Serie Siempre: Colección completa 42. Óscar
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42. Óscar

Óscar

No debería ser fácil convivir con la misma persona con la que te acuestas, pero lo es.

Demasiado fácil, demasiado perfecto. Ni siquiera recuerdo haber estado tan bien, tan a gusto en años.

Y eso es peligroso. Sobre todo porque sé que Cristo acabará haciéndome daño, incluso aunque no quiera.

Sé que un día se irá, seguramente a vivir lejos, y yo me quedaré aquí, solo, echándolo de menos.

Y lo peor es que no podré reprochárselo.

Me lo habré ganado por no ser sincero y no decirle que no busco solo una relación informal.

—¡Tierra llamando a Óscar! —grita Juanma en mi oído y lo aparto de un empujón—. No, si encima tendré yo la culpa. ¡Despierta, anda!

—Estoy despierto.

—Claro que sí, por eso llevas más de media hora para conectar ese enchufe —se mofa Fer—. A este paso enterramos a los titos antes de que se muden.

—¡Qué bruto eres! —me quejo y se ríe—. Perdón, ya me centro.

Asienten y volvemos al trabajo. Ya queda nada para acabar la obra en la casa de nuestros tíos y empezar con la de la casa de Adri y Lucía.

Estoy acabando de colocar un enchufe en el dormitorio cuando noto la presencia de Juanma detrás de mí.

El porqué sé que es él y no Fer es simple: mi hermano mayor es capaz de respetar el espacio personal de la gente.

—Me gusta cuando me haces caso, pero has tardado. —Alzo la ceja y se ríe—. Llevo observándote toda la semana y tienes cara de recién follado.

—No sé de qué hablas —miento y se ríe aún más alto.

—He vivido contigo muchos años, conozco todas tus caras. —Lo peor es que sé que es verdad—. Cristo también tenía esa cara el lunes en casa de Maite, es con él, ¿no? —Asiento y su sonrisa se amplía—. Bienvenido al maravilloso mundo de los compañeros de piso con privilegios.

Y con esas palabras, se larga. Será cabrón.

Cuando llego a casa, Cristo aún no ha vuelto del entrenamiento, aunque me ha asegurado que vendrá a cenar, así que decido sorprenderle y preparar yo algo. Una hora después, cuando llega, la cocina parece un campo de batalla y no hay nada mínimamente comestible.

—¿Con quién te has peleado? Espero que hayas ganado —se burla apoyado en el quicio de la puerta.

Cuando está así, relajado, bromeando y con el pelo que le cae por la frente, me lo llevaría a mi habitación y nos encerraría allí durante días—.

Si sigues mirándome así, voy a olvidar que me muero de hambre y comerme otra cosa.

—Al menos habría algo comestible. —En otro momento hubiera contestado a su provocación pasando de la cocina y arrastrándolo a mi cuarto, pero me ha frustrado mucho no ser capaz de preparar nada decente—. Quería cocinar para ti.

—Igual deberías dominar primero el fuego, ¿no crees? —se mofa y se acerca para darme un beso, el cual profundiza. Cuando se separa me sonríe—. Gracias.

—No he hecho nada.

—La intención es lo que cuenta. ¿Una pizza ?

—No hay.

—Claro que hay. Las he traído este mediodía con el resto de la compra. ¿Has abierto la nevera? —pregunta riéndose y sacando dos pizzas mientras las mueve en mi cara—. Esto te toca a ti. Voy a poner una lavadora.

Coge la bolsa de entreno y se marcha hacia el lavadero, no sin antes darme otro beso.

Abro la nevera para coger las pizzas y me doy cuenta de que vuelve a estar todo mezclado, sus cosas y las mías no se distinguen.

Ha hecho la compra, para nosotros, pensando en los dos.

Abro una alacena y veo que ha repuesto los cereales que suelo desayunar, al igual que otras cosas que sé que él no suele consumir.

El corazón me da un pellizco por el detalle.

¿Es posible que no sea el único que está ilusionado con esto que está pasando entre nosotros?

—¿Crees que deberíamos comprar una secadora? —pregunta entrando de nuevo a la cocina ajeno a mi estado mental—. Acumulamos una cantidad de ropa indecente para ser dos, sobre todo teniendo en cuenta que los trajes y las camisas no las lavo en casa.

—Eso consume una barbaridad, ¿no?

—Vivo con un electricista. Si tú no sabes comprar una que consuma poco, nadie puede.

—¿Eso es un halago?

—Si lo es, debe de ser el peor halago del mundo. —Se ríe y me roba un beso—. ¿No has preparado aún la cena? ¿Te explico cómo funciona el horno?

—Me he despistado, perdona. —Enciendo el horno para precalentarlo y preparo las pizzas en papel de horno—. ¿Te puedo pedir algo?

—Siempre.

—¿Me acompañas a comprarme un traje para la boda de Maite y César?

—¿No lo compraste para la anterior boda?

—No, Fer iba a dejarme uno, pero desde que vivo contigo mi talla ha cambiado y no me queda bien.

—Vale, ¿dónde quieres ir?

—No tengo ni idea. He pensado que tú sabrías dónde ir y qué comprar.

—Mañana tenemos partido en Caniles por la mañana, ¿te paso a buscar cuando acabe y vamos?

—¿Me vas a llevar en tu preciado Audi? —bromeo metiendo la pizza en el horno.

—Claro, como si quieres conducir tú.

—¿En serio? ¡Eso sí que es un halago!

—Me gusta cómo conduces, no eres brusco ni metes la marcha como si estuvieras en un rally . Sé que tengo fama de no dejar mi coche, y es cierto que no se lo dejo a cualquiera, pero cuando lo necesites, ya sabes dónde están las llaves.

—Gracias —digo acortando la distancia entre nosotros y rodeando su cintura para acercarlo a mí—. Puedes conducir tú, sé que te gusta hacerlo, pero gracias por darme la opción.

—Siempre.

—Y tú ¿ya tienes traje?

—La duda ofende. Aunque igual debería probármelo, está sin estrenar en el armario.

—¿Ahora? —Alzo y bajo las cejas para provocarlo y asiente mientras se ríe.

—Luego el zalamero soy yo —murmura perdiéndose por la puerta.

Aprovecho para poner la mesa y cuando saco las dos pizzas aparece por la puerta con un traje verde botella y una camiseta negra que le sientan como un guante. ¡Joder! Mira que le quedan bien los trajes, qué ganas de quitárselo y lamerlo entero.

—Por tu cara, deduzco que me he acertado —se mofa.

—¿Y la corbata?

—No llevaré. No me gustan, además, no encontré ninguna que conjuntase.

—¿Negra?

—Las corbatas negras son para los entierros.

—¿Verde?

—No había del mismo tono del traje —me explica—. Igual no te has percatado, pero soy un poco quisquilloso con los colores y la combinación.

—¿En serio? Pensaba que solo te preocupabas por la ropa.

—Me cambio y te lo explico mientras cenamos.

—Se va por donde ha venido y cuando he acabado de cortar las pizzas aparece con unos pantalones de chándal bajos y una camiseta sin mangas.

Da igual lo que se ponga, está sexy siempre—.

No sé si alguna vez has visto a mi madre vestida, pero tiene un gusto horrendo para la ropa.

—No suelo fijarme, no te lo voy a negar.

—El caso es que odiaba la ropa que ella me compraba y las combinaciones que hacía. Creo que en parte por eso empecé a aborrecer ciertas mezclas de colores. Cuando yo o alguien a quien aprecio lleva colores que no combinan entre sí lo paso mal. Es un TOC que tengo.

—¿Alguna vez lo has sentido conmigo?

—Sí, pero no pasa nada.

—Sí pasa, no quiero que te sientas incómodo a mi lado.

—Cuando me pase, te lo haré saber.

—Gracias. —Y lo digo de verdad, no quiero que se sienta mal—. ¿Tienes alguna obsesión más que deba saber?

—Eso depende.

—¿De qué?

—De cuánto de profundo quieras excavar.

—Hasta el centro de la tierra.

—Pues coge papel y boli, porque son unas cuantas.

Y poco a poco, sé que estoy derribando todos esos muros que Cristo muestra al mundo, sea consciente o no. Solo espero que no se arrepienta de ello.