43. Cristo
Cristo
Todos me felicitan al acabar el partido.
La verdad es que hoy ha sido de esos días en los que todo me ha salido bien, si mi mano iba a la izquierda, el balón hacía justo lo mismo, así que he hecho tantas paradas que he perdido la cuenta.
Que llevo una semana con más energía, más alegre y más activo es una realidad, y que todo es gracias a Óscar, también.
No solo nos estamos acostando, sino que nos estamos conociendo, conociendo de verdad.
Me ha preguntado por mis manías u obsesiones y ha intentado hacerme la cena, aunque fuera un desastre.
Por mi parte intento facilitarle las suyas, poniendo más lavadoras y yendo a la compra, cosa que tiene cero mérito porque ni siquiera tengo que desplazarme, solo bajar al piso de abajo de la oficina, pero algo es algo.
Lo de la limpieza también lo intenté, pero cuando me di cuenta de que iba a limpiar otra vez lo que yo había hecho, desistí.
Hay veces que la mejor manera de lidiar con las obsesiones es dejarlas ganar.
Le aviso cuando voy a coger el coche para que esté preparado para ir a la sastrería.
Reconozco que me gustó mucho que me pidiera ayuda para el traje de la boda, es un paso más en nuestra relación.
Lo voy a llevar a mi sitio de confianza, es caro y habrá que pagar un extra por las prisas, pero no quiero ir a otro lugar que no sea ese.
Es la primera vez que me pide algo y pienso ofrecerle lo mejor de lo mejor.
Ya habrá tiempo para escatimar en gastos.
En un semáforo escucho el audio que acaba de enviarme:
— Estoy listo. Te espero abajo. Que sepas que me he cambiado de camiseta para que no te sientas incómodo. Sí, me había puesto unos pantalones azules con una camiseta verde y, tienes razón, la combinación es horrible, suerte que te tengo a ti.
Sonrío ante su comentario. Ayer, después de hablarle de mi TOC con las combinaciones de colores, me preguntó por las que no soy capaz de soportar y me prometió que no volvería a ponerse ropa con esos tonos mezclados.
Me afecta mucho más llevarlo yo, pero Óscar es alguien demasiado cercano como para que no me altere.
Fue una liberación contarle todas las obsesiones con las que vivo día a día, hasta ahora solo las conocían Feli y Maite, y no todas.
Óscar está consiguiendo que rompa todos mis muros cuando estoy con él; y parece que lo que le muestro le gusta.
Algo que pensé que sería peligroso al principio, pero que estoy empezando a ver como algo natural entre nosotros.
—Oye, pues es cómodo el coche —suelta nada más subirse—. Ahora entiendo muchas cosas.
—¿Como cuáles? —lo desafío en broma.
—Que tengas garaje, que lo tengas siempre limpio o que nunca lo dejes.
—Ya te dije que a ti te lo dejaba. Soy selectivo, no egoísta.
—¿Ni a Feli o Alberto?
—¿Los has visto conducir alguna vez? —pregunto y niega con la cabeza—. Pues cuando lo hagas, lo entenderás. Cuido mi coche, ¿tan malo te parece?
—No es malo, pero si tuvieras una tartana, ¿la tratarías igual?
—El coche me lo compró mi padre —le explico—. Yo nunca he podido elegirlo, porque lo hace a través de la empresa. Los tres tenemos el coche así. Lo único que nos permite es seleccionar el color y algún extra. Feli el último se lo ha cogido mate, por joder.
—¿En serio?
—Me da igual la marca del coche —admito—. No sabes cuánto. Solo necesito llegar de un sitio a otro, no un Audi, con que no se desmonte por el camino, me vale. De hecho, siempre añado el extra más caro. Este viene con calefacción en los asientos.
—¿Me acabas de contar algo sin tener que preguntarte? —indica con una sonrisa radiante.
—Es posible.
—Me gusta —admite y noto un pellizco en el corazón. Aprovecho el semáforo para mirarlo a los ojos y ¡joder! qué ganas de darle un beso, es una pena que estemos en la calle—. ¿Cuál es tu color favorito?
—El color miel de tus ojos —suelto sin pensar y carraspeo avergonzado por la confesión. Por suerte, el semáforo se pone en verde y arranco—. Al lado de la sastrería hay un restaurante donde se come muy bien, ¿te apetece que te invite?
—Me encantaría.
Llegamos al sastre un par de minutos después y dejo el coche en el aparcamiento para clientes. Óscar alza una ceja interrogante y me encojo de hombros. Accedemos por un lateral y Emilio viene a saludarme al momento.
—Cristo, qué alegría verte —me saluda con un abrazo—. Lo tengo todo preparado.
—Él es Óscar.
—Tiene buena percha, será fácil —admite complacido—. ¿Empezamos por lo básico?
—Perfecto.
Emilio le trae varias americanas de colores lisos y, aunque le quedan bien, parece que vaya disfrazado y las descarto.
Así que pasamos a las camisas. La verdad es que, con la piel morena que tiene, las claras son las que mejor le quedan y valoramos distintas telas posibles.
Justo cuando Emilio le saca una camisa blanca se me cruza una idea y sonrío a Óscar.
—¿Confías en mí?
—Claro.
—Genial, porque acabo de caer en qué te quedaría mejor.
Hablo con Emilio y asiente ante mi idea. Un momento después, aparece con varios chalecos de vestir, pero uno en concreto llama mi atención.
—Sabía que ese te gustaría —admite Emilio—, pero he traído más, por si acaso.
—Déjalo para el último.
Uno a uno, vamos descartando los chalecos por ser demasiado elegantes y lisos, algo que no pega con la personalidad de Óscar, aunque reconozco que ha sido un acierto prescindir de la americana y decantarnos por esto. Justo cuando se abrocha el último botón, sé que ese es el indicado.
—Es perfecto. —El chaleco en cuestión es gris oscuro jaspeado y tiene cuadros escoceses azules, lo que contrasta perfectamente con la camisa blanca abierta—. ¿Tienes los pantalones a juego?
—Habrá que ajustarlos, pero para una idea general, nos vale. —Emilio se va a buscarlos y vuelvo a observar a Óscar, que no para de bajar la mirada para contemplarse.
—Tenía mis dudas cuando lo he visto —admite—. Sin embargo, ha sido observar tu cara en cuanto me lo he abrochado y he sabido que era perfecto, incluso aunque no pueda verme.
—No eres consciente de lo bien que te sienta. Parece hecho para ti.
—¿Crees que me quedaría bien un kilt en lugar de pantalones?
—Creo que si te pones eso no te dejaría salir de casa.
—Tendré que comprarme uno, entonces —bromea, creo.
Emilio aparece y le hace probarse los pantalones a juego. En cuanto se los ajusta, sonrío, es perfecto. No creo que haya otra tela que pueda quedarle mejor, es imposible. Emilio le acerca un espejo y, por fin, puede verse. Por su cara, sé que le ha gustado.
—De verdad, ¡qué planta! —lo alaba Emilio—. Me puedes traer a este chico siempre que quieras. Da gusto vestir a alguien que no quiere un traje gris soso.
—¿Y yo qué? —Me hago el ofendido.
—A ti te tengo muy visto. Además, los cuadros no te sientan bien.
—Te mandaré a sus hermanos.
—¿Tiene hermanos y no me lo habías dicho? ¿Qué haces que no están aquí ya?
—No veo a Juanma con cuadros, la verdad —admite Óscar—. En cambio, con Fer podrías hacer lo que quisieras.
—No te vayas sin que te dé hora para ellos —exige Emilio señalándome con el dedo y asiento—. Trae tu traje también y miramos si necesita algún arreglo.
—Hecho.
Aprovecho mientras Óscar vuelve a vestirse para dar la paga y señal y coger hora para la prueba del traje definitivo una semana antes de la boda.
Sé que Emilio lo clavará a la primera, pero es mejor dejar algo de margen por si hay cualquier imprevisto.
Le abro la puerta a Óscar en cuanto aparece y salimos a la calle.
—¿No hay que pagar?
—Ya lo he hecho yo. El traje te lo regalo.
—No hace falta, puedo pagar el traje de la boda de mi hermana.
—No he dicho que no puedas, solo que quiero regalártelo. Además, me parece lo más justo, voy a disfrutarlo más que nadie. —Sonríe y se acerca un paso, pero al momento nos damos cuenta de que estamos en la calle y nos frenamos—. ¿Vamos a comer?
—Y luego a casa.
—Perfecto.