó anclada en el siglo pasado.
—No sabes cuánto —admite—. El caso es que me gustó mucho todo lo que me enseñaron y descubrí que se me daba bien, además de que me relajaba. Así que me apunté a varios cursos más y fui aprendiendo todo lo que sé mientras practicaba en casa.
—¿Algún día podré probar tu plato insignia? Ese que sabes que siempre te sale bien y es el que quieres hacer a todas las visitas.
— Risotto de setas, claro. Te lo hago cuando quieras —dice con una sonrisa—. Esto ya está, ahora hay que dejar reposar la masa una hora.
—¿Una hora? Pero ¿cuándo vamos a cenar? —me quejo como si fuera un niño y se ríe.
—Puedes ir poniendo la lavadora, la ropa del entreno está en el recibidor. Yo voy a preparar la salsa de tomate mientras.
—Te odio.
—También hice hace días aceite picante para echarle a la pizza una vez esté lista —me explica sin mirarme mientras corta la cebolla a una velocidad que me alucina—. Y tienes pepinillos picantes en la alacena, por si quieres picar algo mientras esperamos. Créeme que merecerá la pena la espera.
—Está bien —finjo que cedo mientras me acerco al lavadero con su bolsa de balonmano.
En realidad no me molesta la espera, es solo que no contaba con ello.
Abro la alacena, donde veo varios botes de pepinillos picantes en mi zona, y sonrío; desde que vive aquí me los compra, incluso las primeras semanas que solo discutíamos.
Y sé que son para mí, no solo porque estén en mi balda, sino porque sé de sobra que no le gustan nada.
Siempre le digo que tiene mimado a Rufus, pero la verdad es que nos mima a los dos y estamos encantados de que viva aquí.
Cuando termina de preparar la pizza, la saca del horno, tiene una pinta espectacular y me quemo por el ansia de probarla.
—Nadie te la va a quitar.
—Lo sé. Está buenísima.
—Gracias. Fui a clases de cocina italiana, así que me alegra que den sus frutos.
—No se lo digas a Juanma o te hará organizar una noche temática.
—Lo tendré en cuenta. Mañana no comeré aquí, es el cumpleaños de mi sobrina Lola.
—¿Cuántos cumple?
—Once.
—¡Qué mayor! Tiene un hermano, ¿verdad?
—Sí, Toni. En un par de meses cumplirá trece. Ya no queda nada de los niños que fueron. De hecho, el regalo de Lola es un móvil.
—¿No es muy pequeña?
—Ni idea. Lleva dos años detrás de él y mi hermana ha accedido, así que imagino que no. Por lo que dijo, es de las últimas de su clase en tener uno.
—¿Te llevas bien con ellos? —me intereso. Se nota que les tiene cariño.
—Mucho. De hecho, todas las veces que han ido al cine ha sido conmigo.
—Yo tengo ganas de que Maite nos dé un sobrino —confieso—. Sé que ellos quieren, pero no voy a presionar.
—Ella os lo explicará llegado el momento, estoy seguro. ¿Has pensado alguna vez en tenerlos tú?
—Sí, lo he pensado. Ahora, si quiero tenerlos, no lo sé. Hoy por hoy, no, pero igual cambio de opinión. ¿Y tú?
—Siempre he pensado que no quería, pero llevo un tiempo planteándome si es porque realmente no quiero o por la presión de que tenía que casarme y tener hijos. Así que me voy a quedar con el «no lo sé».
—¡Vaya! Eso no me lo esperaba —admito—. Debes de ser la persona que mejor se conoce del mundo.
—Eso no significa que conozca todas las respuestas.
—Pues, en mi opinión, creo que serías muy buen padre.
—Yo creo que tú también, pero pobres niños por los tíos que les tocarían —bromea y parece que el momento de confesiones se disipa.
Cuando acabamos de cenar, recogemos y vemos una película antes de irnos a dormir.
Me encanta que Cristo venga a mi cama sin tener que pedírselo o sin iniciar el sexo en algún lugar de la casa antes.
Solo viene para dormir juntos y me parece aún más placentero que el resto de las veces que hemos compartido cama.